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La Chusma

Había una vez un gallito que le dijo a la
gallinita:

-Las nueces están maduras.
Vayamos juntos a la montarla y démonos un
buen festín antes de que la ardilla se las lleve
todas.
-Sí -dijo la gallinita-, varaos a darnos ese
gusto.
Se fueron los dos juntos y, como el día era
claro, se quedaron hasta por la tarde. Yo no sé
muy bien si fue por lo mucho que habían
comido o porque se volvieron muy arrogantes,
pero el caso es que no quisieron regresar a casa
andando y el gallito tuvo que construir un pequeño
coche con cáscaras de nuez. Cuando
estuvo terminado, la gallinita se montó y le dijo
H
al gallito:
-Anda, ya puedes engancharte al tiro.
-¡No! -dijo el gallito-. ¡Vaya, lo que me
faltaba! ¡Prefiero irme a casa andando antes que
dejarme enganchar al tiro! ¡Eso no era lo
acordado! Yo lo que quiero es hacer de cochero
y sentarme en el pescante, pero tirar yo… ¡Eso
sí que no lo haré!
Mientras así discutían, llegó un pato
graznando:
-¡Eh, vosotros, ladrones! ¡Quién os ha
mandado venir a mi montaña (le las nueces? ¡lo
vais a pagar caro!
Dicho esto, se abalanzó sobre el gallito. Pero
el gallito tampoco perdió el tiempo y arremetió
contra el pato y luego le clavó el espolón con
tanta fuerza que éste, le suplicó clemencia y,
como castigo, accedió a dejarse enganchar al
tiro del coche. El gallito se sentó en el pescante
e hizo de cochero, y partieron al galope.
-¡Pato, corre todo lo que puedas!
Cuando habían recorrido un trecho del
camino se encontraron a dos caminantes: un
alfiler y una aguja de coser. Los dos caminantes
les echaron el alto y les dijeron que pronto sería
completamente de noche, por lo que ya no
podrían dar ni un paso más, que, además, el
camino estaba muy sucio y que si podían montarse
un rato; habían estado a la puerta de la
taberna del sastre y tomando cerveza se les
había hecho demasiado tarde. El gallito, como
era gente flaca que no ocupaba mucho sitio, les
dejó montar, pero tuvieron que prometerle que
no lo pisarían.
A última hora de la tarde llegaron a una
posada y, como no querían seguir viajando de
noche y el pato, además, ya no andaba muy bien
y se iba cayendo de un lado a otro, entraron en
ella. El posadero al principio puso muchos
reparos y dijo que su casa ya estaba llena, pero
probablemente también pensó que aquellos
viajeros no eran gente distinguida. Al fin, sin
embargo, cedió cuando le dijeron con buenas
palabras que le darían el huevo que la gallinita
había puesto por el camino y también podría
quedarse con el pato, que todos los días ponía
uno.
Entonces se hicieron servir a cuerpo de rey y
se dieron la buena vida.
Por la mañana temprano, cuando apenas
empezaba a clarear y en la casa aún dormían
todos, el gallito despertó a la gallinita, recogió
el huevo, lo cascó de un picotazo y ambos se lo
comieron; la cáscara, en cambio, la tiraron al
fogón. Después se dirigieron a la aguja de coser,
que todavía estaba durmiendo, la agarraron de
la cabeza y la metieron en el cojín del sillón del
posadero; el alfiler, por su parte, lo metieron en
la toalla. Después, sin más ni más, se marcharon
volando sobre los campos. El pato, que había
querido dormir al raso y se había quedado en el
patio, les oyó salir zumbando, se despabiló y
encontró un arroyo y se marchó nadando arroyo
abajo mucho más deprisa que cuando tiraba del
coche. Un par de horas después el posadero se
levantó de la cama, se lavó y cuando fue a
secarse con la toalla se desgarró la cara con el
alfiler. Luego se dirigió a la cocina y quiso
encenderse una pipa, pero cuando llegó al fogón
las cáscaras del huevo le saltaron a los ojos.
-Esta mañana todo acierta a ciarme en la
cabeza -dijo, y se sentó enojado en su sillón-.
¡Ay, ay, ay!
La aguja de coserle había acertado e n un
sitio aún peor, y no precisamente en la cabeza.
Entonces se puso muy furioso y sospechó de los
huéspedes que habían llegado tan tarde la noche
anterior, pero cuando fue a buscarlos vio que se
habían marchado. Así juró que no volvería a
admitiren su casita chusma como aquélla, que
corre mucho, no paga nada y encima lo
agradece con malas pasadas.

Santiago Aranbal

A las señoritas Julia de Asensi y Paca de
Alvarado dedica, en prueba de singular afecto,
esta tirada de cien copias, que no se venden.
El editor. Marzo de 1894
Mis recuerdos alcanzan a cuando yo tenía
unos cuatro años. Por esa época acababa de
perder a mi madre y vivía solo con mi padre,
pescador rudo que me amaba tiernamente.
Era yo entonces un muchacho fuerte y robusto
que, apenas vestido, me pasaba el día
en la playa jugando con otros chicos de mi
edad. Curtido por el sol y el aire del mar, mi
rostro hacía singular contraste con mis cabellos
rubios y mis ojos claros. Iba sucio, harapiento,
descalzo siempre y no recordaba
haberme puesto sombrero jamás.
Cuando mi padre volvía de pescar, me encerraba
en la pobre casa con él y me hacía
acostar en su mismo lecho, después que cenábamos
frugalmente.
Había detrás de aquellas paredes un huertecillo
dividido por una valla en dos; la mitad
nos pertenecía y la otra mitad era de la casa
de al lado. En ésta vivía una mujer a la que
nunca conocí más que por la Roja; no sé cuál
sería su nombre. Era también viuda y había
perdido un niño de dos años. En su lugar estaba
criando, desde hacía próximamente uno,
a una niña que le habían traído de la ciudad
vecina y por la que le pagaban una pensión.
La Roja cosía y planchaba en las casas, dejando
casi todo el día sola en el huerto a la
criatura a la que a horas fijas iba a dar el pecho
o alguna sopa fría y sin sustancia.
Como yo no estaba en casa más que por
las noches o cuando iba a comer, no es de
extrañar que apenas conociese a mis vecinas.
Pero a los dos años de muerta mi madre, y
cuando contaba ya seis, observé que aquella
mujer, en la que antes ni me había fijado, se
acercaba a mí con frecuencia, me acariciaba y
me daba alguna golosina. Mi carácter salvaje
me había hecho huir al principio de ella, pero
aquellos bollos con que me obsequiaba, y que
yo no había comido nunca, le granjearon al fin
mis simpatías. Por la noche le contaba a mi
padre lo que la Roja me había dado por la
mañana o por la tarde.
Un día que me había quedado solo, como
de costumbre, en vez de irme a la playa, se
me ocurrió bajar al huerto en persecución de
un gato que había visto entrar. En el jardinillo
de al lado estaba la niña, que contaba unos
tres años, llorando con el mayor desconsuelo.
Como su llanto me molestase, la mandé callar
y, no viéndome obedecido, cogí un pedazo de
ladrillo que había en el suelo y lo tiré a la cabeza
de mi vecinita. Sus gritos fueron entonces
más lastimeros y, llevándose una mano a
la frente, la retiró teñida de sangre.
No sé lo que pasó por mí; tuve vergüenza
de haber maltratado a aquel ser débil e indefenso
que me miraba con temor con sus negros
ojos bañados de lágrimas, y saltando la
valla, lo que no ofreció la menor dificultad
para mí, me encontré al lado de la niña. Hasta
aquel momento no la había mirado siquiera.
Era encantadora; con sus cabellos castaños
formando caprichosos bucles, su tez de una
blancura deslumbradora que el cierzo no
había podido curtir, su boca pequeña adornada
de diminutos dientes y sus ojos de pura y
bellísima expresión. Llevaba una camisa de
tela muy gruesa, que dejaba al descubierto
hombros y brazos, y una falda de percal bastante
estropeada. Sus pies descalzos tenían
algunos rasguños, lo mismo que sus piernas.
-Mira -me dijo enseñándome la mano manchada
de sangre-, límpiame esto.
La cogí en mis brazos sin que opusiera la
menor resistencia y, acercándome a un barreño
casi lleno de agua, lavé la herida de su
frente primero y la mano después, secándola
con un pañuelo. Al contacto del agua lloró
más, pero luego se serenó pronto, como ocurre
a los seres que no tienen costumbre de
ser consolados. Me miraba con ojos asustados
y sin atreverse a huir.
-¿Cómo te llamas? -le pregunté.
-Rosa -me contestó.
-Eres una rosa muy linda.
-Rosa linda -repitió.
Y éste fue el nombre con que se quedó para
siempre. Registré mis bolsillos, y habiendo
encontrado una rosquilla de las que me diera
la Roja y que guardaba para la merienda, la
puse en su mano.
-¿Es para mí? -preguntó con timidez.
-Sí -le dije-, mañana te traeré otra, y pasado,
y al otro y siempre.
-¿Como ésta?
– O mejor.
-¿Mejor?
-Sí. ¿No las comes en tu casa? ¡Pues si me
las da la Roja!
Hizo con la cabeza una señal negativa y
después, sentándose en el suelo, partió la
rosquilla, me dio un pedazo muy pequeño,
que no me atreví a rehusar, y se comió el
resto, cuidando mucho de no mancharse.
Desde aquel día no pasó uno sin que viese
a Rosalinda y la hablase. Perdido el temor que
le causé al pronto, fue poco a poco tomándome
cariño, y aquella pobre desheredada se
consideró dichosa al verse amada y protegida
por un amigo. Por mi parte sufrí un cambio
total; lo que había en mí de brusco y de salvaje
se dulcificaba al lado de aquella infeliz
niña que vivía en la soledad y el abandono.
Rosalinda tenía instintos elegantes y no tardó
en hacer que me avergonzara de los harapos
que me cubrían y de mi suciedad. Todas las
mañanas me daba un baño en el mar, y antes
de ir a ver a la niña, sacaba mi traje de los
días de fiesta, que ya me estaba muy corto de
pantalón y de mangas, para presentarme delante
de ella. De esto resultó que cuando llegó
el día del patrón del pueblo mi padre vio mi
ropa tan deteriorada que no se atrevió a llevarme
con él a la procesión.
La Roja solía volver a su morada a las dos,
para dar el resto de comida de las casas donde
cosía o planchaba a la pobre niña; ésta lo
tomaba todo frío y junto en una cazuela, como
se acostumbra a hacer con los gatos. Por
la noche cenaba poco más o menos lo mismo;
lo único agradable para ella era el desayuno,
que se componía de una taza de leche y un
pedazo de pan muy moreno. No trataba la
Roja ni bien ni mal a la criatura, a la que veía
poco; le bastaba con que viviese y poder
atestiguarlo para cobrar la pensión que mensualmente
le entregaba un hombre vestido de
negro. Rosalinda había aprendido a andar y a
hablar gracias a una vecina que iba todas las
noches a visitar a la Roja, y que se había
compadecido de la niña enseñándole ambas
cosas. Completé sus lecciones, y pronto mi
amiga pudo seguir una conversación conmigo.
Pasaba yo a su huerto después que su nodriza
se marchaba y permanecía allí tres o
cuatro horas. Le llevaba conchas y caracoles,
con los que jugaba, porque tampoco tenía
otra cosa con que hacerlo. A nadie hablaba de
mi conocimiento con la niña, y seguramente
no se hubiera averiguado si Rosalinda, a la
que contaba cuanto hacia en la playa, no
hubiese manifestado deseos de ir una mañana
conmigo. Fácil me fue, cogiéndola en mis brazos,
hacerla pasar al otro lado de la valla y
salir al campo una vez que se encontró en mi
huerto. Iba ella con el temor natural del que
nunca se ha visto ante tanto espacio y entre
gente, pero yo la llevaba de la mano y me
figuraba que con mi protección tenía bastante
defensa.
La vista del mar le causó un profundo
asombro mezclado al pronto de terror.
