Los servidores de Su Majestad

Resolvedlo por fracciones,
o bien por regla de tres.
Pero el estilo de Tweedle-dum
no es el de Tweedle-dee.
Dale al problema mil vueltas,
hasta morir de cansancio.
El estilo Laridon
no es estilo Larida.
HABÍA LLOVIDO TORRENCIALMENTE
DURANTE un mes entero. Llovía sobre un
campamento de treinta mil hombres, y de
miles de camellos y elefantes, caballos, bueyes
y mulos, casi amontonados todos en un
lugar llamado Rawalpindi, para que los pasara
en revista el virrey de la India. El virrey
recibía la visita del emir de Afganistán, un
rey, pero un rey salvaje de un país más salvaje
todavía. El emir iba acompañado por una
guardia de corps de ochocientos hombres con
sus caballos, que jamás habían visto un campamento,
ni locomotoras: hombres salvajes y
caballos salvajes, nacidos en algún rincón del
Asia central. Todas las noches, sin fallar una
sola, una manada de estos animales soltaba
sus trabas y se precipitaba dando saltos por
todo el campamento, en medio del barro y de
la oscuridad. O bien los camellos rompían sus
ataduras, corrían por todas partes, y tropezaban
con las cuerdas de las tiendas. Podéis
imaginaros lo encantados que estaban quienes
intentaban dormir. Mi tienda estaba lejos
del lugar reservado a los camellos y yo la creía
libre de todo problema. Pero una noche, un
hombre asomó de repente la cabeza y gritó:
––¡Salid inmediatamente! ¡Que vienen! ¡Mi
tienda está ya por tierra!
Yo sabía muy bien a quién se refería. Me
puse las botas y el impermeable, me precipité
fuera de la tienda, y salí corriendo por uno de
los lados. La pequeña Vixen, mi fox––terrier,
salió por el otro. Luego oí gruñidos, bramidos,
sonidos guturales, como si se tratara de
una olla burbujeante, y vi cómo desaparecía
mi tienda, roto limpiamente su mástil, y cómo
se ponía a bailar cual fantasma loco. Un
camello se había empotrado en ella, y aunque
me sentía furioso porque me estaba calando,
no pude evitar la risa. Luego eché a correr,
porque ignoraba cuántos camellos se habían
escapado, y me vi enseguida lejos del campamento,
avanzando penosamente por el barro.
Acabé por tropezar con la cureña* de un
cañón y me di cuenta de que estaba en el
acantonamiento de la artillería, donde se
guardaban los cañones durante la noche. No
quise continuar andando sin ton ni son en
medio de la oscuridad y bajo la lluvia, puse
mi impermeable sobre la boca de uno de los
cañones, me hice una especie de vivac improvisado
con la ayuda de dos o tres atacadores
que había encontrado por allí, y me
eché cuan largo era en la cureña de otro cañón,
preguntándome dónde estaba yo y qué
le habría ocurrido a Vixen.
Me disponía a dormir cuando oí el sonido
inconfundible de un arnés*, algo parecido a
un gruñido de disgusto, y un mulo pasó delante
de mí sacudiéndoselas orejas mojadas.
Estaba asignado a una batería de cañones
desmontables. Me lo certificaba el ruido de
correas, anillos, cadenas y otros objetos que
llevaba sobre el lomo. Los cañones desmontables
son piezas muy bonitas, formadas por
dos cuerpos que se unen cuando hay que
servirse de ellas. Se transportan a la montaña
hasta el último rincón adonde sea capaz
de llegar un mulo, y prestan grandes servicios
en terrenos rocosos.
Detrás del mulo llegaba un camello ––
cuyas patas blancas, al hundirse, hacían en el
barro un ruido de ventosa–– que balanceaba
el cuello hacia adelante y hacia atrás, como
una gallina perdida. Felizmente, yo conocía
bastante bien el lenguaje de los animales, no
el de los salvajes, sino el de los acostumbrados
a vivir en campamentos. Me lo habían
enseñado los indígenas, para poder enterarme
así de lo que contaban.
Debía de tratarse del mismo que se había
estrellado contra mi tienda, porque le decía al
mulo:
––¿Qué voy a hacer? ¿Adónde ir? Acabo de
pelear con una cosa blanca que se agitaba; y
ha cogido un palo y me ha golpeado en el
cuello ––se trataba del mástil de mi tienda,
partido, y me gustó saberlo––. Me voy lo mas
lejos posible.
––¡Ah!, ¿eres tú? ––respondió el mulo––,
¿tú y tus amigos los que habéis sembrado el
desorden en el campamento? Muy bien. Eso
te va a costar unos buenos golpes mañana
por la mañana. Pero yo te voy a adelantar
unos cuantos.
Por el ruido de su arnés, noté que el mulo
retrocedía. Estampó en el costado del camello
una lluvia de coces, que resonaron como sobre
un tambor.
––La próxima vez no te arrojes sobre una
batería por la noche, gritando: «¡Al ladrón! ¡A
las armas!». Agáchate y no muevas tu estúpido
cuello.
El camello se dobló como lo hacen ellos, en
escuadra, y se sentó lanzando un suspiro. Se
oyó en la oscuridad el rítmico golpear de los
cascos de un gran caballo, que galopaba muy
tranquilo, como en los desfiles. Saltó por encima
de la cureña de un cañón y se acercó al
mulo.
––Es una vergüenza ––dijo con unos resoplidos
con los que descargaba toda su furia––
. De nuevo esos despreciables camellos han
armado lío en nuestra zona. Y es la tercera
vez en una semana. ¿Cómo puede un caballo
estar en plena forma si no le dejan dormir?
¿Quién está ahí?
––Soy un mulo que se dedica a transportar
cureñas, y me han asignado la del número 2,
primera batería desmontable ––respondió el
mulo––, y el otro es uno de vuestros amigos.
¿Y tú quién eres?
––El número 15, 5.° escuadrón, 9.° de
lanceros. El caballo de Dick Cunliffe. Por favor,
hazme un poco de sitio.
––Perdóname ––dijo el mulo––. Es una
noche tan oscura que no se ve absolutamente
nada. He salido de mi campamento para buscar
un poco de paz y calma aquí.
––Señores ––dijo humildemente el camello––,
hemos tenido pesadillas esta noche y
nos ha entrado miedo. Yo no soy más que un
camello de carga del 39.° regimiento de la
infantería indígena, y no tengo vuestro valor,
señores.
––Entonces, por las barbas de Satanás,
¿por qué no te has quedado para llevar el bagaje
de la infantería indígena, en vez de correr
por todo el campamento? ––preguntó el
mulo.
––Eran unas pesadillas espantosas ––
respondió el camello––. Os pido perdón. ¡Escuchad!
¿Qué es eso? ¿Hay que echar a correr
de nuevo?
––Siéntate ––le ordenó el mulo––, o te
romperás esas largas patas con los cañones –
–puso las orejas tiesas, prestando la mayor
atención––. Los bueyes ––dijo––, los bueyes
empleados en la batería. ¡Por todos los demonios!
Tú y tus amigos habéis despertado al
campamento al completo. Se necesita molestar
de veras a un buey de batería para que se
ponga de pie.
Me pareció oír una cadena que se arrastraba
por el suelo. Llegó una pareja de esos
bueyes blancos que acercan los cañones a los
sitios a los que no se atreven a llegar los elefantes,
al notar cerca el fuego del enemigo.
Iban lentos, apoyándose, empujándose con
los hombros, casi pisando la cadena. Venia
detrás de ellos un mulo de los de batería, que
llamó a gritos como loco:
––¡Billy!
––Uno de nuestros reclutas ––le presentó
el mulo veterano al caballo de las fuerzas de
caballería––. Me llama. Vamos, jovenzuelo,
¿por qué gritas de esa manera? La oscuridad
jamás ha hecho mal a nadie.
Los bueyes de batería se pusieron costado
contra costado y empezaron a rumiar. Pero el
mulo novato se precipitó hacia Billy.
––¡Qué cosas! ––exclamó––. Billy, cosas
espantosas y horribles. Llegaron hasta nuestras
filas mientras dormíamos. ¿Crees que
nos matarán?
––Tengo ganas de propinarte unas coces
que me dejen a gusto ––le respondió Billy––.
¡Que un mulo enorme como tú, formado como
estás, deshonre a la batería delante de
este señor!
––Tranquilo, tranquilo ––suplicó el caballo––.
Recuerda que son todos igual al principio.
La primera vez que vi a un hombre (fue
en Australia y tenía yo entonces tres años),
eché a correr y no paré en medio día, y si
hubiera visto a un camello, todavía seguiría
corriendo. Casi todos los caballos de nuestra
fuerza de caballería, en la India, son importados
de Australia, y los doman los mismos jinetes.
––Es cierto lo que dices ––cedió Billy––.
Deja de temblar, jovencito. La primera vez
que me pusieron el arnés completo, con todas
sus cadenas, sobre la espalda, me levanté
sobre las patas delanteras, empecé a dar
coces y tiré todo por tierra. No sabía prácticamente
nada sobre el arte de cocear, pero
los de la batería dijeron que jamás habían
visto algo parecido.
––Pero no era un arnés, ni cosa que haga
ruido. Sabes, Billy, que eso me trae ya sin
cuidado. Eran cosas como árboles, y caían
por todo el campamento, burbu jeando. Se
me rompió la cabezada y no pude encontrar a
mi encargado, Billy. Entonces huí con… estos
señores.
