Cualquiera habría dicho que algo importante
ocurría en la balsa del pueblo, y, sin embargo,
no pasaba nada. Todos los patos, tanto los que
se mecían en el agua como los que se habían
puesto de cabeza – pues saben hacerlo -, de
pronto se pusieron a nadar precipitadamente
hacia la orilla; en el suelo cenagoso quedaron
bien visibles las huellas de sus pies y sus gritos
podían oírse a gran distancia. El agua se agitó
violentamente, y eso que unos momentos antes
estaba tersa como un espejo, en el que se
reflejaban uno por uno los árboles y arbustos de
las cercanías y la vieja casa de campo con los
agujeros de la fachada y el nido de golondrinas,
pero muy especialmente el gran rosal cuajado
de rosas, que bajaba desde el muro hasta muy
adentro del agua. El conjunto parecía un cuadro
puesto del revés. Pero en cuanto el agua se
agitaba, todo se revolvía, y la pintura se
esfumaba. Dos plumas que habían caído de los
patos al desplegar las alas, se balanceaban sobre
las olas, como si soplase el viento; y, sin
embargo, no lo había. Por fin quedaron
inmóviles: el agua recuperó su primitiva tersura
y volvió a reflejar claramente la fachada con el
nido de golondrinas y el rosal con cada una de
sus flores, que eran hermosísimas, aunque ellas
lo ignoraban porque nadie se lo había dicho. El
sol se filtraba por entre las delicadas y fragantes
hojas; y cada rosa se sentía feliz, de modo
parecido a lo que nos sucede a las personas
cuando estamos sumidos en nuestros
pensamientos.
– ¡Qué bella es la vida! -decía cada una de las
rosas-. Lo único que desearía es poder besar al
sol, por ser tan cálido y tan claro.
– Y también quisiera besar las rosas de debajo
del agua: ¡se parecen tanto a nosotras! Y besaría
también a las dulces avecillas del nido, que
asoman la cabeza piando levemente; no tienen
aún plumas como sus padres. Son buenos los
vecinos que tenemos, tanto los de arriba como
los de abajo. ¡Qué hermosa es la vida!
Aquellos pajarillos de arriba y de abajo – los
segundos no eran sino el reflejo de los primeros
en el agua – eran gurriatos, hijos de gorriones;
habían ocupado el nido abandonado por las
golondrinas el año anterior, y se encontraban en
él como en su propia casa.
– ¿Son patitos los que allí nadan? -preguntaron
los gurriatos al ver flotar en el agua las plumas
de las palmípedas.
– ¡No preguntéis tonterías! -replicó la madre-.
¿No veis que son plumas, prendas de vestir
vivas como las que yo llevo y que vosotros
llevaréis también, sólo que las nuestras son más
finas? Por lo demás, me gustaría tenerlas aquí
en el nido, pues son muy calientes. Quisiera
saber de qué se espantaron los patos. Habrá
sucedido algo en el agua. Yo no he sido, aunque
confieso que he piado un poco fuerte. Esas
cabezotas de rosas deberían saberlo, pero no
saben nada; mirarse en el espejo y despedir
perfume, eso es cuanto saben hacer. ¡Qué
vecinas tan aburridas!
– ¡Escuchad los pajarillos de arriba! -dijeron las
rosas-, hacen ensayos de canto. No saben
todavía, pero ya vendrá. ¡Qué bonito debe ser
saber cantar! Es delicioso tener vecinos tan
alegres.
En aquel momento llegaron, galopando, dos
caballos; venían a abrevar; un zagal montaba
uno de ellos, despojado de todas sus prendas de
vestir, excepto el sombrero, grande y de anchas
alas. El mozo silbaba como si fuese un pajarillo,
y se metió con su cabalgadura en la parte más
profunda de la balsa; al pasar junto al rosal
cortó una de sus rosas, se la prendió en el
sombrero, para ir bien adornado, y siguió
adelante. Las otras rosas miraban a su hermana
y se preguntaban mutuamente: – ¿Adónde va? –
pero ninguna lo sabía.
– A veces me gustaría salir a correr mundo -dijo
una de las flores a sus compañeras-. Aunque
también es muy hermoso este rincón verde en
que vivimos. Durante el día brilla el sol y nos
calienta, y por la noche, el cielo es aún más
bello; podemos verlo a través de los agujeritos
que tiene.
Se refería a las estrellas; pensaba que eran
agujeros del cielo. ¡No llegaba a más la ciencia
de las rosas!
– Nosotros traemos vida y animación a estos
parajes -dijo la gorriona-. Los nidos de
golondrina son de buen agüero, dice la gente;
por eso se alegran de tenernos. Pero aquel
vecino, el gran rosal que se encarama por la
pared, produce humedad. Espero que se marche
pronto, y en su lugar crezca trigo. Las rosas sólo
sirven de adorno y para perfumar el ambiente; a
lo sumo, para sujetarlas al sombrero. Todos los
años se marchitan, lo sé por mi madre. La
campesina las conserva en sal, y entonces tienen
un nombre francés que no sé pronunciar, ni me
importa; luego las esparce por la ventana
cuando quiere que huela bien. ¡Y ésta es toda su
vida! No sirven más que para alegrar los ojos y
el olfato. Ya lo sabéis, pues.
