El Coche Misterioso

A la niña Casilda del Río y de Capua.
José y Teresa tenían dos hijos, el mayor,
Miguel, que contaba ya doce años y la menor
Carolina que acababa de cumplir seis. Como
los padres se dedicaban a los trabajos del
campo, pues la mujer ayudaba al marido en
aquellas faenas, la niña quedaba siempre al
cuidado de su hermano, encargando a este
que no la perdiera de vista porque Carolina
era tan traviesa como pacífico Miguel.
El pobre muchacho era esclavo de sus deberes
y a veces se veía burlado por la niña
que salía a la calle para jugar con otras criaturas
de su edad. Estas escapatorias causaban
serios disgustos a Miguel, que antes de
encontrar a su hermana ya imaginaba si se
había caído al pozo, si la había atropellado
algún caballo, o si la había robado un gitano
de aquellos que solían pasar por el pueblo,
para vender una cabalgadura en la ciudad
próxima procurando engañar al más cándido
de sus habitantes.
Una tarde, Miguel se entretenía leyendo un
libro de cuentos que le había prestado el hijo
del maestro de escuela, y cuando echó de ver
que había faltado a su obligación no vigilando
a Carolina halló, no sin espanto, que la silla
donde había visto sentada por última vez a la
niña estaba vacía, quedando junto a ella la
muñeca de cartón que aquella había vestido
con uno de sus trajes viejos.
Miguel soltó precipitadamente el libro, entró
en la sala, en la cocina, en los dormitorios,
registró los muebles, llamó con angustia a su
hermana y salió luego al patio donde encontró
la puerta entornada.
-Por allí se ha escapado -exclamó.
Daba a una calle estrecha con escasos edificios.
Vio a dos chiquillos que jugaban y les
preguntó si habían visto a Carolina.
-Se ha ido en coche -le contestó uno-, en
un coche negro que acaba de pasar por aquí.
Miguel, sin pensar en que dejaba sola la
casa y con la puerta del patio abierta, echó a
correr hacia el camino de la ciudad y vio a
bastante distancia un coche que se alejaba
con alguna rapidez.
El muchacho era ágil y emprendió una carrera
desesperada, tanto que llegó a alcanzar
el carruaje antes de que pasara un cuarto de
hora desde que lo divisó.
Se fijó entonces en el coche; estaba pintado
de negro, excepto las ruedas que eran
amarillas; iba herméticamente cerrado y la
portezuela que tenía detrás parecía que llevaba
echada una llave. Una cortina ocultaba el
único cristal que era de color entre azulado y
verde, así es que en el interior debía reinar
una oscuridad completa. Tiraban del coche
dos caballos flacos y feos y los guiaba desde
el pescante un negro vestido con prendas
encarnadas y amarillas.
A Miguel le impuso algún respeto aquel
hombre y apenas se atrevió a preguntarle si
había, visto a una niña, dando las señas de su
hermana.
-En una calle estrecha -contestó el negro-,
la vi jugando en compañía de dos chicos.
Pero Miguel no creyó aquel engaño y decidió
seguir al carruaje hasta que se agotasen
sus fuerzas. Felizmente no necesitó andar
mucho. Antes de llegar a la ciudad, el negro
detuvo los caballos ante una posada de miserable
aspecto, entró en el patio, desenganchó
los caballos y abriendo la portezuela hizo bajar
a un anciano que vestía de un modo tan
extraño como él. Cerró después de nuevo y
ambos entraron en la sala donde se hallaban
ya algunos viajeros.
Miguel se escondió entre unos barriles vacíos
y cuando se alejaron los dos misteriosos
personajes se aproximó al coche.
-¡Carolina! -exclamó.
Le pareció escuchar un lamento dentro del
carruaje, pero por más que hizo no logró abrir
la portezuela.
Volvió a ocultarse al ver que el negro entraba
en el patio, traía una cazuela con comida
y, metiéndose en el coche, la dejó allí, sin
duda, pensó el niño, para que su hermana no
se muriese de hambre.
-¡Quieta o te pego! -dijo el negro con enfado,
amenazando a alguien que Miguel no veía-;
si intentas salirte te costará caro.
El niño hubiese deseado defender a Carolina
que, según sospechaba, quería escaparse
para ir a su encuentro, pero ¿qué podía él,
débil y pequeño, contra aquel hombre que era
una especie de gigante y que quizás estaría
armado y vengaría su atrevimiento maltratando
a la niña?
El negro se alejó de nuevo y Miguel se
acercó otra vez al coche para que su hermana
supiese que él estaba allí y hasta cierto punto
velaba por ella.
Carolina no le contestaba, pero Miguel lo
atribuía al temor de que volviese el terrible
negro.
Pasaron así algunas horas, y el niño se
durmió en un rincón del patio. Cuando se
despertó empezaba a clarear el cielo. Se
asomó a la sala de la posada y vio profundamente
dormidos, apoyadas las cabezas sobre
la mesa, al negro y al anciano.
Una idea cruzó por su mente; puesto que
el coche tenía un cristal ¿no podía romperlo y
sacar por allí a su hermana?
Cogió una piedra y dio tan fuertes golpes
que pronto quedó una abertura bastante
grande para que pudiese pasar un niño. Rápidamente
saltaron por ella tres figuras pequeñas
con trajes encarnados; una se subió por
las rejas de la casa hasta llegar al tejado, otra
penetró en la sala y se puso a comer un resto
de pan; en cuanto a la tercera fue a ocultarse
entre los barriles, temiendo sin duda un castigo.
Miguel miró por el cristal roto el interior
del coche y pudo convencerse de que no
había nadie más en él.
Al volverse encontró a su lado al temido
negro, que se había levantado hacía un instante.
-¡Al ladrón! -gritó cogiendo al chico por el
cuello.
Al oír sus voces, se despertaron el anciano
y otros hombres que dormían en la sala y
Miguel no vio en su derredor más que brazos
levantados en ademán hostil y rostros amenazadores.
