El tren correo acababa de llegar a la estación
de Santa Marina y de él se apeó, entre
otras muchas personas, un viajero joven,
sencillo pero elegantemente vestido, que iba
sin duda para asistir a las fiestas del citado
pueblo, que empezaban aquella noche.
No sabía el caballero que ya no se encontraba
en la posada, con honores de fonda, ni
una habitación disponible; juzgaba cosa fácil
tener albergue en la pequeña población. A la
primera pregunta que hizo sobre el particular
pudo comprender el error en que estaba; todo
había sido cedido o alquilado a parientes, parroquianos
o amigos, hasta las guardillas,
hasta los pajares, hasta las cuadras.
-¿Qué voy a hacer si no hallo dónde pasar
la noche? -se preguntó el viajero.
Andando a la casualidad vio en una calle
estrecha, fea y sucia, una casa muy vieja,
compuesta de dos pisos, con ventanas, detrás
de la que se extendía un mal cuidado jardín.
Todo parecía indicar que el citado edificio estaba
abandonado por completo; los cristales
cubiertos de polvo y telarañas, los muros en
estado medio ruinoso, la puerta un tanto desvencijada.
Pegado en ella se veía un papel
amarillento en el que apenas podían leerse
estas palabras, escritas con una letra gruesa
y desigual: «Se alquila o se vende. En el número
8 darán razón.» La casa tenía el número
4, por consiguiente el forastero encontró sin
dificultad el lugar donde podían darle noticias
respecto a aquel viejo edificio. Una niña de
diez a once años se hallaba a la entrada ocupándose
en recoger alguna ropa lavada que
había tendido al sol para que se secase.
-¿Se puede ver la casa que tiene el número
4? -preguntó el caballero.
La muchacha le miró con verdadero asombro
y no respondió.
-He visto que se alquila o se vende –
prosiguió él-, y como me figuro que no ha de
ser cara, tomándola por unos días resuelvo el
difícil problema de tener dónde dormir en este
pueblo durante las fiestas.
-¿Pero de veras quiere usted entrar ahí? –
murmuró al fin la niña.
-Si no hay inconveniente…
-Inconveniente no, pero…
-Explícate con claridad -dijo el viajero
viendo que ella no proseguía.
-Es el caso, repuso la niña, que esa casa,
llamada la del duende, no se abre hace lo
menos veinte años, y durante ese tiempo nadie
ha venido a pedir a mi padre la llave para
verla.
-¿Y por qué se llama del duende? –
interrogó el joven.
-¡Ah! no es sin razón, caballero. Vivía en
ella hace mucho tiempo un avaro muy viejo y
muy rico. Tenía guardado su oro en un agujero
que nadie conocía y, a pesar de esto, él
notaba que las monedas iban disminuyendo
poco a poco. Un día se escondió para sorprender
al ladrón, y vio que era un duendecillo
muy pequeño. Cuando el avaro quiso acercarse
a él, el duende desapareció como por
encanto. Desde entonces el viejo vivió con
gran desasosiego y algunos dijeron que se
había vuelto loco, siendo su manía que le robaban.
Lo cierto es que una mañana amaneció
muerto y, aun que se dijo que se había
suicidado en un acceso de locura, nadie dudó
en el pueblo que el duende le había asesinado
para robarle, pues no se encontró nada de su
dinero. La casa quedó abandonada, habitándola
sólo el duende, que continúa en ella,
aunque no le ve nadie.
¿Y cómo se sabe que continúa?
-Porque durante la noche se ilumina todo el
piso alto y porque cuanto se le pone a la
puerta desaparece al dar las doce.
Y siguió contando al forastero cómo para
apaciguar al duende era preciso hacerle obsequios
de más o menos valor, pero que él admitía
siempre. Si enfermaba una gallina, para
que no muriese, la dueña depositaba una cesta
con algunos huevos a la puerta de la casa
del duende; si era una vaca, se le ponía una
cantarita de leche; si se presentaba mal la
cosecha, se hacía el ofrecimiento, que más
adelante se cumplía si resultaba buena o aun
mediana, de darle un saco con el mejor trigo;
el duende aceptaba las ofertas y tenía la
amabilidad de devolver, pero vacíos, la cesta,
la cantarita y el saco. Nadie le veía cuando
recogía los regalos, porque ¡salía tan tarde!
nada menos que a las doce de la noche,
cuando allí todo el mundo se acostaba a las
nueve en verano y a las ocho en invierno.
