El pobre Juan estaba muy triste, pues su padre
se hallaba enfermo e iba a morir. No había más
que ellos dos en la reducida habitación; la
lámpara de la mesa estaba próxima a
extinguirse, y llegaba la noche.
– Has sido un buen hijo, Juan -dijo el doliente
padre-, y Dios te ayudará por los caminos del
mundo -. Dirigióle una mirada tierna y grave,
respiró profundamente y expiró; habríase dicho
que dormía. Juan se echó a llorar; ya nadie le
quedaba en la Tierra, ni padre ni madre,
hermano ni hermana. ¡Pobre Juan! Arrodillado
junto al lecho, besaba la fría mano de su padre
muerto, y derramaba amargas lágrimas, hasta
que al fin se le cerraron los ojos y se quedó
dormido, con la cabeza apoyada en el duro
barrote de la cama.
Tuvo un sueño muy raro; vio cómo el Sol y la
Luna se inclinaban ante él, y vio a su padre
rebosante de salud y riéndose, con aquella risa
suya cuando se sentía contento. Una hermosa
muchacha, con una corona de oro en el largo y
reluciente cabello, tendió la mano a Juan,
mientras el padre le decía: «¡Mira qué novia tan
bonita tienes! Es la más bella del mundo
entero». Entonces se despertó: el alegre cuadro
se había desvanecido; su padre yacía en el
lecho, muerto y frío, y no había nadie en la
estancia. ¡Pobre Juan!
A la semana siguiente dieron sepultura al
difunto; Juan acompañó el féretro, sin poder ver
ya a aquel padre que tanto lo había querido; oyó
cómo echaban tierra sobre el ataúd, para colmar
la fosa, y contempló cómo desaparecía poco a
poco, mientras sentía la pena desgarrarle el
corazón. Al borde de la tumba cantaron un
último salmo, que sonó armoniosamente; las
lágrimas asomaron a los ojos del muchacho;
rompió a llorar, y el llanto fue un sedante para
su dolor. Brilló el sol, espléndido, por encima
de los verdes árboles; parecía decirle: «No estés
triste, Juan; ¡mira qué hermoso y azul es el
cielo!. ¡Allá arriba está tu padre pidiendo a Dios
por tu bien!».
– Seré siempre bueno -dijo Juan-. De este modo,
un día volveré a reunirme con mi padre. ¡Qué
alegría cuando nos veamos de nuevo! Cuántas
cosas podré contarle y cuántas me mostrará él, y
me enseñará la magnificencia del cielo, como lo
hacía en la Tierra. ¡Oh, qué felices seremos!
Y se lo imaginaba tan a lo vivo, que asomó una
sonrisa a sus labios. Los pajarillos, posados en
los castaños, dejaban oír sus gorjeos. Estaban
alegres, a pesar de asistir a un entierro, pero
bien sabían que el difunto estaba ya en el cielo,
tenía alas mucho mayores y más hermosas que
las suyas, y era dichoso, porque acá en la Tierra
había practicado la virtud; por eso estaban
alegres. Juan los vio emprender el vuelo desde
las altas ramas verdes, y sintió el deseo de
lanzarse al espacio con ellos. Pero antes hizo
una gran cruz de madera para hincarla sobre la
tumba de su padre, y al llegar la noche, la
sepultura aparecía adornada con arena y flores.
Habían cuidado de ello personas forasteras,
pues en toda la comarca se tenía en gran estima
a aquel buen hombre que acababa de morir.
De madrugada hizo Juan su modesto equipaje y
se ató al cinturón su pequeña herencia:
cincuenta florines y unos peniques en total; con
ella se disponía a correr mundo. Sin embargo,
antes volvió al cementerio, y, después de rezar
un padrenuestro sobre la tumba dijo: ¡Adiós,
padre querido! Seré siempre bueno, y tú le
pedirás a Dios que las cosas me vayan bien.
Al entrar en la campiña, el muchacho observó
que todas las flores se abrían frescas y hermosas
bajo los rayos tibios del sol, y que se mecían al
impulso de la brisa, como diciendo:
«¡Bienvenido a nuestros dominios! ¿Verdad que
son bellos?». Pero Juan se volvió una vez más a
contemplar la vieja iglesia donde recibiera de
pequeño el santo bautismo, y a la que había
asistido todos los domingos con su padre a los
oficios divinos, cantando hermosas canciones;
en lo alto del campanario vio, en una abertura,
al duende del templo, de pie, con su pequeña
gorra roja, y resguardándose el rostro con el
brazo de los rayos del sol que le daban en los
ojos. Juan le dijo adiós con una inclinación de
cabeza; el duendecillo agitó la gorra colorada y,
poniéndose una mano sobre el corazón, con la
otra le envió muchos besos, para darle a
entender que le deseaba un viaje muy feliz y
mucho bien.
Pensó entonces Juan en las bellezas que vería en
el amplio mundo y siguió su camino, mucho
más allá de donde llegara jamás. No conocía los
lugares por los que pasaba, ni las personas con
quienes se encontraba; todo era nuevo para él.
La primera noche hubo de dormir sobre un
montón de heno, en pleno campo; otro lecho no
había. Pero era muy cómodo, pensó; el propio
Rey no estaría mejor. Toda la campiña, con el
río, la pila de hierba y el cielo encima,
formaban un hermoso dormitorio. La verde
hierba, salpicada de florecillas blancas y
coloradas, hacía de alfombra, las lilas y rosales
silvestres eran otros tantos ramilletes naturales,
y para lavabo tenía todo el río, de agua límpida
y fresca, con los juncos y cañas que se
inclinaban como para darle las buenas noches y
los buenos días. La luna era una lámpara
soberbia, colgada allá arriba en el techo infinito;
una lámpara con cuyo fuego no había miedo de
que se encendieran las cortinas. Juan podía
dormir tranquilo, y así lo hizo, no despertándose
hasta que salió el sol, y todas las avecillas de los
contornos rompieron a cantar: «¡Buenos días,
buenos días! ¿No te has levantado aún?».
