En China, como sabes muy bien, el Emperador
es chino, y chinos son todos los que lo rodean.
Hace ya muchos años de lo que voy a contar,
mas por eso precisamente vale la pena que lo
oigáis, antes de que la historia se haya olvidado.
El palacio del Emperador era el más espléndido
del mundo entero, todo él de la más delicada
porcelana. Todo en él era tan precioso y frágil,
que había que ir con mucho cuidado antes de
tocar nada. El jardín estaba lleno de flores
maravillosas, y de las más bellas colgaban
campanillas de plata que sonaban para que
nadie pudiera pasar de largo sin fijarse en ellas.
Sí, en el jardín imperial todo estaba muy bien
pensado, y era tan extenso, que el propio
jardinero no tenía idea de dónde terminaba. Si
seguías andando, te encontrabas en el bosque
más espléndido que quepa imaginar, lleno de
altos árboles y profundos lagos. Aquel bosque
llegaba hasta el mar, hondo y azul; grandes
embarcaciones podían navegar por debajo de las
ramas, y allí vivía un ruiseñor que cantaba tan
primorosamente, que incluso el pobre pescador,
a pesar de sus muchas ocupaciones, cuando por
la noche salía a retirar las redes, se detenía a
escuchar sus trinos.
– ¡Dios santo, y qué hermoso! -exclamaba; pero
luego tenía que atender a sus redes y olvidarse
del pájaro; hasta la noche siguiente, en que, al
llegar de nuevo al lugar, repetía: – ¡Dios santo, y
qué hermoso!
De todos los países llegaban viajeros a la ciudad
imperial, y admiraban el palacio y el jardín;
pero en cuanto oían al ruiseñor, exclamaban: –
¡Esto es lo mejor de todo!
De regreso a sus tierras, los viajeros hablaban
de él, y los sabios escribían libros y más libros
acerca de la ciudad, del palacio y del jardín,
pero sin olvidarse nunca del ruiseñor, al que
ponían por las nubes; y los poetas componían
inspiradísimos poemas sobre el pájaro que
cantaba en el bosque, junto al profundo lago.
Aquellos libros se difundieron por el mundo, y
algunos llegaron a manos del Emperador. Se
hallaba sentado en su sillón de oro, leyendo y
leyendo; de vez en cuando hacía con la cabeza
un gesto de aprobación, pues le satisfacía leer
aquellas magníficas descripciones de la ciudad,
del palacio y del jardín. «Pero lo mejor de todo
es el ruiseñor», decía el libro.
«¿Qué es esto? -pensó el Emperador-. ¿El
ruiseñor? Jamás he oído hablar de él. ¿Es
posible que haya un pájaro así en mi imperio, y
precisamente en mi jardín? Nadie me ha
informado. ¡Está bueno que uno tenga que
enterarse de semejantes cosas por los libros!»
Y mandó llamar al mayordomo de palacio, un
personaje tan importante, que cuando una
persona de rango inferior se atrevía a dirigirle la
palabra o hacerle una pregunta, se limitaba a
contestarle: «¡P!». Y esto no significa nada.
– Según parece, hay aquí un pájaro de lo más
notable, llamado ruiseñor -dijo el Emperador-.
Se dice que es lo mejor que existe en mi
imperio; ¿por qué no se me ha informado de
este hecho?
– Es la primera vez que oigo hablar de él -se
justificó el mayordomo-. Nunca ha sido
presentado en la Corte.
– Pues ordeno que acuda esta noche a cantar en
mi presencia -dijo el Emperador-. El mundo
entero sabe lo que tengo, menos yo.
– Es la primera vez que oigo hablar de él -repitió
el mayordomo-. Lo buscaré y lo encontraré.
¿Encontrarlo?, ¿dónde? El dignatario se cansó
de subir Y bajar escaleras y de recorrer salas y
pasillos. Nadie de cuantos preguntó había oído
hablar del ruiseñor. Y el mayordomo, volviendo
al Emperador, le dijo que se trataba de una de
esas fábulas que suelen imprimirse en los libros.
– Vuestra Majestad Imperial no debe creer todo
lo que se escribe; son fantasías y una cosa que
llaman magia negra.
– Pero el libro en que lo he leído me lo ha
enviado el poderoso Emperador del Japón –
replicó el Soberano-; por tanto, no puede ser
mentiroso. Quiero oír al ruiseñor. Que acuda
esta noche a, mi presencia, para cantar bajo mi
especial protección. Si no se presenta, mandaré
que todos los cortesanos sean pateados en el
estómago después de cenar.
– ¡Tsing-pe! -dijo el mayordomo; y vuelta a
subir y bajar escaleras y a recorrer salas y
pasillos, y media Corte con él, pues a nadie le
hacía gracia que le patearan el estómago. Y
todo era preguntar por el notable ruiseñor,
conocido por todo el mundo menos por la
Corte.