Al anochecer, cuando los mosquitos empezaron
a danzar en el aire tibio, y las nubes adquirieron
sus tonalidades rojas, presentóse el ruiseñor y
cantó a las rosas que en este mundo lo bello se
parece a la luz del sol y vive eternamente. Pero
las rosas creyeron que el ruiseñor cantaba sus
propias loanzas, y cualquiera lo habría pensado
también. No se les ocurrió que eran ellas el
objeto de su canto; sin embargo,
experimentaron un gran placer y se preguntaban
si tal vez los gurriatos no se volverían a su vez
ruiseñores.
– He comprendido muy bien lo que cantó el
pájaro -dijeron los gurriatos-. Sólo una palabra
quisiera que me explicasen: ¿qué significa «lo
bello»?
– No es nada -respondió la madre-, es una
simple apariencia. Allá arriba, en la finca de los
señores, donde las palomas tienen su casa
propia y todos los días se les reparten guisantes
y grano – yo he comido también con ellas, y
algún día vendréis vosotros: dime con quién
andas y te diré quién eres -, pues en aquella
finca tienen dos pájaros de cuello verde y un
mechoncito de plumas en la cabeza. Pueden
extender la cola como si fuese una gran rueda;
tienen todos los colores, hasta el punto de que
duelen los ojos de mirarlos. Se llaman pavos
reales, y son la belleza. Sólo con que los
desplumasen un poquitín, casi no se
distinguirían de nosotros. ¡Me entraban ganas
de emprenderlas a picotazos con ellos, pero eran
tan grandotes!.
– Pues yo los voy a picotear -exclamó el
benjamín de los gurriatos; el mocoso no tenía
aún plumas.
En el cortijo vivía un joven matrimonio que se
quería tiernamente; los dos eran laboriosos y
despiertos, y su casa era un primor de bien
cuidada. Los domingos por la mañana salía la
mujer, cortaba un ramo de las rosas más bellas y
las ponía en un florero, en el centro del armario.
– ¡Ahora me doy cuenta de que es domingo! –
decía el marido, besando a su esposa; y luego se
sentaban y lean un salmo, cogidos de las manos,
mientras el sol penetraba por las ventanas,
iluminando las frescas rosas y a la enamorada
pareja.
– ¡Este espectáculo me aburre! -dijo la gorriona,
que lo contemplaba desde su nido de enfrente; y
echó a volar.
Lo mismo hizo una semana después, pues cada
domingo ponían rosas frescas en el florero, y el
rosal seguía floreciendo tan hermoso. Los
gorrioncitos, que ya tenían plumas, hubieran
querido lanzarse a volar con su madre, pero ésta
les dijo: – ¡Quedaos aquí! – y se estuvieron
quietecitos. Ella se fue, pero, como suele ocurrir
con harta frecuencia, de pronto quedó cogida en
un lazo hecho de crines de caballo, que unos
muchachos habían colocado en una rama. Las
crines aprisionaron fuertemente la pata de la
gorriona, tanto, que parecía que iban a partirla.
¡Qué dolor y qué miedo! Los chicos cogieron el
pájaro, oprimiéndole terriblemente: – ¡Sólo es
un gorrión! -dijeron; pero no lo soltaron, sino
que se lo llevaron a casa, golpeándolo en el pico
cada vez que chillaba.
En la casa había un viejo entendido en el arte de
fabricar jabón para la barba y para las manos,
jabón en bolas y en pastillas. Era un viejo alegre
y trotamundos; al ver el gorrión que traían los
niños, del que, según ellos, no sabían qué hacer,
preguntóles:
– ¿Queréis que lo pongamos guapo?
Un estremecimiento de terror recorrió el cuerpo
de la gorriona al oír aquellas palabras. El viejo
abrió su caja – que contenía colores bellísimos -,
tomó una buena porción de purpurina y,
cascando un huevo que le proporcionaron los
chiquillos, separó la clara y untó con ella todo el
cuerpo del avecilla, espolvoreándolo luego con
el oro. Y de este modo quedó la gorriona
dorada, aunque no pensaba en su belleza, pues
se moría de miedo. Después, el jabonero
arrancó un trapo rojo del forro de su vieja
chaqueta, lo cortó en forma de cresta y lo pegó
en la cabeza del pájaro.
– ¡Ahora veréis volar el pájaro de oro! -dijo,
soltando al animalito, el cual, presa de mortal
terror, emprendió el vuelo por el espacio
soleado. ¡Dios mío, y cómo relucía! Todos los
gorriones, y también una corneja que no estaba
ya en la primera edad, se asustaron al verlo,
pero se lanzaron en su persecución, ávidos de
saber quién era aquel pájaro desconocido.
– ¿De dónde, de dónde? -gritaba la corneja.
– ¡Espera un poco, espera un poco! -decían los
gorriones. Pero ella no estaba para aguardar;
dominada por el miedo y la angustia, se dirigió
en línea recta hacia su casa. Poco le faltaba para
desplomarse rendida, pero cada vez era mayor
el número de sus perseguidores, grandes y
chicos; algunos se disponían incluso a atacarla.
