El mandil de cuero

No creáis que esto que voy a referir sucedió
en nuestros días ni en nuestras tierras, ni
que es invención o ficción. Si encierra alguna
moraleja aprovechable, consistirá en que la
historia tiene sentido y enseñanza. ¡Ay del
género humano si la Historia se redujese a la
opresión del débil por el fuerte, al triunfo de
la violencia!
Érase que se era un rey de Persia, a
quien muchos llaman Nemrod, pero que según
versiones más fundadas, debió de llamarse
Doac, y fue matador y sucesor de aquel
Yemsid cuyo pecado consistía en creerse perfecto.
Este Doac era mago brujo y sabidor;
pero en vez de ejercer su ciencia según la
habían ejercitado sus predecesores -fundando
ciudades, enseñando y propagando artes e
industrias, venciendo en singular batalla a los
divos o genios del mal, estableciendo las primeras
pesquerías de perlas, horadando las
primeras minas de turquesas, popularizando
el conocimiento del alfabeto y de los signos
que, trazados sobre ladrillo o piedra, conservan
al través de las edades el recuerdo de los
hechos insignes-, el empecatado Doac sólo
utilizó su magia para componer y destilar filtros
y venenos y refinar ingeniosos suplicios,
porque se deleitaba en el dolor, y los gemidos
eran para él regalada música. Hasta el reinado
de Doac, no sabían los persas cómo desgarra
las carnes un haz de varillas, ni cómo
aprieta la nuez una soga. Cuando se pregunta
qué enseñó Doac a sus súbditos, la crónica
responde que enseñó a azotar y ahorcar.
Cansado sin duda el Cielo, infligió a Doac
un padecimiento cruel y vergonzoso. Una mañana,
al disponerse a gozar las delicias del
baño, notó el rey que en cada hombro le
había salido gruesa verruga, tamaña como un
huevo y de la mismísima figura que una cabeza
de serpiente: chata, verdosa, horrible.
Al principio no dolían las tales excrecencias;
pero no tardaron en ulcerarse y causar
atroz martirio, que determinaba en Doac accesos
de rabia, siendo lo peor que como no
quería enseñar a los médicos ni a persona
viviente su asqueroso alifafe, tenía que lavarse,
curarse y vestirse solo, y atender a las
úlceras con las plastas y ungüentos que encontraba
en su repertorio mágico.
Desesperado ya de tantas recetas que
habían salido vanas, y realizando nuevos conjuros,
un día amaneció con la persuasión de
que el único remedio eran los sesos de un
hombre, aplicados calientes aún a las enconadas
heridas.
No vaya nadie a asustarse de la ignorancia
que esto acusa en los tiempos de Doac,
pues aún en los nuestros hemos podido ver
que se receta el redaño del carnero, el pichón
abierto en canal y el trozo de carne de buey
sobre el lupus. Que la sangrienta medicina
sería algo eficaz se demuestra con que poco a
poco fueron vaciándose las prisiones del reino
de Persia; diariamente ejecutaban a dos presos
para sacarles el meollo. Mas no hay en el
mundo cosa que no se agote, y también los
criminales encerrados; así es que, cuando
faltó la ración de meollo fresco, se fijó un tributo
de dos hombres por día, que cobraban
sayones y verdugos enviados aquí y allá a
requisar. Solían éstos elegir, entre las familias
numerosas, el individuo enfermizo, deforme,
imposibilitado, el viejo, el inútil. Y ocurrió que,
enterándose Doac de esta circunstancia, montó
en furiosa cólera, jurando que si seguían
dándole el desecho y lo peor de los sesos de
sus vasallos, los degollaría a todos. Entonces
los
verdugos resolvieron sacrificar lo más florido
de Yspahan, para dejar al rey satisfecho.
No se determinaron, sin embargo, a buscar
víctimas entre la gente poderosa (magnates,
empleados de la casa real); pero, en los
primeros instantes, acordándose de que un
pobre herrero, llamado Cavé, tenía dos hijos
como dos pinos de oro, gallardos en extremo
y diestros en todos los ejercicios corporales; y
pareciéndoles buena presa, los sorprendieron
en la plaza pública, los degollaron, les abrieron
el cráneo y llevaron a Doac su masa cerebral
caliente todavía.
Hallábase Cavé trabajando en su forja,
cuando los vecinos, entre compasivos e indiscretos,
acudieron a darle la fatal nueva. Al
pronto pareció como si el mísero padre no se
hubiese enterado de la inaudita desventura
que le comunicaban: helado, inmóvil, mudo,
escuchó la relación del atroz caso. De súbito,
su pena estalló formidable, cual transporte de
león que rompe la cadera y arranca de un
zarpazo los hierros de la jaula. Lo que hizo
salvar a Cavé fue saber que precisamente por
ser sus hijos fuertes, inteligentes y hermosos,
los habían señalado para la cuchilla. “¡No dejarme
ni siquiera uno para consuelo! ¡Ah! ¡Juro
por la luz eterna del sol que me vengaré!”
Y el herrero, gritando así, blandía su enorme
martillo y al blandirlo, montañas de carne
bronceada, endurecida por el trabajo, se
acumulaban en su brazo desnudo y negro de
escoria.
Desciñéndose el amplio mandilón de cuero
que le protegía, Cavé lo ató a la punta de
un palo, y con el mandil por estandarte y el
martillo por arma, salió a la plaza profiriendo
clamores de maldición contra Doac. A la voz
del desesperado padre, sucedió un extraño
fenómeno: los habitantes de Yspahan, que
yacían aletargados y helados de miedo, recobraron
energía, sacudieron la modorra; al ver
que existía un hombre que se atrevía a enarbolar
un estandarte, corrieron a rodearle locos
de entusiasmo, y la sedición estalló tan repentina,
que el tirano sólo tuvo tiempo de huir
vergonzosamente con sus mujeres y sus tesoros.