Tocaban las campanas, llamando a la iglesia,
pues era domingo. Las gentes iban a escuchar al
predicador, y Juan fue con ellas; las acompañó
en el canto de los sagrados himnos, y oyó la voz
del Señor; le parecía estar en la iglesia donde
había sido bautizado y donde había cantado los
salmos al lado de su padre.
En el cementerio contiguo al templo había
muchas tumbas, algunas de ellas cubiertas de
alta hierba. Entonces pensó Juan en la de su
padre, y se dijo que con el tiempo presentaría
también aquel aspecto, ya que él no estaría allí
para limpiarla y adornarla. Se sentó, pues en el
suelo, y se puso a arrancar la hierba y enderezar
las cruces caídas, volviendo a sus lugares las
coronas arrastradas por el viento, mientras
pensaba: «Tal vez alguien haga lo mismo en la
tumba de mi padre, ya que no puedo hacerlo
yo».
Ante la puerta de la iglesia había un mendigo
anciano que se sostenía en sus muletas; Juan le
dio los peniques que guardaba en su bolso, y
luego prosiguió su viaje por el ancho mundo,
contento y feliz.
Al caer la tarde, el tiempo se puso horrible, y
nuestro mozo se dio prisa en buscar un cobijo,
pero no tardó en cerrar la noche oscura.
Finalmente, llegó a una pequeña iglesia, que se
levantaba en lo alto de una colina. Por suerte, la
puerta estaba sólo entornada y pudo entrar. Su
intención era permanecer allí hasta que la
tempestad hubiera pasado.
– Me sentaré en un rincón -dijo-, estoy muy
cansado y necesito reposo -. Se sentó, pues,
juntó las manos para rezar su oración vespertina
y antes de que pudiera darse cuenta, se quedó
profundamente dormido y transportado al
mundo de los sueños, mientras en el exterior
fulguraban los relámpagos y retumbaban los
truenos.
Despertóse a medianoche. La tormenta había
cesado, y la luna brillaba en el firmamento,
enviando sus rayos de plata a través de las
ventanas. En el centro del templo había un
féretro abierto, con un difunto, esperando la
hora de recibir sepultura. Juan no era temeroso
ni mucho menos; nada le reprochaba su
conciencia, y sabía perfectamente que los
muertos no hacen mal a nadie; los vivos son los
perversos, los que practican el mal. Mas he aquí
que dos individuos de esta clase estaban junto al
difunto depositado en el templo antes de ser
confiado a la tierra. Se proponían cometer con
él una fechoría: arrancarlo del ataúd y arrojarlo
fuera de la iglesia.
– ¿Por qué queréis hacer esto? -preguntó Juan-.
Es una mala acción. Dejad que descanse en paz,
en nombre de Jesús.
– ¡Tonterías! -replicaron los malvados-. ¡Nos
engañó! Nos debía dinero y no pudo pagarlo; y
ahora que ha muerto no cobraremos un céntimo.
Por eso queremos vengarnos. Vamos a arrojarlo
como un perro ante la puerta de la iglesia.
– Sólo tengo cincuenta florines -dijo Juan-; es
toda mi fortuna, pero os la daré de buena gana
si me prometéis dejar en paz al pobre difunto.
Yo me las arreglaré sin dinero. Estoy sano y
fuerte, y no me faltará la ayuda de Dios.
– Bien -replicaron los dos impíos-. Si te avienes
a pagar su deuda no le haremos nada, te lo
prometemos -. Embolsaron el dinero que les dio
Juan, y, riéndose a carcajadas de aquel
magnánimo infeliz, siguieron su camino. Juan
colocó nuevamente el cadáver en el féretro, con
las manos cruzadas sobre el pecho, e,
inclinándose ante él, alejóse contento bosque a
través.
En derredor, dondequiera que llegaban los rayos
de luna filtrándose por entre el follaje, veía
jugar alegremente a los duendecillos, que no
huían de él, pues sabían que era un muchacho
bueno e inocente; son sólo los malos, de
quienes los duendes no se dejan ver. Algunos
no eran más grandes que el ancho de un dedo, y
llevaban sujeto el largo y rubio cabello con
peinetas de oro. De dos en dos se balanceaban
en equilibrio sobre las abultadas gotas de rocío,
depositadas sobre las hojas y los tallos de
hierba; a veces, una de las gotitas caía al suelo
por entre las largas hierbas, y el incidente
provocaba grandes risas y alboroto entre los
minúsculos personajes. ¡Qué delicia! Se
pusieron a cantar, y Juan reconoció enseguida
las bellas melodías que aprendiera de niño.
Grandes arañas multicolores, con argénteas
coronas en la cabeza, hilaban, de seto a seto,
largos puentes colgantes y palacios que, al
recoger el tenue rocío, brillaban como nítido
cristal a los claros rayos de la luna. El
espectáculo duró hasta la salida del sol.
Entonces, los duendecillos se deslizaron en los
capullos de las flores, y el viento se hizo cargo
de sus puentes y palacios, que volaron por los
aires convertidos en telarañas.
En éstas, Juan había salido ya del bosque
cuando a su espalda resonó una recia voz de
hombre:
– ¡Hola, compañero!, ¿adónde vamos?
– Por esos mundos de Dios -respondió Juan-. No
tengo padre ni madre y soy pobre, pero Dios me
ayudará.
– También yo voy a correr mundo -dijo el
forastero-. ¿Quieres que lo hagamos en
compañía?
– ¡Bueno! -asintió Juan, y siguieron juntos. No
tardaron en simpatizar, pues los dos eran buenas
personas. Juan observó muy pronto, empero,
que el desconocido era mucho más inteligente
que él. Había recorrido casi todo el mundo y
sabía de todas las cosas imaginables.
