Una tarde, que los padres aún no habían
vuelto de trabajar en el campo, se hallaba
Juanito en su bonita casa compuesta de dos
pisos, al cuidado de una anciana encargada
de atender a las faenas de la cocina, mientras
sus amos procuraban sacar de una ingrata
tierra lo preciso para el sustento de todo el
año.
La casa era el sólo bien que los dos labradores
habían logrado salvar después de varias
malas cosechas; era herencia de los padres
de ella y por nada en el mundo la hubieran
vendido o alquilado.
Juanito se hallaba en la sala, una habitación
grande, alta de techo, con dos ventanas
que daban al campo, amueblada con sillas de
Vitoria, un rústico sofá, una cómoda, con una
infinidad de baratijas encima, y dos mesas.
A una de las ventanas, que estaba abierta,
se acercó por la parte de fuera un hombre
mal encarado, vestido pobremente y con un
fuerte garrote en la mano. Hizo seña a Juanito
de que se acercara y le preguntó, cuando el
muchacho estuvo próximo, donde se encontraba
su padre.
-En el campo grande -contestó el niño.
-¿Y dónde es eso? -prosiguió el hombre.
-Por lo visto es V. forastero cuando no lo
sabe. Mire por donde yo señalo con la mano.
Ese sendero de ahí enfrente tuerce a la izquierda,
sale a una explanada, luego…
-No hay quien lo entienda -interrumpió el
hombre-; y el caso es que urge verlo para el
ajuste de los garbanzos y de la cebada. ¿No
podrías acompañarme?
-Mis padres me han prohibido salir de casa,
y si falto a su orden me castigarán.
-Más podrán castigarte si pierden la renta
por ti.
-¿Y qué he de hacer entonces?
-Acompañarme si quieres y si no dejarlo
que haré el trato con otro labrador.
-Es que -prosiguió el niño-, dicen que hay
dos secuestradores en el país y por eso mis
padres temen que salga.
-Yo te respondo de que yendo conmigo no
los encontrarás; además llevo un buen palo
para defenderte.
-¿Los ha visto V.?
-Sí, iban a caballo, camino del molino viejo.
-Entonces no hay temor porque tenemos
que ir al lado opuesto. Vamos.
Juanito salió guiando al hombre por la senda
que antes indicara.
La tarde era clara y serena, brillaba el sol
en un cielo sin nubes y el calor se dejaba sentir
con fuerza porque ni un árbol daba sombra
a aquel campo sembrado de trigo a derecha e
izquierda. Un estrecho sendero conducía al
lugar, aún muy distante, donde los padres del
niño se hallaban trabajando. Pero antes de
llegar a la explanada de que hablara Juanito,
el hombre lanzó un silbido extraño y un joven
se presentó casi enseguida llevando un caballo
de la brida. A una seña del que había obligado
al pequeño Juan a salir de su casa, el
joven montó y el niño se vio cogido por unos
robustos brazos y colocado sobre el caballo
también. Gritó pidiendo auxilio, pero al instante
un pañuelo fue puesto sobre su boca
para ahogar su voz y ya no hubo defensa posible
para la infeliz criatura.
El caballo iba a galope y Juanito veía al pasar
con vertiginosa rapidez, los carros cargados
de paja que volvían al pueblo, las yuntas
que, terminados los trabajos, iban a encerrar,
algunos labradores que se retiraban a sus
hogares; pero todo de lejos y sin que ningún
hombre fijase su atención en él.
A pesar de aquella carrera, el camino le
pareció muy largo; al fin el joven hizo parar al
caballo, bajó al niño y, sin soltarle, abrió una
puerta que conducía a un vasto terreno que
debió ser jardín en otro tiempo, le introdujo
allí, volvió a cerrar con llave; y le dejó solo sin
ocuparse al parecer más de él.
Juanito no pudo contener sus lágrimas al
ver las altas tapias que hacían de aquel paraje
una prisión imposible de dejar. Anduvo
después largo rato, hasta que rendido se paró
en un ángulo del terreno donde había un pozo
rodeado de jaramagos y florecillas silvestres.
Aquel sitio inculto tenía un misterioso encanto
para él.
Llegó la noche, y cansado, sintiendo hambre
y sed, se echó no lejos del pozo y al fin se
durmió.
A la mañana siguiente uno de los bandidos,
el primero que vio, fue a despertarle y le obligó
a firmar un papel para sus padres en el
que les decía que los secuestradores le matarían
si no les entregaba quinientos duros por
su rescate.
-Y es la verdad -añadió el hombre-, si no
pagan te tiraremos a ese pozo.