Contó lo ocurrido, pero casi nadie le atendió;
sólo el viejo pareció darle algún crédito.
-Nosotros -dijo a Miguel-, llevamos estos
monos de pueblo en pueblo para que luzcan
sus habilidades, que son muchas, sobre todo
las de la mona que está en el tejado, y con lo
que sacamos vivimos. Como aman la libertad,
los tenemos encerrados en ese coche, mandado
construir expresamente para nosotros y
para ellos. Ahora, en castigo de tu falta, te
encargarás de encerrar a los monos, tarea
que no es fácil, y pagarás el cristal roto para
que podamos seguir nuestro viaje.
Miguel indicó que no tenía dinero, pero uno
de los presentes, vidriero de oficio, se comprometió
a poner el cristal, quedándose en
cambio con la chaqueta del muchacho que
estaba casi nueva. La idea de que cogiera a
los monos fue de más difícil realización; el
pobre niño anduvo en balde detrás de ellos
durante algunas horas sin conseguir alcanzarlos;
al fin, como los monos tenían hambre,
acudieron para que les dieran de almorzar a
la voz de su amo, y este después logró encerrarlos
de nuevo en el coche.
Miguel, convencido ya de que Carolina no
había sido robada por el anciano y por el negro,
emprendió triste y cabizbajo la vuelta al
lugar. ¿Cómo se presentaría en su casa sin
chaqueta, y qué razón daría que explicase la
desaparición de su hermana?
Iba entregado a estos pensamientos,
cuando antes de llegar al pueblo vio un grupo
numeroso que se dirigía en su busca. Al frente
se hallaban sus padres y Carolina. Esta, al
conocer al niño de lejos, echó a correr, abrazó
a Miguel llorando, y le dijo:
-¡Gracias a Dios que te encontramos! Perdóname
porque he sido muy mala para ti. Me
escondí en la casa de Pedro y Marcelino y les
encargué que te hiciesen creer, cuando fueses
a preguntar por mí, que me había ido en lo
que llamaban en el pueblo el coche misterioso.
Cuando supe que te habías marchado detrás
del carruaje, te llamé, pero estabas ya
lejos y no me oíste. Te esperé el resto de la
tarde y toda la noche; me dijeron nuestros
padres que yo tendría la culpa si te había pasado
algo, y no dejé de llorar ayer y hoy. Ya
verás como soy buena, te prometo que no me
escaparé más de casa.
Miguel besó a su hermanita y se arrojó
luego en los brazos de sus padres, a quienes
refirió en breves palabras lo ocurrido.
Carolina no faltó a lo que ofreciera, jamás
salió a la calle sin permiso de Miguel; si alguna
vez estaba a punto de olvidarlo, su hermano
le recordaba su extraña aventura, y la niña
se sentaba de nuevo a coser o a jugar con su
muñeca de cartón.
Al año siguiente volvió al pueblo el negro
guiando el coche misterioso, y los dos hombres
y los tres mohos dieron una función en la
plaza de la que aún guardan recuerdo los chicos
del lugar, particularmente Miguel y Carolina.
La niña miró con predilección a la mona
con la que llegó a confundirla su hermano
cuando iba en el interior del carruaje.

La Princesa Helena

Aquel príncipe tan amado de sus súbditos,
casado con la princesa Rosalía, que presenté
a mis lectores en el cuento titulado Pedro y
Perico, tenía un hermano menor llamado Enrique
que, al morir sus padres, había heredado
también numerosos Estados y grandes
bienes de fortuna.
Así como los primeros no habían tenido de
su feliz unión más que un hijo, Enrique y su
esposa la princesa Amalia no temían más que
una niña, a la que habían dado el nombre de
Elena.
La heredera del principado, porque en él
podían las hembras ser sucesoras, era una
criatura bellísima, de cabellos rubios y ojos
azules, frente despejada y tez blanca teñida
de un ligero sonrosado.
Rodeada de cuidados solícitos, la princesita
podía vivir tranquila, si no contenta, en el
soberbio palacio donde habitaba. Y si digo que
no vivía contenta es porque la princesa amaba
todo aquello de que se la privaba, correr
por el campo, tener por amigas a niñas de su
edad, ser expansiva sin que se tomasen sus
demostraciones por familiaridades poco en
armonía con su alto rango, no estar constantemente
vigilada, en fin olvidar aquella etiqueta
con que la mortificaban desde por la
mañana hasta por la noche.
Tenía varios profesores y un aya encargada
de no separarse de ella ni un segundo.
Cuando Elena paseaba en su carruaje, miraba
con envidia a las niñas que jugaban sin
que nadie se lo impidiera, y con placer hubiera
cambiado su suerte por la de cualquiera de
aquellas criaturas.
Una tarde del mes de Mayo iba la princesa,
como de costumbre, en coche con su aya y
otro individuo de su alta servidumbre por los
alrededores de la ciudad. Hacía un tiempo
magnífico, los árboles, completamente cubiertos
de ramaje, formaban una bóveda sombría,
la tierra estaba cubierta de césped y de flores;
los pájaros cantaban alegremente; el
cielo, que apenas se divisaba entre las verdes
hojas, tenía un hermoso azul, estaba completamente
despejado, y a lo lejos se veía un
ancho río con algunas lanchas de pescadores.
-¡Qué feliz sería yo si me bajase para pasear!
-exclamó la princesa.
El aya miró al caballero, y este, que quería
mucho a la niña, dijo:
-Verdaderamente por una vez bien podría
darse ese gusto a su alteza.
Apenas hubo pronunciado estas palabras,
Elena dio orden de que parase el coche; se
bajó seguida de los dos individuos de su servidumbre
y, diciendo al cochero que la esperase
allí, echó a andar yendo detrás de todos
el lacayo. Este era un muchacho de pocos
amos y viendo a otros chicos de su edad que
estaban jugando a la pelota, como él no tenía
tampoco aquellos ratos de expansión, dejó
que se alejaran un poco la princesa y sus
acompañantes y propuso a los niños ser de la
partida, a lo que ellos accedieron gozosos.