El sol estaba ya muy alto sobre el horizonte
cuando se sentaron al pie de un árbol para
desayunarse; y en aquel mismo momento se les
acercó una anciana que andaba muy encorvada,
sosteniéndose en una muletilla y llevando a la
espalda un haz de leña que había recogido en el
bosque. Llevaba el delantal recogido y atado
por delante, y Juan observó que por él
asomaban tres largas varas de sauce envueltas
en hojas de helecho. Llegada adonde ellos
estaban, resbaló y cayó, empezando a quejarse
lamentablemente; la pobre se había roto una
pierna.
Juan propuso enseguida trasladar a la anciana a
su casa; pero el forastero, abriendo su mochila,
dijo que tenía un ungüento con el cual, en un
santiamén, curaría la pierna rota, de tal modo
que la mujer podría regresar a su casa por su
propio pie, como si nada le hubiese ocurrido.
Sólo pedía, en pago, que le regalase las tres
varas que llevaba en el delantal.
– ¡Mucho pides! -objetó la vieja, acompañando
las palabras con un raro gesto de la cabeza. No
le hacía gracia ceder las tres varas; pero
tampoco resultaba muy agradable seguir en el
suelo con la pierna fracturada. Dióle, pues, las
varas, y apenas el ungüento hubo tocado la
fractura se incorporó la abuela y echó a andar
mucho más ligera que antes. Y todo por virtud
de la pomada; pero hay que advertir que no era
una pomada de las que venden en la botica.
– ¿Para qué quieres las varas? -preguntó Juan a
su compañero.
– Son tres bonitas escobas -contestó el otro-. Me
gustan, qué quieres que te diga; yo soy así de
extraño.
Y prosiguieron un buen trecho.
– ¡Se está preparando una tormenta! -exclamó
Juan, señalando hacia delante-. ¡Qué nubarrones
más cargados!
– No -respondió el compañero-. No son nubes,
sino montañas, montañas altas y magníficas,
cuyas cumbres rebasan las nubes y están
rodeadas de una atmósfera serena. Es
maravilloso, créeme. Mañana ya estaremos allí.
Pero no estaban tan cerca como parecía. Un día
entero tuvieron que caminar para llegar a su pie.
Los oscuros bosques trepaban hasta las nubes, y
habían rocas enormes, tan grandes como una
ciudad. Debía de ser muy cansado subir allá
arriba, y, así, Juan y su compañero entraron en
la posada; tenían que descansar y reponer
fuerzas para la jornada que les aguardaba.
En la sala de la hostería se había reunido mucho
público, pues estaba actuando un titiretero.
Acababa de montar su pequeño escenario, y la
gente se hallaba sentada en derredor, dispuesta a
presenciar el espectáculo. En primera fila estaba
sentado un gordo carnicero, el más importante
del pueblo, con su gran perro mastín echado a
su lado; el animal tenía aspecto feroz y los
grandes ojos abiertos, como el resto de los
espectadores.
Empezó una linda comedia, en la que
intervenían un rey y una reina, sentados en un
trono magnífico, con sendas coronas de oro en
la cabeza y vestidos con ropajes de larga cola,
como corresponda a tan ilustres personajes.
Lindísimos muñecos de madera, con ojos de
cristal y grandes bigotes, aparecían en las
puertas, abriéndolas y cerrándolas, para permitir
la entrada de aire fresco. Era una comedia muy
bonita, y nada triste; pero he aquí que al
levantarse la reina y avanzar por la escena, sabe
Dios lo que creerla el mastín, pero lo cierto es
que se soltó de su amo el carnicero, plantóse de
un salto en el teatro y, cogiendo a la reina por el
tronco, ¡crac!, la despedazó en un momento.
¡Espantoso!
El pobre titiretero quedó asustado y muy
contrariado por su reina, pues era la más bonita
de sus figuras; y el perro la había decapitado.
Pero cuando, más tarde, el público se retiró, el
compañero de Juan dijo que repararía el mal, y,
sacando su frasco, untó la muñeca con el
ungüento que tan maravillosamente había
curado la pierna de la vieja. Y, en efecto; no
bien estuvo la muñeca untada, quedó de nuevo
entera, e incluso podía mover todos los
miembros sin necesidad de tirar del cordón;
habríase dicho que era una persona viviente,
sólo que no hablaba. El hombre de los títeres se
puso muy contento; ya no necesitaba sostener
aquella muñeca, que hasta sabía bailar por sí
sola: ninguna otra figura podía hacer tanto.
Los Dos Vecinos
– I –
-Debe ser rubia, tener los ojos azules, una
figura sentimental -dijo Santiago.
-Te equivocas -replicó Anselmo-; debe ser
morena, con brillantes ojos negros, cabellos
de azabache, abundantes y sedosos…
-No -interrumpió Genaro-; ni lo uno ni lo
otro. Pelo castaño, ojos garzos, pálida, hermosa,
elegante, esbelta.
-¿De quién se trata? -preguntó Rafael, entrando
en la habitación de la fonda donde
discutían sus tres amigos.
-Ven aquí, Rafael -dijo Santiago-; nadie
mejor que tú puede sacarnos de esta duda.
Aunque has llegado al pueblo hace pocos días,
de seguro habrás observado que enfrente de
tu casa vive una mujer acompañada de dos
criados viejos, verdaderos Argos que la guardan
y la vigilan, sin permitir que nadie se
aproxime a su morada. Ninguno de nosotros
ha alcanzado la suerte de ver a tu vecina, y
hablábamos del tipo que imaginábamos debía
tener. Tú, sin duda, la habrás visto, y podrás
decirnos cuál acierta de los tres.