A pesar de estas noticias, el forastero insistió
en que quería pasar allí la noche, y la muchacha
le dijo que esperase a que su padre
llegara para que le entregase la llave. Antes
de que esto ocurriese, apareció en aquella
calle un grupo compuesto de una docena de
chicos que perseguían a un pobre niño de
fisonomía dulce y simpática, vestido humildemente
con un pantalón remendado y una
blusa azul algo descolorida por el uso. Iba sin
gorra y llevaba los pies descalzos.
-Ahí viene Ginesillo el tonto -murmuró la
niña.
-¿Y quién es el que tal nombre lleva? preguntó
el caballero.
-Es el hijo de la tía Micaela, viuda de Nicolás
el tonto.
-¿Y son todos tontos en esa familia?
-Si el padre lo era ¿qué quiere usted que
sea el hijo?
Entre tanto los muchachos empujaban a
Ginés hacia la casa del duende, resistiéndose
el niño, en cuyo rostro se marcaba un profundo
terror, a acercarse allí.
-¡Que le haga una visita al duende! –
exclamó un chico.
-Ofrezcámosle a Ginesillo para que se acaben
los tontos del pueblo -añadió otro.
-Y que se quede con él y no devuelva más
que la blusa -prosiguió un tercero.
-Metámosle por una ventana que tenga los
vidrios rotos -dijo el primero que había hablado.
El viajero tuvo que intervenir en el asunto
y, gracias a su energía, los muchachos dejaron
en paz a Ginesillo. Éste, apenas se vio
libre, echó a correr, no sin dirigir antes una
mirada de gratitud a su defensor.
Poco después llegó el padre de la niña que
entregó al joven la llave de la casa del duende
para que la viera.
Era un edificio feo y sin comodidades de
ningún género en su interior. Sólo dos cosas
excitaron la atención del caballero: la primera,
que en una de las guardillas había un catre
con un colchón en el que se notaba que
una persona había dormido, y la otra, que en
la cocina se veían restos de comida y en una
de las hornillas algunos carbones que pareían
haber sido apagados poco antes. Aquello no
podía ser del tiempo del avaro, muerto hacía
nada menos que veinte años, y si había dicho
verdad la muchacha, nadie había entrado allí
después de aquel trágico suceso.
En otra pieza del piso principal vio una cama
algo mejor que la de la guardilla, que
pensó elegir para pasar la noche. El resto del
mobiliario estaba deteriorado y cubierto de
polvo.
El forastero alquiló la casa por quince días,
pagó adelantado y se fue luego a comer a la
posada.
Al pasar por la calle peor del pueblo, vio a
la entrada de su mala choza a Ginesillo el tonto
y a su madre, una pobre mujer de la que
todos se burlaban, igual que de su hijo, por lo
que produjo al caballero la más profunda
compasión.
Después de cenar y presenciar una parte
de las fiestas nocturnas, el joven se dirigió
tranquilamente hacia la casa llamada del
duende. Al divisarla de lejos le pareció que,
en efecto, el piso superior estaba iluminado,
pero al acercarse más advirtió que era el reflejo
de la luna en los cristales, puesto que al
llegar junto a la casa aquella luz había desaparecido.
-Todo será lo mismo -murmuró el joven-,
en esto no debe haber una palabra de verdad.
Delante de la puerta vio una jarra con miel,
una cesta con fruta y una botella con vino.
Abrió, subió la escalera y entró en el cuarto
que había elegido para alcoba. Allí una bujía,
pues había comprado un paquete de ellas en
el pueblo, y se echó vestido en la cama. Al
mirar su reloj vio que marcaba las once y media
y, recordando que el duende recogía a las
doce sus provisiones, se asomó a la ventana y
estuvo en acecho, cuidando de no llamar la
atención ni asustar al habitante de la singular
casa.