Elena corría sin separarse mucho del aya y
de su servidor. Al fin, al llegar a una plazoleta,
de la que la niña prometió no salir, el caballero
dijo a la dama:
-Mientras la niña juguetea, bien podemos
nosotros conversar un rato, haciendo grato
paréntesis a la enojosa etiqueta de palacio.
Guillermina, que era un tanto curiosa, se
embelesó con los sucedidos que su compañero,
con gracia y donaire, le fue explicando, y
así entretenida pasó algún tiempo, hasta que
recordando sus deberes, buscó con la vista a
la princesa. Elena había desaparecido. El aya
y Federico la llamaron, corrieron en distintas
direcciones, interrogaron al lacayo, que se
había cansado de jugar y había vuelto al lado
del carruaje; todo en vano, nadie había visto
a la princesita, ni ella acudía a sus voces.
Ya muy tarde regresaron a palacio; con
verdadera pena y con temor profundo refirieron
los dos servidores a los príncipes lo ocurrido
y los amantes padres, desesperados,
locos, hicieron que se buscase a la niña por
todo el principado, a pesar de que suponían
que no podía estar lejos, e hicieron encerrar
en estrecha prisión a Guillermina, a Federico,
al cochero y al lacayo.
Poco se tardó en saber por casi toda la nación
el extraordinario suceso; los unos suponían
que el aya y el servidor habían dado
muerte a la princesa, otros que la habían escondido
en alguna cueva con el objeto de que
a la muerte de los príncipes la sucesión fuese
para algún protegido de ellos y la niña no pudiera
presentarse a pedir la herencia, estando
muy bien vigilada; algunos, los menos, los
creían inocentes e imaginaban que Elena
había sido robada por otra persona.
Ello fue que el tiempo pasó y nadie dio noticias
de la princesita. Guillermina y los tres
servidores seguían presos e incomunicados y
los príncipes apenas salían de su palacio sufriendo
amargos pesares para los que no
hallaban consuelo.
¿Qué había sido en realidad de la niña?
Viendo que su aya y su acompañante no se
ocupaban de ella, Elena echó a correr tras
una mariposa blanca y no se detuvo hasta
que llegó junto al río. Allí había una barca mal
amarrada con una cuerda.
-¡Qué hermoso debe ser embarcarse! –
exclamó la princesa.
Y se metió en la lancha. Soltó la cuerda y
la frágil embarcación se fue alejando poco a
poco. Quiso entonces retroceder, pero no era
tiempo y, como los otros botes no estaban
hacia allí, nadie pudo auxiliarla.
Una hora después pasó en otra barca un
pescador que, adivinando sin duda algo de lo
ocurrido, recogió a Elena dejando la lancha en
que iba ella abandonada. Pero aquel hombre
era extranjero y en balde interrogó a la princesa
en su idioma, porque la niña no le comprendió.
Elena estaba seriamente alarmada, lo que
no le había ocurrido hasta entonces, y suplicaba
al pescador que la llevase a su palacio.
Era aquel extranjero un hombre honrado y
caritativo que se había visto obligado a dejar
su país porque, habiendo un hermano suyo
cometido un crimen, todos le miraban con
horror en su tierra, aunque él era inocente, y
había huido al principado aquel con su mujer
y dos hijos de corta edad, en busca de mejor
fortuna.
Vivían en una pequeña población que contaba
escasos habitantes, y se mantenían con
los productos de la pesca que el iba a vender
a la ciudad a un antiguo amigo suyo.
La mujer y los niños del extranjero acogieron
a la princesa con cariño, la hicieron comer
manjares que ella jamás había probado y luego
la acostaron con la otra niña en una pobre
cama donde la princesita no tardó en quedarse
profundamente dormida.
Al siguiente día tuvo que hacer la misma
vida que los extranjeros, ayudar a la niña a
limpiar la casa, comer modestamente y jugar
algo con las dos criaturas a las que entendía
un poco, porque ya habían empezado a
aprender la lengua del país, lo que no ocurría
a sus padres. Contó su historia Elena, pero
pareció a los chicos tan inverosímil que no la
creyeron ni le dieron importancia ninguna. A
aquel lugar no habían llegado las pesquisas
que se hicieron para buscar a la princesa,
pues nadie imaginaba que se hubiera refugiado
allí.
La niña aprendió a coser y otras muchas
cosas útiles que no sabía, y el pescador y su
mujer, viéndola de carácter tan dulce y bondadoso,
le tomaron cariño y se hicieron cuenta
de que tenían una hija más.
Sus lujosas ropas se echaron a perder
cuando llevó algún tiempo de estar en aquella
población, y la princesita fue vestida pobremente
como los otros dos niños. Las joyas
que llevaba, que consistían en dos pulseras,
un medallón con cadena de oro y algunas sortijas,
fueron vendidas a las mujeres más ricas
de la comarca para emplear su producto en
efectos más útiles para Elena; así ella no conservó
nada de lo que llevaba puesto cuando
salió de su palacio. Como era naturalmente
elegante y no ocultaba su historia a los muchachos
que con ella jugaban en el pueblo,
estos le hacían burla y le daban el nombre
que por derecho propio le correspondía, por
más que allí nadie creía que la historia fuese
real; la llamaban la princesa Elena.
Sus mismos protectores, que ya comprendían
perfectamente su idioma, sí la creían hija
de algún gran señor, pero no la heredera del
principado.