– ¡Fijaos en ése, fijaos en ése! -gritaban todos.
– ¡Fijaos en ése, Fijaos en ése! -gritaron también
sus crías cuando a madre llegó al nido-.
Seguramente es un pavito, tiene todos los
colores, y hace daño a los ojos, como dijo
madre. ¡Pip! ¡Es la belleza! -. Y arremetieron
contra ella a picotazos, impidiéndole posarse en
el nido; y estaba la gorriona tan aterrorizada,
que no fue capaz de decir ¡pip!, y mucho
menos, claro está, ¡soy vuestra madre! Las otras
aves la agredieron también, le arrancaron todas
las plumas, y la pobre cayó ensangrentada en
medio del rosal.
– ¡Pobre animal! -dijeron las rosas-. ¡Ven, te
ocultaremos! ¡Apoya la cabecita sobre nosotras!
La gorriona extendió por última vez las alas,
luego las oprimió contra el cuerpo y expiró en
el seno de la familia vecina de las frescas y
perfumadas rosas.
– ¡Pip! -decían los gurriatos en el nido -, no
entiendo dónde puede estar nuestra madre. ¿No
será una treta suya, para que nos despabilemos
por nuestra cuenta y nos busquemos la comida?
Nos ha dejado en herencia la casa, pero, ¿quién
de nosotros se quedará con ella, cuando llegue
la hora de constituir una familia?
– Pues ya veréis cómo os echo de aquí, el día en
que amplíe mi hogar con mujer e hijos – dijo el
más pequeño.
– ¡Yo tendré mujer e hijos antes que tú! -replicó
el segundo.- ¡Yo soy el mayor! -gritó un
tercero. Todos empezaron a increparse, a
propinarse aletazos y picotazos, y, ¡paf!, uno
tras otro fueron cayendo del nido; pero aún en
el suelo seguían peleándose. Con la cabeza de
lado, guiñaban el ojo dirigido hacia arriba: era
su modo de manifestar su enfado.
Sabían ya volar un poquitín; luego se
ejercitaron un poco más y por último,
convinieron en que, para reconocerse si alguna
vez se encontraban por esos mundos de Dios,
dirían tres veces ¡pip! y rascarían otras tantas
con el pie izquierdo.
No era Buena para Nada
El alcalde estaba de pie ante la ventana abierta;
lucía camisa de puños planchados y un alfiler en
la pechera, y estaba recién afeitado. Lo había
hecho con su propia mano, y se había producido
una pequeña herida; pero la había tapado con un
trocito de papel de periódico.
– ¡Oye, chaval! – gritó.
El chaval era el hijo de la lavandera; pasaba por
allí y se quitó respetuosamente la gorra, cuya
visera estaba doblada de modo que pudiese
guardarse en el bolsillo. El niño, pobremente
vestido pero con prendas limpias y
cuidadosamente remendadas, se detuvo
reverente, cual si se encontrase ante el Rey en
persona.
– Eres un buen muchacho – dijo el alcalde -, y
muy bien educado. Tu madre debe de estar
lavando ropa en el río. Y tú irás a llevarle eso
que traes en el bolsillo, ¿no? Mal asunto, ese de
tu madre. ¿Cuánto le llevas?
– Medio cuartillo – contestó el niño a media voz,
en tono asustado.
– ¿Y esta mañana se bebió otro tanto? –
prosiguió el hombre.
– No, fue ayer – corrigió el pequeño.
– Dos cuartos hacen un medio. No vale para
nada. Es triste la condición de esa gente. Dile a
tu madre que debiera avergonzarse. Y tú
procura no ser un borracho, aunque mucho me
temo que también lo serás. ¡Pobre chiquillo!
Anda, vete.
El niño siguió su camino, guardando la gorra en
la mano, por lo que el viento le agitaba el rubio
cabello y se lo levantaba en largos mechones.
Torció al llegar al extremo de la calle, y por un
callejón bajó al río, donde su madre, de pies en
el agua junto a la banqueta, golpeaba la pesada
ropa con la pala. El agua bajaba en impetuosa
corriente – pues habían abierto las esclusas del
molino, – arrastrando las sábanas con tanta
fuerza, que amenazaba llevarse banqueta y todo.
A duras penas podía contenerla la mujer.
– ¡Por poco se me lleva a mí y todo! – dijo -.
Gracias a que has venido, pues necesito
reforzarme un poquitín. El agua está fría, y
llevo ya seis horas aquí. ¿Me traes algo?
El muchacho sacó la botella, y su madre,
aplicándosela a la boca, bebió un trago.
– ¡Ah, qué bien sienta! ¡Qué calorcito da! Es lo
mismo que tomar un plato de comida caliente, y
sale más barato. ¡Bebe, pequeño! Estás pálido,
debes de tener frío con estas ropas tan delgadas;
estamos ya en otoño. ¡Uf, qué fría está el agua!
¡Con tal que no caiga yo enferma! Pero no será.
Dame otro trago, y bebe tú también, pero un
sorbito solamente; no debes acostumbrarte,
pobre hijito mío.
Y subió a la pasarela sobre la que estaba el
pequeño y pasó a la orilla; el agua le manaba de
la estera de junco que, para protegerse, llevaba
atada alrededor del cuerpo, y le goteaba también
de la falda.
– Trabajo tanto, que la sangre casi me sale por
las uñas; pero no importa, con tal que pueda
criarte bien y hacer de ti un hombre honrado,
hijo mío.
En aquel momento se acercó otra mujer de más
edad, pobre también, a juzgar por su porte y sus
ropas. Cojeaba de una pierna, y una enorme
greña postiza le colgaba encima de un ojo, con
objeto de taparlo, pero sólo conseguía hacer
más visible que era tuerta. Era amiga de la
lavandera, y los vecinos la llamaban «la coja del
rizo».
– Pobre, ¡cómo te fatigas, metida en esta agua
tan fría! Necesitas tomar algo para entrar en
calor; ¡y aún te reprochan que bebas unas gotas!
-. Y le contó el discurso que el alcalde había
dirigido a su hijo. La coja lo había oído,
indignada de que al niño se le hablase así de su
madre, censurándola por los traguitos que
tomaba, cuando él se daba grandes banquetazos
en el que el vino se iba por botellas enteras.
– Sirven vinos finos y fuertes – dijo -, y muchos
beben más de lo que la sed les pide. Pero a eso
no lo llaman beber. Ellos son gente de
condición, y tú no vales para nada.
– ¡Conque esto te dijo, hijo mío! – balbuceó la
mujer con labios temblorosos -. ¡Que tienes una
madre que no vale nada! Tal vez tenga razón,
pero no debió decírselo a la criatura. ¡Con lo
que tuve que aguantar, en casa del alcalde!
– Serviste en ella, ¿verdad? cuando aún vivían
sus padres; muchos años han pasado desde
entonces. Muchas fanegas de sal han
consumido, y les habrá dado mucha sed – y la
coja soltó una risa amarga -. Hoy se da un gran
convite en casa del alcalde; en realidad debieran
haberlo suspendido, pero ya era tarde, y la
comida estaba preparada. Hace una hora llegó
una carta notificando que el más joven de los
hermanos acaba de morir en Copenhague. Lo sé
por el criado.
– ¡Ha muerto! – exclamó la lavandera,
palideciendo.
– Sí – respondió la otra -. ¿Tan a pecho te lo
tomas? Claro, lo conociste, pues servías en la
casa.
– ¡Ha muerto! Era el mejor de los hombres. No
van a Dios muchos como él – y las lágrimas le
rodaban por las mejillas -. ¡Dios mío! Me da
vueltas la cabeza. Debe ser que me he bebido la
botella, y es demasiado para mí. ¡Me siento tan
mal! – y se agarró a un vallado para no caerse.
– ¡Santo Dios, estás enferma, mujer! – dijo la
coja -. Pero tal vez se te pase. ¡No, de verdad
estás enferma! Lo mejor será que te acompañe a
casa.
– Pero, ¿y la ropa?
– Déjala de mi cuenta. Cógete a mi brazo. El
pequeño se quedará a guardar la ropa; luego yo
volveré a terminar el trabajo; ya quedan pocas
piezas.
La lavandera apenas podía sostenerse.
– Estuve demasiado tiempo en el agua fría.
Desde la madrugada no había tomado nada, ni
seco ni mojado. Tengo fiebre. ¡Oh, Jesús mío,
ayúdame a llegar a casa! ¡Mi pobre hijito! –
exclamó, prorrumpiendo a llorar.
Al niño se le saltaron también las lágrimas, y se
quedó solo junto a la ropa mojada. Las dos
mujeres se alejaron lentamente, la lavandera
con paso inseguro. Remontaron el callejón,
doblaron la esquina y, cuando pasaban por
delante de la casa del alcalde, la enferma se
desplomó en el suelo. Acudió gente.
La coja entró en la casa a pedir auxilio, y el
alcalde y los invitados se asomaron a la
ventana.
– ¡Otra vez la lavandera! – dijo -. Habrá bebido
más de la cuenta; no vale para nada. Lástima
por el chiquillo. Yo le tengo simpatía al
pequeño; pero la madre no vale nada.
Reanimaron a la mujer y la llevaron a su mísera
vivienda, donde la acostaron enseguida.
Su amiga corrió a prepararle una taza de
cerveza caliente con mantequilla y azúcar;
según ella, no había medicina como ésta. Luego
se fue al lavadero, acabó de lavar la ropa,
bastante mal por cierto, – pero hay que aceptar
la buena voluntad – y, sin escurrirla, la guardó
en el cesto.
Al anochecer se hallaba nuevamente a la
cabecera de la enferma. En la cocina de la
alcaldía le habían dado unas patatas asadas y
una buena lonja de jamón, con lo que cenaron
opíparamente el niño y la coja; la enferma se
dio por satisfecha con el olor, y lo encontró muy
nutritivo.
Acostóse el niño en la misma cama de su
madre, atravesado en los pies y abrigado con
una vieja alfombra toda zurcida y remendada
con tiras rojas y azules.
La lavandera se encontraba un tanto mejorada;
la cerveza caliente la había fortalecido, y el olor
de la sabrosa cena le había hecho bien.
– ¡Gracias, buen alma! – dijo a la coja -. Te lo
contaré todo cuando el pequeño duerma. Creo
que está ya dormido. ¡Qué hermoso y dulce está
con los ojos cerrados! No sabe lo que sufre su
madre. ¡Quiera Dios Nuestro Señor que no haya
de pasar nunca por estos trances! Cuando yo
servía en casa del padre del alcalde, que era
Consejero, regresó el más joven de los hijos,
que entonces era estudiante. Yo era joven,
alborotada y fogosa pero honrada, eso sí que
puedo afirmarlo ante Dios – dijo la lavandera -.
El mozo era alegre y animado, y muy bien
parecido. Hasta la última gota de su sangre era
honesta y buena. Jamás dio la tierra un hombre
mejor. Era hijo de la casa, y yo sólo una criada,
pero nos prometimos fidelidad, siempre dentro
de la honradez. Un beso no es pecado cuando
dos se quieren de verdad. Él lo confesó a su
madre; para él representaba a Dios en la Tierra,
y la señora era tan inteligente, tan tierna y
amorosa. Antes de marcharse me puso en el
dedo su anillo de oro. Cuando hubo partido, la
señora me llamó a su cuarto. Me habló con
seriedad, y no obstante con dulzura, como sólo
el bondadoso Dios hubiera podido hacerlo, y me
hizo ver la distancia que mediaba entre su hijo y
yo, en inteligencia y educación. «Ahora él sólo
ve lo bonita que eres, pero la hermosura se
desvanece. Tú no has sido educada como él; no
sois iguales en la inteligencia, y ahí está el
obstáculo. Yo respeto a los pobres – prosiguió -;
ante Dios muchos de ellos ocuparán un lugar
superior al de los ricos, pero aquí en la Tierra
no hay que desviarse del camino, si se quiere
avanzar; de otro modo, volcará el coche, y los
dos seréis víctimas de vuestro desatino. Sé que
un buen hombre, un artesano, se interesa por ti;
es el guantero Erich. Es viudo, no tiene hijos y
se gana bien la vida. Piensa bien en esto». Cada
una de sus palabras fue para mí una cuchillada
en el corazón, pero la señora estaba en lo cierto,
y esto me obligó a ceder. Le besé la mano
llorando amargas lágrimas, y lloré aún mucho
más cuando, encerrándome en mi cuarto, me
eché sobre la cama. Fue una noche dolorosa;
sólo Dios sabe lo que sufrí y luché. Al siguiente
domingo acudí a la Sagrada Misa a pedir a Dios
paz y luz para mi corazón. Y como si Él lo
hubiera dispuesto, al salir de la iglesia me
encontré con Erich, el guantero. Yo no dudaba
ya; éramos de la misma clase y condición, y él
gozaba incluso de una posición desahogada. Por
eso fui a su encuentro y cogiéndole la mano, le
dije: «¿Piensas todavía en mí?». «Sí, y mis
pensamientos serán siempre para ti sola», me
respondió. «¿Estás dispuesto a casarte con una
muchacha que te estima y respeta, aunque no te
ame? Pero quizás el amor venga más tarde».
«¡Vendrá!», dijo él, y nos dimos las manos. Me
volví yo a la casa de mi señora; llevaba
pendiente del cuello, sobre el corazón, el anillo
de oro que me había dado su hijo; de día no
podía ponérmelo en el dedo, pero lo hice a la
noche al acostarme, besándolo tan fuertemente
que la sangre me salió de los labios. Después lo
entregué a la señora, comunicándole que la
próxima semana el guantero pedirla mi mano.
La señora me estrechó entre sus brazos y me
besó; no dijo que no valía para nada, aunque
reconozco que entonces yo era mejor que ahora;
pero ¡sabía tan poco del mundo y de sus
infortunios! Nos casamos por la Candelaria, y el
primer año lo pasamos bien; tuvimos un criado
y una criada; tú serviste entonces en casa.
– ¡Oh, y qué buen ama fuiste entonces para mí! –
exclamó la coja -. Nunca olvidaré lo
bondadosos que fuisteis tú y tu marido. – Eran
buenos tiempos aquellos… No tuvimos hijos por
entonces. Al estudiante, no volví a verlo jamás.
O, mejor dicho, sí, lo vi una vez, pero no él a
mí. Vino al entierro de su madre. Lo vi junto a
su tumba, blanco como yeso y muy triste, pero
era por su madre. Cuando, más adelante, su
padre murió, él estaba en el extranjero; no vino
ni ha vuelto jamás a su ciudad natal. Nunca se
casó, lo sé de cierto. Era abogado. De mí no se
acordaba ya, y si me hubiese visto, difícilmente
me habría reconocido. ¡Me he vuelto tan fea! Y
es así como debe ser.
Luego le contó los días difíciles de prueba, en
que se sucedieron las desgracias. Poseían
quinientos florines, y en la calle había una casa
en venta por doscientos, pero sólo sería rentable
derribándola y construyendo una nueva. La
compraron, y el presupuesto de los albañiles y
carpinteros elevóse a mil veinte florines. Erich
tenía crédito; le prestaron el dinero en
Copenhague, pero el barco que lo traía
naufragó, perdiéndose aquella suma en el
naufragio.
