Érase una vez un rico campesino que no tenía
ningún hijo con su mujer. A menudo cuando
iba con los demás campesinos a la ciudad éstos
se burlaban de él y le preguntaban por qué no
tenía hijos. Una vez se puso muy furioso y
cuando llegó a su casa dijo:
-¡Yo quiero tener un hijo! ¡Aunque sea un
erizo! Su mujer entonces tuvo un hijo que era
de mitad para arriba un erizo y de mitad para
abajo un niño, y cuando vio a su hijo se asustó
mucho y dijo:
-¿Lo ves? ¡Nos has echado encima una
maldición! Entonces dijo el marido:
-Ya no sirve de nada lamentarse, tenemos
que bautizar al niño, pero no podemos darle
ningún padrino. La mujer dijo:
-Y tampoco podemos bautizarlo más que con
el nombre de Juan-mi-erizo.
Cuando estuvo bautizado dijo el cura:
-A éste con sus púas no se le puede poner en
una cama como es debido.
Así que le prepararon un poco de paja detrás
de la estufa y acostaron allí a Juan-mi-erizo.
Tampoco podía alimentarse del pecho de la
madre, pues la hubiera pinchado con sus púas.
Así, se pasó ocho años tumbado detrás de la
estufa, y su padre estaba ya harto de él y deseando
que se muriera; pero no se moría, y allí
seguía acostado. Ocurrió entonces que en la
ciudad había mercado y el campesino quiso ir.
Entonces le preguntó a su mujer qué quería que
le trajera.
-Un poco de carne y un par de panecillos que
hacen falta en casa-dijo ella.
Después le preguntó a la criada y ésta le
pidió un par de zapatillas y unas medias de
rombos. Finalmente dijo también:
-¿Y tú qué quieres, Juan-mi-erizo?
-Padrecito -dijo-, tráeme una gaita, anda.
Cuando el campesino volvió a casa le dio a su
mujer lo que le había traído: la carne y los
panecillos; luego le dio a la criada las zapatillas
y las medias de rombos, y finalmente se fue
detrás de la estufa y le dio a Juan-mi-erizo la
gaita.
Y cuando Juan-mi-erizo la tuvo dijo:
-Padrecito, anda, ve a la herrería y encarga
que le pongan herraduras a mi gallo, que
entonces me marcharé cabalgando en él y no
volveré jamás.
El padre entonces se puso muy contento
porque iba a librarse de él e hizo que herraran al
gallo, y cuando estuvo listo Juan-mi-erizo se
montó en él y se marchó, levándose también
cerdos y asnos, pues quería apacentarlos en el
bosque. Una vez en él, sin embargo, el gallo
tuvo que volar con él hasta un alto árbol, y allí
se quedó, cuidando de los asnos y los cerdos, y
allí estuvo muchos años, hasta que el rebaño se
hizo grandísimo, y su padre no supo nada de él.
Y mientras estaba en el árbol tocaba su gaita y
hacía una música muy hermosa. Una vez pasó
por allí un rey que se había perdido y oyó la
música; entonces se quedó muy asombrado y
envió a un criado a que mirara de dónde
procedía la música. Este miró por todas partes,
pero lo único que vio fue, arriba en el árbol, un
pequeño animal que parecía un gallo con un
erizo encima y que era el que tocaba la música.
Entonces el rey le dijo al criado que le
preguntara por qué estaba allí y si no sabría cuál
era el camino para volver a su reino.
Juan-mi-erizo se bajó entonces del árbol y le
dijo que le enseñaría el camino si el rey le
prometía por escrito que le daría lo primero con
lo que se encontrara en la corte real cuando
llegara a casa. El rey pensó: «Eso puedes
hacerlo tranquilamente, pues Juan-mi-erizo no
entiende y puedes escribir lo que tú quieras.» El
rey entonces cogió pluma y tinta y escribió
cualquier cosa, y una vez hecho esto Juan-mierizo
le enseñó el camino y llegó felizmente a
casa. Pero a su hija, que le vio llegar desde
lejos, le entró tanta alegría que salió corriendo a
su encuentro y le besó.
Él se acordó de Juan-mi-erizo y le contó lo
que le había sucedido y que le había tenido que
prometer por escrito a un extraño animal que
iba montado en un gallo y tocaba una bella
música que le daría lo primero que se
encontrara al llegar a casa, pero que como Juanmi-
erizo no sabía leer, lo que había escrito
realmente era que no se lo daría. La princesa se
alegró mucho y dijo que eso estaba muy bien,
pues jamás se hubiera ido con él.
Juan-mi-erizo, por su parte, siguió
apacentando los asnos y los cerdos y siempre
estaba alegre subido al árbol y tocando su gaita.
Y sucedió entonces que pasó por allí con sus
criados y sus alfiles otro rey que se había perdido
y no sabía volver a casa porque el bosque
era muy grande. Entonces oyó también a lo
lejos la bella música y le preguntó a su alfil qué
sería aquello, que fuera a mirar de dónde
procedía.
El alfil llegó debajo del árbol y vio arriba del
todo al gallo con Juan-mi-erizo encima. El alfil
le preguntó qué era lo que hacía allí arriba.
-Estoy apacentando mis asnos y mis cerdos.
¿Qué se os ofrece?
El alfil dijo que se habían perdido y no
podrían regresar a su reino si él no les enseñaba
el camino. Entonces Juan-mi-erizo se bajó con
su gallo del árbol y le dijo al viejo rey que le
enseñaría el camino si le daba lo primero que se
encontrara en su casa delante del palacio real.
El rey dijo que sí y le confirmó por escrito a
Juan-mi-erizo que se lo daría. Una vez hecho
esto Juan-mi-erizo se puso al frente montado en
el gallo y le enseñó el camino, y el rey regresó
felizmente a su reino. Cuando llegó a la corte
hubo una gran alegría. Y el rey tenía una única
hija que era muy bella y salió a su encuentro, se
le abrazó al cuello y le besó y se alegró mucho
de que su viejo padre hubiera vuelto. Le
preguntó también que dónde había estado por el
mundo tanto tiempo y él entonces le contó que
se había perdido y a punto había estado de no
volver jamás, pero que cuando pasaba por un
gran bosque un ser medio erizo, medio hombre
que estaba montado en un gallo subido a un alto
árbol y tocaba una bella música le había
ayudado y le había enseñado el camino, y que él
a cambio le había prometido que le daría lo
primero que se encontrara en la corte real, y que
lo primero había sido ella y lo sentía muchísimo.
Ella, sin embargo, le prometió entonces que,
por amor a su viejo padre, se iría con él si iba
por allí. Juan-mi-erizo, sin embargo, siguió
cuidando sus cerdos, y los cerdos tuvieron más
cerdos y éstos tuvieron otros y así
sucesivamente, hasta que al final eran ya tantos
que llenaban el bosque entero.
Entonces Juan-mi-erizo hizo que le dijeran a
su padre que vaciaran y limpiaran todos los
establos del pueblo, que iba a ir con una piara
de cerdos tan grande que todo el que supiera
hacer matanza tendría que ponerse a hacerla.
Cuando su padre lo oyó se quedó muy
afligido, pues pensaba que Juan-mi-erizo se
habría muerto ya hacía mucho tiempo. Pero
Juan-mi-erizo se montó en su gallo, condujo los
cerdos hasta el pueblo y los hizo matar. ¡Uf,
menuda carnicería! ¡Se podía oír hasta a dos
horas de camino de distancia! Después dijo
Juan-mi-erizo:
-Padrecito, haz que hierren de nuevo a mi
gallo en la herrería y entonces me marcharé de
aquí y no volveré en toda mi vida.
El padre entonces hizo que herraran al gallo
y se alegró mucho de que Juan-mi-erizo no
quisiera volver. Juan-mi-erizo se fue
cabalgando al primer reino; allí el rey había
dado orden de que si llegaba uno montado en un
gallo y con una gaita, dispararan todos contra él
y le golpearan y le dieran cuchilladas para que
no llegara al palacio.
Cuando Juan-mi-erizo llegó se abalanzaron
sobre él con las bayonetas, pero él espoleó a su
gallo, pasó volando sobre la puerta del palacio y
se posó en la ventana del rey y le dijo que le
diera lo que le había prometido o de lo contrario
les quitaría la vida a él y a su hija.
El rey entonces le dijo a su hija con buenas
palabras que tenía que marcharse con él si
quería salvar su vida y la suya propia. Ella se
vistió de blanco, y su padre le dio un coche con
seis caballos y unos magníficos criados, dinero
y enseres. Ella se montó en el coche y Juan-mierizo
se sentó con su gallo a su lado; luego se
despidieron y se marcharon de allí, y el rey
pensó que no volvería a verlos.
Pero no sucedió lo que él pensaba, pues
cuando estaban ya a un trecho de camino de la
ciudad Juan-mi-erizo la desnudó y la pinchó
con su piel de erizo hasta que estuvo
completamente llena de sangre.
