La Hija del Gigante

En la ciudad donde vivía, que era una de
las mejores de España, le llamaban León el
Grande. Tenía una estatura verdaderamente
extraordinaria, como no se ve ya en estos
tiempos, ni aún en los países donde son los
hombres más altos. Su rostro era franco y
simpático, su carácter dulce y bueno, su alma
candorosa como la de un niño. Dotado de una
fuerza excepcional, sólo la empleaba para
defender al débil; así es que era temido por
los unos e inspiraba vivas simpatías o profundo
cariño a los otros. Era rico, había perdido a
toda su familia y su única aspiración era formarse
una, porque era entusiasta de los encantos
del hogar. Pero la cuestión de hallar
novia era para él difícil, porque siendo excesivamente
tímido, no se atrevía a hacer el amor
a ninguna muchacha.
Una vez, pasando por una plaza, vio asomada
a una ventana una joven cuya belleza le
cautivó; a la mañana siguiente, que era un
domingo, la esperó a la puerta de su casa
para ir a la misma misa que ella. La doncella
no salió hasta las diez; pero al verla a su lado
León sufrió una decepción terrible, porque era
de tan corta estatura que no podía menos de
hacer una figura ridícula a su lado; desistió de
la conquista porque algunos de sus amigos se
rieron al verle junto a la joven, que no podía
mirarle sin molestia.
Cuando iba a un baile, no tomaba parte en
la fiesta porque ninguna mujer alcanzaba a su
brazo para bailar con él. Su estatura colosal le
causaba más disgustos que beneficios.
Al fin un amigo que había sido de su padre
le habló de una señorita a quien él conocía,
en estos términos:
-Desde hace un año soy tutor de una muchacha
que reúne las mejores condiciones
para ser tu esposa. Es bella, honrada, rica y
tiene una estatura que, aunque no llega ni
con mucho a la tuya, no resultaría mal al lado
de un gigante como tú. Los demás hombres
parecen muñecos cuando pasan junto a ella.
Ven mañana a comer a mi casa, te presentaré
a Fernanda, que así se nombra, y si no te
parece fea y ella te encuentra bien, yo me
encargo de arreglar la boda, con lo que habré
labrado vuestra felicidad y la mía, pues no sé
qué hacer de esta pupila que no cabe en ninguna
parte. Será preciso construir una casa
muy alta de techo para vosotros, porque no
es cosa que la lleves a la que hoy habitas,
que debe contar muchos siglos. Es verdad,
que en las modernas no podrías estar en pie y
harto haces cuando visitas a alguien con sentarte
en sillas y comer en mesas que para ti
son bajas. Conque no faltes a las siete en
punto.
Claro está que León no faltó. Miró por primera
vez sin la menor molestia a una mujer y
esta no le desagradó ni él a ella tampoco.
Desde entonces visitó a menudo a su anciano
amigo, y antes de que pasase un mes el gigante
ya había declarado su amor a la joven y
ella le había correspondido.
Se verificó la boda al cabo de algún tiempo
y fueron a habitar una hermosa casa de dos
pisos construida expresamente para ellos,
pero que en su exterior tenía la altura de las
de cuatro.
León y Fernanda vivieron allí completamente
felices, salían poco y recibían contadas
visitas; era para los dos tan incómodo hacerlas
como que se las hiciesen, porque las sillas
tan altas no permitían a ninguno de los amigos
apoyar los pies en el suelo y, aunque para
subsanar esa falta habían mandado llevar
unas banquetas, los asientos no resultaban
nunca cómodos.
Al año de matrimonio, Fernanda tuvo una
niña que, aunque muy hermosa no parecía
llegase a ser de la extraordinaria altura de sus
padres. Pero al poco tiempo empezó a crecer
de tal modo que pronto no le sirvió la cuna, ni
hubo niñera que pudiese tenerla en sus brazos.
Mientras estaba en la casa de los padres la
cogían ya el uno, ya el otro, y para salir idearon
comprarle un coche tirado por un borriquillo,
llevando a la niña bien sujeta al asiento
para que no se cayese.
Si aquella familia hubiera sido pobre,
habría podido ganar una fortuna mostrándose
al público por dinero en algún local.