––¡Hummm! ––rezongó Billy––, en cuanto
vi que los camellos se habían escapado, me
fui por propia iniciativa, pero con mucha
tranquilidad. Para que un mulo de batería…
o, más bien, de cañón desmontable llame señores
a los bueyes, tiene que estar seriamente
tocado de la cabeza. ¿Quiénes sois vosotros,
vosotros, los que estáis tumbados?
Los bueyes dieron la vuelta al bolo alimenticio
en la boca, y respondieron a la vez:
––7.a pareja, 1.a pieza de artillería de
grueso calibre. Estábamos durmiendo cuando
llegaron los camellos. Cuando nos dimos
cuenta de que no respetaban nada y a nadie
y estaban a punto de pisotearnos, nos levantamos
y nos fuimos. Es mejor descansar
tranquilos en el barro, que mal sobre una
buena cama de paja. Le hemos dicho a vuestro
amigo aquí presente que no tenía nada
que temer, pero es tan sabio que le ha parecido
mejor seguir su propia opinión. ¡Qué le
vamos a hacer!
Y siguieron rumiando.
––Fíjate lo que pasa cuando se tiene miedo
––dijo Billy––. Uno se convierte en objeto
de mofa hasta para bueyes de batería. Espero
que eso te guste, pequeño.
El mulo joven apretó los dientes, y le oí
decir algo así como que el no tenía miedo de
ningún viejo y asqueroso buey de batería.
Pero los bueyes se limitaron a entrechocar
sus cuernos y continuaron rumiando.
––Bueno, no te enfades. Esa sí que es la
peor de las cobardías ––trató de apaciguar
los ánimos el caballo––. A cualquiera se le
puede perdonar por tener miedo ante lo que
no se comprende. Nosotros nos hemos escapado
en muchas ocasiones, y una vez nada
menos que cuatrocientos de entre nosotros,
porque un recluta empezó a contarnos historias
de serpientes––látigo, que hay en nuestra
tierra, Australia, y que son muy peligrosas.
Nos moríamos de miedo con sólo ver el
cabo suelto de nuestras cabezadas.
––Todo eso está muy bien en el campamento
––dijo Billy––. No me resisto al inmenso
placer que produce una desbandada
después de haber estado uno o dos días sin
salir. Pero ¿qué hacéis cuando estáis en servicio
activo?
––Bueno, eso es otro asunto. Cuando me
encuentro en esa circunstancia, mi jinete es
Dick Cunliffe, que me hunde las rodillas en
los costados. Sólo tengo que vigilar dónde
pongo los cascos, mantener las patas traseras
debajo del cuerpo y obedecer la brida.
––¿Qué quiere decir obedecer la brida? ––
preguntó el mulo joven.
––¡Esto sí que es bueno, por lo más sagrado
que haya en el mundo! ––le contestó el
caballo con aire desdeñoso––. ¿Quieres decir
que no os enseñan a obedecer la brida? ¿Cómo
podéis ser buenos en nada si no sabéis
dar la vuelta en redondo, cuando sentís que
una de las riendas os aprieta en una parte del
cuello? Es una cuestión de vida o muerte para
vuestro hombre y, naturalmente, también
para vosotros. Cuando sientas la rienda en tu
cuello tienes que girar en redondo con las patas
traseras bajo la horizontal del cuerpo. Si
no tienes sitio suficiente, levántate sobre las
patas traseras, y entonces da la vuelta apoyándote
en ellas. Eso es saber obedecer la
brida.
––Eso no es lo que nos enseñan ––le replicó
Billy con mucha frialdad––. Se nos enseña
a obedecer a nuestro guía. A pararnos a una
orden suya, y a avanzar cuando nos lo mande.
Supongo que en el fondo es lo mismo.
Pero ¿a qué vienen esas bellas maniobras y
figuras de carrusel, que deben ser malísimas
para vuestros jarretes*? De verdad, ¿para
qué os sirven?
––Eso depende ––respondió el caballo––.
A menudo tengo que hacer cargas contra
multitudes furiosas, vociferantes, masas de
hombres hirsutos, armados con cuchillos largos,
brillantes, peores que las herramientas
del herrador, y tengo que estar atento para
que la bota de Dick llegue a tocar la del hombre
que va a su lado, pero sin apretarla. Veo
la lanza de Dick a la derecha de mi ojo derecho,
y me siento seguro. No me gustaría ser
el hombre o el caballo que quiera detenernos,
a Dick y a mí, cuando nos encontremos en
aprietos.
––Pero los cuchillos deben haceros mucho
mal ––dijo el mulo joven.
––Bueno, en una ocasión me rajaron el
pecho, pero Dick no tuvo la culpa…
––Yo habría dejado de preocuparme de
quién era la falta, en cuanto hubiera sentido
la herida ––dijo el joven mulo.
––Un grave error ––contestó el caballo––.
Si no tienes confianza en tu hombre, es mejor
que te retires inmediatamente, y a toda
velocidad. Así se comportan algunos de mis
colegas, y no se lo reprocho. Como he dicho,
no era culpa de Dick. Nos topamos con un
hombre tendido en el suelo, y me estiré
cuanto pude para no pisotearlo. Pero me hizo
un tajo con su cuchillo. La próxima vez que
vea un hombre en tierra le pondré los cascos
encima, y bien fuerte.
––¡Hummm! ––gruñó Billy––, eso me parece
totalmente absurdo. Los cuchillos son
unos instrumentos asquerosos, míreselos por
donde se los mire. Lo más interesante es subir
montañas, llevando la silla perfectamente
sujeta y equilibrada, aferrarse al suelo con las
cuatro patas, y hasta con las orejas, avanzar
paso a paso haciéndose bien pequeño, para
llegar al fin, dominando todo el mundo desde
centenares de metros de altura, a una cornisa
donde existe el sitio justo para apoyar los
cascos. Entonces te quedas totalmente quieto
y en silencio ––ni siquiera sueñes que un
hombre te sujete la cabeza, chico––, en silencio
mientras montan los cañones, después
de lo cual se ve cómo los diminutos obuses
caen por encima de las copas de los árboles
haciendo «buuum», lejos, muy lejos, muy
abajo.
––¿Y nunca habéis dado un paso en falso?
––le preguntó el caballo.
––Se dice que cuando una mula de batería
resbale y se despeñe, hay que celebrarlo partiendo
la oreja de una gallina ––contestó Billy––.
De cuando en cuando quizá una albarda
mal cargada haga perder el equilibrio a un
mulo, pero es muy raro. Me gustaría enseñarte
lo que hacemos. Es magnífico. He tardado
tres años en comprender lo que querían los
hombres. La sabiduría del oficio consiste en
no ponerse nunca de perfil a cielo abierto,
porque entonces puedes muy bien convertirte
en blanco de los fusiles enemigos. Permanece
a cubierto siempre que sea posible, incluso si
eso significa desviarte una milla. A mí me toca
guiar la batería cuando se escala así.
––¡Servir de blanco sin poder lanzarte sobre
los que te están tiroteando! ––dijo el caballo,
reflexionando profundamente––. Yo no
lo soportaría. Me volverla loco por atacar con
Dick como jinete.
––Las cosas no son así. En cuanto están
en posición, las piezas de cañón se ocupan de
cargar. Es científico y limpio. Pero los cuchillos,
¡qué porquería!
El camello balanceaba la cabeza impaciente,
intentando intervenir en la conversación.
Luego, le oí, después de haberse aclarado la
garganta, y con un tono en el que se adivinaba
la timidez, inseguro:
Yo he… yo he… hecho un poco la guerra,
pero no escalando y corriendo como vosotros.
––Eso es evidente y lo sabemos todos. Y,
puesto que te has decidido a hablar, te digo
que no tienes aire ni de escalador ni de corredor.
Eres poca cosa. ¿Qué pasó, viejo fardo
de heno?
––Pues que hicimos las cosas como hay
que hacerlas ––respondió el camello––. Nos
echamos todos…
––¡Vaya, por mi grupera* y mi pretal*! ––
rezongó el caballo en voz baja––. ¡Echarse al
suelo!
––Nos echamos cien en el suelo, formando
un gran cuadrado ––continuó el camello––.
Los hombres apilaron los fardos y las sillas
que llevábamos en los lados del cuadrado, y
disparaban por encima de nuestros lomos. Y
lo hacían desde los cuatro lados del cuadrado.
––¿Y quiénes eran esos hombres? ¿Los
primeros que se presentaron como reclutas?
––preguntó el caballo––. También a nosotros,
en la escuela de equitación, nos enseñan a
echarnos, y a permitir que nuestros jinetes
disparen por encima de nosotros. Pero yo sólo
me fío de Dick Cunliffe. Me hace cosquillas
junto a la cincha para que me tumbe y, además,
con la cabeza en tierra no puedo ver.
––Pero ¿qué importa quién dispare por encima
de tu cuerpo? ––dijo el camello––. Hay
montones de hombres y de camellos cerca de
uno, y enormes nubes de humo. Entonces no
me asusto. Me limito a sentarme y esperar.
––Y, sin embargo ––dijo Billy––, tienes pesadillas
por la noche y conviertes el campamento
en un pandemonium. ¡Bien! ¡Bien! Antes
de echarme al suelo, tanto más de sentarme,
y de permitir que un hombre dispare
por encima de mí, mis patas y su cabeza tendrían
algo que decirse. ¿Habéis oído en vuestra
vida algo tan espantoso, tan ridículo y tan
sin sentido como esto?
