La hoja verde más grande de nuestra tierra es
seguramente la del lampazo. Si te la pones
delante de la barriga, parece todo un delantal, y
si en tiempo lluvioso te la colocas sobre la
cabeza, es casi tan útil como un paraguas; ya
ves si es enorme. Un lampazo nunca crece solo.
Donde hay uno, seguro que hay muchos más. Es
un goce para los ojos, y toda esta magnificencia
es pasto de los caracoles, los grandes caracoles
blancos, que en tiempos pasados, la gente
distinguida hacía cocer en estofado y, al
comérselos, exclamaba: «¡Ajá, qué bien sabe!»,
persuadida de que realmente era apetitoso; pues,
como digo, aquellos caracoles se nutrían de
hojas de lampazo, y por eso se sembraba la
planta.
Pues bien, había una vieja casa solariega en la
que ya no se comían caracoles.
Estos animales se habían extinguido, aunque no
los lampazos, que crecían en todos los caminos
y bancales; una verdadera invasión. Era un
auténtico bosque de lampazos, con algún que
otro manzano o ciruelo; por lo demás, nadie
habría podido suponer que aquello había sido
antaño un jardín. Todo eran lampazos, y entre
ellos vivían los dos últimos y matusalémicos
caracoles.
Ni ellos mismos sabían lo viejos que eran, pero
se acordaban perfectamente de que habían sido
muchos más, de que descendían de una familia
oriunda de países extranjeros, y de que todo
aquel bosque había sido plantado para ellos y
los suyos. Nunca habían salido de sus lindes,
pero no ignoraban que más allá había otras
cosas en el mundo, una, sobre todo, que se
llamaba la «casa señorial», donde ellos eran
cocidos y, vueltos de color negro, colocados en
una fuente de plata; pero no tenían idea de lo
que ocurría después. Por otra parte, no podían
imaginarse qué impresión debía causar el ser
cocido y colocado en una fuente de plata; pero
seguramente sería delicioso, y distinguido por
demás. Ni los abejorros, ni los sapos, ni la
lombriz de tierra, a quienes habían preguntado,
pudieron informarles; ninguno había sido
cocido ni puesto en una fuente de plata.
Los viejos caracoles blancos eran los más
nobles del mundo, de eso sí estaban seguros. El
bosque estaba allí para ellos, y la casa señorial,
para que pudieran ser cocidos y depositados en
una fuente de plata.
Vivían muy solos y felices, y como no tenían
descendencia, habían adoptado un caracolillo
ordinario, al que educaban como si hubiese sido
su propio hijo; pero el pequeño no crecía, pues
no pasaba de ser un caracol ordinario. Los
viejos, particularmente la madre, la Madre
Caracola, creyó observar que se desarrollaba, y
pidió al padre que se fijara también; si no podía
verlo, al menos que palpara la pequeña cascara;
y él la palpó y vio que la madre tenía razón.
Un día se puso a llover fuertemente.
– Escucha el rampataplán de la lluvia sobre los
lampazos -dijo el viejo.
– Sí, y las gotas llegan hasta aquí -observó la
madre-. Bajan por el tallo. Verás cómo esto se
moja. Suerte que tenemos nuestra buena casa, y
que el pequeño tiene también la suya. Salta a la
vista que nos han tratado mejor que a todos los
restantes seres vivos; que somos los reyes de la
creación, en una palabra. Poseemos una casa
desde la hora en que nacemos, y para nuestro
uso exclusivo plantaron un bosque de lampazos.
Me gustaría saber hasta dónde se extiende, y
que hay ahí afuera.
– No hay nada fuera de aquí – respondió el padre
-. Mejor que esto no puede haber nada, y yo no
tengo nada que desear.
– Pues a mí -dijo la vieja- me gustaría llegarme
a la casa señorial, que me cocieran y me
pusieran en una fuente de plata. Todos nuestros
antepasados pasaron por ello y, créeme, debe de
ser algo excepcional.
– Tal vez la casa esté destruida -objetó el
caracol padre-, o quizás el bosque de lampazos
la ha cubierto, y los hombres no pueden salir.
Por lo demás, no corre prisa; tú siempre te
precipitas, y el pequeño sigue tu ejemplo. En
tres días se ha subido a lo alto del tallo;
realmente me da vértigo, cuando levanto la
cabeza para mirarlo.
– No seas tan regañón -dijo la madre-. El
chiquillo trepa con mucho cuidado, y estoy
segura de que aún nos dará muchas alegrías; al
fin y a la postre, no tenemos más que a él en la
vida. ¿Has pensado alguna vez en encontrarle
esposa? ¿No crees que si nos adentrásemos en
la selva de lampazos, tal vez encontraríamos a
alguno de nuestra especie?