Los labradores en balde buscaron aquel dinero;
en tan breve plazo nadie quería comprarles
su casa ni dar nada a préstamo.
Juanito, que no había comido desde el día,
anterior, sentía indefinible malestar y a veces
le parecía que una nube velaba sus ojos.
Llegó la noche y los bandidos no parecieron.
E niño se acercó al pozo y ¡cosa rara!
creyó ver que en el fondo brillaba una luz.
-¿Estaré soñando? -se preguntó Juan.
Y siguió mirando, pero el pozo era muy
hondo y no se veía si tenía agua o estaba seco.
Poco después una voz, de mujer o de niño,
cantó dentro del pozo el siguiente romance
con una música dulce y un tanto monótona:
Había en una ciudad
un bello y juicioso niño
a quien unos malhechores
lograron tener cautivo.
Le llevaron engañado
a una casa con sigilo
donde había un gran terreno
que antes jardín hubo sido,
rodeado de altas tapias,
con arbustos ya marchitos,
árboles mustios o secos
y un pozo medio escondido
en un bosque de rastrojo,
de gran abandono indicio.
Pidieron por el muchacho
un rescate los bandidos,
mas siendo los padres pobres
y careciendo de amigos,
en balde fueron buscando
aquel oro apetecido
precio de la libertad
del idolatrado hijo.
Por vengarse, los ladrones
presto hubieron decidido
arrojar en aquel pozo
al pobre muchacho vivo,
y sin escuchar sus ruegos,
aquellos hombres indignos,
levantándole en sus brazos
le lanzaron al abismo.
Antes de llegar al fondo
los ángeles, también niños,
quizá hermanos por el alma
del prisionero afligido,
trocaron las duras piedras
por un césped duro y fino
y bellas flores silvestres
de nombres desconocidos
que en algún jardín del cielo
acaso hubieron cogido,
y entonces el secuestrado,
sin esperar tal prodigio,
halló al caer aquel lecho
donde se quedó dormido…
La voz se fue extinguiendo poco a poco, y
Juanito no oyó las últimas palabras del romance.
Pero aquel canto le había llenado de
esperanza; sabía que si le arrojaban al pozo
no tendría nada que temer. Miró hacia el fondo
y observó que la luz, que poco antes viera
brillar, había desaparecido.
Se echó sobre la hierba y esperó con relativa
tranquilidad la vuelta de los malvados
secuestradores. Estos llegaron a las doce de
la noche: muy disgustados por que los padres
de Juanito no habían depositado el dinero en
el sitio indicado, pues los infelices no habían
encontrado ni la vigésima parte de lo pedido.
-Le arrojaremos al pozo mágico -dijo el
más joven señalando al niño-. Esos rústicos
no habrán dejado de dar aviso de lo que ocurre
a la guardia civil y, para probar que no
somos nosotros los secuestradores, tenemos
que desembarazarnos del chico. ¿Cómo creerían
que no éramos culpables si hallaban al
muchacho con nosotros?
-Y ¿no le buscarán en el pozo? Y a propósito
de este, ¿por qué le llamas mágico? –
preguntó el otro bandido.
-Porque algunas veces se oyen en él gritos
y en el pueblo aseguran que está encantado.
-¿Y tú lo crees?
-Yo no, pero lo llamo así por costumbre
que tengo de oírlo.
Siguieron hablando y por último se acercaron
a Juanito y, sin atender a sus ruegos, le
arrojaron al pozo.
El pobre niño perdió el conocimiento antes
de llegar al fondo, así es que no supo si había
allí el lecho de flores hecho por los ángeles
sus hermanos.
Cuando volvió en sí se halló en un pequeño
cuarto acostado en una humilde cama. Un
hombre y una muchacha velaban junto a él.
El primero, sin hacerle pregunta alguna, le dio
algún alimento que reanimó sus fuerzas,
mientras la segunda le miraba con cariñosa
curiosidad.
Cuando el hombre salió, Juanito se atrevió
a preguntar a la niña dónde se encontraba.
-Mi padre me había prohibido hablarte para
que no te fatigaras -dijo ella-, pero ya que te
muestras curioso… ¿Has oído cantar en el
pozo mágico?
-Sí; ¿quién cantaba?
-¿Eso qué importa? Todo lo que decía el
romance se ha realizado. En el fondo del pozo
no había agua ni duras piedras, has caído
sobre paja y heno. Luego mi padre te ha cogido
en sus brazos y te ha traído aquí para
avisar a tu familia a la que conoce y quiere
porque tu padre le salvó la vida cuando los
dos eran soldados. Desde el fondo del pozo se
oye todo lo que traman los secuestradores y
mi padre ha evitado por eso algunos crímenes.
La casa que ellos ocupan está en la parte
alta del camino y la nuestra en la más baja; el
pozo tiene una abertura que pone en comunicación
esta vivienda con la otra, obra que
hicieron unos contrabandistas en otro tiempo,
pero que los secuestradores ignoran. Hay un
camino subterráneo que llega a nuestro pequeño
jardín. Para que tu ilusión fuese más
completa, puse margaritas y amapolas en el
fondo del pozo, pero como te desmayaste no
lo has visto. Ya iremos allí otro día.
La llegada del padre de la muchacha puso
término a la conversación; pero como a la
mañana siguiente Juanito estuviese ya bueno,
tuvo deseos de ver el fondo del pozo con su
nueva amiga. Esta abrió una puerta que había
en un cobertizo que daba al jardín y ambos
penetraron en un subterráneo estrecho y
húmedo, llegando al fin al pozo donde Juanito
había caído. El niño cogió unas margaritas y
prometió que las guardaría siempre.
Sobre sus cabezas se oía un fuerte altercado;
era que iban a prender a los secuestradores.
Estos querían probar su inocencia negando
haber robado a Juan y, casi habían convencido
a sus perseguidores, cuando una voz
infantil dijo desde el fondo del pozo:
-Sí, son ellos los que me robaron, lo declaro
para que no hagan lo mismo con otros niños.
-¡El pozo mágico! -exclamó el más joven
de los secuestradores.
Aprovechando su estupor, los que iban en
su busca se apoderaron de él. El otro se defendió
a tiros; una de las balas hirió mortalmente
a su compañero y él cayó al suelo
también muerto por uno de sus contrarios.
Aquella misma tarde, Juanito fue devuelto
sus padres que no podían creer fuese cierta la
ventura de volver a verle, pues ya imaginaban
que hubiese sido asesinado.
¡Con cuánta efusión se abrazaron luego los
dos antiguos soldados! El padre de Juanito al
saber que su amigo y su hija eran muy pobres,
se los llevó a su casa donde compartieron
con la familia los trabajos del campo,
abandonando aquellos su humilde vivienda.
La comunicación con el pozo fue tapiada y el
terreno donde se ocultaban los secuestradores
convertido en hermosa huerta.
Juanito sintió siempre el más vivo afecto
por la muchacha a la que hacía cantar muy a
menudo aquel romance que le oyó por primera
vez en el fondo del pozo mágico.
Author Archives: Los cuentos de
Pedro y Perico
Ocho años hacía que el príncipe Pedro
había contraído matrimonio con la princesa
Rosalía, la mujer más buena y más hermosa
de su época, sin que Dios hubiese bendecido
su unión dándoles un hijo. Los sobrinos, presuntos
herederos de aquellos vastos dominios,
se regocijaban interiormente al pensar
que uno de ellos sería el sucesor de sus inmensas
riquezas y podría disponer un día de
sus pueblos y de sus vasallos. Tenían ya toda
una corte de aduladores que se creían seguros
de ser los futuros ministros, generales y
títulos de la nación.
Pero he aquí que cuando estaban más confiados
corrió por el país, en voz baja primero,
públicamente después, la nueva de que la
princesa iba a ser madre, por lo que había
encargado que se celebrasen funciones en
acción de gracias en todas las iglesias del
principado.
Los sobrinos viéndose despojados súbitamente
por aquel heredero importuno, empezaron
a conspirar contra él antes de que naciese.
-Le haremos incapaz de reinar -dijeron-,
será un imbécil, la adulación matará el germen
de todo lo bueno y cuando falte su padre
le derribaremos sin dificultad del trono.
-Para eso -aconsejaron otros-, le apartaremos
de sus padres, dándole preceptores sin
ilustración primero, y malos consejeros después.
Estas palabras fueron repetidas a la princesa
por un fiel servidor, que las escuchó casualmente,
llenando de dolor y de terrores el
alma de la bondadosa Rosalía.
Se prepararon grandes fiestas para cuando
se verificase el nacimiento; bailes, iluminaciones,
banquetes y conciertos en diferentes
puntos de la capital para que pudiesen disfrutarlas
todas las clases sociales.
También se destinó una gran cantidad
obras benéficas. Una de ellas consistía en
acoger en el palacio a los niños que nacieran
cuando el heredero del principado, los varones
para que fuesen sus pajes después y las
hembras para educarlas en un colegio que
fundaría la princesa. Todos habían de llevar el
mismo nombre, Pedro los muchachos y Rosalía
las niñas.
Al fin, el 1.º de marzo; la princesa dio a luz
un hermoso niño que fue presentado a la corte.
Y el mismo día nacieron solamente seis
niñas y un niño, hijos casi todos de humildes
trabajadores del principado.
Las niñas con sus madres fueron instaladas
en la planta baja del palacio; en cuanto al
niño, tuvo la desgracia de quedar huérfano a
poco de nacer y se le tomó una nodriza. El
padre, un pobre idiota que se pasaba media
vida bebiendo, fue socorrido con una buena
cantidad en metálico y no se volvió a saber de
él.
El príncipe Pedro se criaba muy robusto,
tenía el cabello y los ojos negros como su
padre y había quien advertía entre ellos gran
semejanza, aunque no tuviesen ninguna.
El futuro paje Perico era más débil, aunque
no enfermizo, con el pelo oscuro también y
los ojos claros.
El tiempo fue pasando y los sobrinos no
descansaban para llevar a cabo sus proyectos.
Todo parecía también favorecerlos: mientras
el pequeño Perico se mostraba cada día más
gracioso, más inteligente y más simpático, el
príncipe Pedro, a quien apenas permitían que
aprendiese a hablar, tenía un carácter irascible,
le molestaba la gente y no demostraba
cariño a nadie.
Mucho debían sufrir los príncipes, sus padres,
si bien es verdad que los hábiles cortesanos,
haciéndose esclavos de la etiqueta, no
les dejaban ver más que contadas veces a su
niño. La princesa sobre todo parecía siempre
preocupada y recelosa, aunque intentaba
ocultar sus sensaciones a las perspicaces miradas
de sus súbditos.
En los pueblos vecinos empezaba a cundir
la nueva de que el pequeño Pedro no tenía
inteligencia ninguna y que no podría ser el
heredero del principado.
Cuando salían juntos Pedro y Perico, siendo
este ya el paje favorito, todas las miradas se
fijaban con simpatía en el segundo y con pesar
en el primero. El tierno servidor tenía que
sufrir mil caprichos e impertinencias de su
joven amo, haciendo el duro aprendizaje de la
vida desde su infancia.
Para animar al príncipe a que estudiase,
Perico compartía con él las lecciones y le
aventajaba en todo; es verdad que el preceptor
elegido por los sobrinos procuraba que el
hijo de Rosalía no supiese nada; todo al parecer
se conjuraba contra el príncipe y su desgraciada
esposa, dándoles un heredero incapaz
de llegar a ser su sucesor.
Así lograron que Pedro, entrado ya en la
adolescencia, fuese también cobarde y que el
pueblo le mirara con prevención. En cambio
Perico era arrojado cual ninguno y varias veces
combatió con denuedo por defender a su
compañero de estudios y de juegos.
Tenían los dos jóvenes quince años cuando
el príncipe, aquel modelo de esposos y de
padres, que tanto bien hizo a su patria y con
tan sincero afecto amó a su pueblo, cayó enfermo
de mucha gravedad.
Los sobrinos se agitaron más al ver próximo
el día en que habían de heredarle con perjuicio
de su primo. ¿Cómo no habían de derrotar
a una débil mujer y a un idiota?
Al fin una noche se dio en el palacio la triste
nueva de que el esposo de Rosalía acababa
de morir.
-¡El príncipe ha muerto! ¡Viva el príncipe! –
dijo el primer ministro al pueblo usando la
conocida fórmula empleada al fallecimiento de
un rey.
Durante nueve días nadie vio a la princesa
ni a su hijo. Después de los funerales se juzgó
indispensable proclamar heredero al joven
príncipe, lo que disgustaba a los nobles, a la
clase media y al pueblo. Todos debían tener
representantes en el palacio para asistir a la
ceremonia y veían con temor el instante en
que fuera su señor aquel ser tan mal dotado
por la naturaleza.
El gran salón presentaba un aspecto brillante.
Las damas vestían de gala, los caballeros
de uniforme y la viuda había suprimido su
luto para aquel acto solemne. A su lado se
hallaban Pedro y Perico, ambos con lujosos
trajes de terciopelo bordados de oro.
La princesa recibió a varias comisiones, y
al ir estas a doblar la rodilla ante el nuevo
señor, Rosalía, muy pálida y muy conmovida,
pronunció estas palabras:
-Deteneos y no prestéis acatamiento a
quien no lo debe tener. Nobles de esta tierra,
bravos guerreros, pueblo amado; el heredero
de mi buen esposo no es el que suponéis. Mi
hijo es el que creíais paje y el paje es el que
juzgabais príncipe.