Finalmente, dieron en la cocina con una pobre
muchachita, que exclamó: – ¡Dios mío! ¿El
ruiseñor? ¡Claro que lo conozco! ¡qué bien
canta! Todas las noches me dan permiso para
que lleve algunas sobras de comida a mi pobre
madre que está enferma. Vive allá en la playa, y
cuando estoy de regreso, me paro a descansar
en el bosque y oigo cantar al ruiseñor. Y
oyéndolo se me vienen las lágrimas a los ojos,
como si mi madre me besase. Es un recuerdo
que me estremece de emoción y dulzura.
– Pequeña fregaplatos -dijo el mayordomo-, te
daré un empleo fijo en la cocina y permiso para
presenciar la comida del Emperador, si puedes
traernos al ruiseñor; está citado para esta noche.
Todos se dirigieron al bosque, al lugar donde el
pájaro solía situarse; media Corte tomaba parte
en la expedición. Avanzaban a toda prisa,
cuando una vaca se puso a mugir.
– ¡Oh! -exclamaron los cortesanos-. ¡Ya lo
tenemos! ¡Qué fuerza para un animal tan
pequeño! Ahora que caigo en ello, no es la
primera vez que lo oigo.
– No, eso es una vaca que muge -dijo la fregona
Aún tenemos que andar mucho.
Luego oyeron las ranas croando en una charca.
– ¡Magnífico! -exclamó un cortesano-. Ya lo
oigo, suena como las campanillas de la iglesia.
– No, eso son ranas -contestó la muchacha-.
Pero creo que no tardaremos en oírlo.
Y en seguida el ruiseñor se puso a cantar.
– ¡Es él! -dijo la niña-. ¡Escuchad, escuchad!
¡Allí está! – y señaló un avecilla gris posada en
una rama.
– ¿Es posible? -dijo el mayordomo-. Jamás lo
habría imaginado así. ¡Qué vulgar!
Seguramente habrá perdido el color, intimidado
por unos visitantes tan distinguidos.
– Mi pequeño ruiseñor -dijo en voz alta la
muchachita-, nuestro gracioso Soberano quiere
que cantes en su presencia.
– ¡Con mucho gusto! – respondió el pájaro, y
reanudó su canto, que daba gloria oírlo.
– ¡Parece campanitas de cristal! -observó el
mayordomo.
– ¡Mirad cómo se mueve su garganta! Es raro
que nunca lo hubiésemos visto. Causará
sensación en la Corte.
– ¿Queréis que vuelva a cantar para el
Emperador? -preguntó el pájaro, pues creía que
el Emperador estaba allí.
– Mi pequeño y excelente ruiseñor -dijo el
mayordomo -tengo el honor de invitarlo a una
gran fiesta en palacio esta noche, donde podrá
deleitar con su magnífico canto a Su Imperial
Majestad.
– Suena mejor en el bosque -objetó el ruiseñor;
pero cuando le dijeron que era un deseo del
Soberano, los acompañó gustoso.
En palacio todo había sido pulido y fregado.
Las paredes y el suelo, que eran de porcelana,
brillaban a la luz de millares de lámparas de
oro; las flores más exquisitas, con sus
campanillas, habían sido colocadas en los
corredores; las idas y venidas de los cortesanos
producían tales corrientes de aire, que las
campanillas no cesaban de sonar, y uno no oía
ni su propia voz.
En medio del gran salón donde el Emperador
estaba, habían puesto una percha de oro para el
ruiseñor. Toda la Corte estaba presente, y la
pequeña fregona había recibido autorización
para situarse detrás de la puerta, pues tenía ya el
título de cocinera de la Corte. Todo el mundo
llevaba sus vestidos de gala, y todos los ojos
estaban fijos en la avecilla gris, a la que el
Emperador hizo signo de que podía empezar.
El ruiseñor cantó tan deliciosamente, que las
lágrimas acudieron a los ojos del Soberano; y
cuando el pájaro las vio rodar por sus mejillas,
volvió a cantar mejor aún, hasta llegarle al
alma. El Emperador quedó tan complacido, que
dijo que regalaría su chinela de oro al ruiseñor
para que se la colgase al cuello. Mas el pájaro le
dio las gracias, diciéndole que ya se consideraba
suficientemente recompensado.
– He visto lágrimas en los ojos del Emperador;
éste es para mi el mejor premio. Las lágrimas de
un rey poseen una virtud especial. Dios sabe
que he quedado bien recompensado -y reanudó
su canto, con su dulce y melodioso voz.
– ¡Es la lisonja más amable y graciosa que he
escuchado en mi vida! -exclamaron las damas
presentes; y todas se fueron a llenarse la boca
de agua para gargarizar cuando alguien hablase
con ellas; pues creían que también ellas podían
ser ruiseñores. Sí, hasta los lacayos y camareras
expresaron su aprobación, y esto es decir
mucho, pues son siempre más difíciles de
contentar. Realmente, el ruiseñor causó
sensación.
Se quedaría en la Corte, en una jaula particular,
con libertad para salir dos veces durante el día y
una durante la noche. Pusieron a su servicio
diez criados, a cada uno de los cuales estaba
sujeto por medio de una cinta de seda que le
ataron alrededor de la pierna. La verdad es que
no eran precisamente de placer aquellas
excursiones.