Así se pasaron algunos años sin que ningún
acontecimiento fuera a alterar en lo más mínimo
la vida de aquellas buenas gentes. Pero
he aquí que un día llegó a una posada un caballero
y contó al dueño de ella lo ocurrido a
los príncipes, añadiendo que no se explicaba
como la princesita no había parecido ni viva ni
muerta. El posadero se calló, pero apenas el
señor se alejó del lugar, llamó a su mujer y le
dijo:
-¿Sabes que la historia contada por Elena
ha resultado cierta? Ella es la heredera del
trono; pero mira que buena, ocasión se nos
presenta para hacer de nuestra hija Clara una
princesa; tiene la misma edad que la otra
niña, sabe esa historia, es inteligente y, con
poco que le expliquemos, hará creer que es la
princesa que se perdió hace años. Como
pruebas, presentamos las dos pulseras que le
compré cuando el pescador extranjero tuvo
que venderlas, y así nadie dudará que nuestra
Clara es la princesa Elena.
La mujer aprobó el plan y se lo dijeron a la
niña, que era por su carácter muy a propósito
para hacer la sustitución. Clara era vanidosa y
no pudo menos de divulgar el secreto del posadero
para que se supiera que ella iba a ser
princesa. Enseguida todos los padres que tenían
hijas de aquella edad próximamente y
que también habían comprado las joyas de la
princesita, pensaron hacer lo propio, reuniéndose
en un momento tres falsas princesas que
salieron el mismo día para la capital del principado.
El pescador extranjero, que comprendió
que la verdadera princesa era la que él tenía
en su casa, se embarcó en su lancha con Elena
y partió en busca de los príncipes Enrique
y Amalia, los inconsolables padres de la niña.
Pronto se divulgó por la capital la noticia de
que la princesa había sido hallada en una modesta
población. Algunos señores quisieron
ser los que llevasen a palacio a la niña, y el
uno se encargó de presentar a Clara y los
otros a las llamadas Mariana y Clotilde que
eran las que poseían, como pruebas de su
identidad, las joyas que habían pertenecido a
la princesa.
Enrique y Amalia, al saber que había tres
criaturas que decían ser Elena, se hallaban
muy preocupados y citaron en su palacio a las
presuntas herederas del trono.
El pescador y su protegida se presentaron
también, aunque no había en la nación nadie
que se interesase por ellos.
Los príncipes con algunos de sus vasallos
se hallaban en un gran salón cuando fueron
las cuatro niñas llevadas a su presencia.
Clara, Mariana y Clotilde iban bien vestidas
y lucían las joyas de la princesa, que un hábil
platero había agrandado para ellas, excepto el
medallón y la cadena, que pertenecían a la
segunda, y que habían quedado tales como
eran. Elena, con su modesto traje y su aire
tímido fue la que excitó menos la atención.
Una después de otra refirieron la historia con
idénticos detalles, casi con más las que llevaban
el papel estudiado que la que sabía lo
ocurrido realmente.
Los cortesanos no se atrevían a decir nada;
los unos encontraban que Clara tenía el porte
distinguido de Amalia, los otros que Clotilde
era muy semejante en la mirada a Enrique, y
los más que Mariana, que era rubia y con los
ojos azules, se parecía a la niña que se perdió.
El príncipe se retiró a otra instancia con
sus súbditos más notables para deliberar.
Nadie podía resolver el conflicto.
De repente el bufón, que era un hombrecillo
de la estatura de un niño de dos años, con
una cabeza descomunal y una joroba enorme,
se detuvo ante Enrique y le dijo tratándole
con la familiaridad que le era propia:
-Había una vez un gran señor que tenía
frecuentes accesos de melancolía. Le regalaron
un mono y este distrajo a su amo de tal
manera, que ya no necesitó más para ser feliz.
Pero he aquí que un día se perdió el mono
y el señor volvió a tener sus ratos de tristeza.
Se ofreció una fuerte suma al que lo llevase a
palacio y antes de los tres días le presentaron
una docena de monos tan iguales al suyo que
nadie podía distinguirlos. El señor mandó
abrir las puertas de su mansión y dio orden
de que los dejasen sueltos. La mayor parte de
ellos entró; uno se dirigió a la sala, otros al
despacho, cual a la galería de cuadros o a la
biblioteca. Uno pasó a la cocina y se fue derecho
al sitio donde le daban de comer. -«Este
es mi mono», dijo el señor. Pagó al que se lo
había llevado y despidió a los otros. Príncipe
Enrique, aplícate el cuento. Aunque hace siete
años que se perdió la princesa, algún recuerdo
debe guardar de su palacio. Suelta a las
cuatro chicuelas y comprenderás cuál es tu
hija.
No era malo el consejo y además nadie
había dado otro mejor.
Clara fue la primera que recibió la orden de
buscar su cuarto y, como era natural, se detuvo
en la alcoba que encontró más próxima.
Sin decirle si había acertado o no, se la hizo
volver a la sala.
Mariana fue más lejos, parándose en otra
alcoba precedida de un tocador lujoso; Clotilde
hizo poco más o menos lo mismo.
Elena, que era la última, pasó por aquellos
dormitorios sin fijar la atención en ellos y no
se detuvo hasta llegar a un oratorio.
-Aquí me parece que estaba -murmuró-,
pero mi cama la han quitado.
Entró en otra pieza en la que había, entre
otros muebles, un armario, lo abrió y sacó de
él una muñeca vestida de blanco.
-Esta es la que me regaló Guillermina, mi
aya -prosiguió.
Pero todo lo que hablaba no lo decía para
que lo oyesen, parecía en aquel momento
creerse sola y transportada a otros tiempos.
Sacó entre varios objetos los retratos de
sus padres como eran algunos años antes,
porque la pena los había cambiado tanto que
ya no parecían los mismos, y los besó con
profundo respeto.
-Otra prueba aún -dijo el príncipe Enrique-;
que vayan las niñas al jardín.
Fueron en efecto, pero apenas habían entrado
en él, un perro se dirigió hacia ellas,
ladró alegremente y luego, moviendo la cola,
lamió las manos de Elena y le prodigó otras
caricias.
-¡Pobre León! -exclamó ella-, ¿te acuerdas
todavía de mí?
Y le besó con cariño.
Ya no quedaba la menor duda, la única niña
que no poseía la menor prueba de ser la
hija de Enrique, era la princesa Elena.
