El Aeronauta

– I –
-¿No sabes lo que ocurre, Micaela?
-¿Cómo lo he de saber? Salgo de mi casa
ahora, y a ti, Claudio, es al primero que he
encontrado.
-Pues ha sucedido el caso más extraño que
se ha presenciado en la aldea; todos estamos
llenos de asombro y no es para menos.
-Cuenta, cuenta.
-Volvía anoche de pescar como de costumbre
con dos compañeros, Pedro y Sebastián.
-No era la noche muy serena.
-No por cierto; silbaba el viento, el mar estaba
agitado, la luna se velaba a ratos, las
estrellas aparecían tristes y pálidas. No se
veía más luz que la que arde en la torre de
Santa María, la iglesia donde se venera a
nuestra patrona bendita; lo demás de la aldea
se hallaba envuelto en las sombras. De pronto
vemos venir por el aire una embarcación desconocida,
una lancha pequeña con una vela
enorme obscura y tan hinchada que parecía
redonda, la cual fue a estrellarse contra el
acantilado. El solo hombre que tripulaba la
barca lanzó un grito de horror y al ver el peligro
que corría se arrojó al mar donde hubiese
perecido a no socorrerle mis compañeros y
yo. La singular embarcación se hizo pedazos y
no tardó en desaparecer bajo las aguas. El
hombre estaba herido, con el vestido hecho
jirones, desnuda la cabeza, las manos ensangrentadas,
descompuesto el semblante.
¿Quién era aquél ser que navegaba por el aire
como nosotros sobre el mar? Pedro y yo le
mirábamos con receloso temor, y acaso no le
hubiéramos socorrido si Sebastián no hubiera
mostrado empeño por salvarle. Como el tiempo
fuese a cada momento más desapacible,
ganamos la orilla silenciosa y solitaria a aquellas
horas. Pedro no quiso encargarse del
herido por no aumentar sus gastos, él que tan
pobre y desgraciado es; Sebastián alegó para
lo mismo que tenía mujer y muchos hijos, y
siendo su casa reducida no le era posible llevarle
a ella; yo… no sé, lo que dije, pero la
verdadera razón es que no me agradaba la
compañía de aquel hombre excepcional. Entre
los tres le condujimos a la quinta de don Remigio
Rey, el señor más rico y más caritativo
de nuestra aldea. No ignoras que entiende
algo de medicina y que como este lugar tiene
el mismo médico que otros tres o cuatro no
recibimos diariamente la visita del doctor,
siendo don Remigio quien nos asiste cuando
viene una enfermedad repentina. Llamamos y
un criado nos abrió la puerta.
-¿Qué ocurre? -preguntó.
-Traemos un enfermo.
-Mi amo descansa.
-Llámale por caridad -dijo Sebastián-, si
esperamos a mañana quizá será tarde.
No parecía muy dispuesto a complacernos,
acaso nos hubiese arrojado de allí, si el dueño
de la casa, que se había vestido precipitadamente,
no se hubiera presentado para enterarse
de lo que pasaba. Nos hizo entrar, y
después que le referimos lo ocurrido, nos
despidió quedándose con aquel misterioso
personaje.
-¿Y qué más? -preguntó Micaela al ver que
Claudio se detenía.
-Al rayar el alba -prosiguió el pescador-, he
vuelto a casa de don Remigio; allí me han
dicho que el herido está enfermo de algún
cuidado, que tiene una fuerte calentura y se
teme que acabe en un ataque cerebral. Que
las pocas palabras que ha pronunciado son de
un idioma que no es latín, porque el cura no
le ha entendido, ni francés porque don Remigio
lo habla a la perfección. ¿Qué ha de ser
nada de eso?
-¿Por qué?
-¿No comprendes, Micaela, que este hombre
navegaba por el cielo entre las estrellas,
que se ha caído a nuestro mundo desde otro,
y que allí no se hablará ni español, ni francés,
ni latín?
-¡Ay qué miedo! ¿Y le has visto hoy?
-Me hicieron pasar a la alcoba.
-¿Y cómo es?
-Parece alto, y digo parece porque le he
visto acostado; es rubio, con barba poblada y
fino bigote, representa unos veinticinco años,
tiene bellas facciones, los ojos, que abrió un
instante, grandes, de un azul oscuro, es blanco,
pálido, pero esto tal vez sea efecto de su
estado excepcional. La ropa, aunque destrozada,
es inmejorable y de buen corte como si
llegara de una capital o cosa así. Es un buen
mozo.
-Pero viene del otro mundo…
-Eso sospechamos cuantos le hemos visto.
-¿Habrá cundido mucho la noticia?
-Todavía no.
-Pues corro a contarla. Adiós, Claudio.
-Hasta la vista, Micaela.