El Ave Fénix
En el jardín del Paraíso, bajo el árbol de la
sabiduría, crecía un rosal. En su primera rosa
nació un pájaro; su vuelo era como un rayo de
luz, magníficos sus colores, arrobador su canto.
Pero cuando Eva cogió el fruto de la ciencia del
bien y del mal, y cuando ella y Adán fueron
arrojados del Paraíso, de la flamígera espada del
ángel cayó una chispa en el nido del pájaro y le
prendió fuego. El animalito murió abrasado,
pero del rojo huevo salió volando otra ave,
única y siempre la misma: el Ave Fénix. Cuenta
la leyenda que anida en Arabia, y que cada cien
años se da la muerte abrasándose en su propio
nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave
Fénix, la única en el mundo.
El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como
la luz, espléndida de colores, magnífica en su
canto. Cuando la madre está sentada junto a la
cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y,
desplegando las alas, traza una aureola
alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el
sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de
sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan, su
perfume unas violetas.
Pero el Ave Fénix no es sólo el ave de Arabia;
aletea también a los resplandores de la aurora
boreal sobre las heladas llanuras de Laponia, y
salta entre las flores amarillas durante el breve
verano de Groenlandia. Bajo las rocas
cupríferas de Falun, en las minas de carbón de
Inglaterra, vuela como polilla espolvoreada
sobre el devocionario en las manos del piadoso
trabajador. En la hoja de loto se desliza por las
aguas sagradas del Ganges, y los ojos de la
doncella hindú se iluminan al verla.
¡Ave Fénix! ¿No la conoces? ¿El ave del
Paraíso, el cisne santo de la canción? Iba en el
carro de Thespis en forma de cuervo parlanchín,
agitando las alas pintadas de negro; el arpa del
cantor de Islandia era pulsada por el rojo pico
sonoro del cisne; posada sobre el hombro de
Shakespeare, adoptaba la figura del cuervo de
Odin y le susurraba al oído: ¡Inmortalidad!
Cuando la fiesta de los cantores, revoloteaba en
la sala del concurso de la Wartburg.
¡Ave Fénix! ¿No la conoces? Te cantó la
Marsellesa, y tú besaste la pluma que se
desprendió de su ala; vino en todo el esplendor
paradisíaco, y tú le volviste tal vez la espalda
para contemplar el gorrión que tenía espuma
dorada en las alas.
¡El Ave del Paraíso! Rejuvenecida cada siglo,
nacida entre las llamas, entre las llamas
muertas; tu imagen, enmarcada en oro, cuelga
en las salas de los ricos; tú misma vuelas con
frecuencia a la ventura, solitaria, hecha sólo
leyenda: el Ave Fénix de Arabia.
En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el
seno de la primera rosa bajo el árbol de la
sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre
verdadero: ¡poesía!.
Juan el Lobo
Allá en el campo, en una vieja mansión
señorial, vivía un anciano propietario que tenía
dos hijos, tan listos, que con la mitad hubiera
bastado. Los dos se metieron en la cabeza pedir
la mano de la hija del Rey. Estaban en su
derecho, pues la princesa había mandado
pregonar que tomaría por marido a quien fuese
capaz de entretenerla con mayor gracia e
ingenio.
Los dos hermanos estuvieron preparándose por
espacio de ocho días; éste era el plazo máximo
que se les concedía, más que suficiente, empero,
ya que eran muy instruidos, y esto es una gran
ayuda. Uno se sabía de memoria toda la
enciclopedia latina, y además la colección de
tres años enteros del periódico local, tanto del
derecho como del revés. El otro conocía todas
las leyes gremiales párrafo por párrafo, y todo
lo que debe saber el presidente de un gremio.
De este modo, pensaba, podría hablar de
asuntos del Estado y de temas eruditos.
Además, sabía bordar tirantes, pues era fino y
ágil de dedos.
– Me llevaré la princesa – afirmaban los dos; por
eso su padre dio a cada uno un hermoso caballo;
el que se sabía de memoria la enciclopedia y el
periódico, recibió uno negro como azabache, y
el otro, el ilustrado en cuestiones gremiales y
diestro en la confección de tirantes, uno blanco
como la leche. Además, se untaron los ángulos
de los labios con aceite de hígado de bacalao,
para darles mayor agilidad. Todos los criados
salieron al patio para verlos montar a caballo, y
entonces compareció también el tercero de los
hermanos, pues eran tres, sólo que el otro no
contaba, pues no se podía comparar en ciencia
con los dos mayores, y, así, todo el mundo lo
llamaba el bobo.
– ¿Adónde vais con el traje de los domingos? –
preguntó.
– A palacio, a conquistar a la hija del Rey con
nuestros discursos. ¿No oíste al pregonero? – y
le contaron lo que ocurría.
– ¡Demonios! Pues no voy a perder la ocasión –
exclamó el bobo -. Y los hermanos se rieron de
él y partieron al galope. – ¡Dadme un caballo,
padre! – dijo Juan el bobo -. Me gustaría
casarme. Si la princesa me acepta, me tendrá, y
si no me acepta, ya veré de tenerla yo a ella.