Los padres no cesaban de abrazarla y los
súbditos vitoreaban a los tres.
Las niñas se volvieron a su pueblo, no castigándose
a los padres por haberlo rogado así
la princesa; Guillermina, Federico y los otros
servidores fueron puestos en libertad; al bufón,
que era de carácter triste, se le permitió
que no hiciese reír más a nadie en palacio,
pero que continuase en él, y el pescador y su
familia obtuvieron grandes riquezas, porque la
princesita los quiso siempre con ternura recordando
lo que por ella habían hecho.
Los príncipes y su hija fueron completamente
dichosos y algunos años después la
princesa Elena se casó con su primo Pedro
reuniéndose en un principado los vastos dominios
de los dos.

La Hija del Gigante

En la ciudad donde vivía, que era una de
las mejores de España, le llamaban León el
Grande. Tenía una estatura verdaderamente
extraordinaria, como no se ve ya en estos
tiempos, ni aún en los países donde son los
hombres más altos. Su rostro era franco y
simpático, su carácter dulce y bueno, su alma
candorosa como la de un niño. Dotado de una
fuerza excepcional, sólo la empleaba para
defender al débil; así es que era temido por
los unos e inspiraba vivas simpatías o profundo
cariño a los otros. Era rico, había perdido a
toda su familia y su única aspiración era formarse
una, porque era entusiasta de los encantos
del hogar. Pero la cuestión de hallar
novia era para él difícil, porque siendo excesivamente
tímido, no se atrevía a hacer el amor
a ninguna muchacha.
Una vez, pasando por una plaza, vio asomada
a una ventana una joven cuya belleza le
cautivó; a la mañana siguiente, que era un
domingo, la esperó a la puerta de su casa
para ir a la misma misa que ella. La doncella
no salió hasta las diez; pero al verla a su lado
León sufrió una decepción terrible, porque era
de tan corta estatura que no podía menos de
hacer una figura ridícula a su lado; desistió de
la conquista porque algunos de sus amigos se
rieron al verle junto a la joven, que no podía
mirarle sin molestia.
Cuando iba a un baile, no tomaba parte en
la fiesta porque ninguna mujer alcanzaba a su
brazo para bailar con él. Su estatura colosal le
causaba más disgustos que beneficios.
Al fin un amigo que había sido de su padre
le habló de una señorita a quien él conocía,
en estos términos:
-Desde hace un año soy tutor de una muchacha
que reúne las mejores condiciones
para ser tu esposa. Es bella, honrada, rica y
tiene una estatura que, aunque no llega ni
con mucho a la tuya, no resultaría mal al lado
de un gigante como tú. Los demás hombres
parecen muñecos cuando pasan junto a ella.
Ven mañana a comer a mi casa, te presentaré
a Fernanda, que así se nombra, y si no te
parece fea y ella te encuentra bien, yo me
encargo de arreglar la boda, con lo que habré
labrado vuestra felicidad y la mía, pues no sé
qué hacer de esta pupila que no cabe en ninguna
parte. Será preciso construir una casa
muy alta de techo para vosotros, porque no
es cosa que la lleves a la que hoy habitas,
que debe contar muchos siglos. Es verdad,
que en las modernas no podrías estar en pie y
harto haces cuando visitas a alguien con sentarte
en sillas y comer en mesas que para ti
son bajas. Conque no faltes a las siete en
punto.
Claro está que León no faltó. Miró por primera
vez sin la menor molestia a una mujer y
esta no le desagradó ni él a ella tampoco.
Desde entonces visitó a menudo a su anciano
amigo, y antes de que pasase un mes el gigante
ya había declarado su amor a la joven y
ella le había correspondido.
Se verificó la boda al cabo de algún tiempo
y fueron a habitar una hermosa casa de dos
pisos construida expresamente para ellos,
pero que en su exterior tenía la altura de las
de cuatro.
León y Fernanda vivieron allí completamente
felices, salían poco y recibían contadas
visitas; era para los dos tan incómodo hacerlas
como que se las hiciesen, porque las sillas
tan altas no permitían a ninguno de los amigos
apoyar los pies en el suelo y, aunque para
subsanar esa falta habían mandado llevar
unas banquetas, los asientos no resultaban
nunca cómodos.
Al año de matrimonio, Fernanda tuvo una
niña que, aunque muy hermosa no parecía
llegase a ser de la extraordinaria altura de sus
padres. Pero al poco tiempo empezó a crecer
de tal modo que pronto no le sirvió la cuna, ni
hubo niñera que pudiese tenerla en sus brazos.
Mientras estaba en la casa de los padres la
cogían ya el uno, ya el otro, y para salir idearon
comprarle un coche tirado por un borriquillo,
llevando a la niña bien sujeta al asiento
para que no se cayese.
Si aquella familia hubiera sido pobre,
habría podido ganar una fortuna mostrándose
al público por dinero en algún local.
La hija del gigante, como todo el mundo la
llamaba, nombrábase Camila y era una criatura
bellísima, de carácter dulce y tan miedosa
que hasta de una mosca se asustaba. Nunca
logró jurar con niñas de su edad, porque su
estatura la hacía parecer de muchos más
años; así es que no pudiendo amoldar sus
gustos a los de sus compañeras, resultaba
que no se divertía. León veía con pesar que
su hija iba a ser tan alta como él; a los diez
años era casi igual a su madre y ya no le
permitían tomar parte en los juegos fuera de
su casa porque todo el mundo se reía de ella.
Por esa época tuvo una gran pena León; su
esposa, la tierna compañera de su hogar, murió
después de una enfermedad muy breve. El
esposo y la hija no hallaban consuelo para
aquel dolor.
Viendo que pasados algunos meses, la
aflicción del viudo y de la niña no se mitigaba,
los médicos aconsejaron a León que hiciese
un viaje, y él resolvió poner en práctica aquel
proyecto. Pero para realizarlo era preciso
hacer con el buque, pues el viaje iba a ser por
mar, lo mismo que se había hecho con la casa;
construirlo expresamente para León y
para Camila. Esto los detuvo algún tiempo,
pero al fin lograron su deseo embarcándose
en el buque de su propiedad una hermosa
mañana.