Entonces en breves y persuasivas frases
les contó lo ocurrido al nacimiento de su niño,
como habían resuelto envolver en la sombra
su inteligencia, hacerle odioso a sus súbditos
fieles y como también al conocer los inicuos
planes de los sobrinos de su esposo había ella
tenido la luminosa idea de sustituir al día siguiente
del nacimiento al hijo adorado por el
desvalido huérfano. Los niños tan pequeños
se parecen todos, ¿quién había de advertir
aquel singular cambio?
-El príncipe que os doy -prosiguió Rosalía-,
será bueno, valiente y generoso; acostumbrado
a obedecer se mostrará compasivo con
sus servidores; habiendo defendido al que
creía su señor, ha sido bravo, y no dejará que
ofendan a su pueblo; no habiendo poseído
fortuna, será modesto y no pedirá impuestos
a nadie.
-¡Viva el príncipe Pedro! -exclamaron muchos.
Y hubo hombre que gritó:
-¡Viva Perico!
Los dos jóvenes estaban asombrados. Pedro
veía que perdía su poder; en cuanto al
antiguo paje se explicaba entonces varias
cosas que antes habían sido incomprensibles
para él. Recordaba que algunas noches se
había despertado al recibir los amorosos besos
de una mujer cuya semejanza con Rosalía
era notable, que apenas abría los ojos huía la
hermosa visión; que otras veces era un hombre
igual al príncipe Pedro el que se acercaba
a su cama y que los más ilustres señores vigilaban
su cuarto y velaban su sueño. Él amaba
a los príncipes como a sus padres y le parecía
que había nacido para realizar grandes empresas;
su porvenir como paje era poco halagüeño.
Los sobrinos del difunto príncipe trataron
de negar el hecho, pero Rosalía añadió:
-Todos los que asististeis a la presentación
de mi hijo cuando nació recordaréis, porque
así intencionalmente lo hizo constar nuestro
fiel primer ministro, que el niño tenía una señal
en el brazo derecho; mirad los brazos de
Pedro y de Perico y veréis cual es nuestro
legítimo heredero.
Hecha la prueba se vio en efecto que la señal,
bastante distinta, estaba en el brazo del
antiguo paje.
Entonces este se acercó a la princesa, prodigándose
madre e hijo las caricias más tiernas.
El adolescente fue proclamado príncipe, y
sus primos, que el pueblo quiso desterrar, no
tuvieron más remedio, al ser perdonados, que
someterse a él y a su madre.
Pedro obtuvo una brillante posición más en
armonía con sus gustos e inteligencia y fue
siempre el mejor amigo de Perico el paje, al
que nunca se acostumbró a mirar como a su
príncipe y al que llamó con la familiaridad de
otros tiempos.
Fue un digno descendiente de Pedro y de
Rosalía y nunca se vio Señor más querido y
más respetado.
Fausto y Dafrosa
La aguardaba en el embarcadero a boca
de noche, y cuando divisó a lo lejos la barca,
que avanzaba al empuje de los brazos fuertes
de los remeros, abriendo estela de luz verdosa
en el mar fosforecente, al corazón de Fausto
se agolpó la sangre, y sus ojos se nublaron.
Venía o, mejor dicho, la traían, se la entregaban;
en su poder iba a estar aquella por
quien tantas veces había pasado la noche en
vela, febril, paladeando acíbar, desesperando
y mordiéndose los puños de rabia, o esperando
insensatamente.
¿Insensatamente? Criminalmente se diría
mejor. Por aquella que se reclinaba en la
proa, envuelta en blancos velos, en actitud
pensativa, Fausto había descendido a la delación
y al espionaje como un liberto, echando
negra mancha sobre el decoro de su estirpe
consular. Por ella había deslizado en los oídos
del emperador “apóstata” el consejo fatal al
ex prefecto Flaviano, y más de una velada, a
la claridad indecisa de la triple lámpara cubicularia,
las sombras del cortinaje dibujaron
ante los ojos espantados de Fausto la pálida
figura de un varón ilustre marcado en la frente
con el hierro que estigmatiza a los facinerosos…
Pero en aquel instante el musical
chapaleteo de los remos ahuyentaba remordimientos
y angustias, y de lo profundo de las
aguas la voz de las sirenas de la felicidad subía
como un himno…
Descendió Fausto al muelle con precipitación,
y cogiendo de manos de los esclavos el
taburete de cedro, lo presentó al pie de Dafrosa,
que prontamente, sin hacer hincapié,
saltó a las puntiagudas piedras. A la salutación,
al “¡Ave!” que en temblorosa voz articuló
Fausto, respondió ella con una sonrisa triste.
Y echaron a andar hacia la villa, sin que Fausto
se atreviese a ofrecer el antebrazo para
que Dafrosa se apoyase. Un poco de sobrealiento
de la matrona indicaba, sin embargo,
que no hubiese sido superfluo el auxilio.