La marea, que estaba muy baja, dejaba al
descubierto unas peñas en las que nos sentamos.
Mojaba con delicia sus pies en los
charcos de agua salada y cogía las conchas
que nos arrojaban las olas al estrellarse cerca
de nosotros. Varios muchachos se bañaban,
pero yo no me atrevía a hacerlo por no dejar
a Rosalinda sola.
-¿Quieres tú bañarte? -le pregunté.
-Contigo sí, con esos chicos no -me contestó.
Y es que los niños, que no la conocían, la
miraban con ese descaro propio de la infancia
que no tiene para qué ocultar sus sensaciones
cuando hay algo que excita su atención.
-¿Quieres que yo me bañe? -proseguí.
-No, porque te irás lejos y me quedaré sola.
Renuncié por ella a echarme al agua, y
comprendiendo que se hacía tarde, traté varias
veces de llevarla a su casa.
-No, déjame un poquito más -me decía.
Entretenidos en jugar, no habíamos observado
que la marea iba subiendo.
Una ola llegó hasta nosotros, y hubiese
arrastrado a la niña si no hubiera tenido tiempo
de separarla tomándola en mis brazos,
pero no pude evitar que la mojase; su ropa y
la mía estaban completamente caladas.
-Vamos a casa -le dije.
Y llevándola de la mano echamos a correr.
Cuando llegamos la hice acostar en el lecho
de mi padre y mío, y puse la ropa en el huertecillo
para que se secara. La mía se secó con
el calor de mi cuerpo, pero no era esta la primera
vez que me ocurría. Habíamos perdido
la noción del tiempo, y cuando llegó la Roja
no encontró a Rosalinda en su jardín. La vi
buscar por todas partes, y cogiendo las pobres
prendas que solían cubrir a la criatura,
se las llevé a la alcoba para que se vistiera.
Estaba dormida y me costó trabajo despertarla.
Entre tanto oía la voz de mi vecina que
gritaba:
-¡Santiago! ¡Santiaguito!
Indudablemente no sospechaba de mí.
Tardé en acudir para dar lugar a que la niña
se vistiera, y al fin salí al huerto.
-¿Has visto tú a la chiquilla por algún lado?
-me preguntó visiblemente alterada.
Tuve que decir parte de la verdad; esto es,
que se hallaba en mi casa, que la había hecho
pasar para que jugase conmigo. Pero ella con
maña siguió interrogándome y no tardó en
averiguar todo lo ocurrido.
-Tráemela -me dijo cuando dejé de hablar.
Fui en busca de Rosalinda, que se resistía a
seguirme, y la acerqué a la valla alzándola
para que la Roja la cogiese.
-¿No te había dicho que no salieras nunca
de casa? -le preguntó-. ¿No sabes que soy
responsable de lo que, pueda sucederte? ¡Estás
helada y vas a coger un mal! Pero yo te
haré entrar en calor.
Y dicho esto, empezó a golpearla con tal
furia que la pobre niña, tan paciente de costumbre,
lanzaba desgarradores gritos.
No sé lo que pasó por mí; me cegué y tiré
a la Roja cuanto hallé a mi alcance; luego
salté la valla y la pegué con toda mi fuerza
con pies y manos.
La Roja soltó a Rosalinda, que fue a refugiarse
en un rincón del huerto, y mirándome
con una expresión de cólera que no olvidaré
jamás, exclamó:
-Tú me las pagarás, y más pronto de lo
que supones.
Aquella tarde no volvió a salir de su casa y
esperó sentada a su puerta que mi padre regresara.
Poco me importaba que le dijera lo
ocurrido; mi padre era bueno y alabaría que
hubiese tomado la defensa del débil. En esto
me esperaba un cruel desengaño. Apenas
llegó y se enteró de lo que había pasado, me
castigó haciéndome sentir por vez primera la
fuerza de sus manos.
-Es menester que le mandes a la escuela –
dijo la Roja- hasta que pueda ayudarte a trabajar.
-Mañana mismo le pondré -contestó mi padre.
-Es que, si no, hazte cuenta de que no
existo y todo acabó entre nosotros.
Vagamente comprendí el sentido de estas
palabras, porque ignoraba lo que todo el pueblo
sabía: que la Roja había logrado hacerse
amar de aquel pescador rudo desde la época
en que trató de atraerme dándome golosinas.
Su imperio era tan grande sobre él, que no
necesitaba ya fingir cariño al hijo para dominar
al padre.
Desde el siguiente día fui a la escuela; tenía
por aquella época unos ocho años y aún
no sabía nada. Allí aprendí en poco tiempo a
leer de corrido, a escribir mal y a contar bien.
Los domingos solía ver un rato a Rosalinda,
porque también iba la niña los otros días al
convento, donde las monjas habían empezado
su educación. Cuando ni ella ni yo teníamos
clase nos hablábamos por el huerto, pero sin
saltar la valla por temor a que llegaran la Roja
o mi padre y nos viesen juntos. Yo le enseñaba
mis premios, que consistían en estampas,
y ella los suyos, que eran medallitas doradas
que llevaba con un cordón al cuello. Iba mejor
arreglada que antes, con un vestido de percal,
una especie de blusa a cuadros negros y blancos,
y llevaba medias y zapatos. Yo también
había mejorado de traje y usaba calzado,
porque en la escuela no me hubieran admitido
de otro modo. Rosalinda estaba más bonita
cada día, pero yo veía cómo aumentaba su
tristeza y adivinaba que la pobre niña necesitaba,
como los pájaros, aire y libertad. Al
preguntarle si me quería en diversas ocasiones,
me respondía siempre:
-Más que a nada ni a nadie, porque no
quiero en el mundo sino a ti.
¡Pues y yo! Hubiese dado mi vida por ella y
mis pensamientos volaban hacia aquella angelical
criatura a todas horas, sin que su imagen
se borrara de mi mente jamás.
Entraba en la escuela a las nueve, salía a
las doce, comía con mi padre en cualquier
figón, en el que estábamos citados, y volvía al
colegio desde la una hasta las cinco. Al regresar
un día encontré en la plaza un entierro. En
un féretro descubierto llevaban a una niña de
siete a ocho años, vestida de blanco y coronada
de flores. Su rostro del color de la cera,
sus ojos cerrados, su boca que dejaba ver los
blancos dientes, el cabello rizado, ignoro si
naturalmente o por la mano de las que la
habían amortajado, adornándola para ir a la
tumba, me hicieron pensar en mi pobre Rosalinda
y las lágrimas acudieron a mis ojos.
-¡Dios te bendiga, rapaz! -me dijo una mujer-.
Buen corazón tienes cuando lloras los
dolores ajenos.
Iba acompañando a la muerta y siguió su
camino. Yo miré el cortejo fúnebre, compuesto
de algunos hombres con capa, algunas jóvenes
con mantilla a la cabeza y varias niñas
de la edad de la muerta, que llevaban las cintas
que pendían de la caja. La indiferencia con
que estas criaturas miraban a su compañera
me hizo daño. Si Rosalinda hubiera muerto,
¿podría acaso sobrevivirla yo?
Fui aquella tarde a esperarla a la salida del
colegio, para lo que dejé de ir a la escuela,
porque tenía que abandonar la clase después
que ella. A las cuatro y media la vi entre algunas
niñas, y ya me iba a acercar, cuando
una voz hirió mi oído exclamando:
-Yo le diré a tu padre que haces novillos.
Era la Roja, que cosía en un piso bajo cerca
de la ventana.
Mi padre, en efecto, me castigó, y no volví
a faltar a la escuela.
Allí estuve hasta que cumplí los once años.
Por esa época, el hombre que hasta entonces
había pagado puntualmente la pensión de
Rosalinda no volvió a parecer, y la nodriza
decidió que, si en el plazo de seis meses no le
daban dinero ninguno, metería a la criatura
en un asilo, porque ella no la podía mantener.
Es verdad que la Roja trabajaba sin descanso
para ahorrar algunas monedas que la ayudaran
a pasar el día de mañana su vejez, que no
tenía nada sobrante, aunque era arreglada y
económica; pero esto no me hacía comprender
cómo podría separarse sin pena de aquella
niña angelical que tenía al lado suyo desde
hacía ocho años.
Había visto muchos domingos a las huérfanas
del asilo que salían a pasearse al campo
en compañía de algunas religiosas. Me parecía
que todas tenían el mismo rostro pálido y ojeroso;
recordaba a muchas con los ojos malos,
las veía feas, con sus trajes antiartísticos que
les llegaban hasta los pies, aunque fuesen
muy pequeñas, unos pañolitos negros a la
cabeza, como negro era asimismo el vestido,
cual si llevasen el luto de ajenas culpas. Caminaban
de dos en dos, sin poder separarse
para correr junto a las otras, y se me oprimía
el corazón al pensar que mi Rosalinda fuese
entre ellas y como ellas.
Como había dejado de asistir a la escuela,
iba a pescar con mi padre, y esta vida era
mucho más de mi gusto que la que llevara
hasta entonces. Era mala, en verdad, penosa
y corríamos algunas veces grandes peligros;
pero aquello me importaba poco, quería el
trabajo rudo para mí y el bienestar y el descanso
para Rosalinda.
Hallábase a punto de cumplirse el plazo
que la Roja había fijado para separarse de la
niña, y el hombre que pagaba antes las pensiones
no había vuelto. Rosalinda me hablaba
de esto las raras veces que tenía ocasión de
verla, y lloraba sin cesar porque iba a separarse
de mí y ya no podría más que mirarme
de lejos. El temor que su nodriza le inspiraba
era mayor cada vez, y no se atrevía a decirle
que no la abandonase por Dios.
Una tarde que estaba el mar más alborotado
que de costumbre, cuando íbamos a embarcarnos,
me dijo mi padre:
-Santiago, no quiero que hoy vengas conmigo;
hay un peligro que correr y prefiero no
llevarte.
-¿Eso que importa? -le repliqué-. Si usted
me faltase, ¿qué sería de mí? Más vale que
nos ahoguemos juntos.
-En eso te sobra la razón, muchacho –
murmuró-; pero insisto en que no vengas.
No tuve más remedio que obedecer.
Dos o tres horas después estalló una terrible
tormenta. Las mujeres de los pescadores
acudían a la iglesia para implorar la misericordia
divina. Nada más angustioso que el
llanto de las unas, los suspiros de las otras y
la muda desesperación de las más. Luego
corrieron a la playa, llevando varias a sus
pequeñuelos, cuando la tempestad se calmó
un tanto. Yo iba con ellas, y como ellas miraba
hacia el mar para ver si volvía la lancha de
mi padre. Era ésta bastante vieja y se llamaba
Candelaria. No sé cuánto tiempo pasamos
así. A la tormenta había sucedido una calma
completa, y los pescadores podían regresar
de un momento a otro, sin correr ya el menor
peligro. Entonces vi a la Roja que acudía a la
playa.
-¿Y tu padre? -me preguntó con ansiedad.
-En la mar -le contesté.
-¿Solo?
-Con Benito; no quiso llevarme.
¿Amaría aquella mujer realmente al pobre
pescador al que había procurado atraerse,
cuando él no había fijado la atención en ella?
Parecía tan conmovida como yo, y no se apartaba
de mi lado.
Poco después divisamos a lo lejos varias
barcas; todos nos acercamos a la orilla y no
tardamos en oír decir:
-Esa es la Carmen, ésa la Joven Amalia,
ésa la Bilbaína.
En cambio la Candelaria y la Carlota no parecían;
en esta última había salido un marinero
con su hijo y su yerno.
El segundo triste y abatido, venía la Joven
Amalia, cuyos marineros habían logrado salvarle
de una muerte segura.
-¿Y tu padre y tu cuñado? -le preguntaron.
-Muertos, sin duda, y perdida la barca –
contestó como si sintiera por igual aquellas
desdichas.
-¿Y Vicente Arabal?
-Muerto también. Benito se ha salvado en
la Perla, que vendrá después, porque le llevábamos
alguna delantera. La Candelaria ha
quedado inservible, pero era vieja.