– II –
Don Remigio Rey, el señor de aquella aldea,
su protector, su médico, su amo, era un
hombre de unos cincuenta años, ágil, fuerte,
de carácter afable y bondadoso, la providencia
de los pobres. Se había casado en una
capital de provincia, en la que residió algún
tiempo, con una virtuosa señora de la que
había tenido dos hijos, María y Santiago. Recibieron
ambos educación esmerada y acaso
soñaron con vivir un día en la corte, pero los
padres, sin cuidarse de sus aspiraciones y sus
gustos, los encerraron en aquel pobre lugar,
en el que la triste niña no tenía más distracción
que pasear a la orilla del Océano, descifrar
alguna música o leer un rato; ni el muchacho
más aliciente que la caza. La extraordinaria
llegada de aquel viajero debía necesariamente
romper la monotonía de su vida.
La señora de Rey, como mujer de experiencia,
prohibió a María que entrase en la
habitación donde con agitado sueño descansaba
el desconocido, pero no hizo lo propio
con Santiago que pasaba largos ratos contemplando
el hermoso y pálido rostro de
aquel hombre bajado del cielo, según la
creencia popular. Así es que el joven, que
tenía un año menos que su hermana, no cesaba
de referirle hasta el más insignificante
movimiento del herido, los suspiros que se
escapaban de su pecho, las palabras incomprensibles
que salían de sus labios, y María
ardía en deseos de verle, aunque solo fuese
un instante.
A los dos días de su llegada, habiendo salido
don Remigio y estando entregada a sus
quehaceres domésticos doña Mercedes, llamó
Santiago a su hermana que bordaba un pañuelo
junto a una ventana desde la que se
divisaba el mar.
-Ven a ver al forastero -dijo el joven.
-No -respondió ella-, que nuestros padres
me reñirán.
-¿Van acaso a saberlo?
-No importa, me han dicho que no entre y
debo obedecer.
-He registrado su ropa y no lleva en ella
ningún papel, solo un pañuelo marcado con
una W. Es fino, como la tela de todas las
prendas con que estaba vestido el pobre viajero.
-¿Ha abierto los ojos?
-A veces, pero no se fija en nada.
-¿Ha vuelto a hablar?
-Pide algo, pero no le entiendo.
-¿Le han dado alimento?
-Ninguno.
-¿Y agua?
-Tampoco.
-Quizá el desgraciado tiene sed. ¿Has observado
si sus labios están secos?
-No; tú entenderías de eso más que yo.
-Sí… pero no debo ir.
La joven guardó silencio y al cabo de un
instante preguntó:
-¿Dónde está nuestra madre?
-Dando de comer a las palomas.
-¿Se marchó al palomar hace mucho?
-Unos diez minutos, poco más o menos.
-Suele estar media hora; quedan veinte…
Santiago, llévame a ver al herido.
Una vez tomada esta resolución, los dos
hermanos se dirigieron rápidamente hacia el
cuarto donde se hallaba el viajero acostado en
una humilde cama. Tenía una bella figura,
melancólica palidez, manos blancas que cogían
las sábanas con fuerza convulsiva. Al acercarse
María, al oír su dulce voz que le preguntaba,
ora en español, ora en francés qué deseaba,
abrió los ojos que fijó en las puras facciones
de la niña, y luego miró hacia una copa
que habían colocado a alguna distancia de su
lecho. María la acercó a los labios del enfermo
que bebió con avidez, y pronunció una sola
palabra que no se parecía absolutamente en
nada a gracias en los dos citados idiomas.
-¿Es usted italiano? -le preguntó la joven.
Hizo él una señal negativa.
-¿Alemán?
Obtuvo la misma respuesta.
-¿Inglés?
Contestó afirmativamente, añadiendo frases
que los dos hermanos no entendieron.
-Entonces no viene del cielo -murmuró
Santiago.
-¿Lo has creído alguna vez? -dijo María.
-¿Porqué no, cuando todos los del pueblo lo
aseguran?
-Porque son unos ignorantes.
Él no podía decir de dónde llegaba, no los
comprendía, lo mismo que los dos hermanos
a él. A pesar de sus vastos conocimientos se
había negado a aprender más lengua que el
idioma patrio, no presintiendo que algún día
había de serle necesario otro. En inglés les
preguntó:
-¿Dónde estoy? ¿Qué tierra es esta? ¿Dónde
me habéis encontrado y por qué me habéis
socorrido? ¿Estaba yo solo? En ese caso ¿qué
ha sido de mi compañero de expedición?
¿quién ha recogido mi globo, que perdido en
los aires, vagaba por el espacio hacía algunos
días sin que pudiésemos adivinar donde caeríamos?
¿De qué me han servido mis estudios
si he sido juguete de mis sueños, de mis esperanzas
y de mi ambición?
Y María entre tanto le decía en español,
hablando en voz alta y marcando mucho las
frases para ver si lograba hacerse entender:
-¿Tiene usted familia? Dígalo en tal caso
para que la avisemos que se ha salvado milagrosamente
de la muerte. ¿De dónde es usted?
¿Desea comer algo? ¿Beber más?