En la terraza de la villa, alumbrada por
antorchas fijas en la pared, estaba dispuesto
un refresco de bienevenida; leche, frutas, pan
en flor, peces cocidos -los sencillos manjares
de que gusta una cristiana-. Se lo hizo observar
Fausto a Dafrosa, la cual, rompiendo uno
de los panes, los llevó a los labios, no sin
hacer antes la señal de la cruz. Quedáronse
solos Fausto y la tan deseada. Parpadeaban
las estrellas en el firmamento turquí, y el aire
columpiaba bocanadas de esencia de rosas
purpúreas, unas rosas que el mismo emperador
Juliano había traído de Alejandría para
adornar con festones de ellas el ara de la
Afrodita, porque se atribuían a su aroma virtudes
como de filtro para enajenar el corazón.
Fue Dafrosa quien rompió el peligroso silencio.
-Fausto -dijo con tranquila melancolía-,
¿quién nos dijera que nos encontraríamos así
otra vez? Cuando yo me confesaba llorando
de que no podía olvidarte, ¿iba a suponer que
el Sacro emperador me desterrase a vivir
contigo?
Indeciso Fausto, dudó entre caer a los
pies de la matrona y abrazar sus rodillas o
contestar algo -no sabía qué-. Entonces Dafrosa
echó atrás el velo blanco que envolvía el
óvalo de su rostro, y a la luz de las antorchas
Fausto pudo ver con asombro una cara consumida
por el dolor, unos ojos marchitos,
unas mejillas demacradas; el pelo, recogido
modestamente con cintas de lana violeta, no
era ya aquella rubia vedija, aureola de oro; ¡a
Dafrosa se le había vuelto el cabello todo gris,
del gris de las nubes, del gris de la ceniza
seca y hacinada en el hogar!
-Puedes mirarme impunemente, Fausto –
añadió ella-. Soy otra. La Dafrosa que conociste
no está ya en el mundo. Después de que
me contemples, te volverás a tu palacio de
Roma, dejándome sola en esta isla, donde
haré penitencia. He sido justamente castigada
por haberte querido, cariño involuntario que
yo no podía arrancar de mí por más que
hacía. Se llevaron a mi marido para matarle
poco a poco, y a mí me despreciaron. Lo merecía.
Ahora los malvados me entregan a ti,
quizá por creer que tú eres un peligro. Para
Dafrosa ya no hay peligros. Mírame así; despacio,
con atención; examíname. La misericordia
divina me ha quitado enteramente mi
hermosura.
Inmóvil permanecía Fausto, penetrado de
un sentimiento singular, diferente de cuantos
hasta entonces habían agitado su alma complicada
de romano de la decadencia, de amigo
del refinado filósofo, el césar Juliano. No hacía
mucho que en el palacio imperial, ante las
aras restauradas de la Kaleos helénica, habían
celebrado los dos amigos un pacto, especie de
misteriosa iniciación de un culto secreto, diverso
del vulgar paganismo que se saciaba
con los sacrificios de bueyes y terneros, con
las ceremonias impuras. Esta otra religión,
preferida por Juliano, reemplazaba la teogonía
y las supersticiones con la adoración de la
belleza suprema de la Forma en su armonía
divina, en su euritmia sacrosanta, cuya relación
percibe la inteligencia por encima de los
sentidos. Una estatua de mujer, perfectísima,
de líneas impecables, obra de Fidias, se erguía
sobre el ara, en mitad de la capillita o
cella donde el emperador cumplía el rito, derramando
las claras libaciones, quemando el
incienso sabeo en el pebetero de oro de exquisita
labor oriental. Y el Apóstata, tomando
de la mano a su amigo, le obligaba a postrarse
allí, murmurando: “Esta es la Diosa, ésta,
y no el triste Galileo, que ha traído la fealdad
al mundo.” Y, ahora Fausto, en presencia de
Dafrosa, la mujer tan codiciada cuando la poseía
Flaviano y ella vivía recluida al pie de sus
lares, por no descubrir en los ojos los pensamientos,
ahora Fausto advertía en sí mismo
un trastorno, una variación incomprensible.
Los afanes, los delirios, las ansias de posesión,
la fiebre pasional tanto tiempo sufrida,
alimentada por la Beldad, que ata las almas y
no las suelta hasta el sepulcro, habían desaparecido.
La forma adorada no existía, y
tampoco lo que se deriva de ella. En el mar
tranquilo habían enmudecido las sirenas cantoras;
en el cielo turquí las estrellas ya no
parpadeaban de amor. Las rosas no desprendían
ni un átomo de esencia: el rocío de la
noche probablemente congelaba sus cálices,
derramando en ellos una serenidad frígida.