Se hizo un gran silencio, y luego uno de
los bueyes levantó su impresionante cabeza.
––Lo que decís no tiene ni pies ni cabeza –
–dijo––. Hay una sola manera de combatir.
––Vaya, adelante ––comentó Billy––. Que
no te preocupe mi presencia. Supongo que
vosotros, amigos, combatís de pie, y apoyados
sobre vuestra cola.
––Sí, sólo hay una forma ––dijeron los dos
a la vez. Deberían haber sido gemelos––. Y
es ésta: uncirnos las veinte yuntas* que somos
al cañón grande en cuanto Dos Colas
barrita.
Dos Colas es el mote que se emplea en el
campamento para referirse al elefante.
––¿Y por qué barrita?
––Para decirnos que no dará un paso más
hacia la humareda que tiene enfrente. Dos
Colas es un cobarde total. Nosotros somos los
que, todos a una, empujamos el gran cañón.
¡Heeya, ¡Hullah!, ¡Heeya! , ¡Hullah! Ni escalamos
como gatos, ni corremos como terneros.
Las veinte yuntas de mi grupo avanzamos
por la llanura, tan plana como la palma
de la mano, hasta que nos desuncen de nuevo,
y pastamos cuando el gran cañón le habla
a través de la llanura a alguna ciudad de paredes
de adobe, y los muros saltan por los
aires, y sube una enorme polvareda como si
muchas vacadas volvieran al establo.
––¿Y entonces es cuando más os gusta
pastar? ––preguntó el mulo joven.
––Entonces o luego. Comer siempre está
bien. Comemos hasta que nos uncen de nuevo
al yugo y desplazamos el cañón hasta
donde lo espera Dos Colas. A veces, en las
ciudades hay grandes cañones que responden
al fuego del nuestro y matan a algunos de
nosotros. Se trata del destino, únicamente de
eso. Pero, de todas formas, Dos Colas es un
grandísimo cobarde. La nuestra es la manera
más adecuada de pelear. Nosotros somos
hermanos, hijos de Hapur. Nuestro padre fue
un buey sagrado de Siva. Hemos dicho lo que
teníamos que decir.
––Bien, ciertamente he aprendido algo esta
noche ––dijo el caballo––. Vosotros, los
señores de la batería de los cañones desmontables,
¿tenéis el humor suficiente como para
comer cuando estáis bajo el fuego, mientras
os espera Dos Colas, que se ha quedado
atrás?
––Casi la misma alegría que sentimos
cuando tenemos que echarnos por tierra, y
dejar que los hombres se tumben sobre nosotros,
o cuando nos lanzamos contra multitudes
armadas de cuchillos. Nunca había oído
tonterías semejantes a las que he escuchado
esta noche. Una cornisa junto a un precipicio
en la montaña, una carga bien equilibrada,
un mulero que me deje seguir mi camino, y
seré yo el primero que se ofrezca para todo.
Pero del resto de lo dicho, ¡ni hablar! ––casi
gritó Billy golpeando la tierra con uno de sus
cascos.
––Naturalmente ––quiso aclarar el caballo––,
no estamos todos hechos de la misma
madera, y veo que a los de vuestra familia,
por línea paterna, les costaría entender muchas
cosas.
––No admito que os metáis con la línea
paterna de nuestra familia ––respondió Billy
encolerizado––, porque a ningún mulo le gusta
que le recuerden que su padre fue un asno.
Mi padre era un caballero del sur, capaz
de derribar, de morder y dejar para el arrastre
a cualquier caballo que se le cruzara en el
camino. No lo olvides nunca, tú, gran brumby
marrón.
La palabra brumby se emplea para calificar
a un caballo salvaje, sin modales. Y os podéis
imaginar lo que el insulto significó para el caballo
de Australia. Vi cómo brillaba en la oscuridad
el blanco de sus ojos.
––Dime, hijo de un garañón importado de
Málaga ––la frase le salió de entre unos dientes
apretados de rabia––. Quiero que sepas
que estoy emparentado, por línea materna,
con Carbine, ganadora de la copa de Melbourne.
Y en mi tierra no solemos dejarnos
pisotear por un mulo que habla como los loros;
pero sus palabras salen de su cabeza de
cerdo, y no les queda más remedio que pertenecer
a una batería de cerbatanas*, esos
juguetes que entretienen a los niños. ¿Estás
preparado?
––¡De pie, sobre las patas traseras! ––
gritó Billy con voz estridente.
Los dos adoptaron la misma postura, estaban
cara a cara, y yo esperaba un combate a
muerte, cuando en la oscuridad, hacia la parte
derecha, se oyó una voz gutural y profunda.
––Chicos ––dijo––, ¿por qué os peleáis?
Tranquilos.
Los dos animales bajaron las patas a la
vez, bufando de disgusto, porque ni el caballo
ni el mulo pueden soportar la voz de un elefante.
––¡Es Dos Colas! ––dijo el caballo––. No
puedo aguantarlo. Tener una cola a cada extremo
del cuerpo no es justo.
––Lo mismo pienso yo ––dijo Billy, apretándose
contra el caballo para no sentirse solo––.
Nosotros nos parecemos mucho en ciertos
rasgos.
––Supongo que los habremos heredado de
nuestras madres ––respondió él caballo––.
¿Por qué vamos a pelearnos? Oye, Dos Colas,
¿estás atado?
––Sí ––respondió el riéndose con toda la
trompa––. Me han atado a los postes para
pasar la noche. He escuchado lo que decíais.
No tengáis miedo. Me quedo donde estoy.
Los bueyes y los camellos exclamaron casi
en voz alta:
––¿Miedo de Dos Colas? ¡Qué absurdo!
––Sentimos que nos hayas oído ––añadió
el buey––, pero es verdad. Dos Colas, ¿por
qué tenéis miedo de los cañones cuando disparan
?
––Bueno ––dijo Dos Colas frotándose las
patas traseras, como el niño que recita una
poesía––. No sé si llegaréis a comprender lo
que os voy a contar.
––Nosotros no comprendemos, pero debemos
arrastrar los cañones ––respondieron
los bueyes.
––Lo se. Y sé que sois más valientes de lo
que pensáis. Pero es que yo soy muy diferente.
El otro día, el capitán de mi batería me
llamó paquidermo anacrónico.
––Supongo que se refería a la manera tan
particular que tienes de combatir ––dijo Billy,
que había recuperado su–– valor.
––Naturalmente, tú no tienes ni idea de lo
que eso significa, pero yo sí. Eso significa,
más o menos, que ni una cosa ni otra, y eso
es exactamente lo que yo soy. Puedo ver con
toda claridad lo que sucederá si estalla un
obús. En cambio, vosotros, los bueyes, no
poseéis esa capacidad.
––Yo sí ––dijo el caballo––. Al menos, algo.
Y procuro no pensar en ello.
––Yo soy capaz de ver más que tú, y no
puedo evitar pensarlo. Sé, que en mi caso,
tengo que vigilar una masa de un volumen
enorme, y que nadie me cuidará si caigo enfermo.
No pagarían a mi cornac hasta mi recuperación,
pero no puedo fiarme de el.
––Pues yo sí ––le respondió el caballo––.
Ahora está todo claro. Yo puedo fiarme completamente
de Dick. ––Podéis ponerme encima
del lomo un regimiento de Dicks sin que
por eso consiguiera sentirme mejor. Sé más
que de sobra para sentirme incómodo, y no lo
suficiente como para seguir adelante como si
no lo supiera.
––No comprendemos ––dijeron los bueyes.
––Lo sé. No os hablo a vosotros. No tenéis
ni idea de lo que es la sangre.
––Te equivocas ––respondieron ellos––. Sí
que lo sabemos. Es una cosa roja que empapa
el suelo y que huele.
El caballo resopló, dio un brinco, y finalmente
hizo un corcovo*.
––No habléis de la sangre. Sólo con oír esa
palabra puedo olerla. Y ese olor me produce
un deseo incontenible de salir huyendo cuando
Dick no me monta.
––Pero aquí no hay sangre por ninguna
parte ––dijeron el camello y los bueyes––.
¡Qué tonto eres!
––Es algo sucio ––dijo Billy––. Yo no siento
la necesidad de echar a correr, pero tampoco
quiero hablar de ello.
––¡Eso es, aquí está! ––dijo Dos Colas
meneando el rabo a manera de explicación.
––Pues claro que estamos aquí ––dijeron
al unísono los bueyes––. Llevamos toda la
noche.
Dos Colas golpeó la tierra con una fuerza
tal que la anilla de hierro que llevaba empezó
a tintinear.
––¡Pareja de necios! No hablaba de vosotros.
Sois incapaces de ver lo que hay dentro
de vuestras cabezas.
––Es verdad. Vemos con nuestros cuatro
ojos lo que hay fuera de nosotros ––dijeron
los bueyes––. Vemos lo que hay frente a nosotros.
––Si yo pudiera hacer lo mismo, únicamente
eso, no os necesitarían para arrastrar
los cañones. Si yo fuera como mi capitán… el
ve las cosas en su cabeza antes de disparar.