– ¡Qué sandeces estás diciendo! – intervino el
padre. – No te daré ningún caballo. ¡Si no sabes
hablar! Tus hermanos es distinto, ellos pueden
presentarse en todas partes.
– Si no me dais un caballo – replicó el bobo –
montaré el macho cabrío; es mío y puede
llevarme. – Se subió a horcajadas sobre el
animal, y, dándole con el talón en los ijares,
emprendió el trote por la carretera. ¡Vaya trote!
– ¡Atención, que vengo yo! – gritaba el bobo; y
se puso a cantar con tanta fuerza, que su voz
resonaba a gran distancia.
Los hermanos, en cambio, avanzaban en
silencio, sin decir palabra; aprovechaban el
tiempo para reflexionar sobre las grandes ideas
que pensaban exponer.
– ¡Eh, eh! – gritó el bobo, ¡aquí estoy yo! ¡Mirad
lo que he encontrado en la carretera! -. Y les
mostró una corneja muerta.
– ¡Imbécil! – exclamaron los otros -, ¿para qué la
quieres?
– ¡Se la regalaré a la princesa!
– ¡Haz lo que quieras! – contestaron, soltando la
carcajada y siguiendo su camino.
– ¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! ¡Mirad lo que he
encontrado! ¡No se encuentra todos los días!
Los hermanos se volvieron a ver el raro tesoro.
– ¡Estúpido! – dijeron -, es un zueco viejo, y sin
la pala. ¿También se lo regalarás a la princesa?
– ¡Claro que sí! – respondió el bobo; y los
hermanos, riendo ruidosamente, prosiguieron su
ruta y no tardaron en ganarle un buen trecho.
– ¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! – volvió a gritar el
bobo -. ¡Voy de mejor en mejor! ¡Arrea! ¡Se ha
visto cosa igual!
– ¿Qué has encontrado ahora? – preguntaron los
hermanos. – ¡Oh! – exclamó el bobo -. Es
demasiado bueno para decirlo. ¡Cómo se
alegrará la princesa!
– ¡Qué asco! – exclamaron los hermanos -. ¡Si es
lodo cogido de un hoyo!
– Exacto, esto es – asintió el bobo -, y de clase
finísima, de la que resbala entre los dedos – y
así diciendo, se llenó los bolsillos de barro.
Los hermanos pusieron los caballos al galope y
dejaron al otro rezagado en una buena hora.
Hicieron alto en la puerta de la ciudad, donde
los pretendientes eran numerados por el orden
de su llegada y dispuestos en fila de a seis de
frente, tan apretados que no podían mover los
brazos. Y suerte de ello, pues de otro modo se
habrían roto mutuamente los trajes, sólo porque
el uno estaba delante del otro.
Todos los demás moradores del país se habían
agolpado alrededor del palacio, encaramándose
hasta las ventanas, para ver cómo la princesa
recibía a los pretendientes. ¡Cosa rara! No bien
entraba uno en la sala, parecía como si se le
hiciera un nudo en la garganta, y no podía soltar
palabra.
– ¡No sirve! – iba diciendo la princesa -. ¡Fuera!
Llegó el turno del hermano que se sabía de
memoria la enciclopedia; pero con aquel largo
plantón se le había olvidado por completo. Para
acabar de complicar las cosas, el suelo crujía, y
el techo era todo él un espejo, por lo cual
nuestro hombre se veía cabeza abajo; además,
en cada ventana había tres escribanos y un
corregidor que tomaban nota de todo lo que se
decía, para publicarlo enseguida en el periódico,
que se vendía a dos chelines en todas las
esquinas. Era para perder la cabeza. Y, por
añadidura, habían encendido la estufa, que
estaba candente.
– ¡Qué calor hace aquí dentro! – fueron las
primeras palabras del pretendiente.
– Es que hoy mi padre asa pollos – dijo la
princesa.
– ¡Ah! – y se quedó clavado; aquella respuesta
no la había previsto; no le salía ni una palabra,
con tantas cosas ingeniosas que tenía
preparadas.
– ¡No sirve! ¡Fuera! – ordenó la princesa. Y el
mozo hubo de retirarse, para que pasase su
hermano segundo.
– ¡Qué calor más terrible! – dijo éste.
– ¡Sí, asamos pollos! – explicó la hija del Rey.
– ¿Cómo di… di, cómo di… ? – tartamudeó él, y
todos los escribanos anotaron: «¿Cómo di… di,
cómo di… ?».
– ¡No sirve! ¡Fuera! – decretó la princesa.
Tocóle entonces el turno al bobo, quien entró en
la sala caballero en su macho cabrío.
– ¡Demonios, qué calor! – observó.
– Es que estoy asando pollos – contestó la
princesa.
– ¡Al pelo! – dijo el bobo. – Así, no le importará
que ase también una corneja, ¿verdad?
– Con mucho gusto, no faltaba más – respondió
la hija del Rey -. Pero, ¿traes algo en que
asarla?; pues no tengo ni puchero ni asador.
– Yo sí los tengo – exclamó alegremente el otro.