Las tenaces ligaduras de la carne se rompían
en Fausto; su sangre, antes fuego, discurría
convertida en luz por las venas. Y acercándose
a Dafrosa, le tomó las manos y las llevó a
su frente, murmurando en un suspiro:
-Porque has perdido tu hermosura, te
quiero más. Te parecerá que es mentira, y a
mí ayer me lo parecía también, pero mira que
no te engaño.
No retiró las palmas Dafrosa. Este sencillo
contacto no infundía tanto horror a los cristianos
de aquellos siglos como a los actuales,
acaso porque entonces eran más castos en su
corazón. Las palmas de Dafrosa halagaron la
inclinada cabeza de Fausto, y acercando los
labios a su oído, susurró:
-Te creo. Es natural eso que me dices.
Tú, Fausto, hermano mío, eres cristiano también.
La crónica refiere que San Fausto sufrió el
martirio y que Santa Dafrosa recogió de noche
su cuerpo para que no lo devorasen los
perros, pagando esta obra de caridad con la
vida.
La palinodia
El cuento que voy a referir no es mío, ni
de nadie, aunque corre impreso; y puedo decir
ahora lo que Apuleyo en su Asno de oro:
Fabulam groecanica incipimus: es el relato de
una fábula griega. Pero esa fábula griega, no
de las más populares, tiene el sentido profundo
y el sabor a miel de todas sus hermanas;
es una flor del humano entendimiento, en
aquel tiempo feliz en que no se había divorciado
la razón y la fantasía, y de su consorcio
nacían las alegorías risueñas y los mitos expresivos
y arcanos.
Acaeció, pues, que el poeta Estesícoro,
pulsando la cuerda de hierro de su lira heptacorde
y haciendo antes una libación a las Euménides
con agua de pantano en que se
habían macerado amargos ajenjos y ponzoñosa
cicuta, entonó una sátira desolladora y
feroz contra Helena, esposa de Menelao y
causa de la guerra de Troya. Describía el vate
con una prolijidad de detalles que después
imitó en la Odisea el divino Homero, las tribulaciones
y desventuras acarreadas por la fatal
belleza de la Tindárida: los reinos privados de
sus reyes, las esposas sin esposos, las doncellas
entregadas a la esclavitud, los hijos huérfanos,
los guerreros que en el verdor de sus
años habían descendido a la región de las
sombras, y cuyo cuerpo ensangrentado ni aun
lograra los honores de la pira fúnebre; y trazado
este cuadro de desolación, vaciaba el
carcaj de sus agudas flechas, acribillando a
Helena de invectivas y maldiciones, cubriéndola
de ignominia y vergüenza a la faz de
Grecia toda.
Con gran asombro de Estesícoro, los griegos,
conformes en lamentar la funesta influencia
de Helena, no aprobaron, sin embargo,
la sátira. Acaso su misma virulencia desagradó
a aquel pueblo instintivamente delicado
y culto; acaso la piedad que infunde toda
mujer habló en favor de la culpable hija de
Tíndaro. Su detractor se ganó fama de procaz,
lengüilargo y desvergonzado; Helena,
algunas simpatías y mucha lástima. En vista
de este resultado, Estesícoro, con las orejas
gachas, como suele decirse, se encerró en su
casa, donde permaneció atacado de misantropía
y abrazado a su fea y adusta musa
vengadora.
El sueño había cerrado sus párpados una
noche, cuando a deshora creyó sentir que una
diestra fría y pesada como el mármol se posaba
en su mejilla. Despertó sobresaltado y, a
la claridad de la estrella que refulgía en la
frente de la aparición, reconoció nada menos
que al divino Pólux, medio hermano de Helena.
Un estremecimiento de terror serpeó por
las venas del satírico, que adivinó que Pólux
venía a pedirle estrecha cuenta del insulto.
-¿Qué me quieres? -exclamó alarmadísimo.
-Castigarte -declaró Pólux-; pero antes
hablemos. Dime por qué has lanzado contra
Helena esa sátira insolente; y sé veraz, pues
de nada te serviría mentir.
-¡Es cierto! -respondió Estesícoro-. ¡En
vano trataría un mortal de esconder a los inmortales
lo que lleva en su corazón! Como tú
puedes leer en él, sabes de sobra que la indignación
por los males que ocasionó tu hermana
y el dolor de ver a la patria afligida, me
dictaron ese canto.