Al sonar la primera campanada, el joven
noto que la puerta se abría sin ruido y que un
brazo corto, que terminaba en una mano pequeña,
cogía la jarra primero y después la
cesta y la botella.
Una vez hecho esto volvió a cerrar despacio
y el caballero oyó unos ligeros pasos por
la escalera. Apagó su bujía, pero cuando se
acercó a la puerta de su alcoba no vio nada ni
pudo averiguar más. Aunque no muy tranquilo,
volvió a echarse en la cama y, después de
luchar algunos minutos con el sueño, se quedó
profundamente dormido.
A la mañana siguiente vio la jarra, la cesta
y la botella vacías junto a la puerta de la casa.
A nadie dijo lo que había ocurrido el día
precedente, se pasó la tarde disfrutando de
todas las fiestas, y hasta muy entrada la noche
no regresó a su nuevo domicilio.
Le pareció indigno el temor que había sentido
el día antes y decidió hacer algunas averiguaciones
respecto al duende. Pero, aunque
se asomó a las doce, registró la casa y observó
todos los rincones, no hubo nada de particular
y llegó a pensar que lo visto la noche
anterior había sido un sueño.
A la siguiente se disponía a echarse en la
cama, cuando oyó en la pieza de arriba ligero
rumor de pasos.
-¿Será algún gato? -se preguntó el forastero-;
sólo un duende podría andar de esa manera.
Es preciso que suba despacio y que me
entere bien de lo que pasa.
Dejó transcurrir un cuarto de hora y luego,
procurando hacer el menor ruido posible, subió
la escalera y llegó a la guardilla, pero no
encontró a nadie allí.
A la noche siguiente ocurrió lo mismo respecto
a los ligeros pasos, y cuando se dirigía
hacia la escalera halló ante sí la puerta cerrada
con llave que le impidió seguir sus investigaciones.
No dudó ya que el duende sabía su
presencia en la casa y que huía de él; así es
que decidió esconderse para sorprender al
que se ocultaba. Al otro día, en vez de permanecer
en su cuarto, se quedó en la guardilla
detrás de la puerta. Apenas había pasado
una hora oyó las leves pisadas, y el duende
penetró en su alcoba, donde no encendió luz.
Al caballero le pareció un hombrecillo de corta
estatura, pero no hubiera podido asegurar
nada, porque apenas se veía en la habitación,
débilmente iluminada por un plateado rayo de
luna que penetraba por las rendijas de la ventana.
El joven sacó entonces una bujía que
había llevado, aplicó una cerilla y no pudo
contener un movimiento de sorpresa al ver
echado ya en el catre, a Ginesillo el tonto. El
niño se levantó extendiendo sus suplicantes
manos hacía él, y le habló de este modo:
-No me pierda usted, no descubra a nadie
que me ha visto.
-Pues explícame sin reticencias ni falsedades
tu presencia en esta casa.
-Sí, señor -balbuceó el niño-; siéntese usted
y se lo diré todo.
Y cuando el forastero hubo ocupado la única
silla que había allí, empezó la historia en
estos términos.
-Usted sabe bien que en todos los pueblos
hay algún pícaro que se finge tonto, y el de
Santa Marina hace veinte años robó al señor
que vivía en esta casa, sin que nadie lo sospechase.
Mi padre, que lo vio, no quiso delatarle
porque había sido amigo suyo; pero
desde entonces se le halló más preocupado y
más silencioso cada día, por lo que al morir el
ladrón -a quien no aprovechó el robo, pues
apenas vivió tres meses después de cometerlo-
fue tenido él por tonto también. Mi pobre
padre sufrió mucho con eso, porque nadie
quería darle trabajo, y se vio obligado a gastar
poco a poco sus economías.