Al oír la noticia del fin desastroso de mi
padre no pude contener un grito desgarrador,
al que siguieron los sollozos de la Roja. Me
abrazó, y yo, olvidando mis resentimientos
con aquella mujer, mezclé mis lágrimas con
las suyas.
Mi desgracia era cierta, pues se encontró el
cadáver de mi padre, que fue enterrado al día
siguiente. Le acompañé al cementerio, causándome
una cruel impresión cuando vi que le
echaban en la fosa, que cubrieron de tierra
después. Cogí un puñado de flores silvestres
que crecían en la triste mansión y lo esparcí
sobre aquella tumba, que antes era ya de
otros muchos.
Al volver a mi casa no pude contener el
llanto; me fui al huertecillo y me senté pensando
en mi soledad y mi desgracia. Sentí
entonces que unos brazos rodeaban mi cuello
y que unos frescos labios acariciaban mi cabello
y mi rostro. Era Rosalinda, que había saltado
la valla que nos separaba y que me prestaba
sus dulces consuelos.
-No llores, Santiago -me dijo la niña-; tu
padre te falta, pero te quedo yo, que te quiero
tanto como él.
Su voz hizo que mis lágrimas se secaran.
-Puesto que la Roja va a meterte en un
asilo, ¿por qué no te quedas aquí conmigo? –
le pregunté.
Ella tenía mucha más inteligencia que yo, y
las cosas que no sabía las adivinaba.
-No me dejarían a tu lado -contestó-; lo
que harían sería llevarte a ti a un asilo y a mí
a otro. Los niños que no son hermanos no
viven juntos.
-¿Te separarás, pues, de mí?
-Sí, pero me moriré de pena.
Al día siguiente había tomado una resolución
y me presenté en casa de la Roja cuando
la vi volver de su trabajo. Con lágrimas en los
ojos y con el acento de la mayor convicción le
supliqué que me permitiera vivir con ella, que
yo trabajaría, dándole cuanto ganase, pero
con la condición de que dejara a Rosalinda a
mi lado.
-Siéntate, Santiago -me contestó ella-, y fíjate
en lo que te voy a decir. No tienes aún
doce años y no conoces las necesidades de la
vida, que en breves palabras te voy a explicar.
Desde mi infancia estoy trabajando; entonces
no ganaba nada; luego, poco a poco,
he llegado a lo que tengo hoy: dos reales diarios
cuando coso y cuatro cuando plancho. No
creas que esto no es nada para un pueblo
pequeño como éste; raros son los jornales así
que se cobran. Con ese dinero no puedo mantener
a Rosa y a ti, vestiros, calzaros, pagar
la contribución y vestirme y calzarme yo; no
trato de mis alimentos, porque me los dan en
las casas donde trabajo. De ese jornal aparto
una cuarta parte desde hace años para que
no me falte un pedazo de pan en mi vejez,
que nada hay más triste y desamparado que
la vejez del pobre. Mientras he cobrado la
pensión de la niña he podido ahorrar más,
pero faltándome ésta, mi modesto jornal no
bastaría.
-Trabajando yo…
-No me interrumpas, te lo ruego. Tu padre
era un hombre fuerte al que no arredraban las
más duras faenas, y a pesar de eso no ganaba
para que vivierais los dos. Hacía algún
tiempo que había tomado dinero a préstamo
sobre su casa, tanto, pobre niño, que ni eso
te quedará, porque la propiedad vale poco y
el tío Feliciano ha dado ya por ella bastante.
Ha dicho que pronto, o pagarás el alquiler, o
tendrás que marcharte a otro lado; no sé si te
dejará ni el novenario tranquilo. Yo te ofrezco,
si lo aceptas, un rincón en mi casa para que
duermas, pero no me pidas más. No soy mala,
he querido a tu padre desde que éramos
niños, como tú quieres a Rosa; él se casó con
otra, yo con otro después, y cuando quedamos
viudos los dos esperé que me diera su
nombre, a lo que se negó. «Soy muy pobre
para contraer más obligaciones», me decía.
Para mí la causa de no casarse conmigo era el
temor de que te tratase mal, porque no ocultaré
que tengo el carácter algo violento. No es
fácil estar de buen humor en casa cuando se
ha estado trabajando todo el día. Algunas
veces te he odiado pensando que por ti no se
casaba conmigo Vicente; hoy te quiero porque
es lo único que me queda de él. Esperar que
tú, que eres aún pequeño, ganes tu sustento
y el de la niña, sería una verdadera locura. Si
pides a un pescador que te lleve en su barca,
porque no tienes la tuya, que el mar te deshizo,
te dará la comida por tu ayuda y no le
podrás exigir más. Y eso si encuentras quien
te admita, que la mayor parte de esos desgraciados,
cargados de hijos, no tienen puesto
vacante para el hijo ajeno. Respecto a la
niña, mejor que a tu lado y al mío estará con
esas buenas religiosas, que la harán ser una
mujer trabajadora y honrada. Hay en el asilo
de Desamparadas una vacante y me la han
prometido para Rosa, que dentro de ocho días
entrará allí.
No me dejó protestar, y continuó
-¿Piensas que es una niña abandonada y
sin familia? Si lo has creído te equivocas. Tiene
padres, y hasta hace poco he sabido de
ellos todos los meses y les he enviado noticias
de su hija. Cerca de nueve años hará que un
caballero vino a buscarme porque le habían
dado buenos informes míos y sabía que criaba
a mi hijo muy hermoso. Aquel señor me dijo
que le habían destinado a Ultramar, que su
esposa quería seguirle con los dos niños mayores,
pero que la pequeña era muy delicada,
que su madre no había podido criarla y que
preferían no llevársela por no exponerla a
sufrir las con secuencias de un viaje largo y
penoso. Me encargó que la cuidase mucho, y
que si él no volvía antes de que cumpliera los
cinco años, la pusiera en un colegio; añadió
que me pagaría bien y que si a su regreso no
le había ocurrido a su hija nada desagradable
me daría en recompensa una buena suma.
Como por mi trabajo no podía llevarme a la
niña conmigo, me pareció más prudente y
más seguro dejarla encerrada en el huerto,
donde estaba al aire libre y al sol, que consentir
que hiciese conocimiento en la calle con
los pilluelos del lugar, de los que no eras tú
de lo mejor. ¿Cómo me había de figurar que
abandonarías tus costumbres de pasar el día
en la playa para buscar la amistad de una
niña menor que tú y que apenas sabía hablar?
Ahora comprenderás el furor que se apoderó
de mí cuando me enteré de que la habías sacado
de casa y que podía haberse ahogado;
es la única vez que he tratado mal a Rosa;
ella te lo puede decir, y eso porque no supe
contenerme. A la edad fijada por su familia la
mandé a la escuela, la vestí mejor; y así ha
continuado hasta ahora. En la actualidad no la
perjudico si la llevo al asilo; si viniera su padre
a buscarla, la sacaría de él fácilmente; si
no viniera, las monjas la tendrían hasta que
cumpliese los diez y ocho años, y entonces, o
se pondría a servir, o se casaría con un hombre
honrado que con su trabajó pudiese mantenerla.
Ese hombre serás tú u otro cualquiera;
no sería yo quien impidiese vuestro matrimonio;
pero si vuelve su familia no pienses
en ello siquiera, porque la unión sería tan
desigual que tú mismo te avergonzarías de
ella.
Cesó de hablar la Roja, y no supe qué contestarle.
Rosalinda, que escuchaba también
en silencio, no se atrevía ni a moverse y permanecía
sentada en un rincón y con los ojos
bajos. Al fin su nodriza tomó otra vez la palabra
para decirme:
-Ya sabes lo que te he ofrecido, y me alegraré
que lo aceptes; ahora vete a descansar,
que bien lo necesitas, y yo también, que tengo
que madrugar mucho mañana.
Me despedí de ella y de la niña y salí por el
huertecillo para entrar en mi casa. Pero aquella
noche no dormí. En mi mente empezaba a
agitarse un plan que me pareció al pronto
descabellado, y poco a poco se me fue presentando
como más realizable. Puesto que mi
padre había muerto, se había hecho pedazos
mi barca y me iban a arrojar de la casa donde
nací, ¿para qué necesitaba yo permanecer en
mi pueblo? ¿No podía huir a otro, yendo lejos,
muy lejos, y llevarme a Rosalinda? ¿Querría
ésta seguirme? Eso era lo que necesitaba
averiguar. Tenía por delante seis o siete días,
puesto que antes no sería llevada al asilo, y
esperaba que en alguno de ellos conseguiría
hablarla.
El cura me hizo llamar, y por él supe lo que
ya me había dicho la Roja, que Feliciano se
quedaba con mi casa y que ningún poder
humano lograría impedirlo, puesto que no
había dinero para rescatarla. Se había iniciado
una suscrición para mí, y con ella se había
pagado mi luto, sobrando algunas monedas,
que guardaba el sacerdote para emplearlas en
lo que más me conviniese. Dos medios únicamente
se presentaban para ofrecerme un
albergue: que me fuera con Benito el pescador
para prestarle mi ayuda, o que me llevaran
a un asilo, añadiendo que, como huérfano
de padre y madre, no presentaría dificultades
mi admisión. ¡Siempre el asilo! Esto es, la
pérdida de mi libertad, la sujeción, la vida
entre extraños.
Di las gracias al cura y le prometí volver.
Ya en mi casa, busqué mi ropa, para hacer
con ella un lío que pudiera llevar fácilmente, y
al mirar entre la de mi padre me encontré en
uno de sus bolsillos 12 pesetas. Puesto que
era yo el heredero de su barca, si no se
hubiese roto, y de la casa, si no hubieran dado
algunos duros por ella, aquel dinero debía
ser mío, y sin escrúpulo me lo guardé. Hecho
esto, esperé a que Rosalinda volviese del colegio,
que era tres o cuatro horas antes del
regreso de la Roja, para hablarla en el huerto.
Llegó la niña a su casa, y al verme una
sonrisa angelical iluminó su rostro. Salté la
valla, y me hallé junto a ella. La abracé, y la
pobre criatura, apoyando su cabeza en mi
pecho, lloró con el mayor desconsuelo.
-Santiago, no quiero separarme de ti -me
dijo.
Le hice sentar a mi lado, sequé sus lágrimas
y empecé de este modo:
-Rosalinda, he decidido irme de este pueblo
para buscar trabajo en otra parte; creo
que lo encontraré en una fábrica, como pescador
o, en último caso, en el campo; hay
segadores menores que yo. Si deseas no separarte
de mí, ven te conmigo, y aunque tenga
que pedir limosna no te faltará que comer.
Si te decides, mañana cuando salgas de la
escuela nos iremos, y al volver la Roja ya llevaremos
mucho camino andado. ¿Quieres?
-Sí -me contestó-; pero si me busca y me
encuentra…
-No será fácil.
-Si da mis señas…
-¿Y cómo evitar eso?
Me quedé un rato pensativo, y al fin una
idea luminosa surgió en mi mente.
-Tengo -le dije- alguna ropa de cuando era
menor y puedes ponértela; te tomarán por un
niño, y así las señas no coincidirán con las
que ella dé. Voy a hacer otro lío para tenerlo
todo preparado.
Me pareció oír ruido en casa de la Roja y
salté precipitadamente la valla, sin despedirme
de Rosalinda. ¿Nos habría escuchado?
¿Cómo volvía más temprano que de costumbre?
Fue esto debido a una casualidad, pero me
alarmó, porque pudiera repetirse. Oculto detrás
de unos arbustos de mi huerto, vi a la
Roja, que miraba con recelo a todas partes,
como si hubiera adivinado mi presencia, y
habiéndose quedado allí más de una hora no
pude salir de mi escondite.
Por la noche tomé la ropa que me pareció
más a propósito para la niña y esperé con
impaciencia la llegada del siguiente día. La
Roja estaba algo indispuesta, y no fue a planchar.