– Seguramente habrá por allí caracoles negros –
dijo el viejo- caracoles negros sin cáscara; pero,
¡son tan ordinarios!, y, sin embargo, son
orgullosos. Pero podríamos encargarlo a las
hormigas, que siempre corren de un lado para
otro, como si tuviesen mucho que hacer.
Seguramente encontrarían una mujer para
nuestro pequeño.
– Yo conozco a la más hermosa de todas -dijo
una de las hormigas-, pero me temo que no haya
nada que hacer, pues se trata de una reina.
– ¿Y eso qué importa? -dijeron los viejos-.
¿Tiene una casa?
– ¡Tiene un palacio! -exclamó la hormiga-, un
bellísimo palacio hormiguero, con setecientos
corredores.
– Muchas gracias -dijo la madre-. Nuestro hijo
no va a ir a un nido de hormigas. Si no sabéis
otra cosa mejor, lo encargaremos a los
mosquitos blancos, que vuelan a mucho mayor
distancia, tanto si llueve como si hace sol, y
conocen el bosque de lampazos por dentro y por
fuera.
– ¡Tenemos esposa para él! -exclamaron los
mosquitos-. A cien pasos de hombre en un
zarzal, vive un caracolito con casa; es muy
pequeñín, pero tiene la edad suficiente para
casarse. Está a no más de cien pasos de hombre
de aquí.
– Muy bien, pues que venga -dijeron los viejos-.
Él posee un bosque de lampazos, y ella, sólo un
zarzal.
Y enviaron recado a la señorita caracola.
Invirtió ocho días en el viaje, pero ahí estuvo
precisamente la distinción; por ello pudo verse
que pertenecía a la especie apropiada.
Y se celebró la boda. Seis luciérnagas
alumbraron lo mejor que supieron; por lo
demás, todo discurrió sin alboroto, pues los
viejos no soportaban francachelas ni bullicio.
Pero Madre Caracola pronunció un hermoso
discurso; el padre no pudo hablar, por causa de
la emoción. Luego les dieron en herencia todo
el bosque de lampazos y dijeron lo que habían
dicho siempre, que era lo mejor del mundo, y
que si vivían honradamente y como Dios
manda, y se multiplicaban, ellos y sus hijos
entrarían algún día en la casa señorial, serían
cocidos hasta quedar negros y los pondrían en
una fuente de plata.
Terminado el discurso, los viejos se metieron en
sus casas, de las cuales no volvieron ya a salir;
se durmieron definitivamente. La joven pareja
reinó en el bosque y tuvo una numerosa
descendencia; pero nadie los coció ni los puso
en una fuente de plata, de lo cual dedujeron que
la mansión señorial se había hundido y que en
el mundo se había extinguido el género
humano; y como nadie los contradijo, la cosa
debía de ser verdad. La lluvia caía sólo para
ellos sobre las hojas de lampazo, con su
rampataplán, y el sol brillaba únicamente para
alumbrarles el bosque y fueron muy felices.
Toda la familia fue muy feliz, de veras.
La Noche Buena
– I –
Eran las ocho de la noche del 24 de Diciembre
de 1867. Las calles de Madrid llenas
de gente alegre y bulliciosa, con sus tiendas
iluminadas, asombro de los lugareños que
vienen a pasar las Pascuas en la capital, presentaban
un aspecto bello y animado. En muchas
casas se empezaban a encender las luces
de los nacimientos, que habían de ser el
encanto de una gran parte de los niños de la
corte, y en casi todas se esperaba con impaciencia
la cena, compuesta, entre otras cosas,
de la sabrosa sopa de almendra y del indispensable
besugo.
En una de las principales calles, dos pobres
seres tristes, desgraciados, dos niños de diferentes
sexos, pálidos y andrajosos, vendían
cajas de cerillas a la entrada de un café. Mal
se presentaba la venta aquella noche para
Víctor y Josefina; solo un borracho se había
acercado a ellos, les había pedido dos cajas a
cada uno y se había marchado sin pagar, a
pesar de las ardientes súplicas de los niños.
Víctor y Josefina eran hijos de dos infelices
lavanderas, ambas viudas, que habitaban una
misma boardilla. Víctor vendía arena por la
mañana y fósforos por la noche. Josefina,
durante el día ayudaba a su madre, si no a
lavar, porque no se lo permitían sus escasas
fuerzas, a vigilar para que nadie se acercase a
la ropa ni se perdiese alguna prenda arrebatada
por el viento. Las dos lavanderas eran
hermanas, y Víctor, que tenía doce años,
había tomado bajo su protección a su prima,
que contaba escasamente nueve.
Nunca había estado Josefina más triste que
el día de Noche-Buena, sin que Víctor, que la
quería tiernamente, pudiera explicarse la causa
de aquella melancolía. Si le preguntaba, la
niña se contentaba con suspirar y nada respondía.
Llegada la noche, la tristeza de Josefina
había aumentado y la pobre criatura no
había cesado de llorar, sin que Víctor lograse
consolarla.
-Estás enferma -dijo el niño-, y como no
vendemos nada, creo que será lo mejor que
nos vayamos a descansar con nuestras madres.
Josefina cogió su cestita, Víctor hizo lo
mismo con su caja, y tomando de la mano a
su prima, empezaron a andar lentamente.
Al pasar por delante de una casa, oyeron
en un cuarto bajo ruido de panderetas y tambores,
unido a algunas coplas cantadas por
voces infantiles. Las maderas de las ventanas
no estaban cerradas y se veía a través de los
cristales un vivo resplandor. Víctor se subió a
la reja y ayudó a hacer lo mismo a Josefina.
Vieron una gran sala: en uno de sus lados,
muy cerca de la reja, un inmenso nacimiento
con montes, lagos cristalinos, fuentes naturales,
arcos de ramaje, figuras de barro representando
la sagrada familia, los reyes magos,
ángeles, esclavos y pastores, chozas y palacios,
ovejas y pavos, todo alumbrado por millares
de luces artísticamente colocadas.
En el centro del salón había un hermoso
árbol, el árbol de Navidad, costumbre apenas
introducida entonces en España, cubierto de
brillantes hojas y de ricos y variados juguetes.
Unos cincuenta niños bailaban y cantaban;
iban bien vestidos, estaban alegres, eran
felices.
-¡Quién tuviera eso! -murmuró Josefina sin
poder contenerse más.
-¿Es semejante deseo el que te ha atormentado
durante el día? -preguntó Víctor.
-Sí -contestó la niña-; todos tienen nacimiento,
todos menos nosotros.
-Escucha, Josefina: este año no puedo proporcionarte
un nacimiento porque me has
dicho demasiado tarde que lo querías, pero te
prometo que el año que viene, en igual noche,
tendrás uno que dará envidia a cuantos
muchachos haya en nuestra vecindad.
Se alejaron de aquella casa y continuaron
más contentos su camino. Cuando llegaron a
su pobre morada, las dos lavanderas no advirtieron
que Josefina había llorado ni que
Víctor estaba pensativo.
– II –
Desde el año siguiente Víctor fue a trabajar
a casa de un carpintero, donde estaba ocupado
la mayor parte del día. Josefina iba siempre
al río con su madre y crecía cada vez más
débil y más pálida. Pasaba las primeras horas
de la noche al lado de su primo; pero ya no
vendían juntos cajas de fósforos, sino se quedaban
en su boardilla enseñando la lectura el
niño a la niña, la que hacía rápidos progresos.
Apenas Josefina se acostaba, Víctor sacaba
de un baúl viejo una gran caja y hacía, con lo
que guardaba en ella, figuritas de madera o
de barro, que luego pintaba con bastante
acierto. Al cabo de algunos meses, cuando ya
tuvo acabadas muchas figuras, se dedicó a
hacer casas, luego montañas de cartón; por
último, una fuente. Víctor había nacido artista;
pintó un cielo claro y transparente, iluminado
por la blanca luna y multitud de estrellas,
brillando una más que todas las otras, la
que guió a los Magos al humilde portal.
El maestro de Víctor no tardó en señalarle
un pequeño jornal, del que la madre del niño
le daba una cantidad insignificante para su
desayuno, encontrando él, gracias a una increíble
economía, el medio de ahorrar algunos
cuartos para comprar varios cerillos y velas
de colores.
Todo marchaba conforme su deseo, cuando
al llegar el mes de Noviembre cayó Josefina
gravemente enferma. El médico que por caridad
la asistía, declaró que el mal sería muy
largo y el resultado funesto para la pobre niña.
Víctor, que pasaba el día trabajando en el
taller, no supo la desgracia que le amenazaba,
porque su madre se la calló con el mayor
cuidado.
– III –
Llegó el 24 de Diciembre de 1868. Durante
el día Víctor buscó por los paseos ramas, hizo
con ellas graciosos arcos y al anochecer los
llevó a su vivienda, que estaba débilmente
iluminada por una miserable lámpara. Una
cortina vieja y remendada ocultaba el lecho
donde se hallaba acostada Josefina.
Víctor formó una mesa con el tablado que
le servía de cama, abrió el baúl, colocó sobre
las tablas los arcos de ramaje, las montañas,
la fuente, a la que hizo un depósito para que
corriese el agua en abundancia, las graciosas
figuritas; poniendo por dosel el firmamento
que él había pintado y detrás una infinidad de
luces que le daban un aspecto fantástico.
Todo estaba ya en su lugar, cuando empezaron
a sonar en la calle varios tambores tocados
con estrépito por los muchachos de
aquel barrio.
-¿Qué día es hoy? -preguntó Josefina.
-El 24 de Diciembre -contestó su madre,
que se hallaba junto a la cama.
La niña suspiró, tal vez recordando el nacimiento
del año anterior, tal vez presintiendo
que no vería otra Noche-Buena.
Víctor se acercó a su prima muy despacio,
descorrió la cortina y miró a Josefina para ver
el efecto que en ella causaba su obra. La niña
juntó sus manos, lo vio todo, contemplándolo
con profunda admiración, y rompió a llorar de
alegría y de agradecimiento…
El médico entró en aquel instante.
-¡Qué hermoso nacimiento! -exclamó.
-Lo ha hecho mi hijo -contestó la lavandera.
-Muchacho -dijo el doctor-, si me lo vendes
te daré por él lo que quieras. Tengo una hija
que será feliz si se lo llevo, pues ninguno de
los que ha visto le satisface y ella deseaba
que fuera como es el tuyo.
-No lo vendo, señor -replicó Víctor-, es de
Josefina.
El médico pulsó a la enferma y la encontró
mucho peor.
-Volveré mañana… si es preciso -dijo al
salir.
-Víctor, canta algo para que sea este un
nacimiento alegre como el de aquellos niños
que vimos el año pasado, murmuró con voz
débil Josefina.
El niño obedeció y empezó a cantar coplas
dedicadas a su prima, que improvisaba fácilmente;
solo que en lugar de cantarlas delante
del nacimiento lo hacía junto a la cama, teniendo
una mano de Josefina entre las suyas.
Poco a poco la niña se fue durmiendo, las
luces del nacimiento se apagaron y Víctor advirtió
que la mano de su prima estaba helada.
Pasó el resto de la noche al lado de ella, intentando,
aunque en balde, calentar aquella
mano tan fría.
– IV –
A la mañana siguiente fue el médico, y
apenas se acercó a la cama vio que la pobre
Josefina estaba muerta. La desesperación de
la infeliz madre y de Víctor no es para descrita.
Llegado el día 26, el doctor se sorprendió
al ver entrar al niño en su casa.
-Señor -le dijo-, el 24 de este mes no quise
vender a V. el nacimiento que había hecho
para Josefina, y hoy vengo a suplicarle que
me lo compre para pagar el entierro de mi
prima, pues lo que se ha gastado lo debo a mi
maestro que me ha adelantado una cantidad.
He querido saber siempre dónde está su
cuerpo.
-Nada más justo, hijo mío -contestó el doctor,
conmovido al ver la pena de Víctor-; yo te
daré cuanto desees.
Y pagó el nacimiento triple de lo que valía.
-Su hija de V. lo disfrutará hasta el día de
Reyes-, continuó el muchacho, y esto la consolará
de haber estado el 24 y el 25 sin nacimiento.
Más tarde fue él mismo a colocarlo, después
de haber asistido solo al entierro de Josefina.
La madre de la niña estuvo a punto de
perder el juicio, y durante muchos días su
hermana y su sobrino tuvieron que mantenerla,
porque la desgraciada no podía siquiera
trabajar.
– V –
Algunos años después el doctor se paseaba
el día de difuntos por el cementerio general
del Sur. Iba mirando con indiferencia las tumbas
que hallaba a su alrededor, cuando excitó
su atención vivamente una colocada en el
suelo, sobre la que se veía una preciosa cruz
de madera tallada. Debajo de dicha cruz se
leía en la piedra el nombre de Josefina. Se
disponía a seguir su camino, cuando un joven
le llamó, obligándole a detenerse.
-¿Qué se le ofrece a V.? -preguntó el médico.
-¿No se acuerda V. ya de mí? -dijo el que
le había parado-; soy Víctor, el que le vendió
aquel nacimiento para su hija.
-¡Ah, sí! -exclamó el doctor-; aquel nacimiento
fue después de mis nietos, y aún deben
conservarse de él algunas figurillas… ¿Y
qué te haces ahora?
-Para llorar menos a Josefina he querido
familiarizarme con la muerte, y soy enterrador.
Aquí velo su tumba, cuya cruz he hecho,
riego las flores que la rodean, la visito diariamente
y a todas horas. Me han dicho que trate
a otras mujeres, que ame a alguna; pero
no puedo complacer a los que esto me aconsejan.
Doctor, no se ría V. de mí, si le digo
que veo a Josefina, porque es cierto. De noche
sueño con ella y me dice siempre que me
aguarda. Me ha citado para un día aún muy
lejano y no puedo faltar a su cita. Entre tanto,
van pasando los meses y los años, y estoy
tranquilo considerando lo fácil que es morir y
lo necio que es el que se quita la vida, que
por larga que parezca es siempre corta. Yo no
me mataré nunca, porque para merecer a
Josefina debo permanecer todavía en este
valle de lágrimas. ¿Se acuerda V. de ella?
-Sí, hijo mío -contestó el médico.
-Yo nunca olvidaré aquella noche que para
todos fue Noche-Buena y quizá solo para mí
fue noche mala.
-Víctor, conformidad y valor -dijo el doctor
despidiéndose y estrechando la mano del joven.
-Tal vez dirá que he perdido el juicio –
murmuró Víctor cuando se vio solo-; si es así,
en esta falta de razón está mi ventura.
Y mientras esto pensaba, el doctor se alejaba
diciendo:
-¡Pobre loco!
El Grano de Arena
A mi sobrina María de Asensi y de Castaños
– I –
Terminaba el mes de Diciembre.
Camino de una de las principales ciudades
del Norte de España, en una noche fría y lluviosa,
una mujer, llevando una criatura de
pocos años en sus brazos andaba triste y fatigada,
sin encontrar una casa que le diera albergue
ni alimento que reanimase sus quebrantadas
fuerzas. La niña lloraba de hambre
y temblaba de frío, y su madre no tenía calor
para darle vida, ni pan con que sustentarla.
Aquella infeliz era viuda, una penosa enfermedad
la consumía, y su mayor pesar nacía
del temor de no llegar a la población donde
vivía un hermano suyo bien acomodado y que
le ofrecía, cama y mesa en su morada.
Besaba con ternura a su niña, pero esta no
cesaba de gemir.
No lejos de allí estaban sentados en un
banco de piedra un viejo y un niño. El viejo
gruñía y el niño lloraba.
-Eres un holgazán, Ángel, no sirves más
que de estorbo -decía el anciano-; ni trabajas
hoy ni trabajarás en tu vida.
-Yo no he nacido para esto, además soy
muy pequeño para cargar con tanta leña –
murmuraba el muchacho.
-Para eso has venido al mundo, para servir
de algo. A tu edad llevaba yo mucho más peso
que tú sobre mis costillas. Pero se hace
tarde, echemos a andar, que es necesario
llegar a la granja antes de las diez.
Ambos se levantaron, el chico cogió la leña
que colocó sobre sus hombros y siguió al viejo
que era su amo.
Aquel niño no tenía padres, su madre había
muerto poco después de su nacimiento y su
padre algunos meses más tarde. Le habían
acogido por caridad los dueños de una granja,
y allí le daban casa y comida a cambio de un
trabajo superior a sus años y a sus fuerzas.
Apenas había andado unos treinta pasos,
cuando hallaron tendida en el suelo a una
mujer inmóvil. El anciano se acercó a ella, vio
que estaba viva, pero sin conocimiento, y con
la ayuda del chico la dejó al pie de un árbol
descansando su cabeza sobre el duro tronco.
La mujer llevaba una criatura en los brazos,
de la que se apoderó Ángel. Empezó a mecerla
como hacen las niñas con sus muñecas, y
ella a sonreírse mirándole. El niño buscó algo
en su bolsillo, no encontró más que un pedazo
de pan negro, y fue introduciendo varias migas
en la boca de su nueva compañera.
-No podemos llevar a estas desgraciadas a
casa -dijo el viejo-, dejémoslas aquí, y avisaremos
al primero que llegue para que las socorra.
-Van a morirse de frío -replicó Ángel-; las
dos están heladas y no tendríamos caridad si
las abandonásemos en mitad del camino.
-Ya he hecho bastante apartándolas de él;
aquí nadie pasa, están seguras.
-Si usted quiere -se atrevió a decir el niño-
, me quedaré guardándolas hasta que venga
alguien que las ampare.
-Bien, bien -murmuró el viejo que no era
completamente malo-, quédate, pero cuida de
estar en casa dentro de media hora.
-No faltaré.
El anciano se alejó, la mujer continuó sin
movimiento, y la niña pidió más pan.
-Hola -dijo Ángel-, parece que tenemos
hambre. La miga se ha acabado, roe si puedes
la corteza.
Y se la dio.
-A ver si sabes andar -prosiguió dejándola
en el suelo-. Creo que sí, aunque te gusta
más estar en brazos. Ya tendrás tres años por
lo menos. ¿Cómo te llamas?
-Anita -contestó ella.
-¿Y tu madre?
-Madre.
-¿De dónde vienes?
-Del pueblo.
-¿A dónde vas?
-A otro pueblo.
-¿A cuál?
-A otro.
-Quedo enterado. A verte bien, eres muy
bonita, me agradan tu pelo rubio, tus ojitos
azules, tu boca tan pequeña y tus dientecillos.
No debes ser hija de una gran señora porque
hay más de cuatro remiendos en tu vestido
tan chico como el de una muñeca, y tus zapatos
están agujereados y no llevas sombrero.
Me gustaría tener una hermanita como tú.
¿Me das un beso?
Volvió a tomarla en sus brazos y ella le besó.
Entretanto la mujer había recobrado el
conocimiento, y lo primero que hizo fue llamar
a su hija, que Ángel le entregó al punto.
-¿Quién eres tú, niño? -le preguntó.
-Yo, señora, no sé quien soy -contestó el
muchacho-, mis padres han muerto, sirvo a
todo el mundo, nadie me quiere, el fuerte me
pega y el débil se burla de mí. Llevo cargas de
leña, saco agua del pozo, cuido el ganado,
duermo mal y como peor. Me llamo Ángel.
-¡Cuánto desamparado hay en el mundo! –
exclamó la mujer-; ese es tu porvenir, hija
mía, cuando yo te falte.
Y al decir esto no pudo contener sus lágrimas.
-¿Quieres hacerme un favor, niño?
-El que usted mande, señora.
-Guiarme hasta la ciudad, y si puedes llevar
a mi niña en tus brazos.
-Con mucho gusto.
Olvidó la leña, que quedó allí abandonada,
y ayudó a levantarse a la mujer, que después
le siguió con vacilante paso. La ciudad no estaba
lejos, y casi llegaron a ella sin dificultad,
pero antes de entrar la infeliz madre se detuvo
sin aliento.
-Niño, me siento morir -murmuró-, haz que
me lleven al hospital.
-Dentro de diez minutos, a lo más, estará
usted en él.
-No tengo ya fuerzas.
-Iré a decir que traigan una camilla.
-Ángel, si me muero, que la niña vaya a
casa de su tío, que vive…
-Bien, ya me lo dirá usted en cuanto venga.
El chico dejó a Anita en el suelo y echó a
correr. Cuando volvió con algunos hombres
que debían conducir al hospital a la enferma,
el estado de esta era tan grave que no pudo
pronunciar una palabra.
-Me llevaré a la niña a la granja -dijo Ángel,
pero en aquel momento un reloj lejano
dio las doce, pensó que no era aquella hora a
propósito para ir, que le reñirían por su tardanza,
y decidió dejar la vuelta para el siguiente
día.
– II –
¿Dónde durmieron Ángel y Anita el resto de
la noche? Entre los ladrillos y las maderas que
había para la obra de una casa en construcción.
Cuando el niño se despertó, la niña descansaba
todavía.
Al abrir los ojos media hora más tarde se
halló junto a su protector, del que ni siquiera
se acordaba; empezó a llamar al su madre, y
después se echó a llorar sin que pudiesen
consolarla las caricias de Ángel.
-Voy a llevarte con tu mamá -le dijo, cogiéndola
de la mano.
Los dos tenían hambre, pero como estaban
sin dinero no pudieron tomar alimento ninguno.
Ángel se dirigió al hospital y supo que la
madre de Anita había muerto. Quiso dejar allí
la niña para volverse solo a la granja, pero no
se lo permitieron y forzoso le fue quedarse de
nuevo con ella, pues no podía dejarla desamparada
por completo.
Al pobre niño no se le ocurrió entonces otra
cosa que ir llamando de puerta en puerta, y a
los que le preguntaban lo que deseaba, les
decía con la mayor candidez:
-¿Vive aquí el tío de Anita?
Bien fuese porque ninguno de los habitantes
de aquellas casas tuviera una sobrina de
ese nombre, o porque tomasen al muchacho
por un raterillo, lo cierto es que ni una sola
morada se abrió para los infelices huérfanos.
A Ángel lo único que no se le ocurría era
separarse de la niña; la había tomado cariño
y se creía en el deber de velar por ella.
Mendigando reunió algunos cuartos y pedazos
de pan duro que mojó en el agua cristalina
de una fuente; se comieron estos y
guardaron aquellos para cuando tuviesen que
hacer algún gasto.
Durante varios días continuaron su vida
errante, temiendo Ángel que su antiguo amo
le buscase y le encerrara en la granja, a la
que no deseaba volver; pero el niño se engañaba,
pues en la granja apenas se había notado
la falta del pobre ser abandonado.
-¿Qué habrá sido de ese chico? -habían
preguntado una mañana, y a la siguiente nadie
había vuelto a acordarse de él. Otro mozo
más fuerte cargaba con la leña, el amo le reñía
menos y le pagaba algo.
Harto Ángel de mendigar, se hizo arenero
yendo a todas partes acompañado de Anita, la
que cogía frecuentemente en brazos.
Una tarde la niña jugaba en el campo con
la arena que Ángel vendía luego; una ráfaga
de viento se llevó parte de ella, y Anita se
enfadó con aquel enemigo invisible que la
importunaba.
-Voy a hacer un montón muy grande para
que el aire no la mueva -dijo.
Y casi grano a grano fue formando un pequeño
montecillo.
Un anciano que cerca de los niños buscaba
plantas raras miró a los dos muchachos con
sorpresa, se aproximó muy despacio a ellos y
murmuró:
-El grano de arena fue el origen de la montaña
que se eleva al cielo. No hay hombre,
grano de arena también, que nacido en la
más baja esfera no pueda engrandecerse poco
a poco por el talento, por el valor o por la
virtud.
-Señor, señor -exclamó con vehemencia
Ángel- yo quiero ser sabio, bravo y bueno:
haga usted algo por mí.
-¿Qué dices tú, niño? -preguntó el ancianotú
mirada es inteligente, tu frente es despejada
y dulce tu sonrisa. Siéntate a mi lado y
cuéntame quién eres, y cuáles han sido tus
primeros pasos por la áspera senda de la vida.
El muchacho obedeció y le refirió cuanto le
había sucedido desde su más tierna infancia.
El viejo le escuchó guardando silencio hasta
que Ángel cesó de hablar.
-Has hecho un gran bien amparando a esta
niña; muchos hombres hubieran vacilado antes
de tomar tal determinación. Que el débil
ampare al débil debe ser un mérito inmenso a
los ojos de Dios. Yo soy muy pobre, tanto
como tú, pero lo poco que gano quiero compartirlo
contigo.
-¿Ves esta planta que guardo en mi caja?
Pagan mucho por ella, buscaremos juntos
otra semejante, y te daré la mitad de su valor.
Además, si anhelas estudiar, ve diariamente
a mi morada, que es aquella casita
blanca que se descubre desde aquí y te enseñaré
cuanto sé.
Ángel no deseaba más que instruirse, le
prometió ir todas las noches, pues el día lo
necesitaba para trabajar por su querida niña.
– III –
El muchacho hizo rápidos progresos al lado
del anciano, y gracias a su buen comportamiento,
fue recomendado por él a unos señores
que le admitieron como criado para hacer
los recados, y le ascendieron después a secretario
del amo de la casa. Con lo que ganaba
pagó el hospedaje de Anita en la cabaña de
unos buenos labradores, y allí iba a visitarla
con frecuencia y a continuar la educación de
la niña.
Pero Ángel cumplió los veinte años y tuvo
que ser soldado. Entonces fue preciso que
partiese de aquellos lugares donde había sido
tan feliz. Anita se despidió de él llorando, y
Ángel se alejó.
No le seguiremos durante algunos años,
baste decir que logró hacerse querer y respetar
de todos, y conquistó como militar los más
altos puestos y los laureles más envidiables.
Estas noticias llegaron hasta a Anita a
quien Ángel escribía siempre como un hermano.
La joven las oía con orgullo y al propio
tiempo con temor.
-Cuando vuelva -se decía con amargura- se
avergonzará de mí, y tal vez ya no me querrá.
Ángel regresó por fin, y Anita creyó notar
en él cierta frialdad, que no era otra cosa que
una excesiva timidez.
Aquella noche dio el joven un gran banquete,
al que asistieron su protegida y el anciano
a quien los dos tanto debían.
-Es un león en la pelea -decía uno de los
convidados.
-Ha hecho grandes descubrimientos para la
ciencia -añadía un segundo.
-Ha ganado honradamente una inmensa
fortuna -proseguía un tercero.
-Es necesario que haga un brillante casamiento.
Sólo una princesa sería digna de unirse a
él.
Anita oía esto sin atreverse a pronunciar
una palabra.
Antes de terminar la comida, Ángel, dirigiéndose
a sus amigos, dijo:
-Puesto que muchos de vosotros me habéis
acompañado en mis días de desgracia, quiero
participaros mi felicidad. Voy a retirarme a
estos lugares con la mujer que mi corazón ha
elegido, si ella se digna aceptar mi mano.
Anita, pálida y triste, no levantaba los ojos
del suelo, temiendo a cada instante oír un
nombre desconocido en los labios de su protector.
Él le tomó una mano, y le preguntó
con dulce acento:
-¿Te negarás a hacerme venturoso siendo
mi esposa?
-¡Dios mío -exclamó ella-, gracias te doy
porque me concedes tan inmensa felicidad!
-Hijos míos -dijo el anciano maestro-, dignos
sois el uno del otro. Mientras el bravo
militar se cubría de gloria en los campos de
batalla, la modesta aldeana socorría a los pobres
y consolaba al desgraciado. El grano de
arena es ya montaña y ha subido tanto, que
su cúspide toca al cielo y puede ver el reino
de Dios representado por uno de sus ángeles.
Dichosos aquellos que nacidos en la miseria,
todo se lo deben a ellos mismos elevándose
por el valor, por el talento y por la virtud.
El Caracol y el Rosal
Alrededor del jardín había un seto de avellanos,
y al otro lado del seto se extendía n los campos
y praderas donde pastaban las ovejas y las
vacas. Pero en el centro del jardín crecía un
rosal todo lleno de flores, y a su abrigo vivía un
caracol que llevaba todo un mundo dentro de su
caparazón, pues se llevaba a sí mismo.
-¡Paciencia! -decía el caracol-. Ya llegará mi
hora. Haré mucho más que dar rosas o
avellanas, muchísimo más que dar leche como
las vacas y las ovejas.
-Esperamos mucho de ti -dijo el rosal-. ¿Podría
saberse cuándo me enseñarás lo que eres capaz
de hacer?
-Me tomo mi tiempo -dijo el caracol-; ustedes
siempre están de prisa. No, así no se preparan
las sorpresas.
Un año más tarde el caracol se hallaba tomando
el sol casi en el mismo sitio que antes, mientras
el rosal se afanaba en echar capullos y mantener
la lozanía de sus rosas, siempre frescas, siempre
nuevas. El caracol sacó medio cuerpo afuera,
estiró sus cuernecillos y los encogió de nuevo.
-Nada ha cambiado -dijo-. No se advierte el más
insignificante progreso. El rosal sigue con sus
rosas, y eso es todo lo que hace.
Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal
continuó dando capullos y rosas hasta que llegó
la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El
rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se
escondió bajo el suelo.
Luego comenzó una nueva estación, y las rosas
salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.
-Ahora ya eres un rosal viejo -dijo el caracol-.
Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya
has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si
era o no de mucho valor, es cosa que no he
tenido tiempo de pensar con calma. Pero está
claro que no has hecho nada por tu desarrollo
interno, pues en ese caso tendrías frutos muy
distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto?
Pronto no serás más que un palo seco… ¿Te das
cuenta de lo que quiero decirte?
-Me asustas -dijo el rosal-. Nunca he pensado
en ello.
-Claro, nunca te has molestado en pensar en
nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué
florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de
esa manera y de no de otra?
-No -contestó el caracol-. Florecía de puro
contento, porque no podía evitarlo.
¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!…
Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa;
respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo,
me subía la fuerza, que descendía también sobre
mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era
siempre nueva, profunda siempre, y así tenía
que florecer sin remedio.
Tal era mi vida; no podía hacer otra cosa.
-Tu vida fue demasiado fácil -dijo el caracol.
-Cierto -dijo el rosal-. Me lo daban todo. Pero tú
tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas
criaturas que piensan mucho, uno de esos seres
de gran inteligencia que se proponen asombrar
al mundo algún día.
-No, no, de ningún modo -dijo el caracol-. El
mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que
ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de
mí mismo y en mí mismo.
-¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo
mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles
cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado
sino rosas; pero tú, en cambio, que posees
tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué
puedes darle?
-¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo.
¿Para qué sirve el mundo? No significa nada
para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es
para lo único que sirves. Deja que los castaños
produzcan sus frutos, deja que las vacas y las
ovejas den su leche; cada uno tiene su público,
y yo también tengo el mío dentro de mí mismo.
¡Me recojo en mi interior, y en él voy a
quedarme! El mundo no me interesa.
Y con estas palabras, el caracol se metió dentro
de su casa y la selló.
-¡Qué pena! -dijo el rosal-. Yo no tengo modo
de esconderme, por mucho que lo intente.
Siempre he de volver otra vez, siempre he de
mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos
caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez
vi cómo una madre guardaba una de mis flores
en su libro de oraciones, y cómo una bonita
muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un
niño besaba otra en la primera alegría de su
vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera
bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.
Y el rosal continuó floreciendo en toda su
inocencia, mientras el caracol dormía allá
dentro de su casa. El mundo nada significaba
para él.
Y pasaron los años.
El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el
rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del
libro de oraciones había desaparecido… Pero en
el jardín brotaban los rosales nuevos, y los
nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus
casas y escupían al mundo, que no significaba
nada para ellos.
¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el
principio? No vale la pena; siempre sería la
misma.