Apenas murió, después de una breve enfermedad,
mi madre tuvo que ponerse a servir
para mantenerme, y yo heredé la fama de
tonto que tenía mi padre, por mi carácter tímido
y medroso. Cuando fui mayor, pensé
sacar partido de lo que llamaban mi tontería,
en provecho de mi madre. -El pueblo entero
se ríe de mí, me dije, pues yo me reiré más
de él. -Y una noche me introduje en la casa
del duende y vi que no había en ella nada
extraño, y que mi madre y yo podíamos dormir
perfectamente, dejando bien cerrada
nuestra choza, ella en la cama del avaro y yo
en el catre donde descansaba un criado a
quien después echó. Estas noches usted le ha
quitado la cama a mi madre, que se ha quedado
en nuestra cabaña. Entramos aquí por la
puerta del jardín, pues tenemos todas las llaves
de la casa que el ladrón, que las mandó
hacer, se dejó un día olvidadas en la nuestra
después de cometer el robo, y contando una
historia hoy, inventado un suceso raro mañana,
logré que nadie dudase de la existencia
del duende y que le hicieran ofrecimientos de
huevos, pan, leche y otras cosas con las que
nos mantenemos mi madre y yo. Lo que los
dos ganamos trabajando, cuando hay en qué,
lo ahorramos, y el día que tengamos bastante
dinero nos iremos muy lejos para vivir en paz.
Esto es cuanto puedo decirle, caballero.
-Pero eso -dijo el joven-, no me explica tu
terror cuando querían encerrarte en la casa
del duende…
-Era fingido, yo no temía nada.
-Pues entonces eres un gran actor.
-Sí, señor, pero encargado siempre del papel
de tonto.
El forastero le prometió callar y lo cumplió,
dándole antes de marcharse una cantidad de
dinero para que el niño y su infeliz madre pudieran
dejar más pronto aquel lugar y la miserable
vida que en él llevaban. Les ofreció
también su apoyo para que lograran trabajar,
sacando buen producto, en la ciudad que él
habitaba.
Al día siguiente pudo ver cómo se burlaban
del chico los muchachos, pero al partir llevaba
la convicción de que la persona más inteligente
de Santa Marina era aquel niño a quien
llamaban Ginesillo el tonto.
El Niño y el Maestro de la Escuela
En esta fabulita quiero haceros ver cuán
intempestivas son a veces las reconvenciones
de los necios.
—
Un Muchacho cayó al agua, jugando a la
orilla del Sena. Quiso Dios que creciese allí un
sauce, cuyas ramas fueron su salvación. Asido
estaba a ellas, cuando pasó un Maestro de
escuela. Gritole el Niño: “¡Socorro, que muero!”
El Dómine, oyendo aquellos gritos, volvióse
hacia él, muy grave y tieso, y de esta
manera le adoctrinó: “¿Habráse visto pillete
como él? Conteplad en qué apuro le ha puesto
su atolondramiento. ¡Encargaos después
de calaverillas como éste! ¡Cuán desgraciados
son los padres que tienen que cuidar de tan
malas pécoras! ¡Bien dignos son de lástima!”
y terminada la filípica, sacó al Muchacho a la
orilla.
Alcanza esta crítica a muchos que no se lo
figuran. No hay charlatán, censor, ni pedante,
a quien no siente bien el discursillo que he
puesto en labios del Dómine. Y de pedantes,
censores y charlatanes, es larga la familia.
Dios hizo muy fecunda esta raza. Venga o no
venga al caso, no piensan en otra cosa que
en lucir su oratoria. –Amigo mío, sácame del
apuro y guarda para después la reprimenda.
Algo
– ¡Quiero ser algo! – decía el mayor de cinco
hermanos. – Quiero servir de algo en este
mundo. Si ocupo un puesto, por modesto que
sea, que sirva a mis semejantes, seré algo. Los
hombres necesitan ladrillos. Pues bien, si yo los
fabrico, haré algo real y positivo.
– Sí, pero eso es muy poca cosa – replicó el
segundo hermano. – Tu ambición es muy
humilde: es trabajo de peón, que una máquina
puede hacer. No, más vale ser albañil. Eso sí es
algo, y yo quiero serlo. Es un verdadero oficio.
Quien lo profesa es admitido en el gremio y se
convierte en ciudadano, con su bandera propia y
su casa gremial. Si todo marcha bien, podré
tener oficiales, me llamarán maestro, y mi
mujer será la señora patrona. A eso llamo yo ser
algo.