La enfermedad resultó, sin embargo,
pasajera, y a la otra tarde logramos poner en
ejecución nuestro plan. Pronto trocó Rosalinda
su traje por otro de niño, llevándome su ropa
por si la necesitaba algún día. No había llegado
allí la moda que deja crecer los cabellos de
las niñas desde sus primeros años, así es que
mi amiga, como las demás del pueblo, tenía
el pelo bastante corto; era, sí, muy rizado. En
un momento se peinó ella como un muchacho,
y poniéndose una boina se dispuso a
seguirme. Hacía algunos años que no llevaba
pendientes; de los que trajo de casa de sus
padres, unos aros de oro, el uno se le había
roto y perdido el otro, sin que la Roja, poco
aficionada a lo superfluo, hubiese cuidado de
reemplazar aquel adorno en las orejas de la
criatura. Ella cogió el hatillo que contenía menos
ropa y el más grande yo.
Al extremo de mi huerto había una puertecilla
que daba al campo. Hacía dos días que
había buscado la llave, no queriendo dejar
nada para el último instante. Por allí salimos,
y dando la mano a Rosalinda, echamos a correr
para alejarnos lo más pronto posible del
lugar. No tardamos en perderle de vista. Insensiblemente
habíamos aflojado el paso, y a
las dos horas de abandonar nuestras casas
íbamos casi despacio.
El camino era encantador, y más de una
vez nos detuvimos para coger moras y comerlas.
En un ventorrillo compramos un poco de
pan, y ésta fue aquella noche nuestra cena;
pero no era menos frugal otras veces.
Descansamos al pie de un árbol donde crecía
menuda hierba. Rosalinda, rendida por la
fatiga, se durmió, y velé su sueño, combatiendo
el mío por temor de que si me entregaba
a él me quitaran a la niña. Mi hatillo le
sirvió de almohada.
Antes de amanecer ya estábamos en pie
los dos. Lavamos rostros y manos en un arroyo
y continuamos alegres nuestro camino.
Compramos pan en otra venta y un cuartillo
de leche a un pastor que llevaba sus cabras
por el campo, y aquello acabó de reanimar
nuestras fuerzas.
Rosalinda, que andaba generalmente muy
poco, fue la primera que se cansó. Por fortuna,
encontramos a dos chicos que iban guiando
un carro con paja y que consintieron en
dejarnos subir a él. Aquello nos hizo alejarnos
considerablemente del pueblo y sin fatiga,
porque ellos iban a un lugar algo distante.
No se me ocultaba que con el dinero que
teníamos no podía hacerse casi nada; así es
que, habiendo visto a lo lejos unas ruinas,
pregunté a Rosalinda si no tendría inconveniente
en que pasáramos allí la noche para no
gastar en la posada ni dormir a la intemperie.
Su respuesta fue afirmativa, y llevando a la
niña de la mano, nos dirigimos con lentitud al
sitio que debía darnos albergue por unas
cuantas horas.
Estaba más distante de lo que había creído,
y mi compañera llegó con la mayor dificultad
allí. Sus pies, hinchados, no la dejaban
casi andar, pero, a pesar de eso, no consintió
que la tomara en mis brazos. Cuando nos
detuvimos ante las ruinas, Rosalinda se dejó
caer en el suelo, y cubriendo su rostro con las
manos, lloró con la mayor amargura.
Traté de animarla, y entonces me dijo:
-No creas que me arrepiento de haberme
venido contigo. Estoy triste porque veo que
soy débil, que soy pequeña y que no te voy a
servir más que de estorbo. Tú ya estarías
muy lejos sin mí.
-¿Y qué haría yo sin ti? -le repliqué-. Voy a
buscar nuestra habitación y vuelvo para llevarte
conmigo.
-No me dejes sola -murmuró-; tengo miedo.
¿Miedo de qué? me preguntaba yo. Pero
miré el sitio donde nos hallábamos y lo comprendí
perfectamente.
El ruinoso edificio, que era un convento antiquísimo,
no conservaba más que negros y
derruidos muros, por los que trepaba conservaba
hiedra, y todo era en él triste y siniestro.
El cielo, antes sereno, empezaba a cubrirse de
pardas nubes, y sucias y cenagosas eran las
aguas de un arroyo que no lejos corría. Algunos
árboles raquíticos crecían a sus orillas, y
no se oía más ruido que el lúgubre aullido de
un perro encerrado en una casa distante.
Tomé a Rosalinda en mis brazos y me dispuse
a entrar en el convento. No era esto
difícil, porque no había puerta, quedando en
su lugar un gran hueco.
-¡No entres ahí! -exclamó la niña, presa de
indecible terror.
-¿Por qué?
-¿No oyes?
Presté atención. Dentro se oía, en efecto,
un canto extraño, una voz de mujer o de niño,
triste, acompasada, que entonaba algo así
como un salmo de los que había oído en la
iglesia. Y un momento después apareció a
nuestra vista una criatura pequeña, fea, deforme,
mal vestida con una falda rota y una
chambra hecha jirones, que llevaba en la mano
un puñado de reluciente plata, que también
se veía brillar entre los agujeros de su
delantal, que tenía recogido y apretaba contra
su pecho.
Me aparté a un lado para dejarle el paso libre,
y ella ni siquiera nos vio. Se acercó a un
árbol, separó una piedra y depositó debajo el
dinero en un hoyo profundo. Luego se alejó
cantando.
El convento debió quedar solo, y me decidí
a llevar a él a Rosalinda, porque en aquel
momento empezó a llover. Ella se resistía,
pero la fatiga me rendía también, y comprendí
que no llegaría más lejos.
Sólo los claustros y dos pequeñas celdas
tenían el techo casi intacto. Entré en una de
ellas y me senté en el suelo, teniendo a Rosalinda
sobre mis rodillas. A pesar de su terror,
la pobre criatura acabó por quedarse profundamente
dormida.
Seguía lloviendo, y el agua penetraba libremente
por todo el edificio. Un viento fresco
y húmedo azotaba mi rostro. Me quité la chaqueta
para cubrir mejor a mi compañera, logrando
que entrase en calor su cuerpo, sacudido
por frecuentes estremecimientos.
Llegó la noche, y una angustia indecible se
apoderó de mí. Hasta entonces había conseguido
dominar el miedo; pero allí, aislados, en
un país desconocido, entre ruinas, rodeados
de tinieblas, sentí al pronto un vago temor,
que fue aumentando gradualmente y llegó a
su colmo al advertir que alguien te acercaba a
los claustros. ¿Serían caminantes sorprendidos
por la lluvia que iban a buscar un refugio
como nosotros? ¿Serían malhechores, que no
respetarían nuestros cortos años para cometer
un crimen si éramos importunos testigos
de sus conversaciones?
Estaban ya en los claustros lanzando blasfemias
e imprecaciones no sabía contra quién.
No dudaba que eran varios, porque oía diferentes
voces. Comprendí que encendían una
hoguera para secar sus ropas y que se disponían
a cenar. Debieron hacerlo frugalmente,
porque terminaron muy pronto. Luego dijeron
que iban a trabajar, y llegó hasta mí un ruido
acompasado, que trajo a mi memoria el de la
fragua de mi pueblo.
De repente, uno de los hombres exclamó:
-Faltan todas las monedas que hemos dejado
ayer escondidas aquí.
-Alguien ha entrado entonces en las ruinas
-murmuró otro-. ¡Ay del que sea!
-Registrémoslas para cerciorarnos de que
el que nos ha robado ha salido de ellas -dijo
un tercero.
Rosalinda y yo estábamos perdidos, pues
era seguro que nos acusarían de haber cometido
el delito. La pobre niña no se había despertado;
la dejé suavemente en el suelo y
busqué el medio de huir con ella antes de que
fuéramos descubiertos. Quise explorar despacio
el terreno, y al dirigirme a la otra celda
me hallé frente a un hombre que me cogió
brutalmente de un brazo y me llevó a viva
fuerza a los claustros donde trabajaban sus
compañeros. Eran éstos seis, entre ellos dos
mujeres. Se dedicaban a fabricar moneda
falsa, según comprendí más tarde, pues entonces
aquellos troqueles y aquellos artefactos
no significaban nada para mí.
-Éste será el ladrón -dijo el que me llevaba.
No creyeron en mi inocencia a pesar de mis
protestas y que nada hallaron que probase
que su sospecha era fundada. En aquel momento
me acordé de la mujer que había visto
salir de las ruinas y les conté, para salvarme,
cuanto había presenciado.
-Es la loca de San Cosme -dijo uno de los
hombres-; tiene la monomanía de las riquezas.
Habrá visto nuestros trabajos y habrá
entrado a robarnos después.
-¿Sabes tú dónde ha puesto el dinero? -me
preguntó otro.
-Creo que reconocería fácilmente el sitio –
murmuré.
-Pues ven con nosotros para indicárnoslo;
si es verdad lo que has dicho, te perdonaremos;
si has mentido, cuenta que llegó tu última
hora.
Los seguí temblando, y después de vacilar
un poco designé la piedra que ocultaba las
monadas. Allí estaban, nuevas, brillantes. Las
sacaron con grandes demostraciones de júbilo,
y en recompensa me dieron dos pesetas.
Ya no llovía; pero como me hallaba sin chaqueta,
la humedad me penetraba hasta los
huesos y sentía indecible malestar. Me acordé
que había dejado a Rosalinda en el convento,
y volví precipitadamente a él mientras los
monederos emprendían de nuevo su trabajo.
Entré en la celda, busqué a tientas por todos
los rincones, llamé a la niña, pero nada
hallé ni nadie me contestó. Rosalinda había
desaparecido.
Loco, desesperado, volví junto a aquellos
hombres, que no se explicaban mis lamentos
ni compadecían mi pena. Estaban alegres por
haber recobrado sus monedas y no se cuidaban
para nada de mí.
-Oye, chiquito -me dijo el que parecía jefe-
, ya te estás callando o te marchas más que
de prisa; nos conviene no llamar la atención,
y tus gritos pueden atraer gente. Lo más prudente
es que te alejes de estas ruinas y que
no vuelvas a acordarte de lo que en ellas has
visto. Si comprendemos que algo cuentas lo
pasarás mal, aunque nada lograrías con delatarnos,
porque vamos a buscar un sitio más
seguro para nuestros trabajos.
-Sí -replicó otro-; pero lo más prudente es
que el muchacho quede prisionero hasta que
nos marchemos al ser de día.
Así lo acordaron, y tuve que permanecer
allí, devorando mi pena y mi inquietud, bien
custodiado por aquellos hombres.
No recuerdo haber pasado en mi vida una
noche más cruel. ¿Qué había sido de Rosalinda?
Nos habrían seguido desde mi pueblo y se
la habría llevado otra vez la Roja? ¿La habrían
robado aquellos infames y me retenían allí
para alejar a la niña y ganar tiempo?
Después de algunas horas, que me parecieron
siglos, los monederos recogieron sus
utensilios de trabajo, sus antorchas y sus monedas
y salieron de las ruinas, excepto uno
que aún se quedó un buen rato conmigo
mientras sus compañeros se alejaban.
Yo me sentía enfermo, rendido, sin ánimo
para moverme. Me quedé solo, y en vez de
salir en busca de Rosalinda, permanecí echado
en el suelo, yerto, casi insensible, sin ver
lo que me rodeaba, ni oír el canto de los pájaros
que saludaban a la aurora. No sé cuánto
tiempo pasé así. Debí de perder el conocimiento
o quedarme dormido.
Volví en mí cuando ya los rayos del sol penetraban
por las anchas ventanas de los
claustros. Un grato calor había reemplazado al
frío que entumecía mis miembros y vi que
estaba abrigado con mi chaqueta. La cabeza
no descansaba sobre el duro suelo, sino sobre
algo más blando y más flexible, y un aliento
suave acariciaba mi frente. Rosalinda había
hecho conmigo lo que yo antes con ella, y su
cuerpo me servía de almohada. Al ver a la
niña lancé un grito de júbilo y quise ponerme
en pie para abrazarla.
-Estate quieto -me dijo-; debes de estar
enfermo y conviene que no te levantes por
ahora. Sin que me preguntes yo te contaré lo
que ha pasado. Al despertarme me hallé sola.