Lejos ya de Yspahan, juntó Doac un ejército
de más de cien mil hombres, y volvió dispuesto
a disolver las hordas que un artesano
capitaneaba y que tenían por bandera sucio y
denegrido mandil de cuero. Pero avínole mal,
porque el bordado guión de Doac, de seda y
oro, recamado de perlas, ostentando por emblema
los siete planetas y la luna, hubo de
retroceder ante el pedazo de suela que solo
lucía los estigmas del trabajo y las huellas del
humano sudor, y la cabeza de Doac, goteando
sangre, lívida, contraída por la mueca de la
agonía, quedó hincada en el palo que sostenía
el mandil de cuero, mientras las tropas de
Cavé, habiendo despojado al tirano de sus
vestiduras, se reían a carcajadas de las dos
verrugas que en sus hombros figuraban cabezas
de serpiente…
Al ser saludado rey por su ejército, el
herrero se negó rotundamente a aceptar la
corona. Él mismo señaló para reinar al príncipe
Feridún, que después fue un gran monarca
y un sabio profundo, y enseñó a los persas la
astronomía, la medicina y la botánica. La única
gloria que cupo a Cavé, el herrero, se cifró
en su mandil, que Feridún tomó por estandarte
regio. Siempre que al entrar en batalla Feridún,
sin falso rubor ni respetos humanos,
colocaba ante sí aquel trozo de suela que representaba
la santidad del trabajo y la protesta
contra la injusticia y el abuso del poder,
era como si llevase un talismán: tenía la victoria
segura. Cuando se avergonzaba del
mandil de cuero, salía derrotado. Por haberse
perdido en las revueltas y vicisitudes de la
invasión griega el mandil, símbolo de que no
debe el monarca colmar la copa de la iniquidad
para que no se desborde la de la ira celeste;
por haber desaparecido, digo, el estandarte
de Cavé y su tradición de independencia,
llegaron los
persas, pueblo nobilísimo en su origen y de
altas facultades intelectuales, al atraso, al
servilismo y a la abyección en que hoy se pudren.

El fantasma del bosque

¿Por qué habían nacido tan iguales aquellos
dos muchachos? No eran de la misma familia
ni vivían en la misma clase social. El uno, Guillermo,
era hijo único del señor del castillo, y
el otro, Paulino, de un pobre soldado. Tenían
entonces unos diez añitos, igual estatura, más
bien alta que baja para su edad, el cabello
castaño, los ojos negros, grandes y expresivos,
la tez morena y algo pálida, los labios
gruesos y los dientes blancos y pequeños.
Decíase que la madre de Paulino tenía veneración
por la castellana, encontrándole una
notable semejanza con la Virgen que en un
cuadro antiguo trazara un hábil pintor y que
se veneraba en la vieja iglesia de aquel pueblo.
Y que así como Guillermo era el vivo retrato
de la castellana, Paulino se parecía al
niño Jesús que tenía la Virgen en sus brazos,
igual en el rostro a la santa imagen que tanto
había mirado su madre antes de darle a luz.
Si en la parte física se asemejaban los dos
niños, no ocurría lo mismo en la moral. Guillermo
era bueno, caritativo y amable; Paulino
adusto, retraído y envidioso.
La castellana daba a la mujer del soldado
las prendas poco usadas por su hijo y Paulino
vertía amargo llanto al ponerse aquellas ropas
de desecho. ¿Por qué no había de ser él hijo
de padres ricos y nobles como Guillermo y
tener caballo, coche y juguetes? ¿Había alguna
razón para que todos saludaran con cariño
y respeto a aquel muchacho de su edad y a él
no se dignaran mirarle siquiera? ¡Cuánto
odiaba a aquel ser afortunado, nacido el mismo
año que él, pero halagado por los dones
de la fortuna, mientras Paulino carecía hasta
de lo más necesario para vivir?
Tuvo un inmenso júbilo cuando supo que
Guillermo, por deseo de su padre, iba a ser
enviado a un colegio en el extranjero; así al
menos no le vería, no pasaría el disgusto de
saber que aquel niño tenía todas las ventajas
sobre él, porque estudiando también se distinguía
por su aplicación y su talento.
Un enemigo del dueño del castillo llamado
Antolín, hombre de malas costumbres y corazón
perverso, contribuía a excitará Paulino y
avivaba aquel odio que ni Guillermo ni sus
padres conocían. Él también envidiaba a aquel
opulento señor, al que debía varios favores.
Llegó el día de partir el niño al colegio y
Paulino, después de despedirse de él, volvió a
su casa más triste y preocupado que de costumbre.
No por haberse alejado Guillermo fue el
otro muchacho más feliz; oía hablar a cada
paso de sus brillantes estudios, de sus exámenes,
que habían causado la admiración de
cuantos los habían presenciado, de las simpatías
que despertaba. Al fin tuvo la inmensa
alegría de que los dueños del castillo se fuesen
a vivir a una ciudad próxima, mientras él
permanecía con sus padres en el pueblo. Poco
después, habiéndose declarado una guerra, el
soldado partió en defensa de su patria. La
pobre esposa, casi ciega de tanto coser y de
tanto llorar, pasaba una vida bien triste porque
Paulino, al que cada día disgustaba más
su modesta vivienda, no acompañaba sino
muy contadas veces a su madre.
– II –
Un día que el niño había salido de su casa
con objeto de coger nidos en el campo, prolongó
su paseo más de lo debido, llegando a
un sitio que no conocía. Cansado, se sentó en
un banco de piedra y así le sorprendió la noche.