-Sé, en efecto, que enfrente de mi casa vive
una mujer que, como vosotros, supongo
será joven y hermosa -contestó Rafael-; de
noche llegan hasta mí las dulces melodías que
sabe arrancar de su arpa o los suaves acentos
de su voz; pero en cuanto a haberla visto, os
aseguro que jamás he tenido esa suerte, y
sólo he logrado vislumbrar una vaga sombra
detrás de las persianas de sus balcones. Hasta
ahora me he ocupado muy poco de ella; la
muerte de mi tío, su recuerdo, que me persigue
sin cesar en esa casa que él habitó y que
heredé a su fallecimiento, todo contribuye a
que no busque gratas sensaciones; así es que
apenas me he asomado a la ventana desde
que llegué, y cuando lo hago es como mi misteriosa
vecina, detrás de las persianas; así
observo sin que nadie pueda fijarse en mí.
-¿De modo que no te es posible decirnos
nada respecto a ella? -preguntó Anselmo.
-Nada -contestó Rafael.
-Yo apuesto un almuerzo a que he acertado
-dijo Genaro.
-Y yo lo mismo -añadió Santiago.
-Y yo igual -murmuró Anselmo.
-En cuanto sepa quién gana, os lo comunicaré
-dijo Rafael-. En mi calidad de vecino,
podré saber antes que vosotros lo que deseáis
averiguar, y tendré el gusto en dar la nueva
al vencedor.
-Mañana -repuso Santiago-, partiremos los
tres de caza al monte, y volveremos dentro
de unos ocho días; entonces nos dirás cuál ha
ganado de los tres.
-¿Tú no nos acompañas? -preguntó a Rafael
Anselmo.
-No puedo -contestó el joven-; y además
de tener ocupaciones, soy poco aficionado a la
caza.
-Supongo que no habrás olvidado que nos
prometiste comer hoy con nosotros -dijo Genaro.
-No; principalmente he venido por eso.
Durante la comida se habló de la misteriosa
vecina; se renovaron las apuestas, y a las
once se separaron Rafael y sus tres compañeros,
quedando estos en la fonda y regresando
el primero a su morada.
– II –
Cuando Rafael entró en su cuarto, en vez
de hacer alumbrar la habitación, dio orden a
su criado de que se retirase, y asomándose a
la ventana, se apoyó en el alféizar, fijando sus
miradas en la casa de enfrente.
La noche estaba obscura, el aire era tibio,
y hasta el joven llegaba el aroma de las flores
que adornaban los balcones de la vivienda de
su vecina.
Las persianas de aquellos estaban cerradas,
y apenas se veía entre alguna un débil
rayo de luz. Lo que sí percibía claramente
Rafael era el sonido dulce y melancólico de
una pieza musical tocada magistralmente en
el arpa.
-¡Cuánto daría por ver a la que así expresa
con la música las sensaciones de su alma! –
exclamó.
Poco a poco se fueron extinguiendo todas
las luces; la casa de enfrente quedó como la
de Rafael, envuelta en la sombra, y entonces
oyó el joven el ruido de una persiana que se
abría. Vagamente divisó la figura esbelta y
graciosa de una mujer vestida de blanco, que
se asomó a uno de los balcones, apoyando
sus brazos en la barandilla. Así pasó un cuarto
de hora, y al cabo de él las campanas de la
iglesia cercana empezaron a tocar con tal precipitación,
que los dos vecinos no pudieron
menos de asombrarse.
Sin embargo, la sorpresa de Rafael no fue
de larga duración, porque bien pronto vio a lo
lejos un resplandor rojizo y una columna de
humo que se elevaba al cielo.
Un hombre pasó rápidamente por la calle.
-Dios mío, ¿qué sucede? -preguntó ella dirigiéndose
sin duda al transeúnte, que no la
oyó.
Rafael, al escuchar aquel dulce acento, se
sintió impresionado, y se apresuró a contestar.
-Señora, es un incendio.
-¡Un incendio! ¿Y se sabe dónde?
-Debe ser en la fábrica de papeles pintados
que hay no lejos de aquí.
-¡Qué desgracia! -exclamó la vecina-.
¡Cuántas familias quedarán pereciendo si el
fuego es de consideración!
-Corro a verlo y traeré a usted noticias.
Media hora después volvía Rafael a ocupar
su puesto en la ventana de su casa.
-Señora -dijo a su vecina que permanecía
inmóvil-, el incendio ha sido cortado y no hay
que lamentar grandes pérdidas. El pueblo en
masa ha trabajado con ahínco para que se
extinga.
-Gracias al cielo, puedo retirarme tranquila.
Le agradezco el servicio que me ha prestado,
pues sé que no tengo ninguna desdicha
que lamentar.
-¿Se va usted ya?
-Es muy tarde.
-¿Quiere usted hacerme un favor?
-Si está en mi mano…
-Precisamente: que antes de retirarse a
sus habitaciones toque un momento el arpa.
La vecina se retiró, y poco después volvían
a sonar los suaves acordes del instrumento.
Rafael no se apartó de la ventana hasta que
la vecina dejó de tocar; entonces se alejó; y
durante toda la noche no cesó de soñar con
ella.
– III –
A las once en punto de la siguiente, Rafael
se asomó, y su vecina no tardó en imitarle.
Habían hablado la víspera y era natural que
se saludasen. Ambos tenían curiosidad por
saber quiénes eran el uno y el otro, y él sacó
la conversación sobre esto, empezando por
decir:
-¿Hace mucho tiempo que se halla usted
en este pueblo?
-Quince días -contestó ella.
-Yo también hace poco que he llegado. Vivía
en Madrid, y tenía en esta tierra a un
hermano de mi madre, al que quería mucho,
y que ha muerto ahora, dejándome por heredero
de todos sus bienes. Mi tío era muy conocido
y apreciado aquí, D. Antonio León.
-Era amigo de mi padre -interrumpió ella.
-Es posible. ¿Cómo se llama su señor padre?
-Pedro Vázquez.
-No recuerdo haberlo oído nombrar. ¿Vive
todavía?