Te llamé y no me oíste. Me acerqué despacio
al claustro y vi a dos mujeres de mal aspecto;
entonces tuve miedo, cogí nuestro equipaje y
tu chaqueta y salí. Ya no llovía, pero el piso
estaba muy húmedo y apenas se podía andar
a causa de la oscuridad de la noche. No me
atrevía a alejarme por si volvías, porque estaba
segura de que te hallabas cerca y no me
habías abandonado. Me senté en una piedra
al pie de un árbol y pasé el resto de la noche
llorando y pensando en ti. No sé cómo no te
vi cuando volviste al convento. Al amanecer
salieron primero tres hombres y dos mujeres
profiriendo amenazas contra una loca a la que
decían iban a tirar al río, y otro hombre después.
Entonces entré despacito y te encontré
echado en el suelo, helado y dormido al parecer.
Te abrigué, puse tu cabeza sobre mí con
cuidado y poco a poco fuiste entrando en calor
y recobrando la vida. Hubo un instante en
que pensé que estabas muerto. ¡Qué pena tan
grande tuve! Me parecía que yo también me
iba a morir. Estás enfermo y desde ayer no
hemos comido. No lejos de aquí hay una venta;
¿quieres que traiga pan?
-¿Pan? -dije-. Y algo mejor; me han dado
dos pesetas, Rosalinda.
-¿Y por qué te las han dado?
-Por haber descubierto el robo.
-¿Qué robo?
-El que hizo la loca.
Y le conté lo que había pasado; pero Rosalinda
no participaba de mi entusiasmo y noté
que se había disgustado conmigo.
-¿De modo que tú has descubierto a esa
mujer? -me dijo preocupada.
-Como que a no ser por eso nos hubieran
culpado a nosotros de haber cogido las monedas
-repliqué.
-Pero… ¿y si la arrojan al agua y se ahoga?
-Por qué ha robado.
-Si está loca no sabrá lo que ha hecho –
murmuró la niña-, pero sí se sentirá morir
poco a poco.
Quedó luego ensimismada, como si la imagen
de la infeliz mujer no pudiera apartarse
de su mente. Y a mi vez sentí un cruel remordimiento
por haberla denunciado, pareciéndome
que su muerte pesaba sobre mi conciencia.
Los niños olvidan pronto, y los estómagos
vacíos nos hicieron volver a nuestra triste
situación.
Di a Rosalinda las dos pesetas, encargándole
que trajese algo bueno para comer y que
volviera pronto.
Mi compañera se alejó y me quedé echado
en el suelo pensando en el agradable banquete
que se nos preparaba. Es cierto que con
aquellas dos pesetas hubiéramos tenido para
comer dos días; pero como habían venido
cuando menos se las esperaba, podíamos
darnos el grato placer de comer una tortilla,
pan blanco y algo de fruta, con todo lo de
más que entregaran a la niña por aquel dinero,
que me parecía en tal instante una cantidad
enorme.
Rosalinda tardaba y mi impaciencia iba en
aumento, porque me sentía desfallecer al
principio y luego por el temor a que la apartasen
de mí, que era mi pesadilla desde que
habíamos salido del pueblo. ¿La habría hallado
la Roja, a la que siempre suponía siguiendo
nuestros pasos, y se la habría llevado para
encerrarla en el asilo?
Salí de las ruinas, y mientras decidía qué
dirección debía tomar, vi aparecer a Rosalinda,
que venía corriendo, con el rostro revelando
profundo disgusto, llorosos los ojos y
encendido el semblante.
Se detuvo sin aliento junto a mí y durante
un rato no pude saber lo que le había ocurrido.
Al fin me refirió que al llegar a la venta
había pedido dos almuerzos de a peseta, que
le habían preparado una tortilla (la que yo
deseaba comer), algo de carne, pan y queso,
y que al ir a pagar la posadera púsose furiosa
porque las monedas eran falsas. Que ya aquel
día le habían dado otras iguales, engañándola,
unos hombres al pasar por allí. Quiso pegar
a Rosalinda, tal vez la pegó aunque ella
no me lo dijo, pero al verla tan triste y avergonzada
acabó por perdonarla, quitándole las
monedas y obligándola a marcharse precipitadamente.
Como todos los que la veían, la
creyó un muchacho y la había amenazado con
dar parte a la justicia si volvía a aparecer por
aquellos lugares.
La consolé como pude y, a pesar de que
estaba enfermo, salí del antiguo convento con
la niña, ya que tan mal nos había ido en él, en
busca de alimento y de otro albergue, contentándome
con un vaso de leche en vez del espléndido
almuerzo con que soñara.
Paso por alto las demás peripecias del viaje,
que duró algunos días, en los cuales sólo
dos noches conseguimos dormir en cama en
posadas de poco precio. Pero aun así, nuestro
dinero disminuía de manera alarmante, y era
preciso tomar una determinación.
Ya habíamos preguntado si podrían darnos
trabajo en varias partes, contestando en todas
negativamente. Por fin llegamos a una
ciudad que nos pareció magnífica, aunque era
de tercero o cuarto orden. En ella acabó de
gastarse lo poco que llevábamos y nos encontramos
un día sin albergue y sin pan. La gente
nos miraba más que en las aldeas, infundiéndome
algún recelo. Era, en efecto, raro
ver a dos criaturas vagar por calles y plazas a
todas horas.
Una tarde en que no habíamos comido nada,
nos hallábamos Rosalinda y yo sentados
en un banco del paseo, dispuestos a implorar
la caridad pública. Nuestros trajes, sobre todo
el de ella, que era ya más viejo, habían sufrido
mucho en el viaje y no tardarían en ser
unos andrajos, y los zapatos estaban completamente
rotos; el atavío era a propósito para
mendigar.
Un caballero alto, grueso, muy encarnado,
que nos pareció vestido como un personaje,
vino a sentarse por casualidad junto a nosotros.
Venciendo mi repugnancia alargué la mano,
y él me dio una moneda de cobre.
-¿Tenéis padres? -nos preguntó con acento
extranjero muy marcado.
-No señor -le contesté.
-¿Ni parientes?
-Ninguno.
-¿Qué sabes hacer?
-He sido pescador.
-¿Y en qué piensas ocuparte ahora?
-No lo sé, señor; en lo que encuentre.
Quedó breves instantes pensativo y luego
prosiguió:
-Si consentís en veniros conmigo, os haré
artistas y llegaréis a ser notables con el tiempo.
Pero habéis de pasar por hijos míos, y
decir que lo sois a cuantos os interroguen.
-¿Y qué hay que hacer para ser artista, señor?
-Yo soy acróbata, y mi mujer y mi hija
también. Trabajamos en el circo de esta ciudad,
donde estamos contratados para toda la
temporada. Pero hace años que sueño con un
ejercicio precioso, las estrellas volantes, para
el que necesito dos muchachos como vosotros;
es cuestión de fuerza para el mayor,
agilidad para el pequeño y una precisión matemática
para los dos. No podéis empezar por
eso, pero antes os enseñaré otros trabajos
más fáciles a fin de que pronto me ayudéis a
ganar vuestro sustento. En España se persigue
ahora bastante al hombre que se lleva a
un niño, y no quiero indisponerme con la justicia.
Pero puesto que vosotros estáis solos en
el mundo y nadie os ha de reclamar, podéis
venir conmigo.
-¿Qué te parece, Rosalinda? -pregunté a la
niña, olvidándome de su disfraz.
-¡Cómo! -exclamó el extranjero-. ¿Este chico
es chica?
Me quedé algo confuso, pensando que quizá
fuera eso causa de que no tuviéramos colocación.
-No importa -continuó él, comprendiendo
lo que por mí pasaba-. Casi será el ejercicio
más bonito así.
Viendo que aún vacilaba, me dijo:
-No temas nada, en mi casa no se os tratará
mal y viviréis mejor que dedicados a cualquier
otro trabajo.
-Vamos, Santiago -me dijo Rosalinda-; te
ayudaré a ganar la vida, y en cualquier otro
lado que te coloques no me dejarán estar
contigo.
Seguimos al extranjero, que nos llevó a su
casa. Tenía dos habitaciones amuebladas, una
sala grande con una alcoba todavía mayor.
-Por esta noche tu hermana dormirá con
mi hija y tú conmigo -me dijo.
Rosalinda se puso su traje de niña y guardé
el que había usado durante unos días.
Nuestro protector se llamaba Roberto Asthon,
su mujer Juana y su hija Virginia. Eran
personas vulgares, pero no malas, que nos
acogieron bien. Por la noche nos llevaron al
circo, donde los tres trabajaban, él en el trapecio,
la mujer como equilibrista ejecutando
juegos malabares, y la hija, que contaría unos
diez y seis años, sobre un caballo, al que parecía
querer más que a sus padres.
La función nos impresionó vivamente a Rosalinda
y a mí. Tanta luz, tanta gente, aquellos
hombres y aquellas mujeres haciendo
arriesgados ejercicios eran para nosotros seres
sobrenaturales y estábamos encantados al
pensar que algún día podríamos hacer lo que
ellos. A mi juicio, y acaso al de ella, no era
fácil hallar en el mundo cosa mejor.
Así es que Asthon nos encontró propicios
para aprender y desde el primer día pusimos
cuanto fue posible de nuestra parte para dar
gusto a nuestro maestro.
Antes de presentarnos en el circo cómo
gimnastas salimos en una pantomima infantil
para la que nos ataviaron lujosamente. La
belleza de Rosalinda llamó vivamente la atención
del público, que nos aplaudió, regalándonos
dulces y dinero.
Acabó la contrata allí y fuimos a otro lado.
Roberto continuaba enseñándonos y nos
anunció que pronto podríamos ejecutar algún
ejercicio. No nos pegaba ni se impacientaba
con nosotros cuando tardábamos en aprender,
y hubiéramos estado con él perfectamente
si toda la familia no se hubiera entregado
por la noche a la bebida después, y a veces
antes, de la función, volviendo a la fonda
donde parábamos en completo estado de embriaguez.
A medida que íbamos creciendo, aquellas
escenas se nos hacían más repulsivas, sobre
todo a Rosalinda, alma delicada que rechazaba
todo lo malo y todo lo innoble por instinto.
Aquellas gentes hablaban, cantaban y reían,
y la pobre niña cubría su cabeza con las
ropas de la cama, procurando no verlos ni
oírlos.
Lo único que había de bueno para nosotros
es que nos olvidaban totalmente; a aquellas
horas no existíamos para ellos ninguno de los
dos.
Yo trabajé al principio a caballo y Rosalinda
en la percha con Roberto.
Cuando él juzgó que ya éramos bastante
hábiles nos enseñó varios ejercicios en el trapecio,
llegando al fin a realizar lo que él llamaba
su bello ideal, las estrellas volantes.
Hacía entonces tres años que nos hallábamos
con la familia Asthon. Consistía el citado ejercicio
en pasarse de un trapecio a otro, después
de varias planchas y volteos; al final yo
debía enviar a Rosalinda, con una precisión
grandísima, desde donde me hallaba a bastante
distancia para que fuese recogida por
Roberto.
Nos habían hecho a los tres trajes completamente
iguales, todo encarnado, incluso las
mallas.
Rosalinda estaba encantadora hasta el
punto de disgustarme verla tan bella, pensando
que el público pudiera ser de mi misma
opinión.
Desde hacía algún tiempo notaba que el
sentimiento que me inspiraba la niña se había
trocado en otro más tierno, al paso que el de
ella por mí no había cambiado absolutamente
nada.
Era siempre la criatura cándida y sencilla
que me había otorgado todo su cariño casi
desde que me conoció. Estaba más bien baja
para su edad; era esbelta y elegante; sus
cabellos castaños no eran largos, como sucede
a las que los tienen rizados; caían sobre
sus hombros formando bucles, y servían de
marco al rostro más perfecto que se haya
visto jamás. Cuando después de ejecutar sus
ejercicios la hacían salir a la pista y saludando
echaba besos con sus manitas al público,
cuando algún espectador más o menos joven
le decía cualquier requiebro al que ella jamás
contestaba, cuando veía los gemelos fijos en
su airosa figura, sentía yo indecible malestar
que me hacía entregarme a raptos de verdadera
cólera.