– He aquí un excelente puchero, con mango de
estaño – y, sacando el viejo zueco, metió en él la
corneja.
– Pues, ¡vaya banquete! – dijo la princesa -.
Pero, ¿y la salsa?
La traigo en el bolsillo – replicó el bobo -.
Tengo para eso y mucho más – y se sacó del
bolsillo un puñado de barro.
– ¡Esto me gusta! – exclamó la princesa -. Al
menos tú eres capaz de responder y de hablar.
¡Tú serás mi marido! Pero, ¿sabes que cada
palabra que digamos será escrita y mañana
aparecerá en el periódico? Mira aquella
ventana: tres escribanos y un corregidor. Este es
el peor, pues no entiende nada. – Desde luego,
esto sólo lo dijo para amedrentar al solicitante.
Y todos los escribanos soltaron la carcajada e
hicieron una mancha de tinta en el suelo.
– ¿Aquellas señorías de allí? – preguntó el bobo
-. ¡Ahí va esto para el corregidor! – y,
vaciándose los bolsillos, arrojó todo el barro a
la cara del personaje.
– ¡Magnífico! – exclamó la princesa. – Yo no
habría podido. Pero aprenderé.
Y de este modo Juan el bobo fue Rey. Obtuvo
una esposa y una corona y se sentó en un trono –
y todo esto lo hemos sacado del diario del
corregidor, lo cual no quiere decir que debamos
creerlo a pies juntillas.
El Paje Roger
– I –
El rey Marcial había declarado la guerra al
rey Godofredo. No contento con eso, había
ido a buscarle a sus propios Estados seguido
de un formidable ejército fuerte y bien armado
con el que esperaba vencer en breve a su
contrario. Creía hallar a este desprevenido
porque ignoraba que un súbdito traidor no
sólo había advertido a Godofredo el peligro
que le amenazaba, sino que le había revelado
todos los planes de su enemigo para que los
hiciese fracasar.
Caminó el rey Marcial con gran cautela,
hizo el viaje a pequeñas jornadas y por último
puso su campamento a corta distancia de la
capital.
-No me han visto -exclamó el monarca con
júbilo; porque en efecto no había encontrado
a nadie por aquellos campos, ni aun a los pastores
que sacaban sus rebaños en otros tiempos
por allí.
Estaban rendidos después de tantos días
de viaje y se retiraron a sus tiendas de campaña
para descansar.
Algunos centinelas se paseaban por delante
de ellas para no dormirse y dirigían miradas
de codicia a la ciudad próxima en la que
esperaban entrar en breve vencedores. El rey
reposaba ya con agitado sueño y había encargado
a sus guardias que le llamasen muy
temprano; quería sorprender a Godofredo al
despuntar la aurora.
La luna brillaba en un hermoso cielo tachonado
de estrellas enviando sus melancólicos
rayos a la tierra. Se contemplaba en las aguas
de un ancho río como en un espejo. Un palacio
de cristal, que se divisaba cerca de las
puertas de la ciudad reflejaba también la suave
claridad del astro de la noche.
-Mañana entraremos ahí -dijo un capitán
señalando el bello edificio.
A eso de las doce, divisaron los soldados
unos pequeños seres que se aproximaban; al
pronto los creyeron duendes, pero no tardaron
en convencerse de que eran niños y niñas
que iban vestidos de una manera extraña con
telas que parecían luminosas.
-¿Venís de la ciudad? -preguntó un centinela.
-No, señor -contestó el mayor de los niños-
, somos del pueblo inmediato y queríamos
entrar en ella para celebrar una fiesta que
empieza precisamente a la media noche.
-Pues no se puede entrar.
-En ese caso, mi buen señor, me permitiréis
que la celebre aquí con mis compañeros,
pues seríamos todo el año desgraciados si no
festejáramos este día que va a comenzar.
-No hay inconveniente.
Los niños, que llevaban pendientes de la
cintura unas hachas pequeñas, las cogieron y
se pusieron a cortar con ellas ramas de árboles
y lozanos arbustos que las piñas colocaban
en montones delante de todas las tiendas.
Hecho esto, los rociaron bien con un líquido
que llevaban en pequeños cántaros y a un
tiempo les prendieron fuego. Las hogueras
ardían y los niños y las niñas bailaban en derredor
de ellas o saltaban por en cima. El líquido
que habían arrojado embalsamaba el
ambiente y era sumamente grato.
Los soldados se habían parado para contemplar
el espectáculo y el capitán olvidaba
su guardia también. Al principio estaban de
pie todos, luego se sentaron, se echaron por
último; un sueño invencible se había apoderado
de aquellos bravos guerreros; antes de
la una no había nadie despierto en el campamento.
Entonces uno de los niños se dirigió
hacia la ciudad e imitó por tres veces el canto
de un pájaro nocturno.
Las puertas se abrieron sin ruido y un ejército,
aún más numeroso que el del rey Marcial,
se dirigió hacia las tiendas de campaña.