– Fue entonces cuando nació este hijo mío, que
ahora duerme aquí. A su padre le acometió una
grave y larga enfermedad; durante nueve meses,
tuve yo que vestirlo y desnudarlo. Las cosas
marchaban cada vez peor; aumentaban las
deudas, perdimos lo que nos quedaba, y mi
marido murió. Yo me he matado trabajando, he
luchado y sufrido por este hijo, he fregado
escaleras y lavado ropa, basta o fina, pero Dios
ha querido que llevase esta cruz. Él me redimirá
y cuidará del pequeño.
Y se quedó dormida.
A la mañana sintióse más fuerte; pensó que
podría reanudar el trabajo. Estaba de nuevo con
los pies en el agua fría, cuando de repente le
cogió un desmayo. Alargó convulsivamente la
mano, dio un paso hacia la orilla y cayó,
quedando con la cabeza en la orilla y los pies en
el agua. La corriente se llevó los zuecos que
calzaba con un manojo de paja en cada uno. Allí
la encontró la coja del rizo cuando fue a traerle
un poco de café.
Entretanto, el alcalde le había enviado recado a
su casa para que acudiese a verlo cuanto antes,
pues tenía algo que comunicarle. Pero llegó
demasiado tarde. Fue un barbero para sangrarla,
pero la mujer había muerto.
– ¡Se ha matado de una borrachera! – dijo el
alcalde.
La carta que daba cuenta del fallecimiento del
hermano contenía también copia del testamento,
en el cual se legaban seiscientos florines a la
viuda del guantero, que en otro tiempo sirviera
en la casa de sus padres. Aquel dinero debería
pagarse, contante y sonante, a la legataria o a su
hijo.
– Algo hubo entre ellos – dijo el alcalde -.
Menos mal que se ha marchado; toda la
cantidad será para el hijo; lo confiaré a personas
honradas, para que hagan de él un artesano
bueno y capaz.
Dios dio su bendición a aquellas palabras.
El alcalde llamó al niño a su presencia, le
prometió cuidar de él, y le dijo que era mejor
que su madre hubiese muerto, pues no valía
para nada.
Condujeron el cuerpo al cementerio, al
cementerio de los pobres; la coja plantó un
pequeño rosal sobre la tumba, mientras el
muchachito permanecía de pie a su lado.
– ¡Madre mía! – dijo, deshecho en lágrimas -.
¿Es verdad que no valía para nada?
– ¡Oh, sí, valía! – exclamó la vieja, levantando
los ojos al cielo.
– Hace muchos años que yo lo sabía, pero
especialmente desde la noche última. Te digo
que sí valía, y que lo mismo dirá Dios en el
cielo. ¡No importa que el mundo siga afirmando
que no valía para nada!.
La Casa Vieja
Había en una callejuela una casa muy vieja,
muy vieja; tenía casi trescientos años, según
podía leerse en las vigas, en las que estaba
escrito el año, en cifras talladas sobre una
guirnalda de tulipanes y hojas de lúpulo. Había
también versos escritos en el estilo de los
tiempos pasados, y sobre cada una de las
ventanas en la viga, se veía esculpida una cara
grotesca, a modo de caricatura. Cada piso
sobresalía mucho del inferior, y bajo el tejado
habían puesto una gotera con cabeza de dragón;
el agua de lluvia salía por sus fauces, pero
también por su barriga, pues la canal tenía un
agujero.
Todas las otras casas de la calle eran nuevas y
bonitas, con grandes cristales en las ventanas y
paredes lisas; bien se veía que nada querían
tener en común con la vieja, y seguramente
pensaban:
«¿Hasta cuándo seguirá este viejo armatoste,
para vergüenza de la calle? Además, el balcón
sobresale de tal modo que desde nuestras
ventanas nadie puede ver lo que pasa allí. La
escalera es ancha como la de un palacio y alta
como la de un campanario. La barandilla de
hierro parece la puerta de un panteón, y además
tiene pomos de latón. ¡Habráse visto!».
Frente por frente había también casas nuevas
que pensaban como las anteriores; pero en una
de sus ventanas vivía un niño de coloradas
mejillas y ojos claros y radiantes, al que le
gustaba la vieja casa, tanto a la luz del sol como
a la de la luna. Se entretenía mirando sus
decrépitas paredes, y se pasaba horas enteras
imaginando los cuadros más singulares y el
aspecto que años atrás debía de ofrecer la calle,
con sus escaleras, balcones y puntiagudos
hastiales; veía pasar soldados con sus alabardas
y correr los canalones como dragones y
vestiglos. Era realmente una casa notable. En el
piso alto vivía un anciano que vestía calzón
corto, casaca con grandes botones de latón y
una majestuosa peluca. Todas las mañanas iba a
su cuarto un viejo sirviente, que cuidaba de la
limpieza y hacía los recados; aparte él, el
anciano de los calzones cortos vivía
completamente solo en la vetusta casona. A
veces se asomaba a la ventana; el chiquillo lo
saludaba entonces con la cabeza, y el anciano le
correspondía de igual modo. Así se conocieron,
y entre ellos nació la amistad, a pesar de no
haberse hablado nunca; pero esto no era
necesario.
El chiquillo oyó cómo sus padres decían:
– El viejo de enfrente parece vivir con
desahogo, pero está terriblemente solo.
