La razón del más fuerte siempre es
la mejor: ahora lo veréis.
Un Corderillo sediento bebía en un arroyuelo.
Llegó en esto un Lobo en ayunas, buscando
pendencias y atraído por el hambre.
“¿Cómo te atreves a enturbiarme el agua?
dijo malhumorado al corderillo. Castigaré tu
temeridad. –No se irrite Vuesa Majestad, contestó
el Cordero; considere que estoy bebiendo
en esta corriente veinte pasos más abajo,
y mal puedo enturbiarle el agua. –Me la enturbias,
gritó el feroz animal; y me consta
que el año pasado hablaste mal de mí. —
¿Cómo había de hablar mal, si no había nacido?
No estoy destetado todavía. –Si no eras
tú, sería tu hermano. –No tengo hermanos,
señor. –Pues sería alguno de los tuyos, porque
me tenéis mala voluntad a todos vosotros,
vuestros pastores y vuestros perros. Lo
sé de buena tinta, y tengo que vengarme.”
Dicho esto, el Lobo me lo coge, me lo lleva al
fondo de sus bosques y me lo come, sin más
auto ni proceso.
El Ratón de Ciudad y el de Campo
Cierto día un Ratón de la ciudad
convidó a comer muy cortésmente a un
Ratón del campo. Servido estaba el banquete
sobre un rico tapiz: figúrese el lector si lo
pasarían bien los dos amigachos.
La comida fue excelente: nada faltaba. Pero
tuvo mal fin la fiesta. Oyeron ruido los comensales
a la puerta: el Ratón ciudadano
echó a correr; el Ratón campesino siguió tras
él.
Cesó el ruido: volvieron los dos Ratones:
“Acabemos, dijo el de la ciudad. -¡Basta ya!
replicó el del campo. ¡Buen provecho te
hagan tus regios festines! no los envidio. Mi
pobre pitanza la engullo sosegado; sin que
nadie me inquiete. ¡Adiós, pues! Placeres con
zozobra poco valen.”
La Golondrina y los Pajaritos
Una Golondrina había aprendido mucho
en sus viajes. Nada hay que enseñe tanto.
Preveía nuestro animalejo hasta las menores
borrascas, y antes de que estallasen, las
anunciaba a los marineros.
Sucedió que, al llegar la sementera del
cáñamo, vio a un labriego que echaba el grano
en los surcos. “No me gusta eso, dijo a los
otros Pajaritos. Lástima me dais. En cuanto a
mí, no me asusta el peligro, porque sabré
alejarme y vivir en cualquier parte. ¿Veis esa
mano que echa la semilla al aire? Día vendrá,
y no está lejos, en que ha de ser vuestra perdición
lo que va esparciendo. De ahí saldrán
lazos y redes para atraparos, utensilios y
máquinas, que serán para vosotros prisión o
muerte. ¡Guárdeos Dios de la jaula y de la
sartén! Conviene, pues, prosiguió la Golondrina,
que comáis esa semilla. Creedme.”
Los Pajaritos se burlaron de ella: ¡había
tanto que comer en todas partes! Cuando
verdearon los sembrados del cáñamo, la golondrina
les dijo: “Arrancad todas las yerbecillas
que han nacido de esa malhadada semilla,
o sois perdidos. -¡Fatal agorera! ¡Embaucadora!
le contestaron: ¡no nos das mala faena!
¡Poca gente se necesitaría para arrancar
toda esa sementera!”
Cuando el cáñamo estuvo bien crecido:
“¡Esto va mal! exclamó la Golondrina: la mala
semilla ha sazonado pronto. Pero, ya que no
me habéis atendido antes, cuando veáis que
está hecha la trilla, y que los labradores, libres
ya del cuidado de las mieses, hacen
guerra a los pájaros, tendiendo redes por
todas partes, no voléis de aquí para allá;
permaneced quietos en el nido, o emigrad a
otros países: imitad al pato, la grulla y la becada.
Pero la verdad es que no os halláis en
estado de cruzar, como nosotras, los mare y
los desiertos: lo mejor será que os escondáis
en los agujeros de alguna tapia.” Los Pajaritos,
cansados de oírla, comenzaron a charlar,
como hacían los troyanos cuando abría la
boca la infeliz Casandra. Y les pasó lo mismo
que a los troyanos: muchos quedaron en cautiverio.
Así nos sucede a todos: no atendemos
más que a nuestros gustos; y no damos
crédito al mal hasta que lo tenemos encima.
Las Alforjas
Dijo un día Júpiter: “Comparezcan a
los pies de mi trono los seres todos que pueblan
el mundo. Si en su naturaleza encuentran
alguna falta, díganlo sin empacho: yo
pondré remedio. Venid, señor Mono, hablad
primero; razón tenéis para este privilegio.
Ved los demás animales; comparad sus perfecciones
con las vuestras: ¿estáis contento?
-¿Por qué no? ¿No tengo cuatro pies, lo mismo
que lo demás? No puedo quejarme de mi
estampa; no soy como el Oso, que parece
medio esbozado nada más.” Llegaba, en esto,
el Oso, y creyeron todos que iban a oír largas
lamentaciones. Nada de eso; se alabó mucho
de su buena figura; y se extendió en comentarios
sobre el Elefante, diciendo que no sería
malo alargarle la cola y recortarle las orejas;
y que tenía un corpachón informe y feo.
El Elefante, a su vez, a pesar de la fama
que goza de sesudo, dijo cosas parecidas:
opinó que la señora Ballena era demasiado
corpulenta. La Hormiga, por lo contrario,
tachó al pulgón de diminuto.
Júpiter, al ver cómo se criticaban unos a
otros, los despidió a todos, satisfecho de
ellos. Pero entre los más desjuiciados, se dio
a conocer nuestra humana especie. Linces
para atisbar los flacos de nuestros semejantes;
topos para los nuestros, nos lo dispensamos
todo, y a los demás nada. El Hacedor
Supremo nos dio a todos los hombres , tanto
los de antaño como los de ogaño, un par de
alforjas: la de atrás para los defectos propios;
la de adelante para los ajenos.