-Tengo la desgracia de ser huérfana.
-¿Está usted aquí sola?
-Completamente sola.
-¿No tiene usted familia, ni hermano, ni
esposo? -preguntó Rafael.
-No tengo hermano, y soy soltera –
contestó ella.
El joven respiró libremente.
-¿Vive usted por placer en este pueblo? –
preguntó pasado un instante.
-Me han mandado los médicos aspirar los
aires puros del campo, y he elegido con preferencia
este lugar porque no se halla lejos de
la corte, donde he habitado siempre. Por lo
demás, sé que todo cuanto haga será inútil
porque mi mal no tiene remedio.
-¿Está usted enferma?
-Sí señor.
-No será tan grave como piensa.
-Tanto que temo morir aquí.
-¿Por qué tiene usted tan triste pensamiento?
-Quisiera equivocarme -murmuró ella-,
pues a los veinticinco años nadie muere contento;
pero si Dios lo dispone, me resignaré.
-Bien, es joven, pensó Rafael; ahora me
falta verla y averiguar su nombre.
Hubo una breve pausa y él continuó:
-No se la encuentra a usted en ningún lado.
-No voy más que al jardín -contestó ella.
-¿Ni a misa?
-Me la dicen en el oratorio que tengo en mi
casa.
-¿Le han prohibido a usted salir?
-Me lo he prohibido yo.
-¿Puedo saber por qué?
-Es un secreto.
-¿Sería indiscreción hacer a usted otra pregunta?
-prosiguió Rafael.
-De ningún modo -respondió la joven-,
hable usted.
-Desearía saber el nombre de mi vecina.
-Me llamo Carlota. ¿Y usted?
-Yo Rafael Torres. Solo me resta pedirle un
favor: ¿consentirá en asomarse un rato todas
las noches?
-Me asomaré con mucho gusto.
-¿No faltará usted nunca?
-Nunca. Las doce da el reloj de la parroquia
y es hora que me vaya. Buenas noches.
Los dos se alejaron, y desde aquel día se
hablaron a la hora convenida, y pronto pudieron
convencerse de que no eran indiferentes
el uno al otro.
– IV –
Cuando Anselmo, Santiago y Genaro regresaron
al pueblo, Rafael no pudo decirles aún
cómo era el rostro de su misteriosa vecina.
Aunque el tiempo se había serenado, la luna
salía tan tarde que Carlota y Rafael se retiraban
antes que la reina de la noche esparciese
su luz de plata sobre la tierra. Parecía que
ambos jóvenes ponían especial cuidado en no
encontrarse en calles o paseos, lo que nada
tenía de particular, porque Carlota no abandonaba
jamás su vivienda. En cuanto a Rafael,
a causa del luto por su tío, no iba a ninguna
diversión, y únicamente visitaba a sus
amigos. Estos se alejaron de nuevo de aquel
lugar, prometiendo a Rafael volver a verle
pronto.
Así estaban las cosas, cuando el joven se
decidió por fin a decir a Carlota que la amaba,
teniendo la inmensa satisfacción de saber que
era correspondido. Fueron aquellos unos amores
por demás extraños. Se hablaban de noche,
no se conocían, ni parecían desear verse.
Él comprendía que ella era alta, esbelta y
elegante, pero no podía descubrir sus facciones;
ella creía adivinar que él tenía mediana
estatura, que su porte era distinguido, pero
ignoraba si era feo o hermoso. ¿Qué les importaba
esto? Su amor tenía mucho de ideal y
algo de fantástico, ambos soñaban con la belleza
del alma, importándoles poco su envoltura;
pero esto no se lo decían jamás, y los
dos vivían en un error del que nadie podía
sacarles.
Rafael tenía un criado que le profesaba
verdadero cariño, y Carlota, como ya hemos
dicho, dos viejos servidores que la habían
conocido desde niña. Los tres criados se
hablaban con frecuencia, y un día por la mañana
se hallaron en la calle la anciana Dominga
y el buen Roque.
-¿Qué tal está tu señora? -preguntó él
-Algo delicada -respondió ella-; ¿y tu señor?
-Mi amo sigue bueno -contestó Roque.
¿Cuántos años hace que estás al servicio
de la señorita Carlota?
-Veinte; tenía ella cinco cuando entré en su
casa; la quiero como si fuera una hija mía.
Quedó huérfana muy niña y era ya muy débil
y enfermiza; ahora se ha fortalecido algo;
pero los médicos me han dicho en secreto que
no vivirá largos años. No sé cómo podré estar
sin ella.
-Y… ¿es hermosa tu ama? ¿Cómo son sus
cabellos?
-Así… rubios.
-¿Y sus facciones?
-No me he fijado.
-¿Cómo son sus ojos?
-¿Sus ojos? ¡Ah! No sé. Y tu señor, ¿cómo
es?
-Como otros muchos hombres respecto a la
figura; pero ¡es tan bueno! ¡No quisiera cambiar
nunca de amo!
-¡Ojalá tuviéramos los mismos señores! –
suspiró Dominga.
-¡Ojalá! -repitió melancólicamente Roque.
Y ambos se separaron tristes y pensativos.
– V –
Llegó el otoño y ni Rafael ni Carlota pensaron
en volver a la corte. Ambos vivían felices
en medio de aquella soledad que les rodeaba;
se amaban con ternura, y nada había más
puro ni más poético que sus conversaciones
nocturnas, que iban siendo más largas conforme
anochecía más temprano.
Un día la joven faltó a la cita, y Rafael, lleno
de ansiedad, la aguardó inútilmente hasta
que lució el alba. A la mañana siguiente envió
a Roque a preguntar qué sucedía, con encargo
de llevar una carta para Carlota. El fiel
criado supo por Dominga que su señora se
hallaba enferma, y que no había podido desde
la víspera abandonar el lecho. Avisado el médico
había dicho que la joven estaba muy
grave de la afección al corazón que padecía, y
desesperaba de curarla.