El domingo siguiente el niño cogió un objeto, lo
envolvió en un pedazo de papel, salió a la
puerta y dijo al mandadero del anciano:
– Oye, ¿quieres hacerme el favor de dar esto de
mi parte al anciano señor que vive arriba?
Tengo dos soldados de plomo y le doy uno,
porque sé que está muy solo.
El viejo sirviente asintió con un gesto de agrado
y llevó el soldado de plomo a la vieja casa.
Luego volvió con el encargo de invitar al niño a
visitar a su vecino, y el niño acudió, después de
pedir permiso a sus padres.
Los pomos de latón de la barandilla de la
escalera brillaban mucho más que de
costumbre; diríase que los habían pulimentado
con ocasión de aquella visita; y parecía que los
trompeteros de talla, que estaban esculpidos en
la puerta saliendo de tulipanes, soplaran con
todas sus fuerzas y con los carrillos mucho más
hinchados que lo normal. «¡Taratatrá! ¡Que
viene el niño! ¡Taratatrá!», tocaban; y se abrió
la puerta. Todas las paredes del vestíbulo
estaban cubiertas de antiguos cuadros
representando caballeros con sus armaduras y
damas vestidas de seda; y las armas rechinaban,
y las sedas crujían. Venía luego una escalera
que, después de subir un buen trecho, volvía a
bajar para conducir a una azotea muy decrépita,
con grandes agujeros y largas grietas, de las que
brotaban hierbas y hojas. Toda la azotea, el
patio y las paredes estaban revestidas de verdor,
y aun no siendo más que un terrado, parecía un
jardín. Había allí viejas macetas con caras
pintadas, y cuyas asas eran orejas de asno; pero
las flores crecían a su antojo, como plantas
silvestres. De uno de los tiestos se
desparramaban en todos sentidos las ramas y
retoños de una espesa clavellina, y los retoños
hablaban en voz alta, diciendo: «¡He recibido la
caricia del aire y un beso del sol, y éste me ha
prometido una flor para el domingo, una
florecita para el domingo!».
Pasó luego a una habitación cuyas paredes
estaban revestidas de cuero de cerdo, estampado
de flores doradas.
El dorado se desluce
pero el cuero queda,
decían las paredes.
Había sillones de altos respaldos, tallados de
modo pintoresco y con brazos a ambos lados.
«¡Siéntese! ¡Tome asiento! -decían-. ¡Ay!
¡Cómo crujo! Seguramente tendré la gota, como
el viejo armario. La gota en la espalda, ¡ay!».
Finalmente, el niño entró en la habitación del
mirador, en la cual estaba el anciano.
– Muchas gracias por el soldado de plomo,
amiguito mío -dijo el viejo-. Y mil gracias
también por tu visita.
«¡Gracias, gracias!», o bien «¡crrac, crrac!», se
oía de todos los muebles. Eran tantos, que casi
se estorbaban unos a otros, pues, todos querían
ver al niño.
En el centro de la pared colgaba el retrato de
una hermosa dama, de aspecto alegre y juvenil,
pero vestida a la antigua, con el pelo empolvado
y las telas tiesas y holgadas; no dijo ni
«gracias» ni «crrac», pero miraba al pequeño
con ojos dulces. Éste preguntó al viejo:
-¿ De dónde lo has sacado?
– Del ropavejero de enfrente -respondió el
hombre-. Tiene muchos retratos. Nadie los
conoce ni se preocupa de ellos, pues todos están
muertos y enterrados; pero a ésta la conocí yo
en tiempos; hace ya cosa de medio siglo que
murió.
Bajo el cuadro colgaba, dentro de un marco y
cubierto con cristal, un ramillete de flores
marchitas; seguramente habrían sido cogidas
también medio siglo atrás, tan viejas parecían.
El péndulo del gran reloj marcaba su tictac, y
las manecillas giraban, y todas las cosas de la
habitación se iban volviendo aún más viejas;
pero ellos no lo notaron.
– En casa dicen -observó el niño- que vives muy
solo.
– ¡Oh! -sonrió el anciano-, no tan solo como
crees. A menudo vienen a visitarme los viejos
pensamientos, con todo lo que traen consigo, y,
además, ahora has venido tú. No tengo por qué
quejarme.
Entonces sacó del armario un libro de estampas,
entre las que figuraban largas comitivas, coches
singularísimos como ya no se ven hoy día,
soldados y ciudadanos con las banderas de las
corporaciones: la de los sastres llevaba unas
tijeras sostenidas por dos leones; la de los
zapateros iba adornada con un águila, sin
zapatos, es cierto, pero con dos cabezas, pues
los zapateros lo quieren tener todo doble, para
poder decir: es un par. ¡Qué hermoso libro de
estampas!
El anciano pasó a otra habitación a buscar
golosinas, manzanas y nueces; en verdad que la
vieja casa no carecía de encantos.
– No lo puedo resistir! -exclamó de súbito
el soldado de plomo desde su sitio
encima de la cómoda-. Esta casa está
sola y triste. No; quien ha conocido la
vida de familia, no puede habituarse a
esta soledad. ¡No lo resisto! El día se
hace terriblemente largo, y la noche,
más larga aún. Aquí no es como en tu
casa, donde tu padre y tu madre charlan
alegremente, y donde tú y los demás
chiquillos estáis siempre alborotando.