Era aquel un paraje tan solitario que no
había visto a nadie cruzar por él durante el
tiempo que había permanecido allí. De repente
divisó algo blanco, más alto que una persona,
que se adelantaba hacia el banco. Era
un fantasma gigantesco, sin cara, sin brazos y
sin pies, una enorme sombra blanca que a
Paulino le pareció que debía de haberse desprendido
de los peñascales. Aunque era valiente,
aquello le causó cierto espanto, el temor,
que produce siempre lo desconocido.
Ya había él oído hablar en el pueblo de
aquella extraña aparición, pero había tenido la
suerte de no encontrarla nunca. Era el terror
de los pacíficos habitantes por sus continuas
exigencias; si no le daban dinero, maltrataba
a los infelices que pasaban por el campo después
de vender los productos de sus huertas
en la villa cercana. Calumniaba a las mujeres,
insultaba a los hombres, pegaba a los niños, y
nadie se atrevía a hacerle frente creyéndole la
mayor parte de los aldeanos el alma de un
bandido famoso que hubo allí en otro tiempo
y que no quería recibir ni el mismo Satanás
en su reino.
Sin poder huir, Paulino se detuvo, esperando
que el fantasma le hablase.
-¿Quieres ser rico? le preguntó, ¿quieres
ser feliz? ¿quieres ocupar el lugar de Guillermo?
El niño no se atrevió a contestar.
-De tu respuesta afirmativa o negativa depende
tu porvenir. ¿Quieres?
-Sí, murmuró al fin el muchacho.
-Pues ve a casa de Antolín y allí te explicarán
lo que has de hacer.
Paulino se alejó rápidamente, en tanto que
el fantasma se internaba en el bosque.
Cuando el niño llegó a la casa de Antolín,
halló a la mujer de éste, a la que llamaban en
el pueblo la bruja, sentada delante de la puerta.
Al ver a Paulino, le habló con cariño y le
hizo entrar en su casa.
-¿Dónde está tu marido? preguntó él.
-Ha ido hoy de caza y hasta las once no
volverá, respondió ella; pero entra, que yo te
recibiré como Antolín.
-Tú podrás explicarme…
-Todo lo que quieras.
Hizo sentar al muchacho y le habló así:
-El padre de Guillermo envió el cochero al
pueblo de H… para que recogiese a su hijo
que volvía de su colegio a pasar las vacaciones
en la ciudad donde su familia habita. El
padre no pudo ir a buscar al niño ni tampoco
su madre, que está enferma. El cochero era
de toda confianza y hasta el citado pueblo fue
Guillermo desde el colegio con uno de los profesores,
que regresó en seguida a su país.
Pero he aquí que, sin saberse por qué causa,
el caballo se asustó y salió desbocado, tiró al
cochero del pescante y por último volcó el
carruaje. El cochero, temeroso de que le
achacasen la responsabilidad de lo ocurrido,
huyó, y el niño, mal herido, fue recogido por
nosotros. Tú eres pobre y desgraciado y tienes
ambición. Si quieres ser rico y feliz ponte
la ropa de Guillermo, hazte pasar por él, y
éste, vivo o muerto, ocupará tu lugar.
La tentación era muy grande para que Paulino
resistiera a ella.
Vio a Guillermo que estaba acostado en
una pobre cama, pálido, perdido el conocimiento,
y creyó que le quedaban pocas horas
de vida. Puesto que el niño iba a morir ¿qué
perjuicio podía causarle aquella sustitución?
Antolín, que llegó a su casa poco después,
acabó de convencerle. Paulino se despojó de
su humilde ropa y se puso la de Guillermo,
que parecía hecha para él. La bruja le peinó
como el otro niño y el parecido aun fue más
notable.
-En pago de este servicio, le dijo Antolín,
me darás todo el dinero que puedas; si dejas
de hacerlo descubriré la verdad y te volverás
a tu casa, después de recibir un castigo.
Paulino prometió pagar aquel favor y al día
siguiente partió para la ciudad en compañía
de Antolín. Nadie supo por entonces lo que
había sido del cochero.
La madre de Paulino fue avisada por la
bruja de que su hijo se había caído de un árbol;
vistieron a Guillermo con la ropa del otro
niño y la pobre ciega pudo engañarse al pronto
creyendo que aquel muchacho herido y
atacado de violenta calentura era realmente
su hijo.
– III –
Cuando Antolín volvió, ya tenía todo el dinero
que los señores habían dado a su supuesto
hijo para que lo gastara en limosnas y
diversiones.
-Esto va a ser una mina inagotable, dijo el
hombre, así podremos vivir sin trabajar, comiendo
bien y bebiendo mejor.
El papel que quería representar Paulino era
más difícil de lo que pensó.
El señor del castillo observó bien pronto
que el que creía Guillermo había atrasado en
sus estudios y le obligaba a estar todo el día
con el libro en la mano.
Era un hombre despótico, un verdadero tirano
en la casa, lo que Paulino ignoraba, porque
Guillermo no se había lamentado nunca
de esto con él. Ya no tenía el niño aquella
hermosa libertad de que disfrutaba cuando
era pobre, ya no salía solo por el campo, ni
podía hablar con ningún amigo, ni hacer su
gusto jamás.
Él creía antes que en las casas de los ricos
todo era felicidad y se convencía de que ésta
no se compra con dinero. A esto hay que
añadir lo que le costaba representar su papel
cuando le hablaban de cosas completamente
ignoradas y a las que no tenía más remedio
que contestar.
-Eres más torpe cada día, le decía el padre
de Guillermo; estoy deseando que vuelvas al
colegio.