Tiembla de los pies a la cabeza, pero es demasiado
inteligente para huir. Si yo fuera
como él, sería capaz de arrastrar los cañones.
Pero si yo supiera tanto, jamás me habría
metido en este embrollo. Sería un rey en el
bosque, como lo era antes. Pasaría la mitad
del día durmiendo y me bañaría cuando me
apeteciera. Hace ya un mes que no me he
dado un buen baño.
––Todo eso es muy bonito ––dijo Billy––,
pero poner a una cosa un nombre interminable,
como paquidermo anacrónico, no la remedia.
––Calla ––le contestó con aspereza el caballo––.
Me parece que empiezo a entender
lo que dice Dos Colas.
––Lo comprenderás mejor dentro de un
minuto ––contestó el hecho una furia––. Vamos,
¿quieres explicarme por qué no te gusta
esto?
Se puso a barritar furiosamente, con la
máxima potencia de que era capaz.
––¡Para! ––dijeron a la vez Billy y el caballo.
Sentí que golpeaban el suelo y que se estremecían.
El barrito del elefante es siempre
desagradable, sobre todo en una noche oscura.
––¿No? ––respondió Dos Colas––. ¿No me
lo vais a explicar? ¡Hhhrrmph! ¡Rrrt! ¡Rrrmph!
¡Rrrhha!
Luego se paró de repente. Oí un pequeño
vagido en la oscuridad y me di cuenta inmediatamente
de que Vixen me había encontrado.
Ella sabía tan bien como yo que si hay
algo en el mundo que asuste más al elefante,
es el ladrido de un perro pequeño. Vixen se
detuvo para molestar a Dos Colas y se puso a
corretear alrededor de sus enormes patas. Él
las movía, mientras lanzaba unos gritos agudos.
––¡Vete de aquí, perro asqueroso! ––le
chilló Dos Colas––. Si sigues oliéndome los
tobillos, te soltaré una patada. Perrito valiente…
perrito simpático. ¡Venga, venga! Túmbate,
pequeña bestia sucia. ¿Por qué no la
retiráis de aquí? ¡Fijaos, me va a morder!
––Me parece ––dijo Billy al caballo–– que
nuestro amigo Dos Colas tiene miedo de casi
todo. Si me hubieran dado una buena comida
por cada perro que, de una coz, he hecho
atravesar, dando volteretas, el campo de
maniobras, a estas horas estaría tan gordo
como Dos Colas.
Silbé, y Vixen se me acercó, totalmente
embarrada, me lamió la nariz, y me contó
cómo había recorrido todo el campamento
buscándome. Nunca le había revelado que yo
comprendía el lenguaje de los animales, pues
se habría tomado todas las libertades del
mundo. La levanté con mis brazos y la apreté
contra mi pecho, abotonándome el abrigo por
encima de ella, mientras Dos Colas se agitaba,
golpeaba el suelo y gruñía para sus adentros.
––¡Es extraordinario! ¡Sencillamente extraordinario!
Es algo genético, de familia. Pero
¿dónde está ahora esa bestia pequeña y
maligna? ––oí que palpaba la oscuridad con la
trompa.
––Se diría que todos tenemos nuestras
debilidades, cada uno la suya ––continuó,
mientras se sonaba la trompa––. Vosotros,
caballeros, os alarmasteis cuando me puse a
barritar.
––No nos hemos alarmado exactamente –
–respondió el caballo––, pero pensé que tenía
en el lomo un avispero en vez de una silla. No
empieces otra vez.
––Yo tengo miedo de un perro faldero, y al
camello le asustan las pesadillas.
––Tenemos la suerte de no vernos obligados
a luchar todos de la misma manera ––
dijo el caballo.
––Lo que a mí me gustaría saber ––señaló
el joven mulo, que estaba callado desde hacía
mucho tiempo–– es, sencillamente, por qué
tenemos que luchar.
––Porque nos lo mandan ––explicó el caballo,
indignado.
––Las órdenes ––añadió Billy el mulo, rechinando
los dientes.
¡Hukm ha¡! (es una orden) ––dijo el camello,
con un gargarismo.
¡Hukm hai! ––repitieron Dos Colas y los
bueyes.
––Sí, pero ¿quién da las órdenes? ––
preguntó el mulo joven, que era un recluta
reciente.
––El hombre que se encarga de ti. O el
que llevas sobre tu lomo. O el que te guía. O
el que puede retorcerte la cola ––le explicaron
Billy, el caballo, el camello y los bueyes,
cada uno por turno.
––Pero ¿quién les da a ellos las órdenes?
––Bueno, quieres saber demasiado, jovenzuelo
––le contestó Billy––, una excelente
forma de que te tundan a patadas. Sólo debes
obedecer al hombre que te tiene a su
cargo, sin hacer preguntas.
––Perfecto ––aseveró Dos Colas––, yo no
puedo obedecer porque no veo claro nada,
pero Billy tiene razón. Desobedece las órdenes
y detendrás toda la batería, con lo que te
ganarás una buena tunda.
Los bueyes se levantaron para salir.
––Está a punto de amanecer ––dijeron––.
Vamos a llegarnos a nuestro campamento. Es
cierto que nosotros solamente vemos con
nuestros ojos, y que no somos demasiado
inteligentes, pero eso no importa, porque
somos los únicos que esta noche no hemos
tenido miedo. Buenas noches, valientes.
Nadie respondió, y el caballo preguntó para
cambiar de conversación:
––¿Dónde está el perrillo? Donde hay un
perro, siempre hay un hombre cerca.
––Estoy aquí ––ladró Vixen, bajo la cureña––,
y con mi amo. Oye, camello estúpido y
patudo, tú nos echaste abajo la tienda, y mi
amo está furioso.
––¡Uau! ––exclamaron los bueyes––. Debe
ser un blanco.
––Por supuesto ––replicó Vixen––. ¿Pensabais
que me cuidaba un boyero negro?
¡Huah! ¡Ouack! ¡Ugh! ––exclamaron de
nuevo los bueyes––. Vámonos inmediatamente.
Empezaron a andar a toda prisa sobre el
barro, y no sé cómo se las arreglaron para
que su yugo se quedara enganchado en la
vara de una carreta de municiones.
––Lo habéis conseguido ––Billy no pudo
contener su sorna––. Es inútil que lo intentéis.
Os vais a quedar así, bloqueados, hasta
al amanecer. ¡Santo Cielo! ¿Quién la ha tomado
con vosotros?
Los bueyes empezaron a lanzar esos bufidos
prolongados, sibilantes, característicos
del ganado vacuno de la India. Empujaban,
se apretaban el uno contra el otro, golpeaban
el suelo, se resbalaban, casi se cayeron al
suelo, embarrado, gruñendo con furia.
––Os vais a romper el cuello en cualquier
momento ––aseguró muy serio el caballo––.
¿Pues qué tienen los blancos? Yo vivo bien
con ellos.
––Comen… ¡Nos comen! ¡Tira! ––exclamó
el buey de la izquierda. El yugo se rompió con
un ruido seco, y se alejaron los dos con una
marcha pesada.
Hasta entonces, nunca había comprendido
por qué el ganado vacuno en la India tiene
tanto miedo a los ingleses. Nosotros comemos
carne de buey, cosa que no hace ningún
boyero, y, naturalmente, eso no les sienta
bien a las bestias.
––¡Que me azoten con las cadenas de mi
arzón! ¿Quién se habría imaginado que dos
gordinflones como ellos perderían la cabeza?
––le salió a Billy.
––¿Y eso qué importa? Yo voy a echar un
vistazo a ese hombre blanco. La mayoría lleva
cosas en los bolsillos ––se oyó al caballo.
––Después de lo que has dicho, te dejo solo.
Tampoco yo puedo decir que les quiera
demasiado. Además, los blancos que no tienen
un lugar donde dormir son casi siempre
ladrones, y llevo cantidad de cosas sobre el
lomo que son propiedad del Estado. Vente
conmigo, jovenzuelo, que vamos a llegarnos
juntos hasta nuestro rincón. ¡Buenas noches,
Australia! Supongo que volveremos a vernos
mañana durante la revista. ¡Buenas noches,
viejo fardo de paja! A ver si intentas controlar
tus miedos, ¿eh? Buenas noches, Dos Colas.
Si pasas junto a nosotros mañana, durante la
revista, no te pongas a barritar. Eso desordenaría
nuestras líneas.
Billy, el mulo, se fue con los andares característicos
de los veteranos, entre derrengado
y desenfadado. Mientras tanto, el caballo
apoyó su morro contra mi pecho. Le di
unas cuantas galletas, y Vixen, que es la perrilla
más vanidosa del mundo, aprovechó la
ocasión para contarle mentirijillas sobre las
docenas y docenas de caballos que ella y yo
teníamos a nuestro cargo.
––Mañana iré a la revista en mi coche de
dos ruedas ––quiso impresionarle––. ¿Dónde
estarás tú?
––En el flanco izquierdo del 2.° escuadrón.
Yo marco la cadencia a todo mi pelotón, señorita
––respondió él muy cortésmente––.
Ahora me voy, porque debo encontrar a Dick.
Tengo la cola llena de barro y necesitará dos
horas de duro trabajo para prepararme para
la revista.
La gran revista de treinta mil hombres,
con todo su equipamiento, se celebró por la
tarde. Vixen y yo ocupamos un buen sitio,
muy cerca del virrey y del emir de Afganistán,
cubierta su cabeza con un alto y fuerte
gorro de astracán, y en medio de él, la gran
estrella de diamantes. La primera parte de la
revista transcurrió a pleno sol. Desfilaron los
regimientos, oleadas sucesivas de piernas, en
perfecto acompasamiento y con los fusiles
alineados sin un solo fallo. Una visión que casi
producía vértigo. Luego llegó la caballería a
medio galope, acompañada por una bella tonada,
Bonnie Dundee. Vixen, orgullosa en su
carruaje, levantó las orejas para oírla mejor.
El 2.° escuadrón de lanceros pasó a toda velocidad,
y entre ellos, el caballo de la noche
anterior, con su cabeza casi apoyada en el
pecho, con una oreja hacia delante y la otra
hacia atrás, marcando el paso al resto del escuadrón,
moviendo las patas a ritmo de vals.
Vinieron a continuación los cañones, y vi a
Dos Colas, y a otros elefantes, arrastrando un
cañón de asedio, de los que disparan obuses
de veinte kilos, seguidos por veinte parejas
de bueyes. La séptima llevaba un yugo nuevo
y parecía avanzar con más pereza de la normal,
fatigada. Al final desfilaron los cañones
desmontables. Billy el mulo tenía un aire orgulloso,
como si fuera el comandante en jefe.
Su arnés estaba perfectamente engrasado y
cepillado. Brillaba. Yo lancé un ¡hurra!, que
nadie coreó, por Billy el mulo, pero no miró ni
una sola vez ni a derecha ni a izquierda.
Empezó a caer la lluvia, y durante un rato
una cortina de niebla impidió ver los movimientos
de las tropas. Habían descrito un
gran semicírculo en la llanura y se des plegaban
en un solo frente. La línea fue creciendo,
creciendo, creciendo, hasta cubrir un kilómetro
de un extremo a otro, una muralla compacta
de hombres, caballos y cañones. Entonces,
la muralla empezó a avanzar directamente
hacia donde se encontraban el virrey
y el emir y, a medida que se aproximaba, el
suelo echó a temblar, como el puente de un
barco con los motores a toda potencia.
Si no se ha asistido a una revista parecida,
uno no puede imaginarse la impresión aterradora
que este avance de las tropas causa
a los espectadores. Yo miraba al emir. Hasta
entonces no había cruzado su rostro la más
mínima sombra de sorpresa, ni de ningún
otro sentimiento. Pero, de repente, sus ojos
empezaron a abrirse, cogió con fuerza las
riendas de su caballo, y miró a su espalda.
Por un instante se pudo hasta pensar que iba
a desenvainar su espada y abrirse paso entre
la multitud inglesa, hombres y mujeres que
se encontraban en sus carruajes, detrás de
él. Luego, la muralla se paró de golpe, el suelo
dejó de temblar, el frente entero de las
tropas saludó, y treinta bandas de música
empezaron a tocar a la vez. La revista había
terminado, y los regimientos volvieron a sus
campamentos bajo la lluvia, mientras una
banda de infantería atacaba el himno siguiente:
Avanzaban los animales de dos en dos.
¡Hurra!
Avanzaban los animales de dos en dos.
El elefante y el mulo de batería,
y entraron todos en el Arca,
buscando protección del agua fría.
Después oí a uno de los jefes asiáticos, de
cabellos grises, que había venido con el emir
desde el norte del país, preguntar a un oficial
indígena:
––Dime, ¿cómo se ha conseguido este
prodigio?
––Se ha dado una orden y luego se ha
acatado.
––¿Pero es que los animales son tan inteligentes
como los hombres? ––preguntó de
nuevo el jefe.
––Obedecen, como los hombres. El mulo,
el caballo, el elefante, el buey, todos obedecen
a sus encargados, éste a su sargento,
éste a su teniente, éste a su capitán, éste a
su comandante, éste a su coronel, éste a su
brigadier con sus tres regimientos, el brigadier
a su general, que obedece al virrey, que
está al servicio de la emperatriz. Las cosas
hay que hacerlas así.
––¡Si hubiera algo parecido en Afganistán!
––exclamó el jefe––. Allí nadie obedece más
que su propia voluntad.
––Y por eso ––comentó el oficial indígena
retorciéndose el bigote––, vuestro emir, a
quien no obedecéis, debe presentarse aquí
para obedecer las órdenes de nuestro virrey.
CANCIÓN DE LOS ANIMALES DEL
CAMPAMENTO DURANTE LA REVISTA
LOS ELEFANTES DE LOS CAÑONES
Prestamos a Alejandro nuestra fuerza,
la ciencia en nuestros cuerpos y cabeza.
Nuestros cuellos, dispuestos siempre al
servicio,
jamás gozaron de libertad o beneficio.
Paso a los altos elefantes y a sus inmensos
arreos,
arrastrando cañones, sembradores de
muerte y de miedo.
LOS BUEYES DE LA ARTILLERIA
Héroes de arneses que esquivan las balas,
la pólvora se os cuela en las entrañas.
Entramos en acción y nos siguen los cañones.
Apartaos, que llegan veinte parejas.
Arrastran atalajes, ya no viven de emociones.
CABALLOS DE LA FUERZA DE CABALLERÍA
Nos marcó el hierro para ser mejores,
y gozan de nosotros, húsares, lanceros.
Mejor que establos o abrevaderos,
la canción de Bonnie Dundee, nuestro supremo
consuelo.
Dadnos luego de comer, mucha doma y
mil cuidados,
inteligentes jinetes, tierra abierta a los espacios.
Formemos escuadrones en columna bien
perfecta,
¡y veréis galopes locos con las notas de
Bonnie Dundee!
LOS MULOS DE LA ARTILLERÍA DE
MONTAÑA
Trepábamos monte arriba mis compañeros
y yo.
No había sendero ante nosotros, pero seguimos,
corazón y cascos y a hacer nuestro cualquier
sitio.
Y en la cima, las grandes ilusiones del
honor.
Nos encantan las alturas y dicen que nos
sobran patas.
Buena suerte al sargento que nos deja libertad
para encontrar el camino, mala a los malos
cargadores.
Sabemos manejarnos en lugares y terrenos
imposibles,
Nos encantan las alturas y dicen que nos
sobran patas.
LOS CAMELLOS DE INTENDENCIA
No hay un himno que a los camellos
nos ayude a avanzar.
Nuestros cuellos, auténticos trombones,
tralala, tralala, sonoridad de trombones.
Y nuestra canción de marcha
es ¡ni puedo, ni quiero, ni haré, no!
Que lo oiga la línea entera.
¿Quién ha perdido la carga?
¿Por qué no ha sido la mía?
Cayó la carga al camino.
Viva el alto y la algarada.
¡Urr! ¡Yarth! ¡Grr! ¡Arch!
A palos le parten a uno el alma.
TODOS LOS ANIMALES A CORO
Nacimos, vivimos en campamentos,
y hay para todos un rango.
Hijos del yugo, aguijada,
arneses, miles de petos y cargas.
Destensada está la cuerda;
nuestras filas, una marea ondulante,
con prisas de ir a la guerra.
Siempre los hombres a nuestro lado,
polvorientos, ojos de sueño y vigilias,
ignoran como nosotros, por qué
seguir con frío y con sed, es una ley.
Nacimos, vivimos en campamentos,
y hay para todos un rango.
Hijos del yugo, aguijada,
arneses, miles de petos y carga.

La Espinosa Senda del Honor

Circula todavía por ahí un viejo cuento titulado:
«La espinosa senda del honor, de un cazador
llamado Bryde, que llegó a obtener grandes
honores y dignidades, pero sólo a costa de
muchas contrariedades y vicisitudes en el curso
de su existencia». Es probable que algunos de
vosotros lo hayáis oído contar de niños, y tal
vez leído de mayores, y acaso os haya hecho
pensar en los abrojos de vuestro propio camino
y en sus muchas «adversidades». La leyenda y
la realidad tienen muchos puntos de semejanza,
pero la primera se resuelve armónicamente acá
en la Tierra, mientras que la segunda las más de
las veces lo hace más allá de ella, en la
eternidad.
La Historia Universal es una linterna mágica
que nos ofrece en una serie de proyecciones, el
oscuro trasfondo de lo presente; en ellas vemos
cómo caminan por la espinosa senda del honor
los bienhechores de la Humanidad, los mártires
del genio.
Estas luminosas imágenes irradian de todos los
tiempos y de todos los países, cada una durante
un solo instante, y, sin embargo, llenando toda
una vida, con sus luchas y sus victorias.
Consideremos aquí algunos de los componentes
de esta hueste de mártires, que no terminará
mientras dure la Tierra.
Vemos un anfiteatro abarrotado. Las Nubes, de
Aristófanes, envían a la muchedumbre torrentes
de sátira y humor; en escena, el hombre más
notable de Atenas, el que fue para el pueblo un
escudo contra los treinta tiranos, es ridiculizado
espiritual y físicamente: Sócrates, el que en el
fragor de la batalla salvó a Alcibíades y a
Jenofonte, el hombre cuyo espíritu se elevó por
encima de los dioses de la Antigüedad, él
mismo se halla presente; se ha levantado de su
banco de espectador y se ha adelantado para que
los atenienses que se ríen puedan comprobar si
se parece a la caricatura que de él se presenta al
público. Allí está erguido, destacando muy por
encima de todos. Tú, amarga y ponzoñosa
cicuta, habías de ser aquí el emblema de Atenas,
no el olivo.