-Porque leo en lo oculto sé que pretendes
engañarme -murmuró con desprecio Pólux-. Y
sin poseer mi perspicacia divina, los griegos,
han sabido también conocer tus móviles y tus
intenciones. No existe ejemplo, ¡oh poeta!, de
satírico que tenga por musa el bien general:
siempre esta hipócrita apariencia oculta miras
personales y egoístas. Tú viste la belleza de
mi hermana; tú la codiciaste, y no pudiste
sufrir que otro cogiese las rosas cuyo aroma
te enloquecía.
-Tu hermana ha ultrajado a la santa virtud
-declaró enfáticamente Estesícoro.
-Mi hermana no recibió de los dioses el
encargo de representar la virtud, sino la hermosura
-replicó Pólux, enojado-. Si hubiese
un mortal en quien se encarnasen a un mismo
tiempo la virtud, la hermosura y la sabiduría,
ése sería igual a los inmortales. ¿Qué digo?
Sería igual al mismo Jove, padre de los dioses
y los hombres; porque entre los demás que
se nutren de la ambrosía, los hay, como la
sacra Venus, en quienes sólo se cifra la belleza,
y otros, como la blanca Diana, en quienes
se diviniza la castidad. Si tanto te reconcomía
el deseo de zaherir a los malos, debiste hacer
blanco de tu sátira a algunas de las infinitas
mujeres que en Grecia, sin poder alardear de
la integridad y pureza de Diana, carecen de
las gracias y atractivos de Venus. La hermosura
merece veneración; la hermosura ha
tenido y tendrá siempre altares entre nosotros;
por la hermosura, Grecia será celebrada
en los venideros siglos. Ya que has perdido el
respeto a la hermosura, pierde el uso de los
sentidos, que no sirven para recrearte en
ella por la contemplación estética.
Y vibrando un rayo del astro resplandeciente
que coronaba su cabeza, Pólux reventó
el ojo derecho de Estesícoro. Aún no se había
extinguido el ¡ay! que arrancó al poeta el
agudo dolor, y apenas había desaparecido
Pólux, cuando apareció el otro Dióscuro, Cástor,
medio hermano también de Helena, hijo
de Leda y del sagrado cisne; y pronunciando
palabras de reprobación contra el ofensor de
su hermana, con una chispa desprendida de la
estrella que lucía sobre sus cabellos, quemó el
ojo izquierdo del satírico, dejándole ciego.
Alboreó poco después el día, mas no para el
malaventurado Estesícoro, sepultado en eterna
y negra noche. Levantándose como pudo,
buscó a tientas un báculo, y pidiendo por
compasión a los que cruzaban la calle que le
guiasen, fue a llamar a la puerta de su amigo
el filósofo Artemidoro, y derramando un torrente
de lágrimas, se arrojó en sus brazos,
clamando, entre gemidos desgarradores:
-¡Oh Artemidoro! ¡Desdichado de mí! ¡Ya
no la veré más! ¡Ya no volveré a disfrutar de
su dulce vista!
-¿A quién dices que no verás más? –
interrogó sorprendido el filósofo.
-¡A Helena, a Helena, la más hermosa de
las mujeres! -gritó el satírico llorando a moco
y baba.
-¿A Helena? ¿Pues no la has rebajado tú
en tus versos? -pronunció Artemidoro, más
atónito cada vez-. ¿No la has estigmatizado y
flagelado en una sátira quemante?
-¡Ay! ¡Por lo mismo! -sollozó Estesícoro,
dejándose caer al suelo y revolcándose en él-.
Ahora comprendo que mi sátira era un himno
a su hermosura… un himno vuelto del revés,
pero al fin un himno. Los celestes gemelos me
han castigado privándome de la vista, y las
tinieblas en que he de vivir son más densas,
porque no veré a la encarnación humana de la
forma divina, al ideal realizado en la tierra.
-No te aflijas y espera -dijo Artemidoro-;
tal vez consiga yo salvarte.
Cuando la incomparable Helena supo de
Artemidoro que su detractor Estesícoro sólo
lamentaba estar ciego por no poder admirar
sus hechizos, sonrió, halagada la insaciable
vanidad femenil, y murmuró con deliciosa
coquetería:
-Realmente, Artemidoro, ese vate es un
infeliz, un ser inofensivo; nadie le hace caso
en Grecia y yo, menos que nadie. No merece
tanto rigor y tanta desventura. Anúnciale que
voy a sanarle los ojos.
Y tomando en sus manos ebúrneas una
copa llena de agua de la fuente Castalia, bañó
con su linfa las pupilas hueras del satírico,
que al punto recobró la luz. Como el primer
objeto que vio fue Helena, se arrodilló transportado
prorrumpiendo en una oda sublime
de gratitud y arrepentimiento, que se llamó
Palinodia.