Y al terminar las vacaciones allá le llevaron.
Se vio entre rígidos maestros, entre compañeros
de clase elevada que le trataban con
insultante altivez, pues, aunque le creían de
ilustre familia, se juzgaban superiores a él por
la educación. Y si triste había sido su vida en
la ciudad donde moraban los padres de Guillermo
aun lo era más en aquel colegio cuyos
profesores y condiscípulos eran extranjeros
en su mayor parte.
De pronto, y sin que supiera por qué, dejó
de recibir las cartas que todas las semanas le
enviaban los señores del castillo creyéndole
su hijo. El director del colegio sí tenía noticias
de ellos porque le pagaban mensualmente.
Llegaron las vacaciones y nadie le fue a buscar.
Pasó el verano casi solo y muy aburrido.
– IV –
Una noche tuvo un sueño que le causó profunda
impresión.
Se hallaba con su madre en su pobre casita
esperando a su padre; aquélla le acariciaba
como en otros tiempos y él era feliz pensando
en que si le faltaban riquezas le sobraba cariño.
Después llegó el soldado cubierto de laureles
y mientras les refería sus hazañas miraba
a su hijo con ternura y luego le entregaba
un reloj de oro, un bastón y otros objetos.
Pero de repente aparecía el fantasma y arrancaba
al niño de los brazos de sus padres para
arrojarle a un precipicio.
Se despertó sobresaltado y entonces pensó
en lo mucho que sus verdaderos padres le
amaban, en las privaciones que por él se
habían impuesto, arrepintiéndose sinceramente
de sus faltas.
Pero ¿cómo remediar éstas? Le pareció lo
mejor confesar su culpa y así lo hizo en una
sentida carta dirigida a los padres de Guillermo.
Quince días después enviaron en su busca
a un criado con el que partió para su pueblo.
¡Con que placer volvió a ver éste!
¡Sus altas montañas, sus hermosos bosques,
sus arroyos de agua cristalina, sus poéticas
casitas y el soberbio castillo del que
había querido ser amo!
Se dirigió ante todo a su antigua morada,
donde le esperaba su madre ya restablecida
de su dolencia, y su padre que había ganado
grados y cruces en el campo de batalla. Ambos
le concedieron pronto su perdón.
Allí supo que poco después de partir al colegio
habían averiguado los señores del castillo
el accidente ocurrido a su hijo por la llegada
del cochero, que había estado enfermo de
gravedad, que Guillermo también les había
escrito y que no dudaron que era Paulino el
que habían enviado al colegio y su hijo el que
estaba en el pueblo con la mujer del soldado.
Después supieron la intervención de Antolín
en el asunto, disfrazado de fantasma para
engañar mejor al niño, y por esto y por otros
delitos habían sido presos su mujer y él.
Decidieron dejar a Paulino en el colegio,
hasta que se arrepintiera de su falta, sin darle
parte de lo ocurrido. Guillermo perdonó de
todo corazón al que siempre quiso como a un
amigo.
Desde entonces Paulino fue feliz en su casa,
en la que ya no se vivía con la estrechez
de antes a causa del ascenso del soldado a
oficial, y comprendió que la dicha no consiste
en vivir en la opulencia, sino en el cariño puro
y desinteresado, en la paz de la familia, en la
conformidad con la suerte, y que lo mismo
puede albergarse en la casa del rico que en el
humilde hogar del pobre.

La Llave de la Casa

Todas las llaves tienen su historia, y ¡hay
tantas! Llaves de gentilhombre, llaves de reloj,
las llaves de San Pedro… Podríamos contar
cosas de todas, pero nos limitaremos a hacerlo
de la llave de la casa del señor Consejero.
Aunque salió de una cerrajería, cualquiera
hubiese creído que había venido de una
orfebrería, según estaba de limada y trabajada.
Siendo demasiado voluminosa para el bolsillo
del pantalón, había que llevarla en la de la
chaqueta, donde estaba a oscuras, aunque
también tenía su puesto fijo en la pared, al lado
de la silueta del Consejero cuando niño, que
parecía una albóndiga de asado de ternera.
Dícese que cada persona tiene en su carácter y
conducta algo del signo del zodíaco bajo el cual
nació: Toro, Virgen, Escorpión, o el nombre
que se le dé en el calendario. Pero la señora
Consejera afirmaba que su marido no había
nacido bajo ninguno de estos signos, sino bajo
el de la «carretilla», pues siempre había que
estar empujándolo.
Su padre lo empujó a un despacho, su madre lo
empujó al matrimonio, y su esposa lo condujo a
empujones hasta su cargo de Consejero de
cámara, aunque se guardó muy bien de decirlo;
era una mujer cabal y discreta, que sabía callar a
tiempo y hablar y empujar en el momento
oportuno.
El hombre era ya entrado en años, «bien
proporcionado», según decía él mismo, hombre
de erudición, buen corazón y con «inteligencia
de llave», término que aclararemos más
adelante. Siempre estaba de buen humor,
apreciaba a todos sus semejantes y gustaba de
hablar con ellos. Cuando iba a la ciudad,
costaba Dios y ayuda hacerle volver a casa, a
menos que su señora estuviese presente para
empujarlo. Tenía que pararse a hablar con cada
conocido que encontraba; y sus conocidos no
eran pocos, por lo que siempre se enfriaba la
comida.
La señora Consejera lo vigilaba desde la
ventana.
– ¡Ahí llega! -decía la criada-. Pon la sopa.
¡Vamos! Ahora se ha detenido a charlar con
uno. ¡Saca el puchero del fuego, que cocerá
demasiado! ¡ahora viene! ¡Vuelve la olla al
fuego! -. Pero no llegaba.