¿Cómo puede el viejo vivir tan solo?
¿Imaginas lo que es no recibir nunca un
beso, ni una mirada amistosa, o un árbol
de Navidad? Una tumba es todo lo que
espera. ¡No puedo resistirlo!
El Niño Travieso
Érase una vez un anciano poeta, muy bueno y
muy viejo. Un atardecer, cuando estaba en casa,
el tiempo se puso muy malo; fuera llovía a
cántaros, pero el anciano se encontraba muy a
gusto en su cuarto, sentado junto a la estufa, en
la que ardía un buen fuego y se asaban
manzanas.
– Ni un pelo de la ropa les quedará seco a los
infelices que este temporal haya pillado fuera de
casa -dijo, pues era un poeta de muy buenos
sentimientos.
– ¡Ábrame! ¡Tengo frío y estoy empapado! –
gritó un niño desde fuera. Y llamaba a la puerta
llorando, mientras la lluvia caía furiosa, y el
viento hacía temblar todas las ventanas.
– ¡Pobrecillo! -dijo el viejo, abriendo la puerta.
Estaba ante ella un rapazuelo completamente
desnudo; el agua le chorreaba de los largos rizos
rubios. Tiritaba de frío; de no hallar refugio,
seguramente habría sucumbido, víctima de la
inclemencia del tiempo.
– ¡Pobre pequeño! -exclamó el compasivo
poeta, cogiéndolo de la mano-. ¡Ven conmigo,
que te calentaré! Voy a darte vino y una
manzana, porque eres tan precioso.
Y lo era, en efecto. Sus ojos parecían dos
límpidas estrellas, y sus largos y ensortijados
bucles eran como de oro puro, aun estando
empapados. Era un verdadero angelito, pero
estaba pálido de frío y tirítaba con todo su
cuerpo. Sostenía en la mano un arco magnifico,
pero estropeado por la lluvia; con la humedad,
los colores de sus flechas se habían borrado y
mezclado unos con otros.
El poeta se sentó junto a la estufa, puso al
chiquillo en su regazo, escurrióle el agua del
cabello, le calentó las manitas en las suyas y le
preparó vino dulce. El pequeño no tardó en
rehacerse: el color volvió a sus mejillas, y,
saltando al suelo, se puso a bailar alrededor del
anciano poeta.
– ¡Eres un rapaz alegre! -dijo el viejo-. ¿Cómo
te llamas?
– Me llamo Amor -respondió el pequeño-. ¿No
me conoces? Ahí está mi arco, con el que
disparo, puedes creerme. Mira, ya ha vuelto el
buen tiempo, y la luna brilla.
– Pero tienes el arco estropeado -observó el
anciano.
– ¡Mala cosa sería! -exclamó el chiquillo, y,
recogiéndolo del suelo, lo examinó con
atención-. ¡Bah!, ya se ha secado; no le ha
pasado nada; la cuerda está bien tensa. ¡Voy a
probarlo! -. Tensó el arco, púsole una flecha y,
apuntando, disparó certero, atravesando el
corazón del buen poeta.- ¡Ya ves que mi arco no
está estropeado! -dijo, y, con una carcajada, se
marchó. ¡Habíase visto un chiquillo más malo!
¡Disparar así contra el viejo poeta, que lo había
acogido en la caliente habitación, se había
mostrado tan bueno con él y le había dado tan
exquisito vino y sus mejores manzanas!
El buen señor yacía en el suelo, llorando;
realmente le habían herido en el corazón.
-¡Oh, qué niño tan pérfido es ese Amor! Se lo
contaré a todos los chiquillos buenos, para que
estén precavidos y no jueguen con él, pues
procurará causarles algún daño.
Todos los niños y niñas buenos a quienes contó
lo sucedido se pusieron en guardia contra las
tretas de Amor, pero éste continuó haciendo de
las suyas, pues realmente es de la piel del
diablo. Cuando los estudiantes salen de sus
clases, él marcha a su lado, con un libro debajo
del brazo y vestido con levita negra. No lo
reconocen y lo cogen del brazo, creyendo que
es también un estudiante, y entonces él les clava
una flecha en el pecho. Cuando las muchachas
vienen de escuchar al señor cura y han recibido
ya la confirmación él las sigue también. Sí,
siempre va detrás de la gente. En el teatro se
sienta en la gran araña, y echa llamas para que
las personas crean que es una lámpara, pero
¡quiá!; demasiado tarde descubren ellas su
error. Corre por los jardines y en torno a las
murallas. Sí, un día hirió en el corazón a tu
padre y a tu madre. Pregúntaselo, verás lo que
te dicen. Créeme, es un chiquillo muy travieso
este Amor; nunca quieras tratos con él; acecha a
todo el mundo. Piensa que un día disparó, una
flecha hasta a tu anciana abuela; pero de eso
hace mucho tiempo. Ya pasó, pero ella no lo
olvida. ¡Caramba con este diablillo de Amor!
Pero ahora ya lo conoces y sabes lo malo que
es.