Siete ciudades se disputan el honor de haber
sido la cuna de Homero; después que hubo
muerto, se entiende. Fijaos en su vida: Va
errante por las ciudades, recitando sus versos
para ganarse el sustento, sus cabellos encanecen
a fuerza de pensar en el mañana. Él, el más
poderoso vidente con los oídos del espíritu, es
ciego y está solo; la acerada espina rasga y
destroza el manto del rey de los poetas. Sus
cantos siguen vivos, y sólo por él viven los
dioses y los héroes de la Antigüedad.
De Oriente y Occidente van surgiendo, imagen
tras imagen, remotas y apartadas entre sí por el
tiempo y el espacio, y, sin embargo, siempre en
la senda espinosa del honor, donde el cardo no
florece hasta que ha llegado la hora de adornar
la tumba.
Bajo las palmeras avanzan los camellos,
ricamente cargados de índigo y de otros
valiosos tesoros. El Rey los envía a aquel cuyos
cantos constituyen la alegría del pueblo y la
gloria de su tierra; se ha descubierto el paradero
de aquel a quien la envidia y la falacia enviaron
al destierro… La caravana se acerca a la
pequeña ciudad donde halló asilo; un pobre
cadáver conducido a la puerta la hace detener.
El muerto es precisamente el hombre a quien
busca: Firdusi… Ha recorrido toda la espinosa
senda del honor.
El africano de toscos rasgos, gruesos labios y
cabello negro y lanoso, mendiga en las gradas
de mármol de palacio de la capital lusitana; es
el fiel esclavo de Camoens; sin él y sin las
limosnas que le arrojan, moriría de hambre su
señor, el poeta de Las Lusiadas.
Sobre la tumba de Camoens se levanta hoy un
magnífico monumento.
Una nueva proyección.
Detrás de una reja de hierro vemos a un
hombre, pálido como la muerte, con larga barba
hirsuta.
– ¡He realizado un descubrimiento, el mayor
desde hace siglos – grita -, y llevo más de veinte
años encerrado aquí!
– ¿Quién es?
– ¡Un loco! – dice el guardián -. ¡A lo que puede
llegar un hombre! ¡Está empeñado en que es
posible avanzar al impulso del vapor!
Salomón de Caus, descubridor de la fuerza del
vapor, cuyas imprecisas palabras de
presentimiento no fueron comprendidas por un
Richelieu, murió en el manicomio.
Ahí tenemos a Colón, burlado y perseguido un
día por los golfos callejeros porque se había
propuesto descubrir un nuevo mundo, ¡y lo
descubrió! Las campanas de júbilo doblan a su
regreso victorioso, pero las de la envidia no
tardarán en ahogar los sones de aquéllas. El
descubridor de mundos, que levantó del mar la
tierra americana y la ofreció a su rey, es
recompensado con cadenas de hierro, que
pedirá sean puestas en su ataúd, como
testimonios del mundo y de la estima de su
época.
Las imágenes se suceden; está muy concurrida
la senda espinosa del honor.
He aquí, en el seno de la noche y las tinieblas,
aquel que calculó la altitud de las montañas de
la Luna, que recorrió los espacios hasta las
estrellas y los planetas, el coloso que vio y oyó
el espíritu de la Naturaleza, y sintió que la
Tierra se movía bajo sus pies: Galileo. Ciego y
sordo está, un anciano, traspasado por la espina
del sufrimiento en los tormentos del mentís, con
fuerzas apenas para levantar el pie, que un día,
en el dolor de su alma, golpeó el suelo al ser
borradas las palabras de la verdad: «¡Y, sin
embargo, se mueve!».
Ahí está una mujer de alma infantil, llena de
entusiasmo y de fe, a la cabeza del ejército
combatiente, empuñando la bandera y llevando
a su patria a la victoria y la salvación. Estalla el
júbilo… y se enciende la hoguera: Juana de
Arco, la bruja, es quemada viva.
Peor aún, los siglos venideros escupirán sobre el
blanco lirio: Voltaire, el sátiro de la razón,
cantará La pucelle.
En el Congreso de Viborg, la nobleza danesa
quema las leyes del Rey: brillan en las llamas,
iluminan la época y al legislador, proyectan una
aureola en la tenebrosa torre donde él está
aprisionado, envejecido, encorvado, arañando
trazos con los dedos en la mesa de piedra; él,
otrora señor de tres reinos, el monarca popular,
el amigo del burgués y del campesino: Cristián
II, de recio carácter en una dura época. Sus
enemigos escriben su historia. Pensemos en sus
veintisiete años de cautiverio, cuando nos venga
a la mente su crimen. Allí se hace a la vela una
nave de Dinamarca; en alto mástil hay un
hombre que contempla por última vez la Isla
Hveen: es Tycho Brahe, que levantará el
nombre de su patria hasta las estrellas y será
recompensado con la ofensa y el disgusto.
Emigra a una tierra extraña: «El cielo está en
todas partes, ¿qué más necesito?», son sus
palabras; parte el más ilustre de nuestros
hombres, para verse honrado y libre en un país
extranjero.
«¡Ah, libre, incluso de los insoportables dolores
del cuerpo!», oímos suspirar a través de los
tiempos. ¡Qué cuadro! Griffenfeld, un Prometeo
danés, encadenado a la rocosa Isla de
Munkholm.
Nos hallamos en América, al borde de un
caudaloso río; se ha congregado una
muchedumbre, un barco va a zarpar contra
viento y marea, desafiando los elementos.
Roberto Fulton se llama el hombre que se cree
capaz de esta hazaña. El barco inicia el viaje; de
pronto se queda parado, y la multitud ríe, silba y
grita; su propio padre silba también: – ¡Orgullo,
locura! ¡Has encontrado tu merecido! ¡Qué
encierren a esta cabeza loca! -. Entonces se
rompe un diminuto clavo que por unos
momentos había frenado la máquina, las ruedas
giran, las palas vencen la resistencia del agua, el
buque arranca… La lanzadera del vapor reduce
las horas a minutos entre las tierras del mundo.
Humanidad, ¿comprendes cuán sublime fue este
despertar de la conciencia, esta revelación al
alma de su misión, este instante en que todas las
heridas del espinoso sendero del honor – incluso
las causadas por propia culpa – se disuelven en
cicatrización, en salud, fuerza y claridad, la
disonancia se transforma en armonía, los
hombres ven la manifestación de la gracia de
Dios, concedida a un elegido y por él
transmitida a todos?
Así la espinosa senda del honor aparece como
una aureola que nimba la Tierra. ¡Feliz el que
aquí abajo ha sido designado para emprenderla,
incorporado graciosamente a los constructores
del puente que une a los hombres con Dios!
Sostenido por sus alas poderosas, vuela el
espíritu de la Historia a través de los tiempos
mostrando – para estímulo y consuelo, para
despertar una piedad que invita a la meditación
-, sobre un fondo oscuro, en cuadros luminosos,
el sendero del honor, sembrado de abrojos, que
no termina, como en la leyenda, en esplendor y
gozo aquí en la Tierra, sino más allá de ella, en
el tiempo y en la eternidad.

Cada cosa en su sitio

Hace de esto más de cien años.
Detrás del bosque, a orillas de un gran lago, se
levantaba un viejo palacio, rodeado por un
profundo foso en el que crecían cañaverales,
juncales y carrizos. Junto al puente, en la puerta
principal, habla un viejo sauce, cuyas ramas se
inclinaban sobre las cañas.
Desde el valle llegaban sones de cuernos y
trotes de caballos; por eso la zagala se daba
prisa en sacar los gansos del puente antes de
que llegase la partida de cazadores. Venía ésta a
todo galope, y la muchacha hubo de subirse de
un brinco a una de las altas piedras que
sobresalían junto al puente, para no ser
atropellada. Era casi una niña, delgada y
flacucha, pero en su rostro brillaban dos ojos
maravillosamente límpidos. Mas el noble
caballero no reparó en ellos; a pleno galope,
blandiendo el látigo, por puro capricho dio con
él en el pecho de la pastora, con tanta fuerza
que la derribó.
– ¡Cada cosa en su sitio! -exclamó-. ¡El tuyo es
el estercolero! -y soltó una carcajada, pues el
chiste le pareció gracioso, y los demás le
hicieron coro. Todo el grupo de cazadores
prorrumpió en un estruendoso griterío, al que se
sumaron los ladridos de los perros. Era lo que
dice la canción:
«¡Borrachas llegan las ricas aves!».
Dios sabe lo rico que era.
La pobre muchacha, al caer, se agarró a una de
las ramas colgantes del sauce, y gracias a ella
pudo quedar suspendida sobre el barrizal. En
cuanto los señores y la jauría hubieron
desaparecido por la puerta, ella trató de salir de
su atolladero, pero la rama se quebró, y la
muchachita cayó en medio del cañaveral,
sintiendo en el mismo momento que la sujetaba
una mano robusta. Era un buhonero, que,
habiendo presenciado toda la escena desde
alguna distancia, corrió en su auxilio.
– ¡Cada cosa en su sitio! -dijo, remedando al
noble en tono de burla y poniendo a la
muchacha en un lugar seco. Luego intentó
volver a adherir la rama quebrada al árbol; pero
eso de «cada cosa en su sitio» no siempre tiene
aplicación, y así la clavó en la tierra
reblandecida -. Crece si puedes; crece hasta
convertirte en una buena flauta para la gente del
castillo -. Con ello quería augurar al noble y los
suyos un bien merecido castigo. Subió después
al palacio, aunque no pasó al salón de fiestas;
no era bastante distinguido para ello. Sólo le
permitieron entrar en la habitación de la
servidumbre, donde fueron examinadas sus
mercancías y discutidos los precios. Pero del
salón donde se celebraba el banquete llegaba el
griterío y alboroto de lo que querían ser
canciones; no sabían hacerlo mejor. Resonaban
las carcajadas y los ladridos de los perros. Se
comía y bebía con el mayor desenfreno. El vino
y la cerveza espumeaban en copas y jarros, y los
canes favoritos participaban en el festín; los
señoritos los besaban después de secarles el
hocico con las largas orejas colgantes. El
buhonero fue al fin introducido en el salón, con
sus mercancías; sólo querían divertirse con él.
El vino se les había subido a la cabeza,
expulsando de ella a la razón. Le sirvieron
cerveza en un calcetín para que bebiese con
ellos, ¡pero deprisa! Una ocurrencia por demás
graciosa, como se ve. Rebaños enteros de
ganado, cortijos con sus campesinos fueron
jugados y perdidos a una sola carta.
– ¡Cada cosa en su sitio! -dijo el buhonero
cuando hubo podido escapar sano y salvo de
aquella Sodoma y Gomorra, como él la llamó-.
Mi sitio es el camino, bajo el cielo, y no allá
arriba -. Y desde el vallado se despidió de la
zagala con un gesto de la mano.
Pasaron días y semanas, y aquella rama
quebrada de sauce que el buhonero plantara
junto al foso, seguía verde y lozana; incluso
salían de ella nuevos vástagos. La doncella vio
que había echado raíces, lo cual le produjo gran
contento, pues le parecía que era su propio
árbol.
Y así fue prosperando el joven sauce, mientras
en la propiedad todo decaía y marchaba del
revés, a fuerza de francachelas y de juego: dos
ruedas muy poco apropiadas para hacer avanzar
el carro.
No habían transcurrido aún seis años, cuando el
noble hubo de abandonar su propiedad
convertido en pordiosero, sin más haber que un
saco y un bastón. La compró un rico buhonero,
el mismo que un día fuera objeto de las burlas
de sus antiguos propietarios, cuando le sirvieron
cerveza en un calcetín. Pero la honradez y la
laboriosidad llaman a los vientos favorables, y
ahora el comerciante era dueño de la noble
mansión. Desde aquel momento quedaron
desterrados de ella los naipes. – ¡Mala cosa! –
decía el nuevo dueño-. Viene de que el diablo,
después que hubo leído la Biblia, quiso fabricar
una caricatura de ella e ideo el juego de cartas.
El nuevo señor contrajo matrimonio – ¿con
quién dirías? – Pues con la zagala, que se había
conservado honesta, piadosa y buena. Y en sus
nuevos vestidos aparecía tan pulcra y
distinguida como si hubiese nacido en noble
cuna. ¿Cómo ocurrió la cosa? Bueno, para
nuestros tiempos tan ajetreados sería ésta una
historia demasiado larga, pero el caso es que
sucedió; y ahora viene lo más importante.
En la antigua propiedad todo marchaba a las mil
maravillas; la madre cuidaba del gobierno
doméstico, y el padre, de las faenas agrícolas.
Llovían sobre ellos las bendiciones; la
prosperidad llama a la prosperidad. La vieja
casa señorial fue reparada y embellecida; se
limpiaron los fosos y se plantaron en ellos
árboles frutales; la casa era cómoda, acogedora,
y el suelo, brillante y limpísimo. En las veladas
de invierno, el ama y sus criadas hilaban lana y
lino en el gran salón, y los domingos se leía la
Biblia en alta voz, encargándose de ello el
Consejero comercial, pues a esta dignidad había
sido elevado el ex-buhonero en los últimos años
de su vida. Crecían los hijos – pues habían
venido hijos -, y todos recibían buena
instrucción, aunque no todos eran inteligentes
en el mismo grado, como suele suceder en las
familias.
La rama de sauce se había convertido en un
árbol exuberante, y crecía en plena libertad, sin
ser podado. – ¡Es nuestro árbol familiar! -decía
el anciano matrimonio, y no se cansaban de
recomendar a sus hijos, incluso a los más
ligeros de cascos, que lo honrasen y respetasen
siempre.
Y ahora dejamos transcurrir cien años.
Estamos en los tiempos presentes. El lago se
había transformado en un cenagal, y de la
antigua mansión nobiliaria apenas quedaba
vestigio: una larga charca, con unas ruinas de
piedra en uno de sus bordes, era cuanto
subsistía del profundo foso, en el que se
levantaba un espléndido árbol centenario de
ramas colgantes: era el árbol familiar. Allí
seguía, mostrando lo hermoso que puede ser un
sauce cuando se lo deja crecer en libertad.
Cierto que tenía hendido el tronco desde la raíz
hasta la copa, y que la tempestad lo había
torcido un poco; pero vivía, y de todas sus
grietas y desgarraduras, en las que el viento y la
intemperie habían depositado tierra fecunda,
brotaban flores y hierbas; principalmente en lo
alto, allí donde se separaban las grandes ramas,
se había formado una especie de jardincito
colgante de frambuesas y otras plantas, que
suministran alimento a los pajarillos; hasta un
gracioso acerolo había echado allí raíces y se
levantaba, esbelto y distinguido, en medio del
viejo sauce, que se miraba en las aguas negras
cada vez que el viento barría las lentejas
acuáticas y las arrinconaba en un ángulo de la
charca. Un estrecho sendero pasaba a través de
los campos señoriales, como un trazo hecho en
una superficie sólida.
En la cima de la colina lindante con el bosque,
desde la cual se dominaba un soberbio
panorama, se alzaba el nuevo palacio, inmenso
y suntuoso, con cristales tan transparentes, que
habríase dicho que no los había. La gran
escalinata frente a la puerta principal parecía
una galería de follaje, un tejido de rosas y
plantas de amplias hojas. El césped era tan
limpio y verde como si cada mañana y cada
tarde alguien se entretuviera en quitar hasta la
más ínfima brizna de hierba seca. En el interior
del palacio, valiosos cuadros colgaban de las
paredes, y había sillas y divanes tapizados de
terciopelo y seda, que parecían capaces de
moverse por sus propios pies; mesas con tablero
de blanco mármol y libros encuadernados en
tafilete con cantos de oro… Era gente muy rica
la que allí residía, gente noble: eran barones.

Tía Dolor de Muelas

¿Qué de dónde hemos sacado esta historia?
¿Quieres saberlo?
Pues la hemos sacado del barril que contiene el
papel viejo.
Más de un libro bueno y raro ha ido a parar a la
mantequería y a la abacería, no precisamente
para ser leído, sino como articulo utilitario. Lo
emplean para liar cucuruchos de almidón y café
o para envolver arenques, mantequilla y queso.
Las hojas escritas son también útiles.
Y a menudo ocurre que va a parar al cubo lo
que no debiera.
Conozco a un dependiente de una verdulería,
hijo de un mantequero; ascendió de la bodega a
la planta baja; es hombre muy leído, con cultura
de bolsas de abacería, tanto impresas como
manuscritas. Posee una interesante colección,
de la que forman parte notables documentos
extraídos de la papelera de tal o cual
funcionario demasiado ocupado y distraído;
cartas confidenciales de un amigo a la amiga;
comunicaciones escandalosas que no debieran
circular ni ser comentadas por nadie. Es una
especie de estación de salvamento para una
parte no despreciable de la literatura, y su
campo de acción es muy amplio, pues dispone
de la tienda de sus padres y de la del dueño,
donde ha salvado más de un libro, u hojas de él,
que bien merecían ser leídas y releídas.
Me enseñó su colección de cosas impresas y
manuscritas sacadas del cubo, la mayoría de
ellas de la mantequería. Había allí varias hojas
de un cuaderno relativamente abultado, del que
me llamó la atención el carácter de letra, muy
cuidado y claro.
– Lo escribió un estudiante -me dijo-. Un
estudiante que vivía enfrente y que murió hace
un mes. Padecía mucho de dolor de muelas, por
lo que aquí se ve. ¡Es muy divertida su lectura!
Esto es sólo una pequeña parte de lo que
escribió, pues había todo un libro y aún algo
más. Por él, mis padres dieron a la patrona del
estudiante media libra de jabón verde. Esto es
todo lo que pude salvar.
Se lo pedí prestado, lo leí y ahora voy a
contarlo. El título era:
Tía Dolor de Muelas
De niño, mi tía me regalaba golosinas. Mis
dientes resistieron, sin estropearse. Ahora soy
mayor, soy ya estudiante, y ella sigue
regalándome con dulces; soy poeta, dice.
Cierto que hay algo de poeta en mí, pero no lo
bastante. A menudo, yendo por las calles de la
ciudad, me parece como si anduviese por el
interior de una gran biblioteca; las casas son las
estanterías de los libros, y cada piso es un
anaquel. Aquí hay una historia cotidiana, allá
una buena comedia u obras científicas de todas
las ramas, acullá literatura, buena o de pacotilla.
Y puedo fantasear y filosofar sobre todos esos
libros.
Hay algo de poeta en mí, pero no lo bastante.
Muchas personas tienen de ello tanto como yo,
y, sin embargo, no ostentan ningún escudo ni
collar con el título de poeta.
Para ellos y para mí es un don de Dios, una
gracia concedida, bastante para uno mismo,
pero demasiado pequeña para que merezca ser
comunicada a los demás. Viene como un rayo
de sol, llena el alma y el pensamiento; viene
como aroma de flores, como una melodía que
uno conoce sin acertar a recordar de dónde
procede.
Una noche, hace poco, en mi habitación, sentía
ganas de leer, pero no tenía ningún libro; y he
aquí que de pronto cayó del tilo una hoja verde
y tierna. Un soplo de aire la introdujo en mi
cuarto.
Contemplé sus numerosas y ramificadas
nervaduras; por su superficie se movía un
gusanillo, como interesado en estudiar la hoja a
conciencia. Aquello me hizo pensar en la
ciencia humana. También nosotros nos
arrastramos sobre la superficie de una hoja, no
conocemos otra cosa, y en seguida nos sentimos
con ánimos para pronunciar una conferencia
acerca del árbol entero, con su raíz, tronco y
copa, el gran árbol: Dios, el mundo y la
inmortalidad. Y, sin embargo, de todo ello no
conocemos sino una hoja.
Mientras estaba así ocupado, recibí la visita de
tía Mille. Le enseñé la hoja con el gusano, le
comuniqué mis pensamientos y vi que sus ojos
brillaban.
– ¡Eres un poeta! -exclamó-. ¡Quizás el más
grande que tenemos! ¡Qué contenta bajaría a la
tumba, si yo pudiera verlo! Desde el entierro del
cervecero Rasmussen, me has estado
asombrando con tu poderosa imaginación.
Así dijo tía Mille, y me besó.
¿Quién era tía Mille y quién el cervecero
Rasmussen?
Cuando éramos niños, llamábamos tía a la que
lo era de nuestra madre; no la conocíamos por
otro nombre.
Nos regalaba confituras y azúcar, a pesar del
peligro que suponían para nuestros dientes;
pero, como ella decía, los pequeños eran su
debilidad. Habría sido cruel privarlos de aquel
poquitín de golosinas que tanto les gustaban.
Por eso queríamos tanto a nuestra tía.
Era una vieja solterona. Siempre la conocí vieja.
Se había plantado en una misma edad.
Había sufrido mucho de dolor de muelas, y
hablaba constantemente de ello; por eso su
amigo el cervecero Rasmussen, hombre muy
chistoso, la llamaba Tía Dolor de Muelas.
Éste hacia varios años que había dejado el
negocio, para vivir de sus rentas; frecuentaba la
casa de la tía y era más viejo que ella. No le
quedaba ni un diente, aparte dos o tres negros
raigones.
De joven había comido mucho azúcar, nos
decía; por eso se veía de aquel modo.
Por lo visto, tía nunca debió de haber comido
azúcar de pequeña, pues tenía unos dientes
magníficos y blanquísimos.
Los cuidaba bien, por otra parte; nunca se iba a
dormir con ellos, decía el cervecero Rasmussen.
Los niños sabían que aquello era pura malicia,
pero tía afirmaba que lo decía sin mala
intención.
Una mañana, a la hora del desayuno, contó un
sueño desagradable que había tenido por la
noche: que se le había caído un diente.
– Esto significa -dijo- que perderé un buen
amigo o una buena amiga.
– Si el diente era postizo -observó el cervecero
con una sonrisa burlona-, tal vez sea un falso
amigo.
– ¡Es usted un viejo grosero! -replicó tía,
enfadada como nunca la he visto.
Posteriormente dijo que había sido una broma
de su viejo amigo, quien, a su juicio, era el
hombre más noble de la Tierra, y que cuando
muriese sería un angelito de Dios en el cielo.
Aquella presunta transformación me dio mucho
que pensar. ¿Podría reconocerlo bajo su nueva
figura?
De joven había pretendido a mi tía. Ella se lo
pensó demasiado tiempo, permaneció indecisa y
se quedó soltera, pero siempre fue para él una
fiel amiga.
Luego murió el cervecero Rasmussen.
Lo llevaron a la tumba en el coche fúnebre más
caro, y hubo nutrido acompañamiento; incluso
personajes condecorados y en uniforme.
Tía presenció la comitiva desde la ventana,
vestida de luto, rodeada de todos nosotros, sin
que faltase mi hermanito menor, traído por la
cigüeña una semana antes.
Cuando hubieron desfilado la carroza fúnebre y
el séquito, y la calle quedó desierta, tía quiso
marcharse, pero yo me opuse; aguardaba al
ángel, el cervecero Rasmussen. Estaría
convertido en un angelillo alado y no podía
dejar de aparecérsenos.
– ¡Tía! -dije-, ¿no crees que va a venir? ¿O que
cuando la cigüeña nos traiga otro hermanito
será el cervecero Rasmussen?
Tía quedó anonadada ante mi fantasía, y
exclamó: «¡Este niño será un gran poeta!». Y lo
estuvo repitiendo durante todos mis años
escolares aun después de mi confirmación y
cuando era ya estudiante.
Fue y sigue siendo para mí la amiga que más
simpatiza con el dolor poético y el dolor de
muelas. Yo sufro accesos de uno y otro.
– Anota todos tus pensamientos -decía- y
guárdalos en el cajón de la mesa; así lo hacía
Jean-Paul. Llegó a ser un gran poeta, del cual
recuerdo muy poca cosa, lo confieso; no es
bastante interesante. Tú debes ser interesante.
¡Y lo serás!
La noche que siguió a aquella conversación me
la pasé dominado por el anhelo y el tormento, el
afán y la ilusión de ser el gran poeta que mi tía
veía y adivinaba en mí. Pero existe un dolor
peor que aquél: el dolor de muelas. Éste me
atormentaba; me convirtió en un gusano que me
retorcía entre vejigatorios y cataplasmas.
– ¡Yo sé lo que es eso! -decía la tía; y su boca
dibujaba una triste sonrisa. ¡Cómo brillaban sus
dientes!
Pero debo empezar un nuevo capítulo de la
historia de mi tía.
Llevaba un mes en una nueva casa. Un día
hablaba de ello con mi tía.
– Es una familia muy tranquila. No se
preocupan de mí ni cuando llamo tres veces.
Enfrente hay un barullo infernal, con los ruidos
del viento y de la gente. Vivo exactamente
encima del portal; cada coche que entra o sale
hace mover los cuadros de las paredes. Tiembla
toda la casa, como en un terremoto. Desde la
cama siento la vibración en todo el cuerpo, pero
supongo que esto fortifica los nervios. Cada vez
que hay tormenta – ¡y cuidado que aquí son
frecuentes!, – los ganchos de las ventanas
oscilan y golpean contra las paredes. A cada
ráfaga suena la campanilla de la puerta del patio
vecino.
Nuestros inquilinos regresan a casa a gotas, ya
anochecido o muy avanzada la noche. El que
reside encima de mi cuarto, que durante el día
da lecciones de trombón, es el que vuelve más
tarde y antes de acostarse se da un paseíto por la
habitación, con paso recio y botas claveteadas.
No hay doble ventana, y sí en cambio un cristal
roto, sobre el cual la patrona ha pegado un
papel. El viento sopla por la raja, con notas
comparables a las del zumbido del tábano. Es
mi canción de cuna. Y si llego a dormirme, no
tarda en despertarme el canto del gallo. Los
pollos y gallinas del gallinero del tendero del
sótano me anuncian que pronto será día. Los
caballitos que, a falta de establo, están atados en
el cuartucho de debajo la escalera, no paran de
cocear contra la puerta y el panel para
desentumecerse.
En cuanto alborea, el portero, que duerme con
su familia en la buhardilla, baja las escaleras
con gran ruido: matraquean sus abarcas, sus
portazos hacen temblar la casa, y una vez
pasado el temporal el inquilino de arriba
empieza con su gimnasia, levantando con cada
mano una bola de hierro que no puede sostener,
por lo que se le cae una vez y otra, mientras la
chiquillería de la casa, que debe ir a la escuela,
se precipita por las escaleras saltando y
gritando. Yo me voy a la ventana, la abro para
que entre aire puro, y me doy por satisfecho
cuando puedo obtenerlo, cosa que sólo sucede
cuando la solterona del piso trasero no está
lavando guantes con agua de lejía, pues tal es su
oficio. Aparte esto, es una casa estupenda, y la
familia es muy tranquila.
Éste fue el relato que hice a mi tía acerca de mi
pensión. Claro que le di algo más de vivacidad,
pues la exposición oral tiene siempre acentos
más vivos y amenos que la escrita.
– ¡Eres un poeta! -exclamó mi tía-. Pon esta
descripción por escrito, eres tan bueno como
Dickens. ¡Y mucho más interesante! Pintas,
cuando hablas. Describes tu casa tan bien, que
me parece verla. ¡Me entran escalofríos! No te
quedes ahí: ponle algo vivo, personas, personas
que conmuevan, de preferencia desgraciados.
Y, efectivamente, trasladé al papel la
descripción de la casa tal como era, ruidosa y
alborotada, pero sólo conmigo en ella, sin
acción. Ésta vendrá después.