A veces ya estaba debajo mismo de la ventana y
había saludado a su mujer con un gesto de la
cabeza; pero acertaba a pasar un conocido y no
podía dejar de dirigirle unas palabras. Y si
luego sobrevenía un tercero, sujetaba al anterior
por el ojal, y al segundo lo cogía de la mano, al
propio tiempo que llamaba a otro que trataba de
escabullirse.
Era para poner a prueba la paciencia de la
Consejera.
– ¡Consejero, consejero! -exclamaba-. ¡Ay! Este
hombre nació bajo el signo de la carretilla; no
se mueve del sitio, como no le empujen.
Era muy aficionado a entrar en las librerías y
ojear libros y revistas. Pagaba un pequeño
honorario a su librero a cambio de poderse
llevar a casa los libros de nueva publicación. Se
le permitía cortar las hojas en sentido
longitudinal, mas no en el transversal, pues no
hubieran podido venderse como nuevos. Era, en
todos los aspectos, un periódico viviente, pues
estaba enterado de noviazgos, bodas, entierros,
críticas literarias y comadrerías ciudadanas, y
solía hacer misteriosas alusiones a cosas que
todo el mundo ignoraba. Las sabía por la llave
de la casa.
Desde sus tiempos de recién casados, los
Consejeros vivían en casa propia, y desde
entonces tenían la misma llave. Lo que no
conocían aún eran sus maravillosas virtudes;
éstas no las descubrieron hasta más tarde.
Reinaba a la sazón Federico VI. En Copenhague
no había aún ni gas ni faroles de aceite, como
no existían tampoco el Tivoli ni el Casino, ni
tranvías, ni ferrocarriles. Había pocas
diversiones, en comparación con las de hoy.
Los domingos era costumbre dar un paseo hasta
la puerta del cementerio. Allí, la gente leía las
inscripciones funerarias, se sentaba en la hierba,
merendaba y echaba un traguito. O bien se
llegaba hasta Friedrichsberg, a escuchar la
banda militar que tocaba frente a palacio, y
donde se congregaba mucho público para ver a
la familia real remando en los estrechos canales,
con el Rey al timón y la Reina saludando desde
la barca a todos los ciudadanos sin distinción de
clases. Las familias acomodadas de la capital
iban allí a tomar el té vespertino. En una casita
de campo situada delante del parque les
suministraban agua hirviendo, pero la tetera
debían traérsela ellos.
Allí se dirigieron los Consejeros una soleada
tarde de domingo; la criada los precedía con la
tetera, un cesto con la comida y la botella de
aguardiente de Spendrup.
– Coge la llave de la calle -dijo la Consejera-, no
sea que a la vuelta no podamos entrar en casa.
Ya sabes que cierran al oscurecer, y que esta
mañana se rompió el cordón de la campanilla.
Volveremos tarde. A la vuelta de
Frederichsberg tenemos que ir a Vesterbro, a
ver la pantomima de «Arlequín» en el teatro
Casortis. Los personajes bajan en una nube.
Cuesta dos marcos la entrada.
Y fueron a Frederichsberg, oyeron la música,
vieron la lancha real con la bandera ondeante, y
vieron también al anciano monarca y los cisnes
blancos. Después de una buena merienda se
dirigieron al teatro, pero llegaron tarde.
Los números de baile habían terminado, y
empezado la pantomima. Como de costumbre,
llegaron tarde por culpa del Consejero, que se
había detenido cincuenta veces en el camino a
charlar con un conocido y otro. En el teatro
encontróse también con buenos amigos, y
cuando terminó la función hubo que acompañar
a una familia al «puente» a tomar un vaso de
ponche; era inexcusable, y sólo tardarían diez
minutos; pero estos diez minutos se convirtieron
en una hora; la charla era inagotable. De
particular interés resultó un barón sueco, o tal
vez alemán, el Consejero no lo sabía a punto
fijo; en cambio, retuvo muy bien el truco de la
llave que aquél le enseñó, y que ya nunca más
olvidaría. ¡Fue la mar de interesante! Consistía
en obligar a la llave a responder a cuanto se le
preguntara, aun lo más recóndito.
La llave del Consejero se prestaba de modo
particular a la experiencia, pues tenía el paletón
pesado. El barón pasaba el índice por ,el ojo de
la llave y dejaba a ésta colgando; cada pulsación
de la punta del dedo la ponía en movimiento,
haciéndole dar un giro, y si no lo hacía, el barón
se las apañaba para hacerle dar vueltas
disimuladamente a su voluntad.
Cada giro era una letra, empezando desde la A y
llegando hasta la que se quisiera, según el orden
alfabético. Una vez obtenida la primera letra, la
llave giraba en sentido opuesto; buscábase
entonces la letra siguiente, y así hasta obtener,
con palabras y frases enteras, la respuesta a la
pregunta. Todo era pura charlatanería, pero
resultaba divertido. Este fue el primer
pensamiento del Consejero, pero luego se dejó
sugestionar por el juego.
– ¡Vamos, vamos! -exclamó, al fin, la
Consejera-. A las doce cierran la puerta de
Poniente. No llegaremos a tiempo, sólo nos
queda un cuarto de hora. ¡Ya podemos correr!
Tenían que darse prisa. Varias personas que se
dirigían a la ciudad se les adelantaron.
Finalmente, cuando estaban ya muy cerca de la
caseta del vigilante, dieron las doce y se cerró la
puerta, dejando a mucha gente fuera, entre ella a
los Consejeros con la criada, la tetera y la
canasta vacía. Algunos estaban asustados, otros
indignados, cada cual se lo tomaba a su manera.
¿Qué hacer?