El dolor de Rafael no tuvo límites, no bastando
para consolarle la presencia de sus tres
amigos, que acababan de llegar al pueblo con
objeto de pasar con él una corta temporada.
Una mañana, las campanas de la parroquia
lanzaban un fúnebre tañido. Carlota había
muerto sin que Rafael lograse verla antes de
expirar. Lo que no había pensado en vida de
la joven quiso realizarlo después de muerta;
anheló mirarla de cerca una vez al menos, y
cuando supo que había llegado la hora del
entierro, se dirigió lentamente al cementerio
acompañado de Anselmo, Genaro y Santiago,
que conocían sus amores y no habían querido
separarse de él.
Pronto se detuvo a la puerta del camposanto
el coche que conducía los restos mortales
de la infeliz joven. Cuatro hombres bajaron
el ataúd, lo llevaron junto a una sepultura
abierta, y lo depositaron en el suelo.
Descubierta la caja, y mientras el cura recitaba
con monótono acento las oraciones de
los difuntos, Rafael dio algunos pasos hacia
adelante, murmuró varias palabras ininteligibles
y hubiera caído al suelo sin sentido, a no
haberle sostenido en sus brazos sus amigos,
que corrieron a él con solícito interés. Lo primero
que hicieron fue alejarle de aquellos
tristes lugares guiándole a un sitio apartado
del mismo cementerio, desde el que no se
veía el entierro de Carlota, y gracias a los
cuidados de los tres, volvió el joven en sí.
-¿Dónde está? ¡Quiero verla!- exclamó
desasiéndose de los brazos de sus compañeros.
-Apóyate en mí y te conduciré donde se
halla su cuerpo-, dijo Genaro.
Cuando llegaron, el ataúd estaba dentro de
la sepultura, casi cubierto por la tierra que
sobre él arrojaba el enterrador.
-¡Demasiado tarde! -murmuró Rafael.
Un viejo que lloraba le miró sorprendido.
-Señor -dijo-, yo soy Gil, el criado de la
señorita Carlota, y no puedo menos de agradecer
el dolor que demuestra usted por su
muerte. Dígame su nombre para que eternamente
lo recuerde.
-Me llamo Rafael.
-¡Rafael! -repitió Gil con asombro-. ¿Era
usted su vecino?
-El mismo.
-¡Cuánto le quería ella a usted! ¿Por qué no
fue a visitarla nunca?
-Hoy que Carlota ha muerto, no tengo para
qué ocultarlo -dijo tristemente Rafael-. Imaginaba
a mi vecina una mujer tan bella como
espiritual; sabía que mi figura debía desagradarle,
y le hice el amor a la luz de las estrellas,
cuando Carlota no podía verme bien.
Creo que mi alma vale más que mi cuerpo,
puesto que ella me quiso, mientras las demás
mujeres que me vieron me desdeñaron, y
esto me obligó a ocultarme constantemente a
mi vecina. Por eso huí las ocasiones de verla,
para que Carlota no me viera a mí.
-Pero ¿por qué, señor?
-El por qué no puede oscurecérsete –
murmuró Rafael-. ¿No ves mi cuerpo contrahecho
y mi rostro feo y repulsivo?
-¡Señor, señor! -dijo el criado-, esa no era
causa suficiente para que no se presentase
usted a mi ama. Ella también huía las ocasiones
de encontrar a usted; le atormentaba la
idea de que al conocerla no la amase; ella se
había hallado igualmente abandonada por los
hombres en los que no encontraba cariño ni
protección; temía que si usted la viera la olvidase…
-Pero ¿por qué? -interrumpió Rafael.
-Tenía una vejez prematura, sus cabellos
habían encanecido, arrugas precoces surcaban
su frente, lloraba mucho su desdicha, y
solo encontraba consuelo, antes en la música,
después en su amor. Apenas llegaba la noche,
su rostro se animaba, parecía quo no tenía
alma más que para escuchar a usted, y en
aquellas horas recobraba vida y fuerzas para
el siguiente día. ¿Por qué no fue a verla? Dice
que no es hermoso, que el cielo le ha castigado
haciéndole lisiado. ¡Ah! D. Rafael, mi señora
no lo hubiese sabido, ella le hubiera adorado
siempre y usted la hubiera adorado de
igual modo.
-Pero mi figura…
-Mi ama no la hubiera visto: la señorita
Carlota era ciega de nacimiento.
-¡Dios mío! -murmuró Rafael-. He perdido
la única mujer que me hubiera querido en la
tierra.
Buen Humor
Mi padre me dejó en herencia el mejor bien que
se pueda imaginar: el buen humor. Y, ¿quién
era mi padre? Claro que nada tiene esto que ver
con el humor. Era vivaracho y corpulento,
gordo y rechoncho, y tanto su exterior como su
interior estaban en total contradicción con su
oficio. Y, ¿cuál era su oficio, su posición en la
sociedad? Si esto tuviera que escribirse e
imprimirse al principio de un libro, es probable
que muchos lectores lo dejaran de lado,
diciendo: «Todo esto parece muy penoso; son
temas de los que prefiero no oír hablar». Y, sin
embargo, mi padre no fue verdugo ni ejecutor
de la justicia, antes al contrario, su profesión lo
situó a la cabeza de los personajes más
conspicuos de la ciudad, y allí estaba en su
pleno derecho, pues aquél era su verdadero
puesto. Tenía que ir siempre delante: del
obispo, de los príncipes de la sangre…; sí, señor,
iba siempre delante, pues era cochero de las
pompas fúnebres.