Luego me calmaba, cuando, a solas en
aquella pequeña habitación destinada para
vestirnos, la veía agitada por el cansancio
sentarse a mi lado en el estrecho diván y
apoyar su frente cubierta de sudor en mi
hombro. Yo lo enjugaba con mi pañuelo y no
le dirigía la palabra hasta que su fatiga había
cesado.
No; aquella vida no era tolerable para Rosalinda,
que no había nacido para ella, y aunque
nunca se lamentara, comprendía que con
gusto la hubiera trocado por cualquiera otra.
Mis celos ¿por qué no darles su verdadero
nombre? aumentaban a medida que la niña
crecía y me causaban verdadera tortura.
La familia Asthon nos había tomado cariño
y siempre hablaba de que no nos separaríamos
nunca; yo la dejaba en esa creencia, pero
en los ratos que tenía libres procuraba buscarme
una colocación, por humilde que fuese.
En todas partes hallaba dificultades, pues si
consentían en admitirme en algunas era
siempre solo, y yo no podía separarme de
Rosalinda. Mi amor por ésta era tan grande
como respetuoso; más bien que un ser
humano parecía aquella criatura un ángel.
Con mucha anticipación se anunció en los
carteles y periódicos el ejercicio Las estrellas
volantes, ejecutado por la familia Asthon. Llegó
el día fijado. El circo estaba lleno. Nosotros
no trabajábamos hasta la mediación de la
segunda parte del programa.
No sé por qué al acercarse la hora me
hallaba preocupado, lo que no me había ocurrido
una sola vez desde que éramos gimnastas.
Tenía miedo de que el ejercicio no saliera
bien y temblaba sobre todo por Rosalinda.
Felizmente mis temores no se confirmaron, y
nunca fuimos más aplaudidos ni salimos más
veces a saludar al público. Gracias a esto el
director nos concedió un beneficio que debía
verificarse a la semana siguiente. Sería la
función de despedida, pues estábamos contratados
en otra parte, aunque el circo de
aquella ciudad seguiría abierto más tiempo.
El mismo día de aquel beneficio ensayamos
por la mañana como de costumbre, y antes
de ir a almorzar a la fonda en que nos hospedábamos
salimos Rosalinda y yo a dar un paseo
por los alrededores. Al volver me encontré
a Roberto muy preocupado, y antes de
que le preguntásemos la causa nos dijo:
-Virginia se ha marchado con Tony.
Tony era un acróbata de la compañía.
Para ahogar sus penas Asthon bebió más
que de costumbre y luego no le vimos hasta
la hora de la función. Trabajé en la primera
parte sobre el caballo y en la última en Las
estrellas volantes. Al principio todo fue bien;
los cambios de trapecio a trapecio entre Rosalinda
y yo se hicieron con la precisión de
siempre y nos preparamos a terminar el trabajo
como las otras noches.
Yo veía desde mi puesto a Asthon cogido
por las corvas, con el rostro congestionado,
los ojos saltones, los cabellos pegados a las
sienes por el sudor copioso, y me parecía que
el inglés no se hallaba en su estado normal.
Cuando dijo ¡ya! con su voz de trueno, di impulso
al trapecio mientras él hacía lo mismo
con el suyo, y al llegar a la distancia convenida
solté a Rosalinda, que debía ser recogida
por Roberto.
Un grito de espanto resonó en todo el circo.
La niña había caído desde una inmensa
altura a la red y, despidiéndola ésta, a la pista,
donde quedó sin movimiento. Iba a seguirla
tirándome a mi vez cuando oí que desde
abajo me gritaban: «Por la cuerda, por la
cuerda» que uno de mis compañeros de circo
me había acercado al trapecio para que descendiese
por ella. Maquinalmente la cogí y
con rapidez extraordinaria me dejé deslizar
hasta el suelo.
Muchos espectadores, gimnastas y empleados
del circo rodeaban a Rosalinda,
habiendo entre los primeros un médico. Éste
la tomó en brazos y abandonó la pista mientras
el público horrorizado salía sin querer ver
la terminación del programa.
-Se ha matado -oí que decían algunos.
Y teniendo la evidencia de tal desdicha, no
me atrevía a seguir a los que se llevaban a mi
adorada Rosalinda.
Al fin procuré salir de mi estado de postración,
pero ya los corredores estaban desiertos,
por lo que me dirigí a nuestro cuarto pensando
que habrían llevado allí a la niña. Me
detuve junto a la puerta, que estaba cerrada
y en la que se veía trazado con carbón en
letras grandes. «Familia Asthon». Reinaba un
silencio profundo que me pareció de muerte;
al fin abrí y vi que la habitación, alumbrada
por un mechero de gas, estaba vacía.
Un empleado, a quien interrogué, me dijo
que habían llevado a la niña al cuarto del director.
El médico había hecho salir de allí a los
curiosos y sólo estaban con él Juana, Roberto
y cuatro o seis personas, gimnastas en su
mayor parte. Como me creían hermano de
Rosalinda, me dejaron que entrase sin dificultad.
La pobre criatura estaba echada en una
cama, con los ojos cerrados y el rostro pálido
como si fuera un cadáver. De vez en cuando
movimientos convulsivos agitaban su cuerpo.
Tenía una mano manchada de sangre, y
recordé el primer día que la vi, cuando me
decía con su dulce voz, el rostro inundado de
lágrimas:
-Límpiame esto.
La cara del doctor estaba bastante sombría
mientras hacía la primera cura. Después que
terminó dijo, volviéndose hacia Juana:
-Creo que es usted su madre, ¿verdad?
Ella hizo con la cabeza una señal afirmativa.
-Siento decirle -prosiguió el médico- que el
estado de la niña es grave, que exige continuos
cuidados y que es casi seguro que no
pueda nunca volver a trabajar en ningún circo.
Voy a mandar que traigan una camilla
para llevarla a su casa.
-Es que -dijo Roberto, cuya embriaguez se
había disipado por completo- nosotros estamos
en una fonda y mañana tenemos que
marcharnos. ¿Cómo se va a quedar allí? No lo
permitirán.
-En ese caso, la haré conducir al hospital,
donde podré continuar asistiéndola.
-Como usted guste.
Mientras ellos hablaban me había acercado
yo a Rosalinda y cubría su rostro de besos y
de lágrimas. Estaba helada y había perdido
toda sensibilidad.
-Lo que hace este chico -dijo el doctor a
uno de los que estaban allí- esperaba que lo
hubiese hecho el resto de la familia; me parece
que son tan padres de la muchacha como
yo.
Llevaron la camilla, y el médico, con mi
ayuda, colocó en ella a Rosalinda envuelta en
una manta. Después la sacaron de la habitación,
y la seguí hasta el hospital.
No me dejaron entrar detrás de ella.
-Los jueves y los domingos hay visita de
dos a tres -me dijeron.
Me fui a la fonda, donde manifesté a Asthon
mi resolución de quedarme en la ciudad
hasta que se curase Rosalinda. Se encolerizó,
profirió juramentos y amenazas, pero tuvo al
cabo que ceder, y quedamos en que nos reuniríamos
de nuevo cuando él terminase su
contrata, para lo que volvería a buscarnos.
-Creo -me dijo- que la niña tiene fracturado
un brazo; pero si no le queda más que
eso, Virginia le enseñará a bailar y aún podrá
ganarse la vida. De la conmoción cerebral se
curará.
-¿Virginia? -le pregunté asombrado.
-Sí; ha vuelto, dejando plantado a Tony;
estoy contento.
Me despedí poco después de toda aquella
gente, busqué una habitación más barata y
rogué al director del circo que prorrogase mí
contrata por algún tiempo, aunque me pagara
poco. Accedió a mis deseos, y con lo que me
dio logré vivir y ahorrar algún dinero.
Las primeras veces que fui al hospital no
me dejaron pasar a ver a Rosalinda, que continuaba
muy grave. Entonces resolví esperar
al médico todos los días cuando saliera de
hacer su visita para preguntarle cómo estaba
mi querida enferma. Fiel a la promesa hecha
a Roberto, dije que me llamaba Santiago Asthon,
a pesar de la incredulidad del doctor,
que encontraba que yo hablaba el español
demasiado bien para ser hijo del acróbata
extranjero.
Al fin, mucho después de la caída de la niña,
me permitieron que entrase a verla un
momento.
Rosalinda estaba aún en el lecho, completamente
inmóvil a causa de la fractura del
brazo, pálida y delgada. Una sonrisa celestial
iluminó su rostro cuando me acerqué a su
cama, y casi no me atreví a rozar su frente
con mis labios por temor de lastimarla.
No le hables mucho -me dijo una hermana
de la Caridad-; el doctor lo ha prohibido.
Apenas me dejaron estar a su lado diez
minutos, durante los cuales me aseguró que
se encontraba mejor y que su único deseo
desde que recobró el conocimiento fue volver
a verme. Me rogó que la sacara de allí pronto.
Esto me lo expliqué perfectamente, porque
las enfermas con quienes estaba causaron
también en mí una triste impresión. Las había
convalecientes, graves y moribundas; la charla
de las unas formaba singular contraste con
los gemidos o el estertor de las otras.
Desde entonces volví todos los jueves y los
domingos.
La hermana que el primer día me había
hablado me llamó una tarde aparte y me dijo:
-Es preciso que procures separar a esa niña
de la vida a que la condenan vuestros padres.
Diles que nos la dejen, y nosotras la
haremos educar. Nos dijo, cuando sobre ello
le preguntamos, que no se había confesado
nunca, y en este tiempo ya lo ha hecho aquí
dos o tres veces; antes de que salga de esta
casa hará su primera comunión. ¿Y tú te has
confesado?
-¿Yo? -murmuré, mirándola con asombro-,
yo no.
-¿Sabes rezar al menos?
-Sí, aprendí en la escuela.
Me hizo varias preguntas de catecismo, a
las que respondí lo mejor que pude, y la hermana
me regaló un escapulario. Cuando iba a
separarme de ella añadió:
-Deja esa senda de perdición por la que
vas y aparta también a tu hermana, que no
nació para esos horrores. Eres un muchacho
fuerte y robusto que puedes dedicarte a las
faenas del campo; sé bueno, hijo mío, y sobre
todo procura que tu hermana lo sea.
Cuando Rosalinda se levantó la vi en el
jardín del hospital, donde aspiraba con delicia
el aire puro y el aroma de las flores. Había
crecido mucho y estaba muy pálida, pero no
menos bellas que antes.
-Pronto me darán de alta -me dijo un día-;
mira, ya muevo el brazo, pero noto un gran
cansancio a todas horas y apenas puedo tenerme
en pie. El médico, que es muy bueno
para mí, me ha mandado que vuelva a mi
pueblo para pasar en él una larga temporada,
que tome mucha leche y… esto es lo que me
mortifica… que no trabaje nada. Al pueblo no
podemos volver, porque estará allí la Roja,
pero vámonos a otro que bañe el mismo mar;
tu pescarás y yo venderé la pesca; te acompañaré
siempre, y los peligros que corras, los
correré contigo. No esperemos a Asthon;
huyamos antes de que él vuelva a esta tierra.
Ese hombre me da espanto, no porque haya
sido la causa de mi enfermedad, sino por su
estado de constante embriaguez que le priva
de la razón, haciéndole capaz de cometer las
mayores locuras. No quiero ver más a su hija,
qué no me da sino malos consejos que mi
alma rechaza, ni a su mujer, ni a nadie de esa
familia. Santiago, llévame contigo donde no
me conozcan, ni me hablen, ni me miren; no
quiero vivir más que para ti.
¡Con qué placer oía yo estas palabras!
Economizaba casi todo el dinero que me daban,
no gastando ya más que en comer, porque
dormía en el pórtico de una iglesia abandonada
y ruinosa, para no pagar un mal cuarto
en la posada.