Por fortuna, desde hacía algún tiempo se había
dado orden de dejar abierta una de las puertas:
la del Norte. Por ella podían entrar los peatones
en la ciudad, atravesando la caseta del guarda.
El camino no era corto, pero la noche era
hermosa, con un cielo sereno y estrellado,
cruzado de vez en cuando por estrellas fugaces.
Croaban las ranas en los fosos y en el pantano.
La gente iba cantando, una canción tras otra,
pero el Consejero no cantaba ni miraba las
estrellas, y como tampoco miraba donde ponía
los pies, se cayó, cuan largo era, sobre el borde
del foso. Cualquiera habría dicho que había
bebido demasiado, mas lo que se le había
subido a la cabeza no era el ponche, sino la
llave.
Finalmente, llegaron a la puerta Norte, y por la
caseta del guarda entraron en la ciudad.
– ¡Ahora ya estoy tranquila! -dijo la Consejera-.
Estamos en la puerta de casa.
– Pero, ¿dónde está la llave? -exclamó el
Consejero. No la tenía ni en el bolsillo trasero ni
el lateral.
– ¡Dios nos ampare! -dijo la Consejera-. ¿No
tienes la llave? La habrás perdido en tus juegos
de manos con el barón. ¿Cómo entraremos
ahora? El cordón de la campanilla se rompió
esta mañana, como sabes, y el vigilante no tiene
llave de la casa. ¡Es para desesperarse!
La criada se puso a chillar. El Consejero era el
único que no perdía la calma.
– Hay que romper un vidrio de la droguería –
dijo-. Despertaremos al tendero y entraremos
por su tienda. Me parece que será lo mejor.
Rompió un cristal, rompió otro, y gritando:
«¡Petersen!», metió por el hueco el mango del
paraguas. Del interior llegó la voz de la hija del
droguero, el cual abrió la puerta de la tienda,
gritando: «¡Vigilante!», y antes de que hubiese
tenido tiempo de ver y reconocer a la familia
consejeril y de abrirle la puerta, silbó el
vigilante, y de la calle contigua le respondió su
compañero con otro silbido. Empezó a
asomarse gente a las ventanas:
– ¿Dónde está el fuego? ¿Qué es ese ruido? -se
preguntaban mutuamente, y seguían
preguntándoselo todavía cuando ya el
Consejero estaba en su piso, se quitaba la
chaqueta y… aparecía la llave; no en el bolsillo,
sino en el forro; se había metido por un agujero
que, desde luego, no debiera de estar allí.
Desde aquella noche, la llave de la calle
adquirió una particular importancia, no sólo
cuando se salía, sino también cuando la familia
se quedaba en casa, pues el Consejero, en una
exhibición de sus habilidades, formulaba
preguntas a la llave y recibía sus respuestas.
Pensaba él antes la respuesta más verosímil y la
hacía dar a la llave. Al fin, él mismo acabó por
creer en las contestaciones, muy al contrario del
boticario, un joven próximo pariente de la
Consejera.
Dicho boticario era una buena cabeza, lo que
podríamos llamar una cabeza analítica. Ya de
niño había escrito críticas sobre libros y obras
de teatro, aunque guardando el anonimato,
como hacen tantos. No creía en absoluto en los
espíritus, y mucho menos en los de las llaves.
– Verá usted, respetado señor Consejero -decía-:
creo en la llave y en los espíritus de las llaves
en general, tan firmemente como en esta nueva
ciencia que empieza a difundirse, en el velador
giratorio y en los espíritus de los muebles viejos
y nuevos. ¿Ha oído, hablar de ello? Yo sí. He
dudado, ¿sabe usted?, pues soy algo escéptico;
pero me convertí al leer una horripilante historia
en una prestigiosa revista extranjera. ¡Imagínese
señor Consejero! Voy a relatárselo todo, tal
como lo leí. Dos muchachos muy listos vieron
cómo sus padres evocaban el espíritu de una
gran mesa del comedor. Estaban solos e
intentaron infundir vida a una vieja cómoda,
imitando a sus padres. Y, en efecto, brotó la
vida, despertóse el espíritu, pero no toleraba
órdenes dadas por niños. Levantóse con tanta
furia, que todo la cómoda crujía; abrió todos los
cajones, y con las patas -las patas de la cómodametió
a un chiquillo en cada cajón, echando
luego a correr con ellos escaleras abajo y por la
calle, hasta el canal, en el que se precipitó; los
pequeños murieron ahogados. Los cadáveres
recibieron sepultura en tierra cristiana, pero la
cómoda fue conducida ante el tribunal, acusada
de infanticidio y condenada a ser quemada viva
en la plaza pública. ¡Así lo he leído! – dijo el
boticario -. Lo he leído en una revista
extranjera, conste que no me lo he inventado.
¡Que la llave me lleve, si no digo verdad! ¡Lo
juro por ella!
El Consejero consideró que se trataba de una
broma demasiado grosera. Jamás los dos
pudieron ponerse de acuerdo en materia de
llaves; el boticario era cerrado a ellas.

La Fuga

La casa era espaciosa, con la fachada pintada
de azul; se componía de tres pisos, tenía
dos puertas y muchas ventanas, algunas con
reja. Una torre con una cruz indicaba dónde
se hallaba la capilla. Rodeaba el edificio un
extenso jardín, no muy bien cuidado, con elevados
árboles, cuyas ramas se enlazaban entre
sí formando caprichosos arcos, algunas
flores de fácil cultivo y una fuente con una
estatua mutilada.
Una puerta de hierro daba a una calle de
regular apariencia; otra pequeña, bastante
vieja y que no se abría casi nunca, al campo.
Este presentaba en aquella estación, a mediados
de la primavera, un bello aspecto con
sus verdes espigas, sus encendidas amapolas
y sus Poéticas margaritas.
¿Se celebraba alguna fiesta en aquella morada?
Un gallardo joven tocaba la guitarra con
bastante gracia y de vez en cuando entonaba
una dulce canción. Al compás de la música
bailaban dos alegres parejas, mientras un
caballero las contemplaba sonriendo, como
recordando alguna época no muy lejana en
que se hubiera entregado a esas gratas expansiones.
Un anciano de venerable aspecto, el jefe
sin duda de aquella numerosa familia, se paseaba
melancólicamente en compañía de un
hombre de menos edad, y algunos otros se
encontraban sentados en bancos de piedra o
sillas rústicas, hablando animadamente.
Lejos del bullicio, sola, triste, contemplando
las flores de un rosal, se veía a una joven
de incomparable hermosura, vestida de blanco.
Era tal su inmovilidad, que de lejos parecía
una estatua de mármol.
Tenía el cabello rubio, los ojos negros; era
blanca, pálida, con perfectas facciones, manos
delicadas, pies de niña.
¿Estaba contando sus penas a las rosas?
¿Vivía tan aislada que no tenía a quién referir
la causa de su dolor?
Más de un cuarto de hora permaneció en el
mismo sitio y en la misma postura, hasta que
la sacó de su ensimismamiento un bello joven
que se aproximó cautelosamente a ella.
-¿Estás sola? -le preguntó en voz baja.
La mujer se estremeció al oír aquellas palabras
y no contestó.
-¿Tienes miedo de que tu padre nos oiga? –
prosiguió él-. No temas, está lejos, muy lejos,
paseando con su amigo y confidente Raimundo.
¡Pobre Aurora mía! ¡Cuánto hemos sufrido
por él! Hoy, burlando su vigilancia, he llegado
hasta aquí, porque necesito hablarte. ¿Persiste
en su idea de casarte con otro porque no
soy bastante rico para unirme contigo? ¿Es
esta una resolución irrevocable?
-No es ese su proyecto ahora -contestó la
joven con apasionado acento-. Viendo que no
puedo amar a nadie más que a ti, no me obliga
a que me case con otro, quiere que sea
monja.
-¿Y lo serás?
-Nunca. La vida del convento me espanta,
porque en mis oraciones mezclaría sin cesar
tu recuerdo al de Dios.
-¿Y cómo sería de otro modo? ¿No te has
criado al lado mío? ¿No hemos jugado juntos
en nuestra infancia?
-Desde la edad de cinco años te quiero todo
lo que puede amar mi corazón.
¿Te acuerdas de aquel día en que fuimos a
la feria de Santa Marta y me compraste la
primera muñeca? ¿Y mucho más tarde, de
aquel en que me diste el primer ramo de flores?
Y aun después, ¿de aquel en que me escribiste
la primera carta de amor?
-Sí -murmuró él-, y del primer vals que
bailamos, y de la primera flor que me diste y
que ya marchita conservo con uno de tus rizos
en la caja de mis recuerdos, y de los anillos
que cambiamos. ¿No llevas el tuyo?
La joven inclinó la cabeza sobre el pecho y
no respondió.
-Mira el mío -prosiguió el apasionado doncel-;
jamás se apartará de mí. Pero ya comprendo,
tu padre no habrá consentido en que
lleves la sortija y te la habrá quitado…
-Silencio, Salvador -interrumpió Aurora-,
alguien se acerca.
Se separaron precipitadamente; él se ocultó
y la niña continuó mirando los rosales.
El anciano de los cabellos blancos se
aproximó, le dirigió algunas cariñosas frases y
luego continuó su camino.
-¡Y parece tan bueno, y que me ama tanto!
-exclamó Aurora-. ¿Por qué habré nacido tan
desgraciada?
Cinco minutos después Salvador se encontraba
de nuevo al lado de ella.
-Esta vida que llevamos no es soportable –
murmuró el joven-; vigilados a todas horas
por tu tirano, hace años que apenas podemos
cambiar algunas palabras, y día llegará en
que no nos veamos ni un segundo. ¿Quieres
huir conmigo?
-No me atrevo.
-Yo abriré esa puerta que da al campo, débil
obstáculo para mí; saldremos, te llevaré en
un coche, partiremos a la ciudad más próxima,
de allí a Italia, a Suiza; haremos que tu
padre pierda nuestro rastro; viviremos felices
en una casita humilde, pero poética, que embellecerás
con tu presencia. ¿No consientes?
-Nos hallarán.
-No temas. La ocasión se presenta ahora
mejor que nunca; desde aquí veo a tu padre
que habla con tu primo que está tocando para
que bailen esos amantes dichosos, no se ocupa
de ti y menos de mí, a quien cree ausente;
ven, amada mía.
Y al decir esto arrastraba a Aurora hacia
aquel lado del jardín, en que estaba la puerta
pequeña.
Ella dudaba y vacilaba aún. De repente se
oyeron ahogados gritos hacia el otro extremo
del parque, o en la calle quizás, y esto fue
causa de que todos fijasen su atención en
aquel accidente, sin ocuparse de Salvador y
de su compañera.
-¿Cuándo hallaremos ocasión más propicia?
-continuó él.
Y procuró persuadirla. Ella no replicaba ya,
y dejaba que él la guiase.
La llave de la puerta estaba quitada, pero
la madera era vieja. Salvador era fuerte y
vigoroso, y después de un rato de infructuosos
intentos, logró por fin abrir.
-¡Libres! -exclamó el joven-, libres y para
siempre.