– ¡Tonterías! – intervino el tercero. – Ser albañil
no es nada. Quedarás excluido de los
estamentos superiores, y en una ciudad hay
muchos que están por encima del maestro
artesano. Aunque seas un hombre de bien, tu
condición de maestro no te librará de ser lo que
llaman un « patán ». No, yo sé algo mejor. Seré
arquitecto, seguiré por la senda del Arte, del
pensamiento, subiré hasta el nivel más alto en el
reino de la inteligencia. Habré de empezar
desde abajo, sí; te lo digo sin rodeos: comenzaré
de aprendiz. Llevaré gorra, aunque estoy
acostumbrado a tocarme con sombrero de seda.
Iré a comprar aguardiente y cerveza para los
oficiales, y ellos me tutearán, lo cual no me
agrada, pero imaginaré que no es sino una
comedia, libertades propias del Carnaval.
Mañana, es decir, cuando sea oficial,
emprenderé mi propio camino, sin preocuparme
de los demás. Iré a la academia a aprender
dibujo, y seré arquitecto. Esto sí es algo. ¡Y
mucho!. Acaso me llamen señoría, y excelencia,
y me pongan, además, algún título delante y
detrás, y venga edificar, como otros hicieron
antes que yo. Y entretanto iré construyendo mi
fortuna. ¡Ese algo vale la pena!
– Pues eso que tú dices que es algo, se me antoja
muy poca cosa, y hasta te diré que nada – dijo el
cuarto. – No quiero tomar caminos trillados. No
quiero ser un copista. Mi ambición es ser un
genio, mayor que todos vosotros juntos. Crearé
un estilo nuevo, levantaré el plano de los
edificios según el clima y los materiales del
país, haciendo que cuadren con su sentimiento
nacional y la evolución de la época, y les
añadiré un piso, que será un zócalo para el
pedestal de mi gloria.
– ¿Y si nada valen el clima y el material? –
preguntó el quinto. – Sería bien sensible, pues
no podrían hacer nada de provecho. El
sentimiento nacional puede engreírse y perder
su valor; la evolución de la época puede escapar
de tus manos, como se te escapa la juventud. Ya
veo que en realidad ninguno de vosotros llegará
a ser nada, por mucho que lo esperéis. Pero
haced lo que os plazca. Yo no voy a imitaros;
me quedaré al margen, para juzgar y criticar
vuestras obras. En este mundo todo tiene sus
defectos; yo los descubriré y sacaré a la luz.
Esto será algo.
Así lo hizo, y la gente decía de él: «
Indudablemente, este hombre tiene algo. Es una
cabeza despejada. Pero no hace nada ». Y, sin
embargo, por esto precisamente era algo.
Como veis, esto no es más que un cuento, pero
un cuento que nunca se acaba, que empieza
siempre de nuevo, mientras el mundo sea
mundo.
Pero, ¿qué fue, a fin de cuentas, de los cinco
hermanos? Escuchadme bien, que es toda una
historia.
El mayor, que fabricaba ladrillos, observó que
por cada uno recibía una monedita, y aunque
sólo fuera de cobre, reuniendo muchas de ellas
se obtenía un brillante escudo. Ahora bien,
dondequiera que vayáis con un escudo, a la
panadería, a la carnicería o a la sastrería, se os
abre la puerta y sólo tenéis que pedir lo que os
haga falta. He aquí lo que sale de los ladrillos.
Los hay que se rompen o desmenuzan, pero
incluso de éstos se puede sacar algo.
Una pobre mujer llamada Margarita deseaba
construirse una casita sobre el malecón. El
hermano mayor, que tenía un buen corazón,
aunque no llegó a ser más que un sencillo
ladrillero, le dio todos los ladrillos rotos, y unos
pocos enteros por añadidura. La mujer se
construyó la casita con sus propias manos. Era
muy pequeña; una de las ventanas estaba
torcida; la puerta era demasiado baja, y el techo
de paja hubiera podido quedar mejor. Pero, bien
que mal, la casuca era un refugio, y desde ella
se gozaba de una buena vista sobre el mar,
aquel mar cuyas furiosas olas se estrellaban
contra el malecón, salpicando con sus gotas
salobres la pobre choza, y tal como era, ésta
seguía en pie mucho tiempo después de estar
muerto el que había cocido los ladrillos.
El segundo hermano conocía el oficio de
albañil, mucho mejor que la pobre Margarita,
pues lo había aprendido tal como se debe.
Aprobado su examen de oficial, se echó la
mochila al hombro y entonó la canción del
artesano:
Joven yo soy, y quiero correr mundo,
e ir levantando casas por doquier,
cruzar tierras, pasar el mar profundo,
confiado en mi arte y mi valer.
Y si a mi tierra regresara un día
atraído por el amor que allí dejé,
alárgame la mano, patria mía,
y tú, casita que mía te llamé.
Y así lo hizo. Regresó a la ciudad, ya en calidad
de maestro, y contruyó casas y más casas, una
junto a otra, hasta formar toda una calle.
Terminada ésta, que era muy bonita y realzaba
el aspecto de la ciudad, las casas edificaron para
él una casita, de su propiedad. ¿Cómo pueden
construir las casas? Pregúntaselo a ellas. Si no
te responden, lo hará la gente en su lugar,
diciendo: « Sí, es verdad, la calle le ha
construido una casa ». Era pequeña y de
pavimento de arcilla, pero bailando sobre él con
su novia se volvió liso y brillante; y de
cada piedra de la pared brotó una flor, con lo
que las paredes parecían cubiertas de preciosos
tapices. Fue una linda casa y una pareja feliz.
La bandera del gremio ondeaba en la fachada, y
los oficiales y aprendices gritaban « ¡Hurra por
nuestro maestro! ». Sí, señor, aquél llegó a ser
algo. Y murió siendo algo.
Vino luego el arquitecto, el tercero de los
hermanos, que había empezado de aprendiz,
llevando gorra y haciendo de mandadero, pero
más tarde había ascendido a arquitecto, tras los
estudios en la Academia, y fue honrado con los
títulos de Señoría y Excelencia. Y si las casas
de la calle habían edificado una para el hermano
albañil, a la calle le dieron el nombre del
arquitecto, y la mejor casa de ella fue suya.
Llegó a ser algo, sin duda alguna, con un largo
título delante y otro detrás. Sus hijos pasaban
por ser de familia distinguida, y cuando murió,
su viuda fue una viuda de alto copete… y esto es
algo. Y su nombre quedó en el extremo de la
calle y como nombre de calle siguió viviendo en
labios de todos. Esto también es algo, sí señor.
Siguió después el genio, el cuarto de los
hermanos, el que pretendía idear algo nuevo,
aparte del camino trillado, y realzar los edificios
con un piso más, que debía inmortalizarle. Pero
se cayó de este piso y se rompió el cuello. Eso
sí, le hicieron un entierro solemnísimo, con las
banderas de los gremios, música, flores en la
calle y elogios en el periódico; en su honor se
pronunciaron tres panegíricos, cada uno más
largo que el anterior, lo cual le habría satisfecho
en extremo, pues le gustaba mucho que
hablaran de él. Sobre su tumba erigieron un
monumento, de un solo piso, es verdad, pero
esto es algo.
El tercero había muerto, pues, como sus tres
hermanos mayores. Pero el último, el
razonador, sobrevivió a todos, y en esto estuvo
en su papel, pues así pudo decir la última
palabra, que es lo que a él le interesaba. Como
decía la gente, era la cabeza clara de la familia.
Pero le llegó también su hora, se murió y se
presentó a la puerta del cielo, por la cual se
entra siempre de dos en dos. Y he aquí que él
iba de pareja con otra alma que deseaba entrar a
su vez, y resultó ser la pobre vieja Margarita, la
de la casa del malecón.
– De seguro que será para realzar el contraste
por lo que me han puesto de pareja con esta
pobre alma – dijo el razonador -. ¿Quien sois,
abuelita? ¿Queréis entrar también? – le
preguntó.
Inclinóse la vieja lo mejor que pudo, pensando
que el que le hablaba era San Pedro en persona.
– Soy una pobre mujer sencilla, sin familia, la
vieja Margarita de la casita del malecón.
– Ya, ¿y qué es lo que hicisteis allá abajo?
– Bien poca cosa, en realidad. Nada que pueda
valerme la entrada aquí. Será una gracia muy
grande de Nuestro Señor, si me admiten en el
Paraíso.
– ¿Y cómo fue que os marchasteis del mundo? –
siguió preguntando él, sólo por decir algo, pues
al hombre le aburría la espera.
– La verdad es que no lo sé. El último año lo
pasé enferma y pobre. Un día no tuve más
remedio que levantarme y salir, y me encontré
de repente en medio del frío y la helada.
Seguramente no pude resistirlo. Le contaré
cómo ocurrió: Fue un invierno muy duro, pero
hasta entonces lo había aguantado. El viento se
calmó por unos días, aunque hacía un frío cruel,
como Vuestra Señoría debe saber. La capa de
hielo entraba en el mar hasta perderse de vista.
Toda la gente de la ciudad había salido a pasear
sobre el hielo, a patinar, como dicen ellos, y a
bailar, y también creo que había música y
merenderos. Yo lo oía todo desde mi pobre
cuarto, donde estaba acostada. Esto duró hasta
el anochecer. Había salido ya la luna, pero su
luz era muy débil. Miré al mar desde mi cama, y
entonces vi que de allí donde se tocan el cielo y
el mar subía una maravillosa nube blanca. Me
quedé mirándola y vi un punto negro en su
centro, que crecía sin cesar; y entonces supe lo
que aquello significaba – pues soy vieja y tengo
experiencia, – aunque no es frecuente ver el
signo. Yo lo conocí y sentí espanto. Durante mi
vida lo había visto dos veces, y sabía que
anunciaba una espantosa tempestad, con una
gran marejada que sorprendería a todos aquellos
desgraciados que allí estaban, bebiendo,
saltando y divirtiéndose. Toda la ciudad había
salido, viejos y jóvenes. ¡Quién podía
prevenirlos, si nadie veía el signo ni se daba
cuenta de lo que yo observaba! Sentí una
angustia terrible, y me entró una fuerza y un
vigor como hacía mucho tiempo no habla
sentido. Salté de la cama y me fui a la ventana;
no pude ir más allá. Conseguí abrir los postigos,
y vi a muchas personas que corrían y saltaban
por el hielo y vi las lindas banderitas y oí los
hurras de los chicos y los cantos de los mozos y
mozas. Todo era bullicio y alegría, y mientras
tanto la blanca nube con el punto negro iba
creciendo por momentos. Grité con todas mis
fuerzas, pero nadie me oyó, pues estaban
demasiado lejos. La tempestad no tardaría en
estallar, el hielo se resquebrajaría y haría
pedazos, y todos aquéllos, hombres y mujeres,
niños y mayores, se hundirían en el mar, sin
salvación posible. Ellos no podían oírme, y yo
no podía ir hasta ellos. ¿Cómo conseguir que
viniesen a tierra? Dios Nuestro Señor me
inspiró la idea de pegar fuego a mí cama.
Más valía que se incendiara mi casa, a que
todos aquellos infelices pereciesen. Encendí el
fuego, vi la roja llama, salí a la puerta… pero
allí me quedé tendida, con las fuerzas agotadas.
Las llamas se agrandaban a mi espalda, saliendo
por la ventana y por encima del tejado. Los
patinadores las vieron y acudieron corriendo en
mi auxilio, pensando que iba a morir abrasada.
Todos vinieron hacia el malecón. Los oí venir,
pero al mismo tiempo oí un estruendo en el aire,
como el tronar de muchos cañones. La ola de
marea levantó el hielo y lo hizo pedazos, pero la
gente pudo llegar al malecón, donde las chispas
me caían encima. Todos estaban a salvo. Yo, en
cambio, no pude resistir el frío y el espanto, y
por esto he venido aquí, a la puerta del cielo.
Dicen que está abierta para los pobres como yo.
Y ahora ya no tengo mi casa. ¿Qué le parece,
me dejarán entrar?
Abrióse en esto la puerta del cielo, y un ángel
hizo entrar a la mujer. De ésta cayó una brizna
de paja, una de las que había en su cama cuando
la incendió para salvar a los que estaban en
peligro. La paja se transformó en oro, pero en
un oro que crecía y echaba ramas, que se
trenzaban en hermosísimos arabescos.
– ¿Ves? – dijo el ángel al razonador – esto lo ha
traído la pobre mujer. Y tú, ¿qué traes? Nada,
bien lo sé. No has hecho nada, ni siquiera un
triste ladrillo. Podrías volverte y, por lo menos,
traer uno. De seguro que estaría mal hecho,
siendo obra de tus manos, pero algo valdría la
buena voluntad. Por desgracia, no puedes
volverte, y nada puedo hacer por ti.
Entonces, aquella pobre alma, la mujer de la
casita del malecón, intercedió por él:
– Su hermano me regaló todos los ladrillos y
trozos con los que pude levantar mi humilde
casa. Fue un gran favor que me hizo. ¿No
servirían todos aquellos trozos como un ladrillo
para él? Es una gracia que pido. La necesita
tanto, y puesto que estamos en el reino de la
gracia…
– Tu hermano, a quien tú creías el de más cortos
alcances – dijo el ángel – aquél cuya honrada
labor te parecía la más baja, te da su óbolo
celestial. No serás expulsado. Se te permitirá
permanecer ahí fuera reflexionando y reparando
tu vida terrenal; pero no entrarás mientras no
hayas hecho una buena acción.
– Yo lo habría sabido decir mejor – pensó el
pedante, pero no lo dijo en voz alta, y esto ya es
algo.
El Piojito y la Pulguita
Un piojito y una pulguita vivían juntos en el
mismo hogar y estaban fabricando cerveza en
una cáscara de huevo. El piojito entonces cayó
dentro y se abrasó. La pulguita al verlo se puso
a gritar. La pequeña puerta del cuarto dijo
entonces:
-¿Por qué gritas, pulguita?
-Porque el piojito se ha abrasado.
La puertecita se puso a chirriar. Habló
entonces una escobita que había en un rincón:
-¿Por qué chirrías, puertecita?
-¿Cómo no voy a chirriar si el piojito se ha
abrasado y la pulguita está llorando?
Así, la pequeña escoba se puso a barrer
terriblemente. Pasó entonces por allí un carrito
y dijo:
-¿Por qué barres, escobita?
-¿Cómo no voy a barrer si el piojito se ha
abrasado, la pulguita está llorando y la
puertecita chirriando?
El carrito dijo entonces que iba a correr
terriblemente, y se puso a correr terriblemente.
Pasó corriendo junto al montoncito de estiércol
y éste dijo:
-¿Por qué corres, carrito?
-¿Cómo no voy a correr si el piojito se ha
abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita
chirriando y la escobita barriendo?
El montoncito de estiércol dijo entonces que
iba a empezar a arder, y se puso a arder terriblemente.
Había allí un arbolito que le dijo:
Montoncito de estiércol, ¿por qué ardes?
-¿Cómo no voy a arder si el piojito se ha
abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita
chirriando, la escobita barriendo y el carrito
corriendo?
Entonces el arbolito dijo que se iba a sacudir,
y se sacudió y perdió todas sus hojas. Aquello
lo vio una muchachita que llevaba un cantarito
y dijo:
-Arbolito, ¿por qué te sacudes?
-¿Cómo no me voy a sacudir si el piojito se
ha abrasado, la pulguita está llorando, la
puertecita chirriando, la escobita barriendo, el
carrito corriendo y el montoncito de estiércol
ardiendo? Luego la muchachita dijo que iba a
hacer pedasos su cantarito e hizo pedazos su
cantarito.
-Muchachita, ¿por qué haces pedazos tu
cantarito? -dijo entonces la fuentecita.
-¿Cómo no voy a hacer pedazos mi cantarito
si el piojito se ha abrasado, la pulguita está
llorando, la puertecita chirriando, la escobita
barriendo, el carrito corriendo, el montoncito de
estiércol ardiendo y el arbolito sacudiéndose?
-Ay -dijo la fuentecita-, pues entonces yo me
voy a desaguar.
Y se puso a desaguarse tan terriblemente que
se ahogaron todos: la muchachita, el arbolito, el
montoncito de estiércol, el carrito, la escobita,
la pulguita y el piojito.