Un hombre de edad madura, más
pronto viejo que joven, pensó que era tiempo
de casarse. Tenía el riñón bien cubierto, y por
tanto, donde elegir; todas se desvivían por
agradarle. Pero nuestro galán no se apresuraba.
Piénsalo bien, y acertarás.
Dos viuditas fueron las preferidas. La una,
verde todavía; la otra, más sazonada, pero
que reparaba con auxilio del arte lo que había
destruido la naturaleza. Las dos viuditas, jugando
y riendo, le peinaban y arreglaban la
cabeza. La más vieja le quitaba los pocos
pelos negros que le quedaban, para que el
galán se le pareciese más. La más joven a su
vez, le arrancaba las canas; y con esta doble
faena, nuestro buen hombre quedó bien
pronto sin cabellos blancos ni negros.
“Os doy gracias, les dijo, oh señoras mías,
que tan bien me habéis trasquilado. Más es lo
ganado que lo perdido, porque ya no hay que
hablar de bodas. Cualquiera de vosotras que
escogiese, querría hacerme vivir a su gusto y
no al mío. Cabeza calva no es buena para
esas mudanzas: muchas gracias, pues, por la
lección.”
La Muerte y el Desdichado
Un Desdichado llamaba todos los días
en su ayuda a la Muerte. “¡Oh Muerte! exclamaba:
¡cuán agradable me pareces! Ven
pronto y pon fin a mis infortunios.” La Muerte
creyó que le haría un verdadero favor, y acudió
al momento. Llamó a la puerta, entró y se
le presentó. “¿Qué veo? exclamó el Desdichado;
llevaos ese espectro; ¡cuán espantoso
es! Su presencia me aterra y horroriza. ¡No te
acerques, oh Muerte! ¡retírate pronto!”
Mecenas fue hombre de gusto; dijo en
cierto pasaje de sus obras: “Quede cojo,
manco, impotente, gotoso, paralítico; con tal
de que viva, estoy satisfecho. ¡Oh Muerte!
¡no vengas nunca!” Todos decimos lo mismo.
Los Ladrones y el Jumento
Por un Jumento robado de peleaban
dos Ladrones. Mientras llovían puñetazos,
llega un tercer Ladrón y se lleva el Borriquillo.
El Jumento suele ser alguna mísera provincia;
los Ladrones, éste o el otro Príncipe,
como el de Transilvania, el de Hungría o el
Otomano. En lugar de dos, se me han ocurrido
tres: bastantes son ya. Para ninguno de
ellos es la provincia conquistada: viene un
cuarto, que los deja a todos iguales, llevándose
el Borriquillo.
El Dragón de muchas Cabezas y el de muchas Colas
Un mensajero del Gran Turco se vanagloriaba,
en el palacio del Emperador de
Alemania, de que las fuerzas de su soberano
eran mayores que las de este imperio. Un
alemán le dijo: “Nuestro Príncipe tiene vasallos
tan poderosos que por sí pueden mantener
un ejército.” El mensajero, que era varón
sesudo, le contestó: “Conozco las fuerzas que
puede armar cada uno de los Electores, y
esto me trae a las mientes una aventura,
algo extraña, pero muy verídica. Hallábame
en lugar seguro, cuando ví pasar a través de
un seto las cien cabezas de una hidra. La
sangre se me helaba, y no había para menos.
Pero todo quedó en susto: el monstruo no
pudo sacar el cuerpo adelante. En esto, otro
dragón, que no tenía más que una cabeza,
pero muchas colas, asoma por el seto. ¡No
fue menor mi sorpresa, ni tampoco mi espanto!
Pasó la cabeza, pasó el cuerpo, pasaron
las colas sin tropiezo: esta es la diferencia
que hay entre vuestro Emperador y el nuestro.”