Una mañana me dijo uno de los compañeros
de gimnasia, muchacho de pocos más
años que yo, que iba a ir a la fiesta de un
pueblo vecino, preguntándome si quería
acompañarle. No me atreví a rehusar, y como
no era día de visitar a Rosalinda, partí con él
bastante temprano, yendo en la diligencia con
otros muchos viajeros.
Se celebraba una romería que estaba, al
llegar nosotros, muy animada, y lo pasé menos
mal de lo que creía, porque mi compañero
era alegre y sabía sacar partido de todo.
Habían puesto en la plaza una cucaña y se
disputaban el premio, veinticinco pesetas,
varios mozos de la localidad.
-¿Quieres que subamos? -me preguntó el
gimnasta.
-Como gustes -le contesté.
-Echemos a suertes quién va antes. Cara –
dijo sacando una moneda y preparándose a
arrojarla al aire.
-Cruz -exclamé en seguida.
Salió cruz y me dirigí resueltamente a la
cucaña, por la que empecé a subir. Lo hice
despacio, procurando no cansarme, y logré
coger la bolsita que guardaba el dinero. Me
aplaudieron y bajé triunfante, pensando que
con aquellos cinco duros podría aumentar mi
modesto capital.
-Quince pesetas al que suba el segundo –
gritó un ricacho del pueblo.
Aquel premio lo ganó mi amigo. Hubo
aplausos también para él.
-Diez pesetas al tercero -dijo otra voz.
Y mi compañero y yo, satisfechos por
nuestro triunfo, nos quedamos a ver quién
ganaba.
Había cerca de nosotros un grupo de jóvenes,
y uno de éstos, al fijarse en mí, me llamó
por mi nombre. Era un chico de mi pueblo,
sobrino del alcalde, que había ido a la escuela
conmigo. Mucho me disgustó el encuentro,
pero no pude prescindir de él. Le pedí noticias
de la gente del lugar y me dijo que todo continuaba
allí tranquilo, sin más novedad que
haber el tío Feliciano alquilado la casa que fue
de mi padre y estar la Roja para casarse con
un pescador. Había él ido a ver la fiesta como
nosotros, aunque desde más lejos, y pensaba
volver a nuestro pueblo a los pocos días. Aún
estaba hablando conmigo cuando pasaron dos
hombres por nuestro lado murmurando uno
de ellos:
-Estos son los que han ganado los primeros
premios de la cucaña, pero mira qué gracia,
son Asthon y Bell, dos acróbatas del circo de
la ciudad de ***, donde los he visto trabajar,
y subir por un palo debe ser para ellos un
juego de niños.
Cenamos en un restaurant el gimnasta y
yo, y después, en el coche que salía a las
nueve de la noche, regresamos para ejecutar
nuestros ejercicios en la tercera parte de la
función del circo. Éste se cerró dos días después,
y como no quise partir con la compañía,
me quedé sin contrata.
Al fin fue Rosalinda dada de alta. Las hermanas
se despidieron de ella con el mayor
cariño, dándole hasta el fin saludables consejos,
que oyó también de los labios del médico.
Dejé la dirección de la posada donde íbamos a
vivir unos días por si algo querían de nosotros,
y me llevé, por último, a la niña, que me
entregaron sin dificultad, como a hermano
suyo que me creían.
Noté desde el primer momento en Rosalinda
un cambio grandísimo: ya no se mostraba
tan expansiva conmigo como antes, al encontrarse
nuestras miradas bajaba los ojos, y su
timidez era visible cada vez que le dirigía la
palabra. Me rogó que tomase en la posada
dos cuartos, pero yo no pedí más que uno
para ella, dispuesto a dormir en un banco
delante de su puerta mientras permaneciésemos
allí.
Mi enojo con las hermanas de la Caridad
era inmenso, pensando que me habían arrebatado
su cariño, pero al decírselo me convenció
de lo contrario con estas palabras.
-Si fuera lo que supones no me hubiese
vuelto contigo: bastaba para ello que supieran
que no eres mi hermano.
-Entonces es que ya no me quieres…
-No -me interrumpió-, es… que te quiero
más.
El amor, que yo había sentido antes que
Rosalinda había brotado en su alma, y al fin
se daba cuenta de él.
Mi dicha no tenía límites y nos pasábamos
el día haciendo planes para lo porvenir. Con el
dinero que ganase, y del que ahorraríamos
una mitad, compraríamos una barca, yendo al
cabo a mi aldea, de la que con el pensamiento
arrojábamos a la Roja y demás seres importunos.
Transcurridos dos o tres años nos casaríamos
para que nadie en el mundo nos
pudiera separar.
Rosalinda se había repuesto casi por completo
y habíamos proyectado salir de la ciudad
un lunes por la mañana en la diligencia de las
ocho.
Nos hallábamos guardando la ropa en una
maleta en el cuarto de la niña, cuando llamaron
a la puerta. Creyendo que sería el posadero
que venía a arreglar la cuenta abrí, y
júzguese cuál sería mi asombro al encontrarme
enfrente de la Roja. Entró en la alcoba y
se sentó sin saludar.
-¿No me esperabais, eh? -preguntó después
de un momento que estuvo gozando con
nuestra confusión.
-No -le contesté-, y no sé lo que viene usted
a hacer aquí.
-Pues yo te lo diré, chiquito. Antes voy a
contarte lo ocurrido desde que os escapasteis
del lugar. A los ocho días de vuestra marcha
llegó a mi casa un caballero que me dijo:
«Soy el padre de Rosita y vengo a buscarla y
a pagar a usted lo que le debo. Mi administrador
se ha vuelto loco, y por eso no ha cobrado
usted los últimos meses. ¿Dónde está
mi hija?» Ya comprenderéis la escena que
siguió a esto. Cuando se enteró que la niña se
había fugado, ni más ni menos que hubiese
podido hacer una joven contrariada en sus
amores, al pronto no lo quiso creer y luego
sospechó que yo debía haber tratado indignamente
a su hija para que huyese así de mi
lado, o que el mal ejemplo habría influido en
su funesta determinación. Le hablaron bien de
mí el cura, el alcalde y todo el pueblo, pero el
señor seguía furioso y se portó muy mal conmigo.
Desde entonces no descansé para buscaros;
necesitaba probarle que Rosa se había
marchado por no separarse de ti entrando en
un colegio que le tenía buscado. Bien habíais
arreglado la fuga a pesar de vuestros pocos
años; ni rastro había quedado por ninguna
parte. Una casualidad debía servirme mejor
que todas mis pesquisas. El sobrino del alcalde,
que te vio en la feria de un pueblo cercano,
me contó que habías ganado un premio
subiendo a la cucaña y que allí había oído a
unos hombres que eras gimnasta del circo de
esta ciudad y que te llamabas algo así como
Basto o Bastón. Me vine aquí en seguida; el
circo se había cerrado, pero me aseguraron
que tú no habías partido con la compañía por
quedarte cuidando a tu hermanita, que había
estado a punto de matarse una noche. Anduve
de un lado a otro hasta que al fin supe que
Rosa había sido llevada al hospital. Corrí allá,
y sin hablar del objeto de mi visita, dije que
había sido nodriza de la niña y que necesitaba
saber su paradero. Me vine a la posada y aquí
me tenéis. ¡Buena, voy a devolver al Sr. Latorre
a su hija! ¡Enferma, acaso indigna de él!
-Eso no -repliqué vivamente.
-¡Bah, bah! No habrás impedido que vea y
oiga lo que no debiera nunca haber visto ni
oído. Bien me voy a fiar de tus palabras, hoy
que eres un mozo, cuando me engañaste de
pequeño.
Rosalinda no se atrevía a hablar y fijaba
con angustia sus ojos en los míos. Con sus
miradas me decía: «Nos van a separar».
La Roja se acercó a la ventana, y debió
hacer una seña que nosotros no vimos, porque
casi en seguida entró un caballero con un
joven que parecía tener unos veinte, años.
-Tu padre y tu hermano -dijo a Rosalinda.
La niña se acercó maquinalmente a ellos y
correspondió a sus caricias sin entusiasmo,
como el que cumple con un deber.
Luego aquellos hombres me llenaron de
improperios, que escuché sin replicar devorando
la ira que me dominaba.
-Me han ofrecido ustedes no hacerle nada –
exclamó la Roja-; llévense a la niña y no armen
un escándalo aquí.
-Vamos, hija -murmuró Latorre.
Rosalinda y yo nos abrazamos llorando,
prometiendo que no nos olvidaríamos jamás,
y luego la separaron de mí a viva fuerza, creo
que entre su padre, su hermano y la Roja.
Cuando logré desasirme de los brazos de ésta
que me sujetaban, salí a la calle y aun me
pareció oír la dulce voz de la niña que me
decía:
-¡Adiós, Santiago!
Vi un coche que se alejaba y corrí tras de
él sin perderlo de vista, oyendo siempre aquel
«¡adiós, Santiago!» que fue su postrera despedida.
Divisé a alguna distancia las altas
tapias de un jardín con una puerta de hierro,
por la que entró el carruaje, cerrándose al
momento. Cuando llegué, en vano llamé, en
balde grité, nadie me franqueó la entrada.
Sabía dónde vivía, pero no me era posible
verla ni hablarla.
Volví a la posada, donde dije al dueño de
ella que no partía ya. Me encontré a la Roja,
que me estaba esperando, por la que supe
que los padres de Rosalinda estaban establecidos
en la ciudad. Era ésta la primera donde
habíamos estado la niña y yo después de
nuestra fuga, en la que conocimos a la familia
Asthon, que había vuelto contratada al mismo
circo algunos años después. Sin sospecharlo,
porque luego habíamos viajado bastante y no
sabíamos, ni Rosalinda ni yo, dónde parábamos,
nos hallábamos a pocas leguas de mi
pueblo. La Roja me dijo que me volviera a él,
pues nadie me inquietaría por aquel suceso,
pero yo no quise alejarme de mi adorada niña.
Poco a poco fui agotando el dinero que
había reunido para gastarlo entre los dos.
Todos los días iba a llamar a la puerta de casa
de Rosalinda; pero ni me contestaban ni lograba
verla jamás; era indudable que no salía
a la calle, paseando por el extenso jardín. Mi
único deseo era ya hablarla una sola vez; pero
¿cómo conseguirlo si era su morada lo
mismo que una prisión?
Un día me encontré sin ninguna moneda y
salí al campo para comer algunas frutas. Llegué
a un sitio solitario y me senté junto a un
arroyo, donde hice mi frugal almuerzo. Los
altos árboles cubiertos de ramaje me ofrecían
su bienhechora sombra, y en sus copas cantaban
dulcemente centenares de pajarillos
que vivían allí sin ser inquietados por el hombre.
Las flores silvestres alzaban sus esbeltos
tallos para recibir el beso de algún rayo de sol
que penetraba a través del follaje. A lo lejos
veía un pastor echado cerca de su rebaño y
llegaba hasta mí el sonido de una guitarra que
tocaba un hombre en un ventorrillo, al que a
aquella hora no solía acudir casi nadie.
Con verdadera ansia me hallaba comiendo
higos y moras cuando oí una voz que me decía:
-Parece que hay apetito, ¿eh?
Alcé la cabeza, y vi a un joven decentemente
vestido que me miraba con atención.
-Sí, señor -le respondí-, es lo primero que
como hoy.
-¿Y tienes con qué comer luego?
-No; estoy sin trabajo.
El desconocido me contempló con profunda
lástima, y sacando una cartera del bolsillo, de
la que quitó dos cartas con sobre cerrado, me
la alargó, diciendo:
-Toma esto para ti, yo no lo necesito.
-Gracias, señor -murmuré.
Se alejó rápidamente, y entonces vi que la
cartera, que estaba marcada con dos iniciales,
contenía, además de algunos apuntes que no
significaban nada para mí, un billete de 50
pesetas. Este suceso me parecía un sueño, y
temiendo estaba despertar y hallarme otra
vez en la miseria cuando oí una detonación.
Los pájaros salieron a bandadas huyendo y
hasta un rato después no volvieron a posarse
en las verdes ramas.