Mi padre es bastante hábil y le curará; yo
se lo pediré a Dios y a la Virgen y mi madre
también, que es excelente, aunque finja ser
algo severa con mi hermano y conmigo para
educarnos mejor. Cuando usted se levante,
iremos a ver el pueblo; es pequeño, pero no
feo, que no puede serlo un lugar con casitas
blancas como palomas, obscuras montañas,
mar agitado, cielo azul y frondosos bosques.
Una gran joya con perlas, zafiros y esmeraldas
parece a lo lejos.
-Pero una joya que a ti no te agrada –
interrumpió Santiago.
-Te equivocas; hoy me parece más bonita.
-¡Qué poco semejante es el idioma que usted
habla al mío! -exclamó el enfermo, que no
había comprendido nada y que tampoco podía
darse a entender-; ¿que tierra es esta? Ni mi
desgraciado amigo ni yo sabíamos dónde
iríamos a parar. No teníamos víveres, la válvula
estaba inutilizada, hacía días que nos
hallábamos en inminente peligro. El estudio
no nos seducía ya, el hambre y la sed nos
aniquilaban; como a través de un velo, veo al
pobre Jorge despedirse de mí y perderse en el
espacio. ¿Por qué abandonó el globo? ¿Fue
creyendo salvarse o por salvarme a mí? Todo
me dice que el infeliz ha muerto. Niña de negros
ojos, dime el nombre de tu patria, sepa
yo al menos donde estoy y cuantas leguas me
separan de la amada tierra donde nací, de mi
buena madre y mis jóvenes hermanas. Ellas
no tienen los cabellos obscuros como tú, la
mirada brillante y la tez morena, ellas son
blancas como la nieve, rubias como ese rayo
de sol que penetra por la ventana, y sus ojos
son azules como ese cielo que se divisa desde
aquí y que me prueba que me hallo en un
país meridional. Son jóvenes como tú, mi angelical
Catalina y mi dulce Matilde, estarán
pensando, llorando y rezando por mí, y… quizá
no volveré a verlas.
-El tiempo se pasa volando, caballero, mi
madre va a venir, me retiro.
-La fortuna, diez años de vida, todo lo diera
por estrecharlas una vez entre mis brazos.
-Está cuidando las palomas a las que es
muy aficionada, pero no tardará en volver y si
me hallase aquí…
-¿No me comprendes?
-¿Quiere usted algo?
-Aprende mi idioma, por Dios.
-Mañana volveré, caballero.
– III –
Así lo hizo María. Cuando sus padres se ausentaban
iba a visitar al herido, acompañada
de Santiago que miraba con la mayor curiosidad
al extranjero. Este se reponía lentamente,
pues su espíritu sufría más que su cuerpo.
El desgraciado no tenía ropa, ni dinero y se
veía obligado a aceptarlo todo de don Remigio.
Varias veces había empezado a escribir,
pero el cansancio le rendía antes de acabar la
carta: había intentado poner un telegrama,
pero no le habían entendido, ni había en
aquel lugar estación telegráfica. La desesperación
del joven no tenía límites, y solo conseguía
calmarle la presencia de María que
adivinaba algunos de sus deseos, realizándolos
al instante. Ella le enseñaba un poco de
español nombrándole los objetos que tenía a
la vista; él repetía las palabras y las conservaba
en su memoria, pero no podía sostener
una conversación con la joven. De esto resultó
que los temores de la señora de Rey se
realizaron, que su hija se enamoró del forastero
sintiendo por él una pasión pura y vehemente,
y que la desgracia fue mayor de lo
que sospechó la previsora madre, puesto que
el inglés, a quien solo distraía la niña, no correspondió
a aquel sentimiento amoroso más
que con una sincera amistad, estando decidido
a partir en cuanto pudiese para no volver a
aquella hospitalaria tierra. Su estado físico se
mejoró al fin, pero el moral inspiró al médico
serios cuidados. Aquel enfermo que no podía
decir lo que sentía, que tenía un gran pesar
porque no regresaba a su país, ni sabía de su
familia; aquel amante de la ciencia por la que
había abandonado al uno y a la otra, que
pensaba en su compañero de viaje, al que
juzgaba muerto para prolongar su vida, estaba
eternamente triste y le parecía que insultaban
su pena aquel sol siempre radiante y
aquel cielo azul y despejado.
Una mañana logró al fin escribir una larga
epístola. Puso el sobre, lo cerró y dio aquel
pliego a Santiago que al punto se le entregó a
María. Estaba dirigido a una señora llamada
Juana Smith y lo enviaba a Londres. La niña
ordenó a su hermano que llevase aquella carta
al correo, que le pusiera un sello, procurando
disimular su pena porque no dudaba
que al recibir aquel aviso la madre del viajero
le haría volver enseguida a su lado. Mucho
lloró la pobre joven y aun tenía los ojos enrojecidos
cuando entró en el cuarto del convaleciente.
Él la miró asombrado, le preguntó medio
en inglés y medio en español la causa de
sus lágrimas y María sin contestarle inclinó la
cabeza sobre el pecho. Acaso adivinó entonces
el amor de la niña, porque no la interrogó
más, mostrándose desde entonces más retraído
con ella.
Los días fueron pasando, lentos para el viajero,
rápidos para la joven.
Una tarde que aquel se hallaba sentado
junto a la ventana contemplando el mar, oyó
de pronto el alegre ruido de las campanillas
de dos mulas y el sonido de un carruaje. Era
el que conducía a los pasajeros desde la cercana
villa a aquella aldea. Detrás del coche
que al fin apareció a corta distancia de la casa,
corrían algunos chicos del pueblo gritando
y riendo porque en el interior iban tres señoras
con largos abrigos y grandes sombreros,
cabellos muy rubios y rizados, ojos azules sin
expresión y mejillas rojas en la madre y sonrosadas
en las hijas.
Al verlas bajar cuando el carruaje se detuvo,
el inglés lanzó una exclamación de júbilo,
salvó corriendo la distancia que le separaba
de las viajeras, y después de hacerlas entrar
y de cerrar la puerta para entregarse sin importunos
testigos a las expansiones de su
alegría, las abrazó con cariño.
-¡Madre, Catalina, Matilde! ¡Qué feliz soy al
volver a estrecharos contra mi corazón!
-¡Walter querido! -exclamaron ellas prodigándole
tiernas caricias.
María y Santiago llegaron en aquel instante
y el joven los presentó a su familia. Miráronse
con curiosidad primero, con interés después;
la señora de Smith alargó por fin su mano a
los amigos de su hijo y las dos hermanas besaron
a la niña.
Almorzaron con los señores de Rey,
hablándose los unos y los otros sin entenderse.
Por la noche la señora de Smith quiso saldar
sus cuentas con don Remigio entregándole
una crecida suma, que el caritativo caballero
rehusó con dignidad.
-Déselo usted a los pobres -murmuró-; yo
a Dios gracias nada necesito.
María estaba cada vez más triste; comprendía
que el momento de la separación se
aproximaba.
En efecto, a la mañana siguiente, la señora
de Smith y sus hijos debían partir a la vecina
ciudad para dirigirse desde allí a Inglaterra.
Las tres damas repitieron sus palabras de
reconocimiento a los señores de Rey y a los
jóvenes y subieron al carruaje que las había
conducido la víspera. Walter se despidió a su
vez de don Remigio, de su esposa y de Santiago.
Al aproximarse a María, estrechó entre
sus ardorosas manos las frías y trémulas de la
niña, diciéndole:
-Mi primer cuidado al llegar a Londres será
buscar un profesor que me enseñe el idioma
de usted; quiero escribirle y entender lo que
me escriba. Jamás olvidaré su afecto y su
tierno interés. En ninguna parte me hubiesen
asistido como aquí. Usted me contará lo que
hace, sus amores, los detalles de su boda
cuando se case, me hablará de su nueva familia,
de su felicidad que deseo más ardientemente
que la mía. Yo ¿qué le referiré? mis
viajes, mis estudios, mi gloria si la alcanzo…
-¿Volverá usted a subir en globo?-preguntó
María.
-¿Por qué no? En cuanto llegue a mi patria
tal vez. Echaré de menos ¿por qué negarlo?
para mis viajes aéreos al fiel amigo que me
acompañaba y cuyo cuerpo destrozado se ha
encontrado al pie de una montaña, según mi
madre me ha dicho. ¡Pero hay tantos amantes
de la ciencia! Otro vendrá conmigo y reemplazará
en todo, menos en mi afecto, a mi
inolvidable Jorge. Adiós, María, acuérdese de
mí.
El joven subió al coche muy conmovido, sin
que la niña, que no podía contener sus lágrimas,
le dirigiesen una palabra más.
– IV –
Lentamente trascurrió el tiempo para los
dos hijos de don Remigio Rey. Ya no les agradaba
su tranquila existencia, ya la aldea era
insoportable para ellos y tristes y pensativos
paseaban a la orilla del mar deseando un
cambio completo en su vida.
Algunas veces hablaban del inglés, de
aquel Walter Smith que se presentó ante ellos
como una aparición, del que no habían vuelto
a saber nada, aunque calculaban que podía
haber aprendido de sobra el español. ¿Había
olvidado su promesa? Era más que probable.
Los padres de María habían concertado el
casamiento de la joven con un pariente lejano
de doña Mercedes, el que se había establecido
en la aldea con el solo objeto de tratar a la
joven y hacerse amar de ella. Santiago aconsejaba
también a su hermana que se casase.
-¿Cuál es tu porvenir? -le preguntaba-;
nuestros padres se van haciendo viejos y su
anhelo es dejarte colocada porque yo no soy
un gran apoyo para ti. Algún día también podré
crearme una familia y entonces, a pesar
de que mi cariño no te faltará nunca, te encontrarás
muy sola.
-No amo a José -contestaba siempre María.
-¿Amas a otro?
-A nadie.
-Yo hubiese querido para esposo tuyo a un
hombre como Walter Smith; pero cuando este
no ha vuelto a ocuparse de nosotros, prueba
es de que su afecto no duró más que la breve
temporada que estuvo al lado nuestro, y no
debemos pensar más en él.
María suspiraba al pronunciar su hermano
estas palabras y no le respondía. Al fin, mucho
tiempo después de la partida del aeronauta,
recibió la joven una carta fechada en
Londres, que estaba escrita en un español
bastante correcto y que decía poco más o
menos así:
«Si usted, amiga María, hubiese continuado
siendo mi profesora, hace muchos meses
que hablaría su idioma a la perfección; pero
por desgracia no he encontrado un buen
maestro hasta hace poco y esta ha sido la
causa de mi inconcebible y prolongado silencio.
¿Para que escribirle si usted no me había
de comprender?
Acaso me habrá juzgado ingrato, pero el
cielo sabe que no lo soy; recuerdo siempre
con melancólico placer los días que con usted
he pasado y en los que se me aparecía como
el arco-iris después de la tempestad. Terrible
era la que reinaba en mi alma, y si no me
volví loco, lo he debido únicamente a usted.
He hecho desde que me alejé de España un
viaje más de recreo que de estudio; nada
ocurrió durante él digno de mención, no hubo
peligros, ni impresiones, ni ningún descubrimiento
notable; he visto desde una inmensa
altura, en la barquilla de mi globo, que es
nuevo y le he puesto el nombre de usted,
montañas que no son las de su aldea, y mares
cuyas olas no han arrullado su cuna jamás;
no he deseado descender sobre las unas
ni sobre los otros; no he querido añadir un
capítulo a la novela empezada en ese rincón
de la tierra y que no se acabará nunca.
Usted y yo hemos nacido con alas; pero a
usted se las cortaron desde que vino al mundo
y no cruzará jamás el espacio; yo en cambio
solo vivo feliz en él y mis amores y mis
amistades no se hallan aquí abajo; debo querer
como se quiere en el cielo.
Usted se casará algún día con un ser que,
aunque no la comprenda, la admirará; yo no
me crearé una familia, porque moriré de un
modo desgraciado y no envolveré a nadie en
mi desdicha. Estoy plenamente convencido de
ello, y sin embargo, no desisto de mis viajes
aéreos y pronto, muy pronto emprenderé
uno, el último tal vez.
¿Quién sabe si cuando llegue esta carta, a
sus manos no existiré ya?
Conozco su corazón generoso y sé que derramará
algunas lágrimas por mí, y sin embargo,
yo no quisiera que me llorase; sus ojos
son tan bellos como tranquilos y no los debe
empañar ni la más ligera nube.
Acaso advertirá usted en mi carta un tinte
de melancolía que no me es dado desechar;
mi alma está algo enferma y no comprendo lo
que podrá curarla.
Quizá será por la inactividad forzosa en
que he vivido durante tanto tiempo, por eso
quiero extender de nuevo mis alas y volar
lejos, muy lejos.
Adiós, María, deseo que no me olvide usted,
que me consagre un recuerdo como a un
hermano querido en pago del afecto fraternal
que me inspira. He nacido en un país donde la
amistad no se finge ni se vende; al decirle
que cuenta con la mía es igual que si le asegurase
que no hay en la tierra peligro ni desgracia
que no arrostrase por usted, su afectísimo
WALTER SMITH».
Mucho lloró la pobre niña al leer estas líneas,
mucho rezó para que Dios librase de
todo peligro al intrépido aeronauta, pero los
días de aquel extranjero a quien amaba ardientemente
estaban contados y María no
tuvo ya más cartas de él.
– V –
Apenas habían trascurrido dos semanas,
recibió don Remigio Rey un periódico de la
corte hallándose con toda su familia en el espacioso
comedor de la casa.
Lo estaba leyendo en voz baja alzándola
solo cuando algún párrafo llamaba su atención
y comprendía que era de interés para su
mujer y sus hijos. Ya había leído muchos indiferentes
para María, cuando el bienhechor de
aquella aldea, exclamó:
-¡Pobre joven! ¡Cuánto siento haberle conocido!
-¿A quién? -preguntó doña Mercedes.
-A aquel inglés que se albergó en nuestra
casa hace tiempo, cuando herido y desesperado
estuvo a punto de morir.
-¿Qué le ha sucedido? -interrogó Santiago-
, que no olvidaba nunca a Walter.
-Oíd -prosiguió don Remigio. Y leyó lo siguiente:
«Los periódicos ingleses nos dan cuenta de
la última ascensión en su globo Mary del célebre
e ilustrado aeronauta Mr. Smith.
»Sabido es que este noble joven, en época
aun no lejana cayó en el mar después de un
peligrosísimo viaje, debiendo su salvación a
unos humildes pescadores de una de las más
miserables aldeas de nuestra España, según
ha referido la prensa de Londres.
»Mr. Smith ha sido esta vez menos afortunado;
después de algunos días de incesantes
riesgos, el aeronauta y dos amigos que le
acompañaron en su ascensión, se han estrellado
contra unas rocas donde el destrozado
globo, que bajaba con una rapidez vertiginosa,
los arrojó.
»Como ninguno de los viajeros ha sobrevivido
a la catástrofe, se ignoran por completo
los detalles de la expedición.
»Los cuerpos de los tres tenían numerosas
heridas y contusiones.
»Los cadáveres han sido entregados a las
respectivas familias, habiendo asistido al entierro
una muchedumbre inmensa que fue a
rendir el último tributo de cariño, admiración
y respeto a los distinguidos aeronautas que
en lo más hermoso de su juventud habían
dedicado, su vida al estudio y a la ciencia.
»Mr. Smith era muy amante de España y
poseía nuestro idioma; había publicado unos
artículos sobre nuestro país, por ellos sabíamos
que había caído una vez en cierta aldea…
»
-¿Qué tienes María, te has puesto mala? –
interrumpió doña Mercedes.
En efecto, la pobre niña que tanto había
amado a Walter desde que le vio, al oír su
trágico fin había perdido el conocimiento.
Mucho lloró a su amigo, y el recuerdo de
este no se borró de su mente jamás. Diariamente
leía la única carta que recibiera del
inglés; entonces le parecía que él la hablaba,
que le veía, que le escuchaba, que no había
de separarse nunca de él.
El tiempo mitigó su pena, pero nada más.
Dos años después consintió en casarse con
su primo que, hombre vulgar y un tanto grosero,
no la hizo feliz.
La vida de la joven se pasó triste y solitaria;
fue fiel a su esposo, y sin embargo, si él
hubiera tenido más corazón y más inteligencia,
hubiera comprendido que en su alma solo
reinaba la imagen de un muerto.
Frecuentemente se sentaba mirando al mar
y contemplaba las nubes, ya pardas; ya rojas,
estremeciéndose cuando un pájaro cruzaba el
espacio, porque al aparecer como un punto
negro en el horizonte un recuerdo asaltaba su
mente.
María esperaba siempre algo que había
descendido ya una vez del cielo, creyendo que
aun podía de nuevo descender.

El Relato del Niño

Una vez, hace ya muchos años, hubo un
caminante que partió para un prolongado
viaje. Era un viaje mágico, que parecía muy
largo al comienzo y muy corto cuando llegó a
la mitad de la ruta.
Anduvo a lo largo de un sendero oscuro
durante un breve espacio de tiempo, sin divisar
a nadie, hasta que se encontró frente a
un hermoso niño. Entonces le preguntó:
“¿Qué haces aquí?”. Y el niño contestó: “Juego
siempre. ¡Ven y juega conmigo!”
Pues bien, él jugó con el niño durante todo
ese día, y ambos estaban muy alegres. El
cielo parecía tan azul, el sol tan brillante, el
agua tan clara, las hojas muy verdes, las flores
muy bellas; y oyeron cantar a tantos pájaros
y vieron tan gran cantidad de mariposas
que todo les pareció maravillosamente hermoso.
Todo eso, cuando hacía buen tiempo.
Si llovía, les gustaba contemplar las gotas
que caían y percibir el olor de frescos aromas.
Cuando el viento soplaba era delicioso
escucharlo e imaginar lo que quería decir al
lanzarse desde su guarida (solían preguntarse
dónde estaba situada) silbando y aullando,
empujando a las nubes, doblando los árboles,
rugiendo en las chimeneas, sacudiendo la
casa y haciendo bramar con furia al mar.
Pero, mejor aun cuando nevaba; porque
nada les gustaba más que admirar los copos
que caían con rapidez, formando una espesa
alfombra, como plumón que cayera de millares
de pájaros blancos, y observar cuán liso y
profundo era el alud; y escuchar nada más
que silencio sobre rutas y caminos. Disponían
en abundancia de los mejores juguetes del
mundo y de los más admirables libros de figuras;
todos referidos a cimitarras, babuchas
y turbantes, duendes, gigantes, hadas, enanos
y barbas azules; a riquezas, a selvas y
cavernas, todo moderno, todo verídico.
Pero un día, de súbito, el viajero perdió de
vista al chiquillo. Lo llamó por su nombre muchas
veces sin obtener respuesta. Entonces
siguió su camino y recorrió un trecho breve,
sin encontrar a nadie, hasta que divisó a un
niño muy hermoso, a quien preguntó: “¿Qué
haces aquí?”
Y el niño contestó: “Estudio continuamente,
ven y aprende conmigo”.
Entonces, el viajero, instruyóse acerca de
Júpiter y Juno, de griegos y romanos y no sé
cuántas cosas más que yo no podría contar
porque muy pronto olvidó mucho de lo que
había estudiado. Pero no siempre estudiaban:
también practicaban los más divertidos juegos
conocidos.
Cenaban en verano sobre el río y patinaban
sobre el hielo en invierno; siempre activos,
ya en pie, ya montando a caballo; en el
cricket y en todo juego de pelota que yo no
sé mencionar. Nadie podía vencerlos. Gozaban
también de vacaciones, asistían a fiestas
donde bailaban hasta medianoche y a teatros
verdaderos donde contemplaban palacios de
oro y plata que se elevaban sobre la tierra y
admirando, al mismo tiempo, todas las maravillas
del mundo.
En cuanto a amigos, tenían tantos y tan
leales, que carezco de tiempo para enumerarlos
uno a uno. Todos eran jóvenes como el
hermoso niño y jamás habían de ser extraños
el uno al otro en el transcurso de toda la vida.
Pero, aun así, un día, en medio de tantos
placeres, el viajero perdió al niño, como antes
perdiera al chiquillo, y después de llamarlo
en vano, prosiguió su viaje. Caminó así
un corto trecho hasta divisar a un joven a
quien preguntó: “¿Qué haces aquí?”. Y el joven
respondió: “Vivo eternamente enamorado.
Ven y ama conmigo.”
El viajero siguió entonces al joven y de inmediato
encontráronse frente a la niña más
hermosa que se viera jamás. Exactamente
igual a Fanny, los cabellos y los oyuelos de
Fanny, y se reía y sonrojaba como ella lo hace
mientras estoy hablando. Entonces, el joven
se enamoró al instante, como alguien a
quien no quiero mencionar, la primera vez
que vino hacia aquí y vio a Fanny. ¡Bien! era
objeto de bromas algunas veces, como alguien
que yo sé debe soportarlas de Fanny.
Discutían otras; como sé que alguien y Fanny
acostumbran. Luego hacían las paces y se
sentaban en la oscuridad; se escribían cartas
diariamente; nunca eran felices estando separados
y siempre buscábanse el uno al otro,
aun cuando simulaban lo contrario; se comprometieron
en Navidad; están sentados muy
juntos cerca del fuego y han de casarse muy
pronto, exactamente como alguien a quien no
quiero mencionar y Fanny.
Pero el viajero lo perdió de vista un día,
como sucedió con el resto de sus amigos, y
luego de llamarlo para que volviera, sin tener
éxito, continuó su camino. En esta forma recorrió
un corto trecho sin ver a nadie hasta
que se enfrentó con un hombre de edad mediana,
a quien preguntó: “¿Qué haces aquí?”
Y su respuesta fue: “Estoy siempre ocupado.
Ven y trabaja conmigo.”
En esta forma comenzó ayudando al caballero,
y juntos emprendieron el camino del
bosque. Todo el tiempo fue empleado en cruzarlo,
sólo que al principio aparecía verde y
abierto como en primavera; y poco a poco
comenzó a oscurecer y espesarse como en el
verano; aun varios de los arbustos que brotaron
más temprano volvíanse castaños. El caballero
no estaba solo, sino acompañado por
una dama de la misma edad, su esposa, y
ambos tenían hijos que también les acompañaban.
En esta forma avanzaron juntos por el
bosque, cortando árboles y trazando un sendero
a través de las ramas y las hojas caídas,
llevando pesadas cargas y trabajando en
forma intensa. Algunas veces avanzaban por
largas avenidas verdes que desembocaban en
bosques más profundos aún. Allí oían una
vocecilla muy distante que gritaba: “¡Padre,
padre, soy un nuevo hijo! ¡Detente y llévame
contigo!”. Al mismo tiempo una figura menuda,
que se agrandaba al adelantarse, acudía
corriendo a reunírsele. No bien hubo llegado,
todos se agrupaban a su alrededor, besándole
y dándole la bienvenida, y juntos proseguían
el camino.
Algunas veces alcanzaron varias avenidas
a la vez, y todos permanecían en silencio,
interrumpido por la voz de uno de los hijos,
que decía: “Padre, me voy al mar”. Y otro
que agregaba: “Padre, me voy a la India”. Y
otro: “Padre, iré a buscar fortuna donde pueda”.
Y el último: “Padre, me voy al cielo”.
Entonces, con muchas lágrimas de despedida,
se fueron, y ellos continuaron solos, recorriendo
avenidas, mientras cada hijo seguía
su camino; el que fue al cielo, se elevó en el
aire dorado, y desapareció.
Siempre que estas separaciones tenían lugar,
el viajero miraba al caballero y lo veía
contemplar el cielo por entre los árboles,
cuando el día empezaba a declinar y la noche
se acercaba. Observó también que sus cabellos
se volvían grises. Pero nunca pudo descansar
por mucho tiempo, pues, debía alcanzar
la meta y necesitaba estar siempre en
acción.
Al fin hubo tantos alejamientos que no
quedó ningún hijo, y sólo el caminante, el
caballero y la dama continuaron juntos el
viaje. El bosque ya era amarillo, luego se tornó
castaño, y las hojas de los árboles, aun
hasta los de la floresta, comenzaron a caer.
Entonces llegaron hasta una avenida más
oscura aún que las anteriores, donde eran
empujados hacia adelante sin permitírselos
mirar atrás, cuando la dama se detuvo.