Llevaban aquellos soldados muchos carros
tirados por mulas. Penetraron en el campamento
y fueron sacando al monarca y todos
sus guerreros sin que opusieran la menor resistencia,
pues se hallaban dormidos. Los colocaron
en los carros, penetraron en la ciudad
y los encerraron en diversos castillos, después
de desarmarlos.
Los niños que habían celebrado la fiesta
eran los pajes del rey Godofredo, disfrazados
por orden de su señor de diferentes modos, y
habían arrojado al fuego un líquido extraño
compuesto por un célebre nigromántico de la
ciudad que tenía el singular poder de sumir en
un prolongado sueño a todo el que lo aspirase.
Los niños llevaban un preservativo, que
les dio el mismo mago, para librarse de los
efectos del narcótico.
Así pudo Godofredo apoderarse sin riesgo
del rey Marcial y de sus valientes guerreros.
– II –
Cuando el monarca se despertó, muchas
horas después de hallarse preso, estaba en un
estrecho calabozo pobremente amueblado y
en el que apenas penetraba un débil rayo de
luz. La primera idea que le asaltó fue que
había perdido el juicio mientras combatía al
enemigo, que esto le había obligado a cometer
todo género de desaciertos y que no conservaba
ni la menor idea de lo ocurrido. Su
desaliento fue grande no sólo por verse prisionero
sino al considerar los males que su
derrota habría traído, sospechando que su
ejército habría tenido la misma desastrosa
suerte que él.
Durante el día vio únicamente una vez a su
carcelero que le llevó algún alimento y un
jarro de agua, pero al que en balde preguntó,
pues el hombre, atendiendo a órdenes recibidas,
no le pudo responder.
Así pasó una semana.
Entre tanto la noticia de su cautiverio con
todos los detalles de lo ocurrido llegó a la nación
del rey Marcial llenando de consternación
a sus súbditos. La mayor parte de los jóvenes
del país había seguido al monarca para hacer
la guerra, casi no quedaban allí más que los
ancianos, las mujeres y los niños. Pensaron
todos formar un ejército numeroso, aunque
débil, pero la idea fue rechazada porque tampoco
era prudente dejar aquella tierra abandonada
y a merced de los enemigos que, sabiendo
su desgracia, podrían presentarse a
las puertas de la ciudad para conquistarla.
Nombraron a un anciano general para que
gobernase el país hasta el regreso, si es que
regresaban, de su legítimo dueño y los pocos
jóvenes que quedaban y las mujeres formaron
un ejército de guerreros y de amazonas.
Algunos pajes se reunieron una noche para
deliberar sobre la conducta que debían seguir.
Entre ellos se hallaban los nombrados Rodrigo,
Gonzalo y Roger.
-Yo opino -dijo este último-, que puesto
que los pajes de Godofredo son los que han
aprisionado a nuestro rey, nosotros debemos
oponer astucia contra astucia, y que nos corresponde
más que a otros el deber de librarle.
El que se atreva a emprender tan arduo
proyecto que lo diga; yo por mi parte me
comprometo a intentarlo.
-Y yo -dijo Rodrigo.
-Y yo -añadió Gonzalo.
Los demás guardaron silencio por lo que se
juzgó que no querían arriesgarse en semejante
plan.
Participaron al regente su pensamiento y
como el rey Marcial no tenía hijos se prometió
solemnemente al que librase al monarca que
sería su heredero.
Quedó convenido que los jóvenes pajes no
irían juntos, sino que cada cual trabajaría por
su lado como mejor pudiese.
El primero que salió de la ciudad fue Rodrigo
disfrazado de vendedor de frutas. Se dirigió
con toda la rapidez posible hacia los estados
de Godofredo, pero, mucho antes de llegar,
le cerró el paso un bosque incendiado en
el que le fue imposible penetrar. Herido a
causa de las quemaduras que sufrió, y medio
muerto de sed y de cansancio, llegó al reino
de Marcial al mes de haber salido y fue tal la
vergüenza que le ocasionó su derrota que se
ocultó en una choza con nombre supuesto
para que nadie supiera su regreso a la ciudad.
Gonzalo se disfrazó de pescador y salió en
un bote con el objeto de penetrar en los dominios
de Godofredo por mar. Los primeros
días hizo el viaje felizmente, pero antes de
divisar el ansiado puerto se halló ante una
poderosa escuadra que le cerraba el paso.
Una barca le salió al encuentro, y como pareciese
a los marineros que aquel hombre era
sospechoso, pues le interrogaron y no supo
qué contestar, le hicieron prisionero. Aprovechando
un descuido de sus guardianes, Gonzalo
se arrojó al agua y trató de alejarse nadando
de sus adversarios. Lo logró gracias a
muy poderosos esfuerzos, pero extenuado,
medio muerto de fatiga se vio precisado a
buscar reposo en una isla desierta.
Allí permaneció dos días hasta que una
embarcación extranjera que pasó cerca le
recibió a bordo dejándole no lejos de su patria.
Se fue ocultando hasta llegar a una cabaña
abandonada, a juzgar por su aspecto
miserable.
Penetró en ella sin dificultad.
Sobre un montón de paja dormía un joven,
casi un niño, con agitado sueño. Gonzalo se
echó junto a él sin mirarle y se durmió.