Guardé la cartera y me dirigí al sitio donde
había sonado la detonación. El ventero acudía
por otra senda al poco tiempo.
Vimos tendido sobre la hierba a un joven
en el que reconocí al que me acababa de
hablar. Tenía en la mano un revólver, con el
que se había disparado un tiro en la frente, y
a su lado las cartas que sacó de la cartera, la
una dirigida al juez y a una mujer la otra. El
ventero corrió a dar parte de que cerca de su
casa había un cadáver, en tanto que yo me
alejaba hacia la ciudad con el corazón oprimido
por indecible angustia. Pensaba en que el
día que perdiese toda esperanza de ver a Rosalinda
no me quedaría más recurso que
hacer lo que aquel desgraciado.
-¡Verla! ¡hablarla! esto continuaba siendo
mi pesadilla. ¿Por qué no había de saltar la
tapia una noche y esperar oculto una ocasión
propicia para acercarme a ella en el jardín?
Ya no viví tranquilo hasta que puse en
práctica el proyecto. Siendo gimnasta, fácil
me fue vencer el obstáculo material que me
separaba de la niña; aquel salto, que hubiera
sido casi imposible para otro, resultó sencillo
para mí. Una vez dentro, vi a lo lejos la casa,
en la que aún ardían algunas luces, y pensé
que quizás una fuera la de su cuarto. ¿Dónde
me ocultaría? Vagué al azar, y ya me creía
seguro bajo un cobertizo en el que había objetos
de jardinería, cuando turbaron el silencio
de la noche los ladridos de un perro. Advertía
cómo iba acortando la distancia que le
separaba del sitio en que me hallaba, y al fin
le vi enfrente y pronto a lanzarse sobre mí.
Me defendí como pude, pero aquella lucha
hacía ruido y acudió un guarda.
No pude explicar mi presencia en el jardín,
y me llevaron preso. Para agravar mi situación,
encontraron en mi bolsillo la cartera del
suicida, y aunque juré una y mil veces que
me la había dado, el juez creyó que había
despojado de ella al cadáver, y la pena que
me impuso fue más fuerte.
La cárcel estaba enfrente del jardín de Rosalinda.
Había sido convento, y todas las ventanas
tenían aún celosías; así es que si yo
podía ver lo que pasaba fuera, no era fácil en
cambio que los del exterior me viesen.
Todas las tardes divisaba, pero muy lejos,
a mi amada sentada en un gran sillón junto a
una señora que solícita la cuidaba y que debía
de ser su madre. También solían estar a su
lado, pero menos, su padre, sus dos hermanos
y una niña menor que ella, nacida sin
duda en el país lejano de América u Oceanía
donde habían residido desde que la dejaron
en mi aldea. Al parecer Rosalinda se hallaba
muy enferma, y yo no podía ni cuidarla ni
prestarle mis consuelos.
Vivía entre malhechores de la peor especie,
y sólo había hecho conocimiento con un preso
político que debía extinguir su condena al
propio tiempo que yo. Me trataba con cariño,
y en los ratos en que estábamos reunidos me
daba lecciones de escritura que procuraba
aprovechar.
-Oye, Santiago -me decía-, cuando, nos
dejen libres nos vamos a hacer un viaje largo
por todas las partes del mundo; me servirás
de secretario, y cuando nos establezcamos en
algún punto fundaremos un periódico, porque
noto en ti dotes de literato. Escribirás tu historia,
cuya relación me ha conmovido e interesado,
y haremos por publicarla. Verás de
qué manera vamos a hacernos célebres los
dos.
-Pero mi historia no tiene desenlace –
repliqué.
-Tal vez lo tenga antes de que salgamos de
la cárcel.
Y así fue, en efecto.
Un día me anunciaron que un caballero
preguntaba por mí, y no tardé en hallarme
ante un joven cuyo parecido con Rosalinda
era notable. No necesitó nombrarse para que
adivinara que era el segundo de sus hermanos.
Iba vestido de negro, y con voz conmovida
me preguntó:
-¿Es usted Santiago Arabal?
Le contesté afirmativamente, y él prosiguió:
-Vengo de parte de mi hermana, sin que lo
sepa mi familia, porque así se lo he prometido.
Rosa está muy enferma. Las consecuencias
de su funesta caída, la tristeza, tal vez
algo de herencia, pues nuestra madre está
también muy delicada de salud, le han producido
un mal que no tiene cura. Me ha encargado
que le entregue a usted este paquete,
que ella misma ha lacrado, y que le abrace en
su nombre.
-¿Y está grave? -le pregunté.
Me miró con tal expresión de pena que adiviné
la verdad.
-¿Ha muerto? -murmuré
-Sí, hace dos días, pero no he querido decírselo
de pronto. En estos meses que ha estado
con nosotros la habíamos tomado cariño;
ella siempre se acordaba de usted, nada más
que de usted. Cumplo, pues, su postrer encargo
entregándole este paquete y dándole
este abrazo.
Me estrechó con fuerza contra su pecho y
salió no menos conmovido que quedaba yo.
Mucho tardé en ver lo que Rosalinda me
mandaba; loco, desesperado, no tenía ánimo
para nada, pareciéndome que todo en el
mundo se había acabado para mí.
Al fin rompí el papel lacrado y vi un retrato
suyo con esta sola dedicatoria «A Santiago,
Rosalinda», puesta en gruesos caracteres,
como por una mano inexperta; un rizo de sus
cabellos y las medallitas doradas que le dieron
de premio en el colegio de mi pueblo y
que siempre había ella guardado cuidadosamente.
Besé aquellos objetos queridos, jurando
que no me separaría de ellos jamás.
Así acabaron aquellos amores de mi infancia.
Salí de la cárcel ya hombre, partiendo
para lejanas tierras con mi protector, que es
mi mejor amigo.
Los sucesos por demás extraños que nos
ocurrieron nada tienen ya que ver con esta
historia, y en libro aparte acaso los narraré
algún día.
Básteme por hoy decir que ningún amor
verdadero ha venido a borrar de mi corazón la
imagen de aquel ángel, a quien solo yo nombré
Rosalinda.

La Gota de Agua

– I –
Jamás se vio un matrimonio más dichoso
que el de D. Juan de Dios Cordero -médico
cirujano de un pueblo demasiado grande para
pasar por aldea, y demasiado pequeño para
ser considerado como ciudad-; y doña Fermina
Alamillos, ex-profesora de bordados en un
colegio de la corte, y en la actualidad rica
propietaria y labradora. Hacía veinte años que
se habían casado, no llevando ella más dote
que su excelente corazón, ni él más dinero en
su bolsillo que 60 reales; y a pesar de esta
pobreza, conocida su proverbial honradez, sin
recibir ninguna herencia inesperada, al cabo
de cinco lustros, el señor y la señora de Cordero
eran los primeros contribuyentes del
lugar. ¡Pero qué miserias habían pasado durante
esos cinco lustros! En aquella casa apenas
se comía, se dormía en un humilde lecho,
y su mueble de más lujo lo hubiera desdeñado
cualquier campesino.
Cuando alguien preguntaba a doña Fermina
por qué no teniendo hijos a quienes legar
su fortuna había ahorrado tanto dinero a costa
de su bienestar y acaso de su salud, la
buena señora respondía: «Hice como la hormiga,
trabajé durante el verano de mi vida,
para tener alimento, paz y albergue en mi
invierno. He cumplido cincuenta años; si vivo
veintitantos o treinta más -que bien puede
esperarlo, la que como yo, sólo encuentra en
su casa gratos placeres-, daré por bien empleada
mi antigua pobreza, que hoy me brinda
una existencia serena y desahogada».
Juan de Dios no tenía más opinión que la
de su mujer; a él le había tocado trabajar
como médico-cirujano, y a su esposa economizar
lo ganado en aquel pueblo a fuerza de
sudores y fatigas, porque no todos los enfermos
pagaban; unos por falta de recursos, y
los más porque se morían. Esta era la única
mancha que tenía Juan de Dios sobre su conciencia;
muchos de los pacientes, a los que
había dado pasaporte para el otro mundo, no
estaban condenados a morir. Acostumbrado a
curar siempre con sangrías, había precipitado
con ellas el fin de bastantes desgraciados;
pero cuentan, que a pesar de eso, el honrado
doctor, hombre excelente, dormía como un
bienaventurado, y que jamás se le apareció
en sueños ninguna de sus víctimas.
Acababa de acostarse Juan de Dios, serían
las nueve de una noche fría y lluviosa del mes
de Marzo, cuando llamaron a la puerta. Marido
y mujer se sobresaltaron; hubo una ligera
polémica sobre si debía abrirse o no, y ya era
cosa resuelta que no se abriría, porque este
fue el parecer de la esposa, cuando entró la
criada en la habitación de sus amos, y dijo:
-Señor, avisan a usted con urgencia para
una enferma.
-No puede ir -gritó doña Fermina.
-Mujer, por Dios -suplicó el marido…
-Te vas a resfriar.
-¿Y si por no constiparme se muere esa
desgraciada?
-¿Y si coges una pulmonía y te mueres tú?
-Iré bien abrigado.
-Vamos, no lo consiento.
-¿Qué respondo al criado de la señora baronesa?
-preguntó la criada.
-¡Ah! ¡Se trata de la señora baronesa! –
exclamó Fermina abriendo con asombro los
ojos-; eso es otra cosa.
Entre las debilidades de aquella honrada
mujer, pues todos las tenemos, era la principal
su deseo de tratar a personas de elevada
alcurnia. Hacía más de un año que la baronesa
vivía en el pueblo con su marido y su hijo,
y doña Fermina no había encontrado una ocasión
propicia para introducirse en su casa;
nunca se había visto una familia de mejor
salud; al fin un individuo de los principales,
reclamaba los cuidados científicos de Juan de
Dios, éste salvaría a la paciente y la amistad
entre la ilustre dama y la antigua profesora,
llegaría a ser un hecho real y positivo.
-Di al criado de la señora baronesa -se
atrevió a murmurar Juan de Dios -que no me
siento bien y que me es imposible ir.
-¿Qué estás diciendo? -exclamó la esposa-.
¿Dejarás morir a esa señora?
-Por no resfriarme, por no darte un disgusto…
-No, esposo mío, no te resfriarás. Ponte el
abrigo forrado de pieles, la bufanda, la capa,
el gorro bajo el sombrero y ve en coche. ¿Ha
mandado el suyo la baronesa?
-Sí, señora -contestó la criada.
-Pues anda, Juan de Dios, no te detengas,
así no te pondrás enfermo.
Diez minutos después salía el médico de su
casa.
Doña Fermina, rebosando de satisfacción,
no pudo conciliar el sueño en el resto de la
noche.
– II –
Juan de Dios volvió a las nueve de la mañana
del siguiente día. Su esposa fue a su
encuentro con la ligereza propia de una niña,
y apenas vio a su marido, le preguntó:
-¿Qué quería la baronesa? ¿Te ha recibido
bien? ¿Te ha ofrecido la casa? ¿Te ha rogado
que vaya a visitarla o te ha dicho que ella
vendrá primero a verme? ¿No me contestas?
-Cuando acabes de preguntar, Fermina.
-Pues ya he concluido.
-La baronesa estaba enferma, y solo me ha
hablado de lo referente a su dolencia; no me
ha preguntado por ti.
-¡Qué grosería!
-La baronesa, dos horas después de mi llegada,
dio a luz una robusta niña, que ha sido
recibida con verdadero júbilo, pues ya sabes
que no tenía más que un hijo y ella deseaba
vivamente una hija.
-Y después, ¿qué has hecho?
-Ya dejaba tranquila a la ilustre señora, ya
salía de su casa y me disponía a volver a la
mía, cuando una mujer pobremente vestida
me llamó. «¿Es usted el doctor?» me preguntó.
Y al oír mi respuesta afirmativa, añadió:
«¿Puede usted asistir a una vecina mía?»
¿Cómo negarme a hacerlo? Subí a una humilde
boardilla, y encontré a una infeliz joven
que se hallaba en el mismo caso que la baronesