Pensamos los occidentales haber inventado
la lealtad monárquica, y atribuimos el desarrollo
de este singular sentimiento a las
ideas cristianas, confundiendo los efectos que
debe inspirarnos Dios, suma Causa y Bien
sumo, con los que tienen por objeto a un
hombre nacido de mujer. Yo no sé si un sentimiento
se califica o descalifica por ser antiguo;
pero sé que la lealtad monárquica es tan
vieja como los más viejos cultos, y en apoyo
de esta opinión recordaré la aventura que le
sucedió al adictísimo Prejaspes.
Ciro había sido un soberano glorioso y
justo, pero su hijo y sucesor Cambises, a medida
que fue catando el vino del absoluto poder,
mostró los síntomas de la embriaguez
especial que ocasiona este terrible licor, destilado
con sudor humano, sangre y lágrimas.
Creyóse el centro de la vida y el ojo del mundo,
y contribuyó a engreírle más y a persuadirle
de que su voluntad no reconocía ley ni
freno, su incursión por el Egipto, reino que
había llegado a brillante esplendor de civilización
bajo el Faraón Amasis y que el persa rindió
y subyugó, entrando triunfante en las
magníficas ciudades de la ribera del Nilo, henchidas
de palacios, jardines en terrazas, obeliscos;
pirámides, esfinges y colosos de pórfido
y basalto. Dueño del Egipto Cambises, y
viendo su nombre grabado en caracteres jeroglíficos
en el pedestal de las estatuas naófaras
y en las columnas de los templos, se tuvo,
más que por mortal, por una divinidad como
Osiris, y los egipcios se postraron ante aquel
conquistador de tiara de oro, aquella luz pálida
venida del Oriente. Sólo hubo una clase
social que se resistió a tributar adoración a
Cambises, y fue la de los sacerdotes. La religión
era lo único que resistía en medio del
abatimiento de todos, y por lo mismo Cambises
tuvo empeño en humillarla y vencerla, en
satirizarla y, como hoy diríamos, ponerla en
solfa. No perdía ocasión de burlarse de aquel
culto tributado a dioses con cabezas de animales,
tan risibles para un adorador de la
Luz, el Fuego y el eterno Sol; y si casualmente
sorprendía alguna ceremonia de la religión
egipcia, ideaba bufonadas para escarnecerla.
Acertó a regresar impensadamente a Menfis
en ocasión en que se celebraba la fiesta del
sagrado buey Apis; y entrándose de rondón
por el templo, mandó que le sacasen allí inmediatamente
al bovino dios, y tirando de
cimitarra, le hirió de una cuchillada, que quiso
dar en el vientre y dio en el muslo. “Este dios
que sangra y muge es digno de vosotros”,
gritó a los egipcios, horrorizados de la profanación.
Entonces, el gran sacerdote, alzando
las manos a la bóveda celeste, profetizó que
el impío que hería al dios Apis recibiría herida
igual. Cambises mandó azotar mortalmente al
profeta, pero la profecía quedó grabada en la
mente de los egipcios como esperanza, como
vago terror en la del rey.
Tenía Cambises entre sus servidores al
mayordomo Prejaspes, hombre valeroso, capaz
de echarse al fuego por su monarca. Veía
Prejaspes en Cambises la forma de lo divino
sobre la Tierra, y entendía que un acto era
óptimo o pésimo, según a Cambises placía o
desplacía. Sin embargo, al mismo tiempo que
tan decidida abnegación, existía en el alma de
Prejaspes un instinto natural de veracidad y
de honradez, que le enseñaba a discernir el
valor moral de las acciones, y a darse cuenta
de su alcance, al menos en su propia conducta.
La única noción que Prejaspes no alcanzaba,
es que si hay regla moral para las acciones
humanas, esta regla obliga lo mismo o
más a los príncipes que a los vasallos, y
cuando las órdenes de los príncipes están con
la regla en contradicción, la obediencia sólo a
la regla es debida. No lo entendía así Prejaspes,
y hasta suponía, por exceso de nobleza
de ánimo, que su sangre y su vida entera y su
alma inmortal pertenecían a Cambises.