A la mañana siguiente los rayos del sol que
penetraban por la pequeña ventana que estaba
al lado de la puerta, despertaron a la vez a
los dos durmientes que se hallaban de espaldas
el uno al otro. Se volvieron y ambos lanzaron
una exclamación de sorpresa pronunciando
su nombre:
-¡Rodrigo!
-¡Gonzalo!
Se contaron en breves palabras sus aventuras
encontrando un triste consuelo al ver
que ninguno de los dos había logrado el objeto
de su viaje y no dudando que a Roger le
pasaría lo mismo.
-¿Vendrá también a refugiarse en esta choza?
-preguntó Rodrigo.
-Por si viene le aguardaremos aquí algunos
días -dijo Gonzalo.
Pero pasaron muchos y no supieron nada
de su compañero. Entonces, con su mismo
disfraz, se marcharon a un pueblo pequeño,
donde no eran conocidos, y se dedicaron a las
rudas faenas del campo para no confesar su
derrota en la capital del reino.
– III –
Entre tanto Roger, que había seguido distinto
camino que ellos, acariciaba la esperanza
de obtener un buen resultado. No había
buscado disfraz al abandonar la ciudad, llevaba
siempre su airoso traje de pajecillo. Anduvo
durante varios días sin rumbo fijo y sin
saber lo que haría.
Al fin, rendido de cansancio, se echó en el
campo al pie de una encina para buscar algún
reposo. Empezaba a anochecer y densa niebla
le ocultaba los objetos lejanos permitiéndole
ver los más próximos confusamente. Así le
pareció que algo o alguien se movía a pocos
pasos de él. Era un mendigo. Al acercarse a
Roger le dijo en lastimero tono después de
mirarle con atención:
-Hermoso paje, tengo mucho frío; dame tu
capa y Dios te recompensara. Tú eres joven y
resistirás mejor que yo los rigores del otoño
que es crudo y del invierno que se acerca.
Dame tu capa nueva y yo te daré la mía vieja.
-Toma, buen anciano -dijo Roger desprendiéndose
de ella-, y guarda también la tuya si
la quieres o la necesitas.
Pero el mendigo no pareció oírle y sólo se
llevó la nueva dándole antes de alejarse este
consejo:
-Si vas al primer pueblo que encuentres,
mira, oye y calla.
Roger cogió con alguna repugnancia la andrajosa
prenda, pero como sintiese luego frío,
se cubrió con la capa del pobre con la que
quedó poco menos que desconocido.
A la mañana siguiente vio a un niño que
volvía de trabajar en un campo distante. Llevaba
la cabeza descubierta y la inclinaba abatido
sobre el pecho.
-¿Qué tienes? -le preguntó Roger.
-Señor -contestó el muchacho-, he perdido
mi sombrero y mis padres me pegarán cuando
vean que deben comprarme otro para los
trabajos del año que viene en que tendré que
volver aquí.
-Toma mi gorra -dijo el paje poniéndosela
al muchacho, que se marchó dando saltos de
alegría.
Roger prosiguió su camino, y antes de la
noche empezó a llover de tal modo que tuvo
que suspender su viaje. Se paró al pie de un
árbol con los cabellos empapados en agua y
allí se quitó la capa con el objeto de cubrirse
también con ella la cabeza, pero cual no fue
su asombro al descubrir que dicha capa tenía
una capucha que no sólo ocultaba el pelo sino
el rostro viéndose en esta parte dos agujeros
a la altura de los ojos. Pensó entonces que así
podría seguir su camino, se cubrió bien y echó
a andar llegando después de una hora a un
pueblo de cierta importancia.
-¡El peregrino! ¡el santo! -gritaron los chicos
al verle.
Y las mujeres salían a las puertas y tocaban
su capa y los hombres le saludaban con
respeto.
-Padre -le dijo un lego acercándose-, los
frailes del convento de San Francisco le
aguardan como siempre.
Iba Roger a descubrirse cuando el otro
añadió bajando la voz:
-Ha llegado un emisario del rey Godofredo
y deseamos que le oigáis.
Entonces el paje le siguió silencioso confiando
en sacar algún partido de aquel hecho.
Entraron en un sombrío edificio y Roger fue
introducido en una sala baja donde se hallaban
una docena de frailes y un guerrero con
brillante armadura.
-Mirad a quien os traigo -dijo el lego.
Todos saludaron respetuosamente. El prior
habló después así:
-Señor emisario del rey Godofredo nuestro
señor, el que acaba de entrar es un hombre
notable, el peregrino Marcelo; ha hecho voto
de no hablar y sólo contestará por escrito;
nadie ha visto su rostro por haber hecho esa
promesa también, pero todos le conocemos.
Fue un gran guerrero en su juventud, tuvo un
amigo a quien mató en la pelea, porque la
fatalidad le colocó en contra suya y desde
entonces recorre el mundo en busca del hijo
de aquel compañero de la infancia, al que no
logra encontrar; el día que le halle quebrantará
su voto. Decidle lo que aquí os trae.