-Esposo mío -dijo-, siento que me llaman.
Escucharon entonces una voz que en lo alto
decía: “¡Madre, madre!”.
Era la voz del primer hijo, y ella agregó:
-¡Me voy al cielo!
El padre suplicó:
-¡Todavía no, te lo ruego! ¡La noche ya se
acerca; espera un poco más!
Pero la voz continuó: “¡Madre, madre!”,
sin hacerle caso, a pesar de su cabello ya
completamente blanco y de las lágrimas que
rodaban por su rostro.
La madre, empujaba ya hacia la sombra
de la oscura avenida, continuaba rodeando
con sus brazos el cuello de su marido, mientras
lo besaba, diciéndole:
-Mi adorado, me llaman y debo irme. Se
fue, y los dos quedaron solos, entonces. Y
continuaron juntos hasta llegar muy cerca del
final del bosque, tan cerca que podían observar
entre los árboles la puesta del sol, que
teñía el cielo de un color brillante.
Entonces, una vez más, mientras se abría
camino entre las ramas, el viajero perdió a su
amigo. Llamó y llamó, pero no obtuvo respuesta;
y cuando salió del bosque y contempló
el sol ocultándose en un horizonte
purpúreo, divisó a un anciano sentado sobre
un árbol caído. Le preguntó entonces:
-¿Qué haces aquí?
Y el anciano contestó con una sonrisa tranquila:
-Estoy siempre recordando. ¡Ven y recuerda
conmigo!
El peregrino se sentó al lado del anciano,
de frente al sereno anochecer; y todos sus
amigos volvieron en silencio y permanecieron
a su alrededor. El lindo chiquillo, el niño hermoso,
el joven enamorado, el padre, la madre
y los hijos, todos estaban allí y nadie se
perdió de vista.
Entonces los amó a todos y fue cariñoso e
indulgente con ellos; siempre le complacía
contemplarlos mientras era honrado y amado.
Y pienso que el viajero debes ser tú, querido
abuelo, porque ese fue tu modo de obrar
para con nosotros y también es la forma en
que nosotros te hemos respondido.

La Encina y la Caña

Dijo la Encina a la Caña: “Razón tienes
para quejarte de la naturaleza: un pajarillo es
para ti grave peso; la brisa más ligera, que
riza la superficie del agua, te hace bajar la
cabeza. Mi frente, parecida a la cumbre del
Cáucaso, no sólo detiene los rayos del sol;
desafía también la tempestad. Para ti, todo
es aquilón; para mí, céfiro. Si nacieses, a lo
menos, al abrigo de mi follaje, no padecerías
tanto: yo te defendería de la borrasca. Pero
casi siempre brotas en las húmedas orillas del
reino de los vientos. ¡Injusta ha sido contigo
la naturaleza! –Tu compasión, respondió la
Caña, prueba tu buen natural; pero no te
apures. Los vientos no son tan temibles para
mí como para ti. Me inclino y me doblo, pero
no me quiebro. Hasta el presente has podido
resistir las mayores ráfagas sin inclinar el
espinazo; pero hasta el fin nadie es dichoso.”
Apenas dijo estas palabras, de los confines
del horizonte acude furibundo el más terrible
huracán que engendró el septentrión. El árbol
resiste, la caña se inclina; el viento redobla
sus esfuerzos, y tanto porfía, que al fin
arranca de cuajo la Encina que elevaba la
frente al cielo y hundía sus pies en los dominios
del Tártaro.

Los Zánganos y las Abejas

Por la obra se conoce al obrero.
Sucedió que algunos panales de miel no
tenían dueño. Los Zánganos los reclamaban,
las Abejas se oponían; llevóse el pleito al tribunal
de cierta Avispa: ardua era la cuestión;
testigos deponían haber visto volando al rededor
de aquellos panales unos bichos alados,
de color oscuro, parecidos a las Abejas;
pero los Zánganos tenían las mismas señas.
La señora Avispa, no sabiendo qué decidir,
abrió de nuevo el sumario, y para mayor ilustración,
llamó a declarar a todo un hormiguero;
pero ni por esas pudo aclarar la duda.
“¿Me queréis decir a qué viene todo esto?
preguntó una Abeja muy avisada. Seis meses
hace que está pendiente el litigio, y nos encontramos
lo mismo que el primer día. Mientras
tanto, la miel se está perdiendo. Ya es
hora de que el juez se apresure; bastante le
ha durado la ganga. Sin tantos autos ni providencias,
trabajemos los Zánganos y nosotras,
y veremos quien sabe hacer panales tan
bien concluídos y tan repletos de rica miel.”
No admitieron los Zánganos, demostrando
que aquel arte era superior a su destreza, y
la Avispa adjudicó la miel a sus verdaderos
dueños.
Así debieran decidirse todos los procesos.
La justicia de moro es la mejor. En lugar de
código, el sentido común. No subirían tanto
las costas. No sucedería como pasa muchas
veces, que el juez abre la ostra, se la come, y
les da las conchas a los litigantes.