Bueno, pues ya lo sabéis. Y una cosa puedo
decir en toda verdad: cuando veían a mi padre
sentado allá arriba en el carruaje de la muerte,
envuelto en su larga capa blanquinegra, cubierta
la cabeza con el tricornio ribeteado de negro,
por debajo del cual asomaba su cara rolliza,
redonda y sonriente como aquella con la que
representan al sol, no había manera de pensar en
el luto ni en la tumba. Aquella cara decía: «No
os preocupéis. A lo mejor no es tan malo como
lo pintan».
Pues bien, de él he heredado mi buen humor y
la costumbre de visitar con frecuencia el
cementerio. Esto resulta muy agradable, con tal
de ir allí con un espíritu alegre, y otra cosa,
todavía: me llevo siempre el periódico, como él
hacía también.
Ya no soy tan joven como antes, no tengo mujer
ni hijos, ni tampoco biblioteca, pero, como ya
he dicho, compro el periódico, y con él me
basta; es el mejor de los periódicos, el que leía
también mi padre. Resulta muy útil para muchas
cosas, y además trae todo lo que hay que saber:
quién predica en las iglesias, y quién lo hace en
los libros nuevos; dónde se encuentran casas,
criados, ropas y alimentos; quién efectúa
«liquidaciones», y quién se marcha. Y luego,
uno se entera de tantos actos caritativos y de
tantos versos ingenuos que no hacen daño a
nadie, anuncios matrimoniales, citas que uno
acepta o no, y todo de manera tan sencilla y
natural. Se puede vivir muy bien y muy
felizmente, y dejar que lo entierren a uno,
cuando se tiene el «Noticiero»; al llegar al final
de la vida se tiene tantísimo papel, que uno
puede tenderse encima si no le parece apropiado
descansar sobre virutas y serrín.
El «Noticiero» y el cementerio son y han sido
siempre las formas de ejercicio que más han
hablado a mi espíritu, mis balnearios preferidos
para conservar el buen humor.
Ahora bien, por el periódico puede pasear
cualquiera; pero veníos conmigo al cementerio.
Vamos allá cuando el sol brilla y los árboles
están verdes; paseémonos entonces por entre las
tumbas, Cada una de ellas es como un libro
cerrado con el lomo hacia arriba; puede leerse el
título, que dice lo que la obra contiene, y, sin
embargo, nada dice; pero yo conozco el
intríngulis, lo sé por mi padre y por mí mismo.
Lo tengo en mi libro funerario, un libro que me
he compuesto yo mismo para mi servicio y
gusto. En él están todos juntos y aún algunos
más.
Ya estamos en el cementerio.
Detrás de una reja pintada de blanco, donde
antaño crecía un rosal – hoy no está, pero unos
tallos de siempreviva de la sepultura contigua
han extendido hasta aquí sus dedos, y más vale
esto que nada -, reposa un hombre muy
desgraciado, y, no obstante, en vida tuvo un
buen pasar, como suele decirse, o sea, que no le
faltaba su buena rentecita y aún algo más, pero
se tomaba el mundo, en todo caso, el Arte,
demasiado a pecho. Si una noche iba al teatro
dispuesto a disfrutar con toda su alma, se ponía
frenético sólo porque el tramoyista iluminaba
demasiado la cara de la luna, o porque las
bambalinas colgaban delante de los bastidores
en vez de hacerlo por detrás, o porque salía una
palmera en un paisaje de Dinamarca, un cacto
en el Tirol o hayas en el norte de Noruega.
¿Acaso tiene eso la menor importancia? ¿Quién
repara en estas cosas? Es la comedia lo que
debe causaros placer. Tan pronto el público
aplaudía demasiado, como no aplaudía bastante.
– Esta leña está húmeda -decía-, no quemará
esta noche -. Y luego se volvía a ver qué gente
había, y notaba que se reían a deshora, en
ocasiones en que la risa no venía a cuento, y el
hombre se encolerizaba y sufría. No podía
soportarlo, y era un desgraciado. Y helo aquí:
hoy reposa en su tumba.
Aquí yace un hombre feliz, o sea, un hombre
muy distinguido, de alta cuna; y ésta fue su
dicha, ya que, por lo demás, nunca habría sido
nadie; pero en la Naturaleza está todo tan bien
dispuesto y ordenado, que da gusto pensar en
ello. Iba siempre con bordados por delante y por
detrás, y ocupaba su sitio en los salones, como
se coloca un costoso cordón de campanilla
bordado en perlas, que tiene siempre detrás otro
cordón bueno y recio que hace el servicio.
También él llevaba detrás un buen cordón, un
hombre de paja encargado de efectuar el
servicio. Todo está tan bien dispuesto, que a
uno no pueden por menos que alegrársele las
pajarillas.
Descansa aquí – ¡esto sí que es triste! -,
descansa aquí un hombre que se pasó sesenta y
siete años reflexionando sobre la manera de
tener una buena ocurrencia. Vivió sólo para
esto, y al cabo le vino la idea, verdaderamente
buena a su juicio, y le dio una alegría tal, que se
murió de ella, con lo que nadie pudo
aprovecharse, pues a nadie la comunicó. Y
mucho me temo que por causa de aquella buena
idea no encuentre reposo en la tumba; pues
suponiendo que no se trate de una ocurrencia de
esas que sólo pueden decirse a la hora del
desayuno – pues de otro modo no producen
efecto -, y de que él, como buen difunto, y
según es general creencia, sólo puede
aparecerse a medianoche, resulta que no siendo
la ocurrencia adecuada para dicha hora, nadie se
ríe, y el hombre tiene que volverse a la
sepultura con su buena idea. Es una tumba
realmente triste.
Aquí reposa una mujer codiciosa. En vida se
levantaba por la noche a maullar para hacer
creer a los vecinos que tenía gatos; ¡hasta tanto
llegaba su avaricia!
Aquí yace una señorita de buena familia; se
moría por lucir la voz en las veladas de
sociedad, y entonces cantaba una canción
italiana que decía: «Mi manca la voce!» («¡Me
falta la voz!»). Es la única verdad que dijo en su
vida.
Yace aquí una doncella de otro cuño. Cuando el
canario del corazón empieza a cantar, la razón
se tapa los oídos con los dedos. La hermosa
doncella entró en la gloria del matrimonio… Es
ésta una historia de todos los días, y muy bien
contada además. ¡Dejemos en paz a los
muertos!
Aquí reposa una viuda, que tenía miel en los
labios y bilis en el corazón. Visitaba las familias
a la caza de los defectos del prójimo, de igual
manera que en días pretéritos el «amigo
policía» iba de un lado a otro en busca de una
placa de cloaca que no estaba en su sitio.
Tenemos aquí un panteón de familia. Todos los
miembros de ella estaban tan concordes en sus
opiniones, que aun cuando el mundo entero y el
periódico dijesen: «Es así», si el benjamín de la
casa decía, al llegar de la escuela: «Pues yo lo
he oído de otro modo», su afirmación era la
única fidedigna, pues el chico era miembro de
la familia. Y no había duda: si el gallo del corral
acertaba a cantar a media noche, era señal de
que rompía el alba, por más que el vigilante y
todos los relojes de la ciudad se empeñasen en
decir que era medianoche.
El gran Goethe cierra su Fausto con estas
palabras: «Puede continuarse», Lo mismo
podríamos decir de nuestro paseo por el
cementerio. Yo voy allí con frecuencia; cuando
alguno de mis amigos, o de mis no amigos se
pasa de la raya conmigo, me voy allí, busco un
buen trozo de césped y se lo consagro, a él o a
ella, a quien sea que quiero enterrar, y lo
entierro enseguida; y allí se están muertecitos e
impotentes hasta que resucitan, nuevecitos y
mejores. Su vida y sus acciones, miradas desde
mi atalaya, las escribo en mi libro funerario. Y
así debieran proceder todas las personas; no
tendrían que encolerizarse cuando alguien les
juega una mala pasada, sino enterrarlo
enseguida, conservar el buen humor y el
«Noticiero», este periódico escrito por el pueblo
mismo, aunque a veces inspirado por otros.
Cuando suene la hora de encuadernarme con la
historia de mi vida y depositarme en la tumba,
poned esta inscripción: «Un hombre de buen
humor».
Ésta es mi historia.
La Niña de los Fósforos
¡Qué frío hacía!; nevaba y comenzaba a
oscurecer; era la última noche del año, la noche
de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella
oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña,
descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es
que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero,
¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su
madre había llevado últimamente, y a la
pequeña le venían tan grandes, que las perdió al
cruzar corriendo la calle para librarse de dos
coches que venían a toda velocidad. Una de las
zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la
otra se la había puesto un mozalbete, que dijo
que la haría servir de cuna el día que tuviese
hijos.
Y así la pobrecilla andaba descalza con los
desnudos piececitos completamente amoratados
por el frío. En un viejo delantal llevaba un
puñado de fósforos, y un paquete en una mano.
En todo el santo día nadie le había comprado
nada, ni le había dado un mísero chelín;
volvíase a su casa hambrienta y medio helada,
¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos
de nieve caían sobre su largo cabello rubio,
cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero
no estaba ella para presumir.
En un ángulo que formaban dos casas -una más
saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se
acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos
todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y,
por otra parte, no se atrevía a volver a casa,
pues no había vendido ni un fósforo, ni
recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría,
además de que en casa hacía frío también; sólo
los cobijaba el tejado, y el viento entraba por
todas partes, pese a la paja y los trapos con que
habían procurado tapar las rendijas. Tenía las
manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la
aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar
uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y
calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!».
¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una
llama clara, cálida, como una lucecita, cuando
la resguardó con la mano; una luz maravillosa.
Parecióle a la pequeñuela que estaba sentada
junto a una gran estufa de hierro, con pies y
campana de latón; el fuego ardía
magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan
bien! La niña alargó los pies para calentárselos
a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó
la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de
la consumida cerilla en la mano.
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz
sobre la pared, volvió a ésta transparente como
si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de
una habitación donde estaba la mesa puesta,
cubierta con un blanquísimo mantel y fina
porcelana. Un pato asado humeaba
deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas.
Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera
de la fuente y, anadeando por el suelo con un
tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió
hacia la pobre muchachita. Pero en aquel
momento se apagó el fósforo, dejando visible
tan sólo la gruesa y fría pared.
Encendió la niña una tercera cerilla, y se
encontró sentada debajo de un hermosísimo
árbol de Navidad. Era aún más alto y más
bonito que el que viera la última Nochebuena, a
través de la puerta de cristales, en casa del rico
comerciante. Millares de velitas, ardían en las
ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas
estampas, semejantes a las que adornaban los
escaparates. La pequeña levantó los dos
bracitos… y entonces se apagó el fósforo. Todas
las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se
dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del
cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el
firmamento una larga estela de fuego.
«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues
su abuela, la única persona que la había querido,
pero que estaba muerta ya, le había dicho: –
Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia
Dios.
Frotó una nueva cerilla contra la pared; se
iluminó el espacio inmediato, y apareció la
anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.
– ¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame,
contigo! Sé que te irás también cuando se
apague el fósforo, del mismo modo que se
fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.
Apresuróse a encender los fósforos que le
quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y
los fósforos brillaron con luz más clara que la
del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan
alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y,
envueltas las dos en un gran resplandor,
henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia
las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío,
hambre ni miedo. Estaban en la mansión de
Dios Nuestro Señor.
Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada
descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la
boca sonriente… Muerta, muerta de frío en la
última noche del Año Viejo. La primera mañana
del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver,
sentado, con sus fósforos, un paquetito de los
cuales aparecía consumido casi del todo.
«¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie
supo las maravillas que había visto, ni el
esplendor con que, en compañía de su anciana
abuelita, había subido a la gloria del Año
Nuevo.