El emisario contestó:
-El rey mi señor no juzga seguro al nombrado
Marcial en su corte y desea encerrarle
aquí donde nadie sospechará su presencia.
¿Os parece que le traigamos?
Roger hizo un signo afirmativo.
-¿Y a sus generales también?
El paje repitió la señal.
-¿Y quién se encargará de su custodia?
El joven puso una mano sobre su pecho
como diciendo: yo.
-Está bien, mañana se traerá a los cautivos;
entre tanto buscad la prisión mejor para
ellos.
El emisario partió, los frailes acompañaron
al supuesto peregrino a una gran celda y, dejándole
allí numerosas provisiones, se alejaron.
Roger echó el cerrojo a su puerta, cenó
opíparamente y se acostó después.
– IV –
Cuando se despertó empezaba a lucir el
día. Se levantó rápidamente y vio con sorpresa
sobre un mueble un pliego cerrado en el
que no había reparado la noche anterior; estaba
dirigido a él. Lo abrió con mano trémula
y leyó lo siguiente:
«Niño audaz, prosigue tu obra y nada temas,
Dios está contigo y te ayuda. Manda
encerrar al rey Marcial y a sus generales en
las celdas que tienen los números 13, 15 y
17. En todas ellas hay una trampa que conduce
a un subterráneo donde los esperara alguien
que anhela protegerlos, no tanto por
ellos como por ti. A los tres días de su llegada
los harás salir de su prisión y tú permanecerás
en el convento cuarenta y ocho horas
más. Al transcurrir estas fingirás un asunto
urgente que te lleva a otra población y te alejarás
por la puerta principal del convento
hacia el campo. En el papel adjunto hallarás
la explicación de las salidas de las celdas al
subterráneo».
Roger volvió a leer el pliego, lo guardó con
cuidado y entró en el claustro después de
haberse echado la capucha.
Cuando llegaron los prisioneros, designó
para que los encerrasen las celdas que tenían
los números 13, 15 y 17.
Aunque el pliego no le decía que debía descubrirse
a su rey, Roger no pudo resistir a la
tentación de hacerlo siendo recibido con los
brazos abiertos por Marcial.
El peregrino Marcelo, o mejor dicho, aquel
a quien daban este nombre, era la única persona
que tenía el derecho de ver a los cautivos.
Tres días después los hizo salir y durante
otros dos continuó llevando provisiones a las
vacías celdas. Cuando escribió que necesitaba
partir, añadió que volvería pronto y que nadie
debía ir entretanto a ver a los prisioneros. Así
ganaba tiempo para que Marcial y los generales
huyesen.
Salió por la puerta principal y a poco rato
encontró a un escudero montado que llevaba
otro caballo que puso a su disposición. No
descansaban día y noche, pues hallaban relevos
en muchos pueblos. Al fin llegaron al antiguo
reino de Marcial; durante el camino
apenas se habían cruzado entre los dos jinetes
algunas palabras.
En la capital esperaban a Roger hombres,
mujeres y niños en gran número que le hicieron
un entusiasta recibimiento. Le quitaron la
capa y la capucha poniéndole en sustitución
de la primera una de hermoso terciopelo y en
vez de la segunda una gorra con ricas plumas.
Así entró en triunfo en la ciudad, yendo el
rey Marcial a su encuentro.
-¡Viva el príncipe Roger! -gritaron todos-,
¡viva el heredero del trono!
El monarca y sus servidores habían hecho
el viaje sin el menor tropiezo gracias al verdadero
peregrino. Este se hallaba en la ciudad
y Roger le saludó enternecido.
-Todo os lo debo a vos -dijo el paje.
-A mí no, a tu padre -contestó Marcelo-;
era mi amigo y le maté, entonces ofrecí que
todo lo daría por su hijo y lo he cumplido.
Servidor del rey Godofredo, le he sido traidor
por ti, tan traidor, que no sólo le he quitado a
sus prisioneros valiéndome del prestigio que
tengo en su país, sino que ahora combatiré
contra él para salvar a los otros súbditos de
tu monarca. Eres el vivo retrato de tu padre,
te vi, adiviné tu intento y te ayudé. Tú serás
el sucesor de Marcial, así habré pagado mi
deuda.
Esta vez fue Godofredo quien declaró la
guerra a Marcial; el peregrino con su antiguo
traje se puso al frente de las tropas de este, y
las contrarias, no atreviéndose a hacer fuego
contra aquel que tenían por santo, se dejaron
vencer. Habiendo hecho numerosos prisioneros,
fueron guardados como rehenes que devolvieron
al ser enviados a su tierra los súbditos
del rey Marcial. Se firmó la paz y los dos
reyes, gracias a Marcelo fueron por fin amigos.
Roger, considerado como príncipe heredero,
vio premiado su arrojo siendo, al morir
Marcial, aún más querido y respetado que su
antecesor.
Rodrigo y Gonzalo, que se batieron como
dos héroes contra Godofredo, obtuvieron elevados
puestos en la capital.
En cuanto al peregrino, una vez cumplida
su misión sagrada, se retiró a una solitaria
ermita donde acabó sus días tranquilamente.