Ella dirigió una última mirada al jardín y siguió
de buen grado a su amante. Anduvieron
por espacio de más de dos horas sin cambiar
más que algunas palabras. Ella se sintió fatigada
por fin, y quiso descansar.
Se sentaron en el campo, cerca de un
arroyuelo, a cuyas orillas estaba un pastor,
casi un niño, comiendo con excelente apetito
un pedazo de pan que cortaba con un cuchillo.
Sus cabras triscaban entre la verde hierba,
sin que él las perdiese de vista.
-¡Qué feliz eres, muchacho! -exclamó Salvador-.
Te contentas con vivir al aire libre,
tomando una miserable comida y en una
eterna soledad. ¿No lees nunca?
-No sé leer -contestó el niño.
-¿No hablas jamás?
-Sí, señor, con mis cabras. Les pongo
nombres, por los que atienden; las acaricio y
noto que me lo agradecen, mientras que los
hombres me pegan o se ríen de mí.
-¿No tienes padres?
-No, señor; no los he conocido.
-¿Y amigos tampoco?
-¿Quién había de querer ser amigo de un
miserable como yo?
-¿Ni amores?
Una sonrisa estúpida se dibujó en los labios
del pastorcillo, que dijo:
-No me disgusta Anica, la pastora.
-¿Y se lo has dicho?
-Sí.
-Y ella, ¿qué te ha contestado?
-Que soy un animal.
-Es decir, ¿que te desprecia?
-Mi amo asegura que es muy difícil saber lo
que siente y lo que piensa una mujer, y que a
veces quieren más las que parecen amar menos.
¡Como no podemos ver lo que pasa en su
corazón!
-Es verdad, muchacho; nunca habrás dicho
una cosa más cierta.
Mientras hablaban Salvador y el pastorcillo,
Aurora, rendida por el cansancio de aquella
larga caminata, y quizá también por sus emociones,
se había quedado dormida. Su hermosa
e interesante cabeza descansaba sobre uno
de sus brazos y parecía estar tan tranquila
como si reposase sobre un mullido lecho.
Algunas pardas nubes empañaban el puro
azul del cielo, frescas ráfagas de aire habían
reemplazado al sofocante calor de aquel día,
que más bien parecía de estío que primaveral.
Continuados suspiros se escapaban del pecho
de Salvador, algo agitado por lo extraño
de la situación en que se encontraba. ¿Dónde
pensaba llevar a aquella mujer? ¿Tenía por
aquellos contornos alguna morada conocida
en la que ambos pudieran pasar la noche?
Misterios son estos que pronto vamos a aclarar.
La voz del pastor sacó al joven de su ensimismamiento.
-Todas mis cabras son dóciles menos una –
dijo-, vea usted esa, siempre busca la ocasión
de escaparse, y el día en que menos lo espere
me dará un disgusto. ¡Eh! ¡Negrilla, Negrilla!
Pero la llamada Negrilla, que era obscura
como la noche, lejos de atender a la voz del
niño, se iba dirigiendo con alguna rapidez
hacia otro rebaño muy distante.
El pastor entonces dejó el resto de su pan
y su cuchillo en el suelo y echó a correr, lanzándose
en persecución de la fugitiva.
-¡Si pudiese yo ver lo que pasa en el corazón
de Aurora! -exclamó Salvador, recordando
las palabras del muchacho… – y sin embargo,
nada más fácil, ella duerme y puedo
averiguar si es mi imagen la que reina en él.
Cogió el cuchillo, acercó su oído al pecho
de la joven y allí, donde oyó sus acompasados
latidos, sepultó la hoja estrecha y de aguda
punta. Ella no hizo ni el menor movimiento,
sus labios conservaron su sonrisa, su rostro
su serena expresión.
-No tiene más que sangre -murmuró-, en
su corazón no había otra cosa. ¡Qué lástima!
¡Yo creí que me adoraba!
Contemplando a la joven, no vio venir al
pastor seguido del caballero anciano, del que
paseaba con él y de otros dos hombres.
-¡Por fin los encontramos! -exclamó el que
Salvador llamaba padre de Aurora-, allí los
veo.
-¿Y dice usted que son dos locos que se
han escapado de la casa donde por orden de
sus familias los tenía usted con otros enfermos
de la misma clase? -preguntó el pastor
con trémula voz.
-Sí, mientras acudíamos a otro demente
que estaba en un acceso de furor, han huido
sin duda. Jamás quise que se vieran ni que se
hablasen, porque padecían el mismo mal,
eran dos locos de amor; temía graves consecuencias
si se reunían alguna vez.
-Por fortuna llegamos a tiempo -dijo uno
de los criados-, mírelos usted allí, señor doctor,
parecen tranquilos.
Antes de aproximarse al loco vieron el
horrible desenlace de aquel drama.
-¿Qué has hecho, Aurelio? -preguntó el anciano
acercándose al supuesto Salvador,
nombre del amante de la niña.
-Ver el corazón de Aurora -contestó impasible-,
pero su amor era un sueño, no he
hallado mi imagen en él.
-¡Desgraciado, has asesinado a esa pobre
niña! ¡Infortunada Clotilde!
-Se llamaba Aurora y era mi amada, la que
tú, su infame padre, me negaste en matrimonio
porque no era rico.
Y quiso lanzarse sobre él, pero los dos
criados se lo impidieron.
-Sujetadle -ordenó el compañero del anciano,
que era un médico más joven.
A viva fuerza se llevaron al demente;
mientras los dos sabios conducían el inanimado
cuerpo de la niña.
El pastor contempló los dos grupos con su
mirada estúpida y oyó la extraña orden que
daba el viejo a los demás:
-La muerta a la capilla; y el vivo a una jaula.