Sucedió, pues, que Cambises, conocedor
de la incondicional lealtad de su mayordomo,
preguntóle un día qué decían de su rey los
vasallos. Y como Prejaspes hubiese observado
que al monarca le enfurecía y exaltaba el beber,
contestóle lleno de buena intención y con
entereza y respeto: “Señor, opinan que eres
un soberano valeroso y grande; pero que te
gusta el vino en demasía.” No complació la
respuesta a Cambises, por lo mismo que exhalaba
el acre aroma de la verdad; frunció el
poblado entrecejo de azabache, y por sus ojos
cruzó un relámpago como el que despide el
puñal al salir de la vaina. Sin embargo, no
hizo la menor objeción (señal malísima), y
siguió hablando con agrado a su mayordomo.
Cosa de una semana después, al levantarse
de la mesa, hora en que solía Cambises
pasear por los jardines entreteniéndose en
tirar agudas flechas a los pajarillos, llamó a
Prejaspes y al hijo de Prejaspes, copero mayor
de palacio; y al verlos en su presencia,
dijo a Prejaspes en tono alegre: “¿Sabes que
he estado pensando en eso de que mis vasallos
comenten mi afición al vino? Porque capaces
serán de creer que soy algún insensato
y que el abuso de la bebida ha turbado mis
sentidos, nublado mis pupilas y debilitado
este brazo que puso al Egipto por alfombra de
mis pies. ¿Lo creerás? Yo mismo siento
aprensión y quiero hacer un ensayo. ¡Ea! Que
tu hijo se coloque ahí enfrente… Cuádrale
bien; échale atrás los brazos para que descubra
el pecho… Así… Voy a flechar el arco y
disparar… Si coloco la punta en mitad del
corazón, convendrás en que se engañan mis
súbditos y Cambises conserva íntegras sus
facultades.”
Prejaspes, silencioso, obedeció. Temblor
profundo sacudía sus miembros; gruesas gotas
de sudor helado asomaban en la raíz de
sus cabellos; un vértigo oscurecía sus ojos.
Pero aún le sostenía la esperanza quimérica
de que aquello fuese una chanza feroz, y no
más. Cambises tendió el arco, apuntó cuidadosa
y lentamente, pellizcó la cuerda; un silbido
desgarró el aire, y el hijo de Prejaspes
giró sobre sí mismo y cayó al suelo desplomado.
“¡Hola! -gritó Cambises-; aquí mis trinchantes…
Abrid el pecho de ese, a ver si el
hierro ha partido de medio a medio el corazón.”
Palpitaba éste débilmente aún cuando
se lo presentaron a Cambises, con la flecha
plantada en el centro, sin desviación de una
línea. Soltó el rey gozosa carcajada, y volvióse
hacia el anonadado Prejaspes, preguntándole
en tono de buen humor: “¿Qué tal? ¿Sé
yo disparar? ¿Sé acertar? ¿Conoces otro arquero
mejor que tu rey?” Tardó Prejaspes en
contestar a la regia chanza cosa de medio
minuto. Estaba inmóvil, y sus pupilas inmensamente
dilatadas, no sabían apartarse de
aquel corazón sangriento, tibio todavía -el
corazón de su dulce hijo-, cuyas débiles contracciones
expirantes a cada segundo parecían
decirle con misterio: “Padre, véngame.”
¡Arrancar aquella flecha misma, clavarla en la
tetilla de Cambises! ¡Oh ventura, oh goce!…
De pronto, Prejaspes volvió en sí: era el
rey, era su rey, su dueño, su árbitro, la imagen
del eterno Sol sobre la Tierra…; y devorándose
el labio en desesperada mordedura,
su lengua profirió esta respuesta cortesana:
“Señor, el dios Apolo no flecha mejor que
tú…” E inclinándose hasta el suelo, desapareció
para revolcarse a solas, para poder morderse
las manos y herirse el rostro y cubrirse
el cabello de ceniza.
Y en presencia de Cambises, Prejaspes
ocultó sus lágrimas. Fiel como el perro,
acompañóle siempre. Pasado el primer horrible
dolor, diríase que le amó más desde que
hubo entre los dos sangre y sacrificio. A su
lado estaba el día en que, montando Cambises
precipitadamente para sofocar una rebelión,
se hirió con su propia cimitarra en el
muslo, donde había herido al dios Apis; y a su
cabecera, cuando se gangrenó la herida y le
llevó a la sepultura, Prejaspes fue quien ungió
con aromas de nardo y cinamomo el cadáver,
y le colocó en las yertas sienes la tiara de oro.
Author Archives: Los cuentos de
La paloma
A nuestro padre el zar.
Cuando nació el príncipe Durvati primogénito
del gran Ramasinda, famoso entre los
monarcas indianos, vencedor de los divos, de
los monstruos y de los genios; cuando nació,
digo, este príncipe, se pensó en educarle convenientemente
para que no desdijese de su
prosapia, toda de héroes y conquistadores. En
vez de confiar al tierno infante a mujeres cariñosas,
confiáronle a ciertas amazonas hircanas,
no menos aguerridas que las de Libia,
que formaban parte de la guardia real; y estas
hembras varoniles se encargaron de destetar
y zagalear a Durvati, endureciendo su
cuerpo y su alma para el ejercicio de la guerra.
Practicaban las tales amazonas la costumbre
de secarse y allanarse el pecho por
medio de ungüentos y emplastos; y al buscar
el niño instintivamente el calor del seno femenil,
sólo encontraba la lisura y la frialdad
metálica de la coraza. El único agasajo que le
permitieron sus niñeras fue reclinarse sobre el
costado de una tigresa domesticada, que a
veces, como enfiesta, daba al principito un
zarpazo; y decían las amazonas que así era
bueno pues se familiarizaba Durvati con la
sangre y el dolor, inseparable de la gloria.
A los dieciocho años, recio, brillante y
animoso, entró el príncipe en acción por primera
vez, al lado del rey, que invadía la comarca
de Sogdiana y Bactriana, para someterla.
Erguíase Durvati sobre un elefante que
llevaba a lomos formidable torre guarnecida
de flecheros; cubría el cuerpo de la bestia un
caparazón de cuero doble y en sus defensas
relucían agudas lanzas de oro. Escogida hueste
de negros armados de clavas cercaba al
príncipe, y cuando se trataba de lid, Durvati
se estremecía, sintiendo que los pies enormes
del belicoso elefante, que barritaba de furor,
se hundían en cuerpos humanos, reventaban
costillas, despachurraban vientres y hollaban
cráneos, haciendo informe masa sanguinolenta
y palpitante. Al acabarse una batalla más
reñida, Durvati osó preguntar a su padre, el
gran rey, si aquella gente aplastada sufría
mucho y si placía a Brahma que la gente sufriese.
Y Ramasinda, colérico de la pregunta,
que le pareció rasgo de flaqueza en el novel
guerrero, sólo contestó con palabras de un
cántico sagrado: “Mira delante de ti la suerte
de los que fueron; mira delante de ti la suerte
de los que serán. El mortal madura como el
grano y como el grano renace.” Acababa de
pronunciar estas palabras Ramasinda, cuando
cortó el aire una flecha y vino a fijarse, temblando,
en la espalda del rey. Durvati, precipitándose
hacia su padre, solo alcanzó a recibirle
en brazos moribundo. La tropa, después de
hacer pedazos al matador del rey, proclamó a
Durvati, gritando que era preciso llevar a
sangre y fuego aquel país, y que el nuevo rey
sabría cumplir tan alta empresa.
Aquella noche, el huérfano se durmió con
sueño de plomo y soñó cosas raras. Representósele
otra vez el triste fin de su padre;
sintió la humedad de la sangre que manaba la
herida y la humedad del llanto que él mismo,
Durvati, no se había atrevido a derramar en
presencia del Ejército, pero que ahora fluía
copioso, empapando sus ropas. Y cuando
desahogaba así el dolor, parecióle que sobre
su pecho notaba un calor grato y suave, como
un peso delicioso, y rozaba su cara algo fino
cual seda. Era, a su parecer, una blanquísima
paloma, de rosado pico, de cuello de bizantinos
esmaltes verdiazules, de benignos y amorosos
ojos negros, que arrullando mansamente
murmuraba a su oído una frase misteriosa.
El arrullo calmó las angustias del príncipe, y le
sepultó en un anonadamiento absoluto, reparador.
Al despertar, gritó de sorpresa. Echada
a su lado, recostada la frente en su pecho,
había una mujer muy joven, celestialmente
bella, de blanco seno, de rosada boca, de cabellera
sombría y suelta como plumaje de
aves, de negras pupilas; y al preguntar atónito,
Durvati quién era la admirable criatura,
fuele respondido que una cautiva, una esclava,
por hermosa señalada para botín real, y
que a no haber sido muerto el rey Ramasinda,
estaría ahora en su tienda y no en la de Durvati.
Mozo era, y nunca había ardido en su corazón
el incendio que transforma y perpetúa
los seres. En aquel punto y hora lo sintió con
tal fuerza, que se borró de su mente cuanto
no fuese la cautiva. Olvidando planes de conquista
y dominación, fijó sus reales en la ciudad
más próxima, y embelesado en coloquios
deleitosos se pasaba la existencia. No por eso
se crea que Durvati se entregó a la molicie y
al desenfreno. Al contrario; poseído casi
siempre de exquisita delicadeza, con casto
arrobamiento, amaba a la cautiva a la manera
que enseñan los kandas, o himnos védicos
(con el atmán, o que quiere “aliento” o “espíritu”);
repitiendo aquellas palabras consagradas:
“En verdad, lo que amamos en la mujer
no es la mujer, sino el espíritu; y quien busque
en la mujer más que el espíritu, será
abandonado por Brahma.” Recordando que la
primera noche en que tuvo cerca a su amiga
soñó Durvati que una paloma se le arrimaba
arrullando, Paloma la llamó, y Paloma la
nombraron todos.
Lo que más encantaba a Durvati en Paloma,
y lo que justificaba tal apodo era la ternura,
la mansedumbre, la piedad, la blanda
condición, tan diferente de la de aquellas feroces
guerreras sin atributos femeniles, entre
cuyas manos se había criado el joven rey; y
según éste intimaba con Paloma, y la frecuentaba,
y se apegaba a ella, y pasaban juntos
las largas siestas del estío a orillas de los lagos
cristalinos y bajo los copudos árboles, le
repugnaba más y más la idea de la crueldad y
de la matanza, se le hacía más cuesta arriba
lanzar al combate otra vez sus huestes. Ya
dueña de su confianza, y usando de la libertad
que da el afecto, Paloma le pintaba con
sus colores horribles el estrago de la guerra y
le aseguraba que todos tienen derecho a vivir
y deber de amarse, para disminuir los males
que cercan en la tierra al mortal.
Por desgracia, no poseía cada soldado de
Durvati su Paloma; furiosos con la inacción,
vejaban y oprimían a los naturales, y el país
se alzaba indignado, clamando independencia
o muerte. Los jefes, compañeros del victorioso
Ramasinda, aficionados al combate, maldecían
y renegaban de la hechicera que tenía
embaucado al rey, y suspiraban por el momento
de armar a sus elefantes de combate y
arrojarse al botín y a la gloria. La sorda conjuración
contra la favorita tomó cuerpo al difundirse
una noticia grave: contra todos los
ritos costumbres y leyes, contra el decoro de
su nombre y las tradiciones heroicas de su
raza, Durvati iba a elevar al trono a aquella
mujer, y regresar después a los bordes del
Ganges, abandonando la tierra ganada por el
empuje de sus armas, devolviendo la libertad
a sus moradores, sin apropiarse ni una pulgada
de territorio ni una oveja de ajeno rebaño.
Cundió la nueva entre las tropas, y oyéronse
maldiciones e imprecaciones contra el afeminado
rey que los deshonraba y envilecía. Era
preciso que su razón estuviese perturbada, y
que aquella bruja, secuaz de los magos,
hubiese dado algún bebedizo o hierba mala al
joven héroe, para que olvidase la dignidad
real y los deberes de su cargo altísimo, que
principalmente en la guerra se resumen. Persuadidos
ya de haber adivinado la causa de la
decadencia y trastorno de Durvati, concertáronse
las amazonas y los jefes, y una noche,
sigilosamente, sorprendieron y robaron a Paloma
de la misma cámara real.
No ha logrado la Historia esclarecer su
paradero; las desgarradoras quejas de Durvati,
sus ruegos, sus amenazas, no consiguieron
que los raptores se la restituyesen; únicamente,
ante la insistencia del joven rey, quizá
deseosos de hacerle irónica burla, idearon
colocar en su lecho, mientras dormía, una
paloma mansa, que llevaba por collar el anillo
de la cautiva: paloma de níveo plumaje, de
tornasolado cuello verdi-azul, de rosado pico,
de ojos negros, amantes y candorosos…
No se sabe si Duvarti entendió la sátira, o
si, en efecto, supuso que aquella ave arrulladora
y dulce era el atmán o espíritu de su
amada. Lo cierto es que, fingiendo atribuir el
caso a un prodigio, convocó a sus huestes y
les hizo saber que aquella metempsicosis de
la amiga vuelta paloma significaba que Brahma
quería la paz perpetua, la paz luciendo
como blanca aurora sobre el mundo; y que
esta resolución estaba decidido a mantenerla,
cortando la cabeza sin demora a quien se
opusiese o suscitase dificultades de cualquier
género.
Y en efecto, en todo el reinado de Durvati
no se derramó gota de sangre humana.
Algo
– ¡Quiero ser algo! – decía el mayor de cinco
hermanos. – Quiero servir de algo en este
mundo. Si ocupo un puesto, por modesto que
sea, que sirva a mis semejantes, seré algo. Los
hombres necesitan ladrillos. Pues bien, si yo los
fabrico, haré algo real y positivo.
– Sí, pero eso es muy poca cosa – replicó el
segundo hermano. – Tu ambición es muy
humilde: es trabajo de peón, que una máquina
puede hacer. No, más vale ser albañil. Eso sí es
algo, y yo quiero serlo. Es un verdadero oficio.
Quien lo profesa es admitido en el gremio y se
convierte en ciudadano, con su bandera propia y
su casa gremial. Si todo marcha bien, podré
tener oficiales, me llamarán maestro, y mi
mujer será la señora patrona. A eso llamo yo ser
algo.
– ¡Tonterías! – intervino el tercero. – Ser albañil
no es nada. Quedarás excluido de los
estamentos superiores, y en una ciudad hay
muchos que están por encima del maestro
artesano. Aunque seas un hombre de bien, tu
condición de maestro no te librará de ser lo que
llaman un « patán ». No, yo sé algo mejor. Seré
arquitecto, seguiré por la senda del Arte, del
pensamiento, subiré hasta el nivel más alto en el
reino de la inteligencia. Habré de empezar
desde abajo, sí; te lo digo sin rodeos: comenzaré
de aprendiz. Llevaré gorra, aunque estoy
acostumbrado a tocarme con sombrero de seda.
Iré a comprar aguardiente y cerveza para los
oficiales, y ellos me tutearán, lo cual no me
agrada, pero imaginaré que no es sino una
comedia, libertades propias del Carnaval.
Mañana, es decir, cuando sea oficial,
emprenderé mi propio camino, sin preocuparme
de los demás. Iré a la academia a aprender
dibujo, y seré arquitecto. Esto sí es algo. ¡Y
mucho!. Acaso me llamen señoría, y excelencia,
y me pongan, además, algún título delante y
detrás, y venga edificar, como otros hicieron
antes que yo. Y entretanto iré construyendo mi
fortuna. ¡Ese algo vale la pena!
– Pues eso que tú dices que es algo, se me antoja
muy poca cosa, y hasta te diré que nada – dijo el
cuarto. – No quiero tomar caminos trillados. No
quiero ser un copista. Mi ambición es ser un
genio, mayor que todos vosotros juntos. Crearé
un estilo nuevo, levantaré el plano de los
edificios según el clima y los materiales del
país, haciendo que cuadren con su sentimiento
nacional y la evolución de la época, y les
añadiré un piso, que será un zócalo para el
pedestal de mi gloria.
– ¿Y si nada valen el clima y el material? –
preguntó el quinto. – Sería bien sensible, pues
no podrían hacer nada de provecho. El
sentimiento nacional puede engreírse y perder
su valor; la evolución de la época puede escapar
de tus manos, como se te escapa la juventud. Ya
veo que en realidad ninguno de vosotros llegará
a ser nada, por mucho que lo esperéis. Pero
haced lo que os plazca. Yo no voy a imitaros;
me quedaré al margen, para juzgar y criticar
vuestras obras. En este mundo todo tiene sus
defectos; yo los descubriré y sacaré a la luz.
Esto será algo.
Así lo hizo, y la gente decía de él: «
Indudablemente, este hombre tiene algo. Es una
cabeza despejada. Pero no hace nada ». Y, sin
embargo, por esto precisamente era algo.
Como veis, esto no es más que un cuento, pero
un cuento que nunca se acaba, que empieza
siempre de nuevo, mientras el mundo sea
mundo.
Pero, ¿qué fue, a fin de cuentas, de los cinco
hermanos? Escuchadme bien, que es toda una
historia.
El mayor, que fabricaba ladrillos, observó que
por cada uno recibía una monedita, y aunque
sólo fuera de cobre, reuniendo muchas de ellas
se obtenía un brillante escudo. Ahora bien,
dondequiera que vayáis con un escudo, a la
panadería, a la carnicería o a la sastrería, se os
abre la puerta y sólo tenéis que pedir lo que os
haga falta. He aquí lo que sale de los ladrillos.
Los hay que se rompen o desmenuzan, pero
incluso de éstos se puede sacar algo.
Una pobre mujer llamada Margarita deseaba
construirse una casita sobre el malecón. El
hermano mayor, que tenía un buen corazón,
aunque no llegó a ser más que un sencillo
ladrillero, le dio todos los ladrillos rotos, y unos
pocos enteros por añadidura. La mujer se
construyó la casita con sus propias manos. Era
muy pequeña; una de las ventanas estaba
torcida; la puerta era demasiado baja, y el techo
de paja hubiera podido quedar mejor. Pero, bien
que mal, la casuca era un refugio, y desde ella
se gozaba de una buena vista sobre el mar,
aquel mar cuyas furiosas olas se estrellaban
contra el malecón, salpicando con sus gotas
salobres la pobre choza, y tal como era, ésta
seguía en pie mucho tiempo después de estar
muerto el que había cocido los ladrillos.
El segundo hermano conocía el oficio de
albañil, mucho mejor que la pobre Margarita,
pues lo había aprendido tal como se debe.
Aprobado su examen de oficial, se echó la
mochila al hombro y entonó la canción del
artesano:
Joven yo soy, y quiero correr mundo,
e ir levantando casas por doquier,
cruzar tierras, pasar el mar profundo,
confiado en mi arte y mi valer.
Y si a mi tierra regresara un día
atraído por el amor que allí dejé,
alárgame la mano, patria mía,
y tú, casita que mía te llamé.
Y así lo hizo. Regresó a la ciudad, ya en calidad
de maestro, y contruyó casas y más casas, una
junto a otra, hasta formar toda una calle.
Terminada ésta, que era muy bonita y realzaba
el aspecto de la ciudad, las casas edificaron para
él una casita, de su propiedad. ¿Cómo pueden
construir las casas? Pregúntaselo a ellas. Si no
te responden, lo hará la gente en su lugar,
diciendo: « Sí, es verdad, la calle le ha
construido una casa ». Era pequeña y de
pavimento de arcilla, pero bailando sobre él con
su novia se volvió liso y brillante; y de
cada piedra de la pared brotó una flor, con lo
que las paredes parecían cubiertas de preciosos
tapices. Fue una linda casa y una pareja feliz.
La bandera del gremio ondeaba en la fachada, y
los oficiales y aprendices gritaban « ¡Hurra por
nuestro maestro! ». Sí, señor, aquél llegó a ser
algo. Y murió siendo algo.
Vino luego el arquitecto, el tercero de los
hermanos, que había empezado de aprendiz,
llevando gorra y haciendo de mandadero, pero
más tarde había ascendido a arquitecto, tras los
estudios en la Academia, y fue honrado con los
títulos de Señoría y Excelencia. Y si las casas
de la calle habían edificado una para el hermano
albañil, a la calle le dieron el nombre del
arquitecto, y la mejor casa de ella fue suya.
Llegó a ser algo, sin duda alguna, con un largo
título delante y otro detrás. Sus hijos pasaban
por ser de familia distinguida, y cuando murió,
su viuda fue una viuda de alto copete… y esto es
algo. Y su nombre quedó en el extremo de la
calle y como nombre de calle siguió viviendo en
labios de todos. Esto también es algo, sí señor.
Siguió después el genio, el cuarto de los
hermanos, el que pretendía idear algo nuevo,
aparte del camino trillado, y realzar los edificios
con un piso más, que debía inmortalizarle. Pero
se cayó de este piso y se rompió el cuello. Eso
sí, le hicieron un entierro solemnísimo, con las
banderas de los gremios, música, flores en la
calle y elogios en el periódico; en su honor se
pronunciaron tres panegíricos, cada uno más
largo que el anterior, lo cual le habría satisfecho
en extremo, pues le gustaba mucho que
hablaran de él. Sobre su tumba erigieron un
monumento, de un solo piso, es verdad, pero
esto es algo.
El tercero había muerto, pues, como sus tres
hermanos mayores. Pero el último, el
razonador, sobrevivió a todos, y en esto estuvo
en su papel, pues así pudo decir la última
palabra, que es lo que a él le interesaba. Como
decía la gente, era la cabeza clara de la familia.
Pero le llegó también su hora, se murió y se
presentó a la puerta del cielo, por la cual se
entra siempre de dos en dos. Y he aquí que él
iba de pareja con otra alma que deseaba entrar a
su vez, y resultó ser la pobre vieja Margarita, la
de la casa del malecón.
– De seguro que será para realzar el contraste
por lo que me han puesto de pareja con esta
pobre alma – dijo el razonador -. ¿Quien sois,
abuelita? ¿Queréis entrar también? – le
preguntó.
Inclinóse la vieja lo mejor que pudo, pensando
que el que le hablaba era San Pedro en persona.
– Soy una pobre mujer sencilla, sin familia, la
vieja Margarita de la casita del malecón.
– Ya, ¿y qué es lo que hicisteis allá abajo?
– Bien poca cosa, en realidad. Nada que pueda
valerme la entrada aquí. Será una gracia muy
grande de Nuestro Señor, si me admiten en el
Paraíso.
– ¿Y cómo fue que os marchasteis del mundo? –
siguió preguntando él, sólo por decir algo, pues
al hombre le aburría la espera.
– La verdad es que no lo sé. El último año lo
pasé enferma y pobre. Un día no tuve más
remedio que levantarme y salir, y me encontré
de repente en medio del frío y la helada.
Seguramente no pude resistirlo. Le contaré
cómo ocurrió: Fue un invierno muy duro, pero
hasta entonces lo había aguantado. El viento se
calmó por unos días, aunque hacía un frío cruel,
como Vuestra Señoría debe saber. La capa de
hielo entraba en el mar hasta perderse de vista.
Toda la gente de la ciudad había salido a pasear
sobre el hielo, a patinar, como dicen ellos, y a
bailar, y también creo que había música y
merenderos. Yo lo oía todo desde mi pobre
cuarto, donde estaba acostada. Esto duró hasta
el anochecer. Había salido ya la luna, pero su
luz era muy débil. Miré al mar desde mi cama, y
entonces vi que de allí donde se tocan el cielo y
el mar subía una maravillosa nube blanca. Me
quedé mirándola y vi un punto negro en su
centro, que crecía sin cesar; y entonces supe lo
que aquello significaba – pues soy vieja y tengo
experiencia, – aunque no es frecuente ver el
signo. Yo lo conocí y sentí espanto. Durante mi
vida lo había visto dos veces, y sabía que
anunciaba una espantosa tempestad, con una
gran marejada que sorprendería a todos aquellos
desgraciados que allí estaban, bebiendo,
saltando y divirtiéndose. Toda la ciudad había
salido, viejos y jóvenes. ¡Quién podía
prevenirlos, si nadie veía el signo ni se daba
cuenta de lo que yo observaba! Sentí una
angustia terrible, y me entró una fuerza y un
vigor como hacía mucho tiempo no habla
sentido. Salté de la cama y me fui a la ventana;
no pude ir más allá. Conseguí abrir los postigos,
y vi a muchas personas que corrían y saltaban
por el hielo y vi las lindas banderitas y oí los
hurras de los chicos y los cantos de los mozos y
mozas. Todo era bullicio y alegría, y mientras
tanto la blanca nube con el punto negro iba
creciendo por momentos. Grité con todas mis
fuerzas, pero nadie me oyó, pues estaban
demasiado lejos. La tempestad no tardaría en
estallar, el hielo se resquebrajaría y haría
pedazos, y todos aquéllos, hombres y mujeres,
niños y mayores, se hundirían en el mar, sin
salvación posible. Ellos no podían oírme, y yo
no podía ir hasta ellos. ¿Cómo conseguir que
viniesen a tierra? Dios Nuestro Señor me
inspiró la idea de pegar fuego a mí cama.
Más valía que se incendiara mi casa, a que
todos aquellos infelices pereciesen. Encendí el
fuego, vi la roja llama, salí a la puerta… pero
allí me quedé tendida, con las fuerzas agotadas.
Las llamas se agrandaban a mi espalda, saliendo
por la ventana y por encima del tejado. Los
patinadores las vieron y acudieron corriendo en
mi auxilio, pensando que iba a morir abrasada.
Todos vinieron hacia el malecón. Los oí venir,
pero al mismo tiempo oí un estruendo en el aire,
como el tronar de muchos cañones. La ola de
marea levantó el hielo y lo hizo pedazos, pero la
gente pudo llegar al malecón, donde las chispas
me caían encima. Todos estaban a salvo. Yo, en
cambio, no pude resistir el frío y el espanto, y
por esto he venido aquí, a la puerta del cielo.
Dicen que está abierta para los pobres como yo.
Y ahora ya no tengo mi casa. ¿Qué le parece,
me dejarán entrar?
Abrióse en esto la puerta del cielo, y un ángel
hizo entrar a la mujer. De ésta cayó una brizna
de paja, una de las que había en su cama cuando
la incendió para salvar a los que estaban en
peligro. La paja se transformó en oro, pero en
un oro que crecía y echaba ramas, que se
trenzaban en hermosísimos arabescos.
– ¿Ves? – dijo el ángel al razonador – esto lo ha
traído la pobre mujer. Y tú, ¿qué traes? Nada,
bien lo sé. No has hecho nada, ni siquiera un
triste ladrillo. Podrías volverte y, por lo menos,
traer uno. De seguro que estaría mal hecho,
siendo obra de tus manos, pero algo valdría la
buena voluntad. Por desgracia, no puedes
volverte, y nada puedo hacer por ti.
Entonces, aquella pobre alma, la mujer de la
casita del malecón, intercedió por él:
– Su hermano me regaló todos los ladrillos y
trozos con los que pude levantar mi humilde
casa. Fue un gran favor que me hizo. ¿No
servirían todos aquellos trozos como un ladrillo
para él? Es una gracia que pido. La necesita
tanto, y puesto que estamos en el reino de la
gracia…
– Tu hermano, a quien tú creías el de más cortos
alcances – dijo el ángel – aquél cuya honrada
labor te parecía la más baja, te da su óbolo
celestial. No serás expulsado. Se te permitirá
permanecer ahí fuera reflexionando y reparando
tu vida terrenal; pero no entrarás mientras no
hayas hecho una buena acción.
– Yo lo habría sabido decir mejor – pensó el
pedante, pero no lo dijo en voz alta, y esto ya es
algo.
Hans Christian Andersen
Hans Christian Andersen (2/4/1805 – 4/8/1875), escritor y poeta danés, famoso por sus cuentos para niños.
Nació el 2 de abril, en Odense, Dinamarca. De una familia tan pobre, que en ocasiones hasta tuvo que dormir bajo un puente y mendigar. Era hijo de un zapatero instruido, pero enfermizo, de veintidós años y de una lavandera varios años mayor que él, y de confesión protestante. Andersen dedicó a su madre debido a su pobreza La pequeña cerillera, así como no sirve para nada, en razón de su alcoholismo.
Pese a todo fue un niño muy querido, su padre lo adoraba y a él se debió seguramente la pasión del pequeño Hans por el teatro; le fabricó un teatrillo y unas marionetas para las que el niño cosía la ropa. Toda la familia vivía y dormía en una pequeña habitación.
Hans Christian mostró una gran imaginación desde muy joven; la que fue alentada por la indulgencia de ambos padres y la superstición de la madre. En 1816 murió su padre y Andersen dejó de asistir a la escuela; se dedicó a leer todas las obras que pudiera conseguir, entre ellas las de Ludvig Holberg y William Shakespeare.