La niña iba muy asustada y sufrió además
las molestias del mareo; así es que apenas
salía de su camarote. Su padre la acompañaba
casi siempre, pues verse al lado de ella era
ya la sola ventura que a León le quedaba.
Viajaron por todas las partes del mundo, deteniéndose
en muchos de sus países más notables
para ofrecer a Camila algún descanso.
Al fin ella se acostumbró a ir a bordo, el mareo
cesó, el temor al mar fue disminuyendo y
León vio tranquila y más contenta a su niña.
Una noche, poco después de haberse acostado
el gigante, le fue a buscar uno de los
marinos que le acompañaban en el buque y le
dijo en voz baja para que Camila, que dormía
en la cámara contigua, no le oyese:
-La noche está obscura, el mar agitado, todo
anuncia la proximidad de una tormenta.
-¿Corremos peligro? -preguntó León.
-Sí, y por eso he venido a avisarle. Con un
tiempo como el de hoy y un buque como este
de poca resistencia, no sé lo que podrá ocurrir.
-¿No sería posible ir a tierra?
-Estamos lejos de la costa.
-¿Entonces, qué hacer?
-Prepararse a arrostrar el riesgo que vamos
a correr en breve.
Apenas se alejó al marino, León hizo que
su hija se levantase y, aunque no le dijo lo
que les amenazaba, la previno que anunciaban
una tormenta. Camila no quiso separarse
de su padre y temblando esperó a que se realizasen
los tristes pronósticos.
La tempestad que estalló a poco fue horrible.
La niña lloraba abrazada a su padre, que
en vano trataba de calmar su agitación.
Cuando oyó que el buque hacía agua y que no
había salvación posible, Camila perdió el conocimiento.
Algunas horas permaneció sin darse cuenta
de lo que en su derredor pasaba. Al volver en
sí, se halló en un hermoso campo a la orilla
del mar. Era de noche y en el cielo brillaban la
luna y millares de estrellas sin que ni la más
ligera nube indicase la pasada tormenta. Árboles
gigantescos de grueso tronco y grandes
hojas de diversos matices, desde el verde
más claro al más oscuro; flores desconocidas
en su mayor parte, de vivos colores y embriagador
aroma; pájaros preciosos que iban a
refugiarse en sus nidos; una aldea formada
de chozas; algunos animales, al parecer domésticos,
pero que Camila no recordaba,
haber visto nunca; un calor sofocante y una
soledad absoluta en lo que a los mortales se
refiere; he aquí lo que halló la hija del gigante
cuando volvió de su desmayo. Ni su padre, ni
los marinos, ni el buque habían dejado el menor
rastro.
Camila advirtió que su ropa estaba mojada
y que tenía una ligera herida en una mano.
Para que León hubiese abandonado a su niña
era preciso que hubiera muerto; así la pobre
criatura que se creyó ya sola en el mundo, no
pudo contener el llanto y ocultó el rostro entre
sus manos vertiendo copiosas lágrimas. A
su pena se unía el temor de estar en un sitio
desconocido, de noche y abandonada.
Una música de instrumentos metálicos, así
como platillos o hierros, vino a distraerla y no
tardó en ver por un sendero, distinto de aquel
en que ella estaba, una comitiva de negros y
negras llevando en unas angarillas el cuerpo
inerte de una mujer. Algunos de los hombres
tocaban aquella música que ella había oído,
pero todo quedó en silencio cuando llegaron a
una plazoleta donde se pararon.
En, el centro había una gran piedra que
apartaron, dejando un hoyo profundo descubierto.
Después de ejecutar una danza acompasada,
cogieron el cuerpo de la mujer y lo
depositaron en el hoyo. Los negros lanzaron
grandes gritos y luego echaron sobre el cadáver
flores, ramas, joyas de más brillo que
valor y hasta armas. Tocaron de nuevo sus
instrumentos de metal y cubrieron con la piedra
aquella sepultura. Sobre ella depositaron
pieles y otros objetos y volvieron a emprender
su marcha lentamente.
Camila vio con terror que aquella turba
tomaba el camino donde ella se hallaba y el
mismo miedo le impidió ocultarse para que no
la descubrieran. Pronto estuvo rodeada por
los negros y las negras que lanzaban gritos de
algazara. La hicieron levantarse para que los
siguiera, pues la niña estaba sentada, y el
asombro de los salvajes no tuvo límites cuando
observaron que Camila era mucho más
alta que ellos.
-¡Una mujer blanca! -dijo uno en su idioma,
que la hija del gigante no comprendía.
-¡Una doncella hermosa! -prosiguió otro.
-¡Qué buen manjar!
-¡Qué gran hallazgo!
Un negro, el que parecía el jefe, que era
joven y hermoso, pues no tenía las facciones
abultadas de los de su raza, les habló así:
-Nuestra reina ha muerto; le hemos pedido
que nos indique cual debe ser su sucesora, y
nos ha enviado a esta niña blanca para reemplazarla.
Llevémosla en triunfo al palacio y
que las mujeres de esta tierra le ofrezcan bellas
telas y ricas joyas.
-¡Viva la reina! -gritaron los negros.
Con ramas formaron prontamente una silla
de manos, donde colocaron a la fuerza a la
asustada Camila. La niña creyó llegado su
último momento y empezó a llorar llamando a
su padre. Entonces el hermoso negro procuró
tranquilizarla hablándole con dulzura y
haciéndole comprender que no debía temer
nada. La llevaron a una ciudad de más importancia,
donde fue recibida por el ejército de
aquel país, que se componía de mujeres negras,
generalmente bellas, dotadas de singular
valor y energía, como nos han descrito a
las amazonas de África. Camila, la criatura
más medrosa que se ha visto, no tuvo más
remedio que ponerse al frente de ellos y
hacer arriesgadas excursiones a los pueblos
vecinos.
Poco a poco, y gracias al hermoso jefe, pudo
aprender el idioma de aquellos salvajes
que la adoraban y civilizarlos un tanto. Lo que
no logró evitar, fue que la casaran con el joven
negro; pero él se mostró tan apasionado
y tan sumiso con ella, que acabó por acostumbrarse
al color de su esposo y le quiso
realmente.
Algunos años más tarde, unos exploradores
que llegaron a aquella parte desconocida
de África, fueron hechos prisioneros y presentados
a la reina. Entre ellos iba León, que
había recorrido una infinidad de tierras en
busca de su hija, a la que perdió cuando el
naufragio de su buque, en el que habían perecido
todos menos los dos.
Camila, a la que llamaban la reina Mila, reconoció
a su padre, y a aquel encuentro siguió
una conmovedora escena. León no podía
creer en su felicidad. Después de las primeras
expansiones, la joven le presentó a su esposo
y a sus hijas que, a la edad de dos y cuatro
años, ya prometían ser de la misma raza de
gigantes que su abuelo y su madre.
El pobre León suspiró melancólicamente al
ver a aquella familia de ébano, pues las niñas
eran negras como su padre; pero conociendo
que la reina Mila era feliz, se dijo:
-Más vale, después de todo, que se haya
casado aquí; su marido es bueno y quién sabe
el hombre que le hubiera tocado en suerte.
No siempre son negros los salvajes, ni viven
en el interior de África.
León no se separó ya de la joven, y la ayudó
con su experiencia y sus consejos a gobernar
aquel país, donde tanto los reyes como
los súbditos gozaron un grato bienestar.
Allí no volvió a entrar ningún europeo; sólo
la casualidad hizo que la joven fuera arrojada
a aquellas orillas, y el amor paternal que León
lograse encontrarla al cabo de algunos años.
En España todo el mundo creyó que la hija
del gigante y este habían perecido en el naufragio.

La Rosa Blanca

Una hermosa mañana de Junio salió la niña
Margarita a pasear con su aya. Era hija única
y sus padres le otorgaban hasta los caprichos
más raros y más costosos. De esto resultaba
que era muy voluntariosa y no podía soportar
la menor contradicción.
Habían estado primero en una frondosa
alameda y luego penetraron en una calle a
cuyos dos lados se veían preciosos jardines.
La institutriz, que conocía de nombre o de
trato a los propietarios de la mayor parte de
ellos, iba diciendo a la niña quiénes eran, y
esta la escuchaba con indiferencia exclamando
a cada momento cuando se paraba delante
de una verja:
-¡Hermosos claveles! pero los de mi jardín
son más dobles.
-Mira qué dalias, pero las mías tienen colores
más variados.
-Repara qué jazmines y qué heliotropos,
pero me agradan más los que cultiva mi jardinero.
Al llegar a la última de aquellas posesiones,
Margarita se detuvo y el aya le dijo:
-Esta ignoro de quién es, aunque se ha
vendido hace ya algunos años.
Por la puerta de hierro se veía una espaciosa
plazoleta con una bella fuente en el centro,
las estatuas a los lados de las cuatro estaciones,
árboles seculares por cuyos troncos
trepaba verde hiedra y una infinidad de flores
de puros matices, admirablemente combinados,
entre las que descollaba un hermoso rosal
cuajado de capullos y con una sola rosa
completamente abierta.
Aquella rosa blanca, de un tamaño extraordinario,
era de una belleza tal que jamás
recordaba Margarita haber visto nada semejante.
-Dámela -dijo la niña al aya señalando con
su mano la flor.
-¿Pero cómo puedo cogerla? -preguntó la
institutriz alarmada por aquel extraño capricho.
-Llama y pídela al que abra.
Bien comprendía la pobre mujer que aquello
era imposible, pero sabía que contrariar a
Margarita era perder la plaza que desempeñaba
y tiró de la campanilla.
Un jardinero apareció detrás de los hierros,
pero no abrió la puerta.
-¿Qué quieren Vds.? -preguntó.
-¿Podríamos comprar esa rosa? -dijo el aya
con tímido acento.
-Aquí no se venden flores -contestó el jardinero
bruscamente.
-Esa nada más, la niña tiene capricho y…
-A mi amo no le importa eso -interrumpió
aquel hombre-; precisamente ese rosal es
todo su encanto, no sé cuantos años ha tardado
en lograr una flor semejante y no la daría
por todo el oro de la tierra. Es un hombre
ya de edad, sabio, extraño; ha dedicado su
vida al cultivo de plantas raras y no hay para
el más goce ni más ilusión en el mundo.
-¿Tiene familia?
-Es viudo y su única hija se le murió; está
enterrada debajo de ese rosal y a eso atribuye
el amo la belleza de sus flores. Era una
niña rubia, blanca y pálida como esa rosa; el
señor no permite que nadie se aproxime ahí
ni para quitar una hoja seca, sólo lo puede
tocar él. Si estuvieseis dentro del jardín, veríais
que al otro lado del rosal hay una lápida
en la que se lee el nombre de la niña: Rosa.
Mucho le ha costado a mi amo que le dejasen
enterrar a su hija en esta posesión que compró
hace pocos años, pero como cuenta con
buenas influencias, lo logró al fin. Siento mucho
no complacer a Vds., cualquier flor puedo
darles menos las del rosal.
-Yo quiero la rosa blanca -gritó Margarita-,
no me marcho sin ella.
-Pero si es imposible -dijo el aya.
-No hay nada imposible cuando lo pido yo.
El jardinero cansado de oírla, se despidió y
se alejó de nuevo.
La institutriz no podía apartar a Margarita
de allí. En balde le hacía toda clase de ofrecimientos
para que esperase tener aquella flor
otro día unas veces, otras trataba de atemorizarla
recordando que había brotado sobre la
tierra que guardaba el cuerpo de una niña;
una atracción extraña obligaba a la discípula a
no moverse de aquel sitio desde donde divisaba
la rosa blanca, objeto de sus deseos.
-No hay otra en el país igual -decía Margarita.
-Haremos que las siembren semejantes en
el jardín de casa.
-Para eso hay que esperar muchos años y
yo la necesito ahora.
Cogió el cordón de la campanilla y lo agitó
repetidas veces, pero el jardinero que veía
desde corta distancia lo que ocurría, no se
volvió a acercar.
Margarita lloraba, gritaba, maltrataba a su
aya y esta al fin se vio en la precisión de
hacerla andar a viva fuerza para que volviese
al lado de sus padres. ¡Pero en qué estado
llegó! Roto el vestido, sin sombrero, que
había perdido en el camino, con el semblante
encendido, los ojos brillantes y las facciones
descompuestas, y el aya con señales inequívocas
de numerosos mordiscos y arañazos.
La institutriz contó lo ocurrido en breves
palabras y los padres se alarmaron al ver el
estado de la niña. Supieron con terror que se
había detenido en el campo a beber agua de
una fuente, a pesar de las súplicas de su aya,
y no tardaron en advertir las consecuencias
de todo aquello, hijas de la mala educación
que habían dado a Margarita.
La niña cayó gravemente enferma y en el
delirio de la fiebre no hablaba más que de la
rosa blanca. Los mejores médicos habían sido
llamados para asistir a Margarita y en vano
agotaban para ella los recursos de su ciencia.
La inconsolable madre, que no se había
apartado ni un momento de su hija, salió de
su casa una tarde con gran extrañeza de todos.
No dijo a nadie donde iba ni se hizo
acompañar por ninguno de sus criados. Se
dirigió rápidamente a casa de aquel señor que
se dedicaba al cultivo de plantas raras.
Algo le costó ser recibida porque el sabio
huía todo trato social, pero al oír que una mujer
bañado el rostro en llanto, quería hablarle,
hizo una excepción en su favor y la madre de
Margarita logró ser introducida en el despacho
donde estaba el dueño de la casa arreglando
por orden, en una caja con divisiones, varias
semillas.
-Señor -dijo ella-,V. puede salvar a mi niña,
es la única que tengo, todo mi amor, mi
sólo consuelo. El origen de la enfermedad que
va a arrebatármela es haber deseado ardientemente
una rosa blanca que crece en el jardín
de V.; se la negaron y volvió a mi casa en
el más lamentable estado. Yo abrigo la esperanza
de que si le llevo esa flor se mejorará.
-Señora -contestó él-, no debemos satisfacer
todos los caprichos de los niños.
-Aseguro a V. que cuando se ponga buena,
la educaré de otro modo, enseñándole a soportar
las contrariedades de la vida. Pero hoy
está enferma, no me niegue lo que le suplico;
V. también ha sido padre y no oirá mis ruegos
con indiferencia.
-Ese rosal -murmuró el caballero-, ha brotado
junto al sepulcro de mi hija y para mí es
una profanación tocar esas flores. Cuando
bajo por las noches al jardín, esa rosa me
parece que es ella, que su perfume es el de
su inocencia; su blancura la de su rostro y su
belleza la de su alma. Pero no seré yo, padre
desconsolado, el que contribuya al pesar de
una madre; tome V. esa flor que es mi encanto,
por que los otros capullos no han abierto
todavía, y ella pueda evitar que otros viertan
las lágrimas que yo he derramado desde hace
algunos años.
Llamó y, al presentarse un criado, dio orden
de que el jardinero cortase la rosa blanca.
La madre de Margarita le echó mil bendiciones
comprendiendo el sacrificio que aquel
hombre hacía, cuando al llevarle la rosa vio
que la besaba con respeto.
Al llegar la dama a su casa la niña continuaba
lo mismo. La madre se acercó al lecho
y colocó ante los ojos de Margarita aquella
hermosa flor. La enferma la miró, sacó una de
sus manos de debajo de los ropas y cogiendo
la rosa aspiró su aroma primero y sonrió dulcemente
después. Enseguida se quedó dormida,
sin haber soltado la flor.
Poco a poco se fue mejorando la niña. Su
madre había colocado en un precioso vaso de
cristal la rosa blanca y varias veces al día la
llevaba a la alcoba para que Margarita la viese.
Los padres recobraban su contento y la
casa iba tomando otra vez su aspecto ordinario.
El aya estaba asombrada al ver que su
discípula no había tenido ningún otro capricho.
El carácter de Margarita había cambiado
mucho durante la enfermedad; ¿sería acaso
influencia de la rosa blanca?
Cuando se mejoró y pudo salir, su primer
deseo fue visitar al sabio que había dado la
flor a su madre.
Esta se prestó a acompañarla y las dos
fueron recibidas por el caballero en su mismo
despacho.
-Vengo a darle las gracias por la rosa -dijo
la niña-; ya se ha secado, pero la guardaré
así siempre. Quiero parecerme a su hija de V.
y venir a verle todos los días para consolarle.
Cuando me llevaron la flor, me figuré que veía
a una niña que me mandaba todo esto y me
decía que fuese buena. Debía ser su hija de V.
Lléveme al jardín para que rece ante su sepulcro
y el rosal que nació a su lado.
Bajaron y hallaron que tenía muchas rosas
abiertas, todas tan hermosas como la primera.
El caballero estaba muy conmovido, comprendiendo
que algo extraño le ligaba a aquella
niña que tenía la edad de la suya cuando
esta murió.
Margarita cumplió lo ofrecido y fue a ver al
caballero diariamente; este la recibió al principio
con agrado y acabó por no poder vivir
sin ella.
La niña fue siempre buena y cariñosa, nadie
tuvo la menor observación que hacerle y
todo el mundo atribuía aquel cambio a la flor.
Margarita y el caballero cuidaron con esmero
el rosal, que cada año dio mayor número
de rosas blancas.