La hija del gigante, como todo el mundo la
llamaba, nombrábase Camila y era una criatura
bellísima, de carácter dulce y tan miedosa
que hasta de una mosca se asustaba. Nunca
logró jurar con niñas de su edad, porque su
estatura la hacía parecer de muchos más
años; así es que no pudiendo amoldar sus
gustos a los de sus compañeras, resultaba
que no se divertía. León veía con pesar que
su hija iba a ser tan alta como él; a los diez
años era casi igual a su madre y ya no le
permitían tomar parte en los juegos fuera de
su casa porque todo el mundo se reía de ella.
Por esa época tuvo una gran pena León; su
esposa, la tierna compañera de su hogar, murió
después de una enfermedad muy breve. El
esposo y la hija no hallaban consuelo para
aquel dolor.
Viendo que pasados algunos meses, la
aflicción del viudo y de la niña no se mitigaba,
los médicos aconsejaron a León que hiciese
un viaje, y él resolvió poner en práctica aquel
proyecto. Pero para realizarlo era preciso
hacer con el buque, pues el viaje iba a ser por
mar, lo mismo que se había hecho con la casa;
construirlo expresamente para León y
para Camila. Esto los detuvo algún tiempo,
pero al fin lograron su deseo embarcándose
en el buque de su propiedad una hermosa
mañana.
La niña iba muy asustada y sufrió además
las molestias del mareo; así es que apenas
salía de su camarote. Su padre la acompañaba
casi siempre, pues verse al lado de ella era
ya la sola ventura que a León le quedaba.
Viajaron por todas las partes del mundo, deteniéndose
en muchos de sus países más notables
para ofrecer a Camila algún descanso.
Al fin ella se acostumbró a ir a bordo, el mareo
cesó, el temor al mar fue disminuyendo y
León vio tranquila y más contenta a su niña.
Una noche, poco después de haberse acostado
el gigante, le fue a buscar uno de los
marinos que le acompañaban en el buque y le
dijo en voz baja para que Camila, que dormía
en la cámara contigua, no le oyese:
-La noche está obscura, el mar agitado, todo
anuncia la proximidad de una tormenta.
-¿Corremos peligro? -preguntó León.
-Sí, y por eso he venido a avisarle. Con un
tiempo como el de hoy y un buque como este
de poca resistencia, no sé lo que podrá ocurrir.
-¿No sería posible ir a tierra?
-Estamos lejos de la costa.
-¿Entonces, qué hacer?
-Prepararse a arrostrar el riesgo que vamos
a correr en breve.
Apenas se alejó al marino, León hizo que
su hija se levantase y, aunque no le dijo lo
que les amenazaba, la previno que anunciaban
una tormenta. Camila no quiso separarse
de su padre y temblando esperó a que se realizasen
los tristes pronósticos.
La tempestad que estalló a poco fue horrible.
La niña lloraba abrazada a su padre, que
en vano trataba de calmar su agitación.
Cuando oyó que el buque hacía agua y que no
había salvación posible, Camila perdió el conocimiento.
Algunas horas permaneció sin darse cuenta
de lo que en su derredor pasaba. Al volver en
sí, se halló en un hermoso campo a la orilla
del mar. Era de noche y en el cielo brillaban la
luna y millares de estrellas sin que ni la más
ligera nube indicase la pasada tormenta. Árboles
gigantescos de grueso tronco y grandes
hojas de diversos matices, desde el verde
más claro al más oscuro; flores desconocidas
en su mayor parte, de vivos colores y embriagador
aroma; pájaros preciosos que iban a
refugiarse en sus nidos; una aldea formada
de chozas; algunos animales, al parecer domésticos,
pero que Camila no recordaba,
haber visto nunca; un calor sofocante y una
soledad absoluta en lo que a los mortales se
refiere; he aquí lo que halló la hija del gigante
cuando volvió de su desmayo. Ni su padre, ni
los marinos, ni el buque habían dejado el menor
rastro.
Camila advirtió que su ropa estaba mojada
y que tenía una ligera herida en una mano.
Para que León hubiese abandonado a su niña
era preciso que hubiera muerto; así la pobre
criatura que se creyó ya sola en el mundo, no
pudo contener el llanto y ocultó el rostro entre
sus manos vertiendo copiosas lágrimas. A
su pena se unía el temor de estar en un sitio
desconocido, de noche y abandonada.
Una música de instrumentos metálicos, así
como platillos o hierros, vino a distraerla y no
tardó en ver por un sendero, distinto de aquel
en que ella estaba, una comitiva de negros y
negras llevando en unas angarillas el cuerpo
inerte de una mujer. Algunos de los hombres
tocaban aquella música que ella había oído,
pero todo quedó en silencio cuando llegaron a
una plazoleta donde se pararon.