-Éste es el pago a vuestra falsedad. Vete, que
no te quiero -le dijo, y la echó de allí a su casa,
y ya estaba ultrajada para toda su vida.
Juan-mi-erizo, por su parte, siguió
cabalgando en su gallo con su gaita hacia el
segundo reino, a cuyo rey le había enseñado
también el camino. Éste, sin embargo, había
dispuesto que si llegaba alguien como Juan-mi–
erizo le presentaran armas y le dejaran franco el
paso, lanzaran vivas y le llevaran al palacio real.
Cuando la princesa le vio se asustó, pues
realmente tenía un aspecto extrañísimo, pero
pensó que no quedaba más remedio, pues se lo
había prometido a su padre. El rey entonces le
dio la bienvenida a Juan-mi-erizo y éste tuvo
que acompañarle a la mesa real, y ella se sentó a
su lado, y comieron y bebieron. Cuando se hizo
de noche y se iban a ir a dormir a ella le dieron
mucho miedo sus púas, pero él le dijo que no
temiera, que no sufriría ningún daño, y al viejo
rey le dijo que apostara cuatro hombres en la
puerta de la alcoba y que encendieran un gran
fuego, y que cuando él entrara en la alcoba y
fuera a acostarse en la cama se desprendería de
su piel de erizo y la dejaría a los pies de la
cama; entonces los hombres tendrían que acudir
rápidamente y echarla al fuego y quedarse allí
hasta que el fuego la hubiera consumido.
Cuando la campana dio las once entró en la
alcoba y se quitó la piel de erizo y la dejó a los
pies de la cama; entonces entraron los hombres
y la cogieron rápidamente y la echaron al fuego,
y cuando el fuego la consumió él quedó
salvado, echado allí en la cama como una
persona normal y corriente, aunque negro como
el carbón, igual que si se hubiera quemado. El
rey envió allí a su médico y le limpió con
buenas pomadas y le untó con bálsamo, y
entonces se volvió blanco y quedó convertido
en un joven y hermoso señor.
Cuando la princesa lo vio se alegró mucho, y
se levantaron muy contentos y comieron y
bebieron y se celebró la boda, y el viejo rey le
otorgó su reino a Juan-mi-erizo.
Cuando habían pasado ya unos cuantos años
se fue de viaje con su esposa a la casa de su
padre y le dijo que era su hijo; el padre, sin
embargo, le contestó que no tenía ninguno, que
solamente había tenido uno una vez, pero que
había nacido con púas como un erizo y se había
marchado por esos mundos. Él entonces se dio a
conocer y el anciano padre se alegró mucho y se
fue con él a su reino.
El Nido de Cisnes
Entre los mares Báltico y del Norte hay un
antiguo nido de cisnes: se llama Dinamarca. En
él nacieron y siguen naciendo cisnes que jamás
morirán.
En tiempos remotos, una bandada de estas aves
voló, por encima de los Alpes, hasta las verdes
llanuras de Milán; aquella bandada de cisnes
recibió el nombre de longobardos.
Otra, de brillante plumaje y ojos que reflejaban
la lealtad, se dirigió a Bizancio, donde se sentó
en el trono imperial y extendió sus amplias alas
blancas a modo de escudo, para protegerlo.
Fueron los varingos.
En la costa de Francia resonó un grito de
espanto ante la presencia de los cisnes
sanguinarios, que llegaban con fuego bajo las
alas, y el pueblo rogaba:
– ¡Dios nos libre de los salvajes normandos!
Sobre el verde césped de Inglaterra se posó el
cisne danés, con triple corona real sobre la
cabeza y extendiendo sobre el país el cetro de
oro.
Los paganos de la costa de Pomerania hincaron
la rodilla, y los cisnes daneses llegaron con la
bandera de la cruz y la espada desnuda.
– Todo eso ocurrió en épocas remotísimas –
dirás.
También en tiempos recientes se han visto volar
del nido cisnes poderosos.
Hízose luz en el aire, hízose luz sobre los
campos del mundo; con sus robustos aleteos, el
cisne disipó la niebla opaca, quedando visible el
cielo estrellado, como si se acercase a la Tierra.
Fue el cisne Tycho Brahe.
– Sí, en aquel tiempo – dices -. Pero, ¿y en
nuestros días?
Vimos un cisne tras otro en majestuoso vuelo.
Uno pulsó con sus alas las cuerdas del arpa de
oro, y las notas resonaron en todo el Norte; las
rocas de Noruega se levantaron más altas,
iluminadas por el sol de la Historia. Oyóse un
murmullo entre los abetos y los abedules; los
dioses nórdicos, sus héroes y sus nobles
matronas, se destacaron sobre el verde oscuro
del bosque.
Vimos un cisne que batía las alas contra la peña
marmórea, con tal fuerza que la quebró, y las
espléndidas figuras encerradas en la piedra
avanzaron hasta quedar inundadas de luz
resplandeciente, y los hombres de las tierras
circundantes levantaron la cabeza para
contemplar las portentosas estatuas.
Vimos un tercer cisne que hilaba la hebra del
pensamiento, el cual da ahora la vuelta al
mundo de país en país, y su palabra vuela con la
rapidez del rayo.
Dios Nuestro Señor ama al viejo nido de cisnes
construido entre los mares Báltico y Norte.
Dejad si no que otras aves prepotentes se
acerquen por los aires con propósito de
destruirlo. ¡No lo lograrán jamás! Hasta las
crías implumes se colocan en circulo en el
borde del nido; bien lo hemos visto. Recibirán
los embates en pleno pecho, del que manará la
sangre; mas ellos se defenderán con el pico y
con las garras.
Pasarán aún siglos, otros cisnes saldrán del
nido, que serán vistos y oídos en toda la
redondez del Globo, antes de que llegue la hora
en que pueda decirse en verdad:
– Es el último de los cisnes, el último
canto que sale de su nido.
Historia de una Madre
Estaba una madre sentada junto a la cuna de su
hijito, muy afligida y angustiada, pues temía
que el pequeño se muriera. Éste, en efecto,
estaba pálido como la cera, tenía los ojitos
medio cerrados y respiraba casi
imperceptiblemente, de vez en cuando con una
aspiración profunda, como un suspiro. La
tristeza de la madre aumentaba por momentos al
contemplar a la tierna criatura.
Llamaron a la puerta y entró un hombre viejo y
pobre, envuelto en un holgado cobertor, que
parecía una manta de caballo; son mantas que
calientan, pero él estaba helado. Se estaba en lo
más crudo del invierno; en la calle todo aparecía
cubierto de hielo y nieve, y soplaba un viento
cortante.
Como el viejo tiritaba de frío y el niño se había
quedado dormido, la madre se levantó y puso a
calentar cerveza en un bote, sobre la estufa, para
reanimar al anciano. Éste se había sentado junto
a la cuna, y mecía al niño. La madre volvió a su
lado y se estuvo contemplando al pequeño, que
respiraba fatigosamente y levantaba la manita.
– ¿Crees que vivirá? -preguntó la madre-. ¡El
buen Dios no querrá quitármelo!
El viejo, que era la Muerte en persona, hizo un
gesto extraño con la cabeza; lo mismo podía ser
afirmativo que negativo. La mujer bajó los ojos,
y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Tenía la
cabeza pesada, llevaba tres noches sin dormir y
se quedó un momento como aletargada; pero
volvió en seguida en sí, temblando de frío.
– ¿Qué es esto? -gritó, mirando en todas
direcciones. El viejo se había marchado, y la
cuna estaba vacía. ¡Se había llevado al niño! El
reloj del rincón dejó oír un ruido sordo, la gran
pesa de plomo cayó rechinando hasta el suelo,
¡paf!, y las agujas se detuvieron.
La desolada madre salió corriendo a la calle, en
busca del hijo. En medio de la nieve había una
mujer, vestida con un largo ropaje negro, que le
dijo:
– La Muerte estuvo en tu casa; lo sé, pues la vi
escapar con tu hijito. Volaba como el viento.
¡Jamás devuelve lo que se lleva!
– ¡Dime por dónde se fue! -suplicó la madre-.
¡Enséñame el camino y la alcanzaré!
– Conozco el camino -respondió la mujer
vestida de negro pero antes de decírtelo tienes
que cantarme todas las canciones con que
meciste a tu pequeño. Me gustan, las oí muchas
veces, pues soy la Noche. He visto correr tus
lágrimas mientras cantabas.
– ¡Te las cantaré todas, todas! -dijo la madre-,
pero no me detengas, para que pueda alcanzarla
y encontrar a mi hijo.
Pero la Noche permaneció muda e inmóvil, y la
madre, retorciéndose las manos, cantó y lloró; y
fueron muchas las canciones, pero fueron aún
más las lágrimas. Entonces dijo la Noche:
– Ve hacia la derecha, por el tenebroso bosque
de abetos. En él vi desaparecer a la Muerte con
el niño.
Muy adentro del bosque se bifurcaba el camino,
y la mujer no sabía por dónde tomar.
Levantábase allí un zarzal, sin hojas ni flores,
pues era invierno, y las ramas estaban cubiertas
de nieve y hielo.
– ¿No has visto pasar a la Muerte con mi hijito?
– Sí -respondió el zarzal- pero no te diré el
camino que tomó si antes no me calientas
apretándome contra tu pecho; me muero de frío,
y mis ramas están heladas.
Y ella estrechó el zarzal contra su pecho,
apretándolo para calentarlo bien; y las espinas
se le clavaron en la carne, y la sangre le fluyó a
grandes gotas. Pero del zarzal brotaron frescas
hojas y bellas flores en la noche invernal: ¡tal
era el ardor con que la acongojada madre lo
había estrechado contra su corazón! Y la planta
le indicó el camino que debía seguir.
Llegó a un gran lago, en el que no se veía
ninguna embarcación. No estaba bastante
helado para sostener su peso, ni era tampoco
bastante somero para poder vadearlo; y, sin
embargo, no tenía más remedio que cruzarlo si
quería encontrar a su hijo. Echóse entonces al
suelo, dispuesta a beberse toda el agua; pero
¡qué criatura humana sería capaz de ello! Mas la
angustiada madre no perdía la esperanza de que
sucediera un milagro.
– ¡No, no lo conseguirás! -dijo el lago-. Mejor
será que hagamos un trato. Soy aficionado a
coleccionar perlas, y tus ojos son las dos perlas
más puras que jamás he visto. Si estás dispuesta
a desprenderte de ellos a fuerza de llanto, te
conduciré al gran invernadero donde reside la
Muerte, cuidando flores y árboles; cada uno de
ellos es una vida humana.
– ¡Ay, qué no diera yo por llegar a donde está
mi hijo! -exclamó la pobre madre-, y se echó a
llorar con más desconsuelo aún, y sus ojos se le
desprendieron y cayeron al fondo del lago,
donde quedaron convertidos en preciosísimas
perlas. El lago la levantó como en un columpio
y de un solo impulso la situó en la orilla
opuesta. Se levantaba allí un gran edificio, cuya
fachada tenía más de una milla de largo. No
podía distinguirse bien si era una montaña con
sus bosques y cuevas, o si era obra de
albañilería; y menos lo podía averiguar la pobre
madre, que había perdido los ojos a fuerza de
llorar.
– ¿Dónde encontraré a la Muerte, que se marchó
con mi hijito? -preguntó.
– No ha llegado todavía -dijo la vieja sepulturera
que cuida del gran invernadero de la Muerte-.
¿Quién te ha ayudado a encontrar este lugar?
– El buen Dios me ha ayudado -dijo la madre-.
Es misericordioso, y tú lo serás también.
¿Dónde puedo encontrar a mi hijo?
– Lo ignoro -replicó la mujer-, y veo que eres
ciega. Esta noche se han marchitado muchos
árboles y flores; no tardará en venir la Muerte a
trasplantarlos. Ya sabrás que cada persona tiene
su propio árbol de la vida o su flor, según su
naturaleza. Parecen plantas corrientes, pero en
ellas palpita un corazón; el corazón de un niño
puede también latir. Atiende, tal vez reconozcas
el latido de tu hijo, pero, ¿qué me darás si te
digo lo que debes hacer todavía?
– Nada me queda para darte -dijo la afligida
madre pero iré por ti hasta el fin del mundo.
– Nada hay allí que me interese -respondió la
mujer pero puedes cederme tu larga cabellera
negra; bien sabes que es hermosa, y me gusta. A
cambio te daré yo la mía, que es blanca, pero
también te servirá.
– ¿Nada más? -dijo la madre-. Tómala
enhorabuena -. Dio a la vieja su hermoso
cabello, y se quedó con el suyo, blanco como la
nieve.
Entraron entonces en el gran invernadero de la
Muerte, donde crecían árboles y flores en
maravillosa mezcolanza. Había preciosos,
jacintos bajo campanas de cristal, y grandes
peonías fuertes como árboles; y había también
plantas acuáticas, algunas lozanas, otras
enfermizas. Serpientes de agua las rodeaban, y
cangrejos negros se agarraban a sus tallos.
Crecían soberbias palmeras, robles y plátanos, y
no faltaba el perejil ni tampoco el tomillo; cada
árbol y cada flor tenia su nombre, cada uno era
una vida humana; la persona vivía aún: éste en
la China, éste en Groenlandia o en cualquier
otra parte del mundo. Había grandes árboles
plantados en macetas tan pequeñas y angostas,
que parecían a punto de estallar; en cambio,
veíanse míseras florecillas emergiendo de una
tierra grasa, cubierta de musgo todo alrededor.
La desolada madre fue inclinándose sobre las
plantas más diminutas, oyendo el latido del
corazón humano que había en cada una; y entre
millones reconoció el de su hijo.
– ¡Es éste! -exclamó, alargando la mano hacia
una pequeña flor azul de azafrán que colgaba de
un lado, gravemente enferma.
– ¡No toques la flor! -dijo la vieja-. Quédate
aquí, y cuando la Muerte llegue, pues la estoy
esperando de un momento a otro, no dejes que
arranque la planta; amenázala con hacer tú lo
mismo con otras y entonces tendrá miedo. Es
responsable de ellas, ante Dios; sin su permiso
no debe arrancarse ninguna.
De pronto sintióse en el recinto un frío glacial, y
la madre ciega comprendió que entraba la
Muerte.
– ¿Cómo encontraste el camino hasta aquí? –
preguntó.- ¿Cómo pudiste llegar antes que yo?
– ¡Soy madre! -respondió ella.
La Muerte alargó su mano huesuda hacia la flor
de azafrán, pero la mujer interpuso las suyas
con gran firmeza, aunque temerosa de tocar una
de sus hojas. La Muerte sopló sobre sus manos
y ella sintió que su soplo era más frío que el del
viento polar. Y sus manos cedieron y cayeron
inertes.
– ¡Nada podrás contra mí! -dijo la Muerte.
– ¡Pero sí lo puede el buen Dios! -respondió la
mujer.
– ¡Yo hago sólo su voluntad! -replicó la Muerte-
. Soy su jardinero. Tomo todos sus árboles y
flores y los trasplanto al jardín del Paraíso, en la
tierra desconocida; y tú no sabes cómo es y lo
que en el jardín ocurre, ni yo puedo decírtelo.
– ¡Devuélveme mi hijo! -rogó la madre,
prorrumpiendo en llanto. Bruscamente puso las
manos sobre dos hermosas flores, y gritó a la
Muerte:
– ¡Las arrancaré todas, pues estoy desesperada!
– ¡No las toques! -exclamó la Muerte-. Dices
que eres desgraciada, y pretendes hacer a otra
madre tan desdichada como tú.
– ¡Otra madre! -dijo la pobre mujer, soltando las
flores-. ¿Quién es esa madre?
– Ahí tienes tus ojos -dijo la Muerte-, los he
sacado del lago; ¡brillaban tanto! No sabía que
eran los tuyos. Tómalos, son más claros que
antes. Mira luego en el profundo pozo que está
a tu lado; te diré los nombres de las dos flores
que querías arrancar y verás todo su porvenir,
todo el curso de su vida. Mira lo que estuviste a
punto de destruir.
Miró ella al fondo del pozo; y era una delicia
ver cómo una de las flores era una bendición
para el mundo, ver cuánta felicidad y ventura
esparcía a su alrededor.
La vida de la otra era, en cambio, tristeza y
miseria, dolor y privaciones.
– Las dos son lo que Dios ha dispuesto -dijo la
Muerte.
– ¿Cuál es la flor de la desgracia y cuál la de la
ventura? -preguntó la madre.
– Esto no te lo diré -contestó la Muerte-. Sólo
sabrás que una de ellas era la de tu hijo. Has
visto el destino que estaba reservado a tu propio
hijo, su porvenir en el mundo.
La madre lanzó un grito de horror: – ¿Cuál de
las dos era mi hijo? ¡Dímelo, sácame de la
incertidumbre! Pero si es el desgraciado, líbralo
de la miseria, llévaselo antes. ¡Llévatelo al reino
de Dios! ¡Olvídate de mis lágrimas, olvídate de
mis súplicas y de todo lo que dije e hice!
– No te comprendo -dijo la Muerte-. ¿Quieres
que te devuelva a tu hijo o prefieres que me
vaya con él adonde ignoras lo que pasa?
La madre, retorciendo las manos, cayó de
rodillas y elevó esta plegaria a Dios Nuestro
Señor:
– ¡No me escuches cuando te pida algo que va
contra Tu voluntad, que es la más sabia! ¡No me
escuches! ¡No me escuches!
Y dejó caer la cabeza sobre el pecho, mientras
la Muerte se alejaba con el niño, hacia el mundo
desconocido.
El Lino
El lino estaba florido. Tenía hermosas flores
azules, delicadas como las alas de una polilla, y
aún mucho más finas. El sol acariciaba las
plantas con sus rayos, y las nubes las regaban
con su lluvia, y todo ello le gustaba al lino
como a los niños pequeños cuando su madre los
lava y les da un beso por añadidura. Son
entonces mucho más hermosos, y lo mismo
sucedía con el lino.
– Dice la gente que me sostengo
admirablemente -dijo el lino- y que me alargo
muchísimo; tanto, que hacen conmigo una
magnífica pieza de tela. ¡Qué feliz soy! Sin
duda soy el más feliz del mundo. Vivo con
desahogo y tengo porvenir. ¡Cómo vivifica el
sol, y cómo gusta y refresca la lluvia! Mi dicha
es completa. Soy el ser más feliz del mundo
entero.
– ¡Sí, sí, sí! -dijeron las estacas de la valla-, tú
no conoces el mundo, pero lo que es nosotras,
nosotras tenemos nudos -y crujían
lamentablemente:
Ronca que ronca carraca,
ronca con tesón.
Se terminó la canción.
– No, no se terminó -dijo el lino-. El sol luce por
la mañana, la lluvia reanima. Oigo cómo crezco
y siento cómo florezco. ¡Soy dichoso, dichoso,
más que ningún otro!
Pero un día vinieron gentes que, agarrando al
lino por el copete, lo arrancaron de raíz,
operación que le dolió. Lo pusieron luego al
agua como para ahogarlo, y a continuación
sobre el fuego, como para asarlo. ¡Horrible!
«No siempre pueden marchar bien las cosas –
suspiró el lino.- Hay que sufrir un poco, así se
aprende».
Pero las cosas se pusieron cada vez peor. El lino
fue partido y roto, secado y peinado. Él ya no
sabía qué pensar de todo aquello. Luego fue a
parar a la rueca, ¡y ronca que ronca! No había
manera de concentrar las ideas.
«¡He sido enormemente feliz! -pensaba en
medio de sus fatigas-. Hay que alegrarse de las
cosas buenas de que se ha gozado. ¡Alegría,
alegría, vamos!» -. Así gritaba aún, cuando
llegó al telar, donde se transformó en una
magnífica pieza de tela. Todas las plantas de
lino entraron en una pieza.
– ¡Pero esto es extraordinario! Jamás lo hubiera
creído. Sí, la fortuna me sigue sonriendo, a
pesar de todo. Las estacas sabían bien lo que se
decían con su
Ronca que ronca, carraca,
ronca con tesón.
La canción no ha terminado aún, ni mucho
menos. No ha hecho más que empezar. ¡Es
magnífico! Sí, he sufrido, pero en cambio de mí
ha salido algo; soy el más feliz del mundo. Soy
fuerte y suave, blanco y largo. ¡Qué distinto a
ser sólo una planta, incluso dando flores! Nadie
te cuida, y sólo recibes agua cuando llueve.
Ahora hay quien me atiende: la muchacha me
da la vuelta cada mañana, y al anochecer me
riega con la regadera. La propia señora del
Pastor ha pronunciado un discurso sobre mí,
diciendo que soy el lino mejor de la parroquia.
No puede haber una dicha más completa.
Llegó la tela a casa y cayó en manos de las
tijeras. ¡Cómo la cortaban, y qué manera de
punzarla con la aguja! ¡Verdaderamente no
daba ningún gusto! Pero de la tela salieron doce
prendas de ropa blanca, de aquellas que es
incorrecto nombrar, pero que necesitan todas las
personas. ¡Nada menos que doce prendas!
– ¡Mirad! ¡Ahora sí que de mí ha salido algo!
Éste era, pues, mi destino. Es espléndido; ahora
presto un servicio al mundo, y así es como debe
ser; esto da gusto de verdad. Nos hemos
convertido en doce, y, sin embargo, seguimos
siendo uno y el mismo, somos una docena. ¡Qué
sorpresas tiene la suerte!
Pasaron años, ya no podían seguir sirviendo.
– Algún día tendrá que venir el final -decía cada
prenda-. Bien me habría gustado durar más
tiempo, pero no hay que pedir imposibles.
Fueron cortadas a trozos y convertidas en
trapos, por lo que creyeron que estaban listos
definitivamente, pues los descuartizaron,
estrujaron y cocieron (¡qué sé yo lo que hicieron
con ellos!), y he aquí que quedaron
transformados en un hermoso papel blanco.
– ¡Caramba, vaya sorpresa! ¡Y sorpresa
agradable además! -dijo el papel-. Soy ahora
más fino que antes, y escribirán en mí. ¡Las
cosas que van a escribir! Ésta sí que es una
suerte fabulosa -. Y, en efecto, escribieron en él
historias maravillosas, y la gente escuchaba
embobada su lectura, pues eran narraciones de
la mejor índole, de las que hacen a los hombres
mejores y más sabios de lo que fueran antes; era
una verdadera bendición lo que decían aquellas
palabras escritas.
– Esto es más de cuanto había soñado mientras
era una florecita del campo. ¡Cómo podía
ocurrírseme que un día iba a llevar la alegría y
el saber a los hombres! ¡Aún ahora no acierto a
comprenderlo! Y, no obstante, es verdad. Dios
Nuestro Señor sabe que nada he hecho por mí
mismo, nada más que lo que caía dentro de mis
humildes posibilidades. Y, con todo, me depara
gozo tras gozo. Cada vez que pienso: «¡Se
terminó la canción!», me encuentro elevado a
una condición mejor y más alta. Seguramente
me enviarán ahora a viajar por el mundo entero,
para que todos los hombres me lean. Es lo más
probable. Antes daba flores azules; ahora, en
lugar de flores, tengo los más bellos
pensamientos. ¡Soy el más feliz del mundo!
Pero el papel no salió de viaje, sino que fue
enviado a la imprenta, donde todo lo que tenía
escrito se imprimió para confeccionar un libro,
o, mejor dicho, muchos centenares de libros;
pues de esta manera un número infinito de
personas podrían extraer de ellos mucho más
placer y provecho que si el único papel original
hubiese recorrido todo el Globo, con la
seguridad de que a mitad de camino habría
quedado ya inservible.
«Sí, esto es indudablemente lo más satisfactorio
de todo -pensó el papel escrito-. No se me había
ocurrido. Me quedo en casa y me tratan con
todos los honores, como si fuese el abuelo. Y
han escrito sobre mí; justamente sobre mí
fluyeron las palabras salidas de la pluma. Yo
me quedo, y los libros se marchan. Ahora puede
hacerse algo positivo. ¡Qué contento estoy, y
qué feliz me siento!».
Después envolvieron el papel, formando un
paquetito, y lo pusieron en un cajón.
– Cumplida la misión, conviene descansar -dijo
el papel-. Es lógico y razonable recogerse y
reflexionar sobre lo que hay en uno. Hasta
ahora no supe lo que se encerraba en mí.
«Conócete a ti mismo», ahí está el progreso.
¿Qué vendrá después?. De seguro que algún
adelanto; ¡siempre adelante!
Un día echaron todo el papel a la chimenea,
pues iban a quemarlo en vez de venderlo al
tendero para envolver mantequilla y azúcar.
Habían acudido los chiquillos de la casa y
formaban círculo; querían verlo arder, y
contemplar las rojas chispas en el papel hecho
ceniza, aquellas chispas que parecían correr y
extinguirse una tras otra con gran rapidez – son
los niños que salen de la escuela, y la última
chispa es el maestro; a menudo cree uno que se
ha marchado ya, y resulta que vuelve a
presentarse por detrás.
Y todo el papel formaba un montón en el fuego.
¡Qué modo de echar llamas! «¡Uf!», dijo, y en
un santiamén estuvo convertido todo él en una
llama, que se elevó mucho más de lo que hiciera
jamás la florecita azul del lino, y brilló mucho
más también que la blanca tela de hilo. Todas
las letras escritas adquirieron instantáneamente
un tono rojo, y todas las palabras e ideas
quedaron convertidas en llamas.
– ¡Ahora subo en línea recta hacia el Sol! –
exclamó en el seno de la llama, y pareció como
si mil voces lo dijeran al unísono; y la llama se
elevó por la chimenea y salió al exterior. Más
sutiles que las llamas, invisibles del todo a los
humanos ojos, flotaban seres minúsculos,
iguales en número a las flores que había dado el
lino. Eran más ligeros aún que la llama que
hablan producido, y cuando ésta se extinguió,
quedando del papel solamente las negras
cenizas, siguieron ellos bailando todavía un
ratito, y allí donde tocaban dejaban sus huellas,
las chispas rojas. Los niños salían de la escuela,
y el maestro, el último de todos. Daba gozo
verlo; los niños de la casa, de pie, cantaban
junto a las cenizas apagadas:
Ronca que ronca, carraca,
ronca con tesón.
¡Se terminó la canción!
Pero los minúsculos seres invisibles decían a
coro:
– ¡La canción no ha terminado, y esto es lo más
hermoso de todo! Lo sé, y por eso soy el más
feliz del mundo.
Mas esto los niños no pueden oírlo ni
entenderlo, ni tienen por qué entenderlo, pues
los niños no necesitan saberlo todo.