En, el centro había una gran piedra que
apartaron, dejando un hoyo profundo descubierto.
Después de ejecutar una danza acompasada,
cogieron el cuerpo de la mujer y lo
depositaron en el hoyo. Los negros lanzaron
grandes gritos y luego echaron sobre el cadáver
flores, ramas, joyas de más brillo que
valor y hasta armas. Tocaron de nuevo sus
instrumentos de metal y cubrieron con la piedra
aquella sepultura. Sobre ella depositaron
pieles y otros objetos y volvieron a emprender
su marcha lentamente.
Camila vio con terror que aquella turba
tomaba el camino donde ella se hallaba y el
mismo miedo le impidió ocultarse para que no
la descubrieran. Pronto estuvo rodeada por
los negros y las negras que lanzaban gritos de
algazara. La hicieron levantarse para que los
siguiera, pues la niña estaba sentada, y el
asombro de los salvajes no tuvo límites cuando
observaron que Camila era mucho más
alta que ellos.
-¡Una mujer blanca! -dijo uno en su idioma,
que la hija del gigante no comprendía.
-¡Una doncella hermosa! -prosiguió otro.
-¡Qué buen manjar!
-¡Qué gran hallazgo!
Un negro, el que parecía el jefe, que era
joven y hermoso, pues no tenía las facciones
abultadas de los de su raza, les habló así:
-Nuestra reina ha muerto; le hemos pedido
que nos indique cual debe ser su sucesora, y
nos ha enviado a esta niña blanca para reemplazarla.
Llevémosla en triunfo al palacio y
que las mujeres de esta tierra le ofrezcan bellas
telas y ricas joyas.
-¡Viva la reina! -gritaron los negros.
Con ramas formaron prontamente una silla
de manos, donde colocaron a la fuerza a la
asustada Camila. La niña creyó llegado su
último momento y empezó a llorar llamando a
su padre. Entonces el hermoso negro procuró
tranquilizarla hablándole con dulzura y
haciéndole comprender que no debía temer
nada. La llevaron a una ciudad de más importancia,
donde fue recibida por el ejército de
aquel país, que se componía de mujeres negras,
generalmente bellas, dotadas de singular
valor y energía, como nos han descrito a
las amazonas de África. Camila, la criatura
más medrosa que se ha visto, no tuvo más
remedio que ponerse al frente de ellos y
hacer arriesgadas excursiones a los pueblos
vecinos.
Poco a poco, y gracias al hermoso jefe, pudo
aprender el idioma de aquellos salvajes
que la adoraban y civilizarlos un tanto. Lo que
no logró evitar, fue que la casaran con el joven
negro; pero él se mostró tan apasionado
y tan sumiso con ella, que acabó por acostumbrarse
al color de su esposo y le quiso
realmente.
Algunos años más tarde, unos exploradores
que llegaron a aquella parte desconocida
de África, fueron hechos prisioneros y presentados
a la reina. Entre ellos iba León, que
había recorrido una infinidad de tierras en
busca de su hija, a la que perdió cuando el
naufragio de su buque, en el que habían perecido
todos menos los dos.
Camila, a la que llamaban la reina Mila, reconoció
a su padre, y a aquel encuentro siguió
una conmovedora escena. León no podía
creer en su felicidad. Después de las primeras
expansiones, la joven le presentó a su esposo
y a sus hijas que, a la edad de dos y cuatro
años, ya prometían ser de la misma raza de
gigantes que su abuelo y su madre.
El pobre León suspiró melancólicamente al
ver a aquella familia de ébano, pues las niñas
eran negras como su padre; pero conociendo
que la reina Mila era feliz, se dijo:
-Más vale, después de todo, que se haya
casado aquí; su marido es bueno y quién sabe
el hombre que le hubiera tocado en suerte.
No siempre son negros los salvajes, ni viven
en el interior de África.
León no se separó ya de la joven, y la ayudó
con su experiencia y sus consejos a gobernar
aquel país, donde tanto los reyes como
los súbditos gozaron un grato bienestar.
Allí no volvió a entrar ningún europeo; sólo
la casualidad hizo que la joven fuera arrojada
a aquellas orillas, y el amor paternal que León
lograse encontrarla al cabo de algunos años.
En España todo el mundo creyó que la hija
del gigante y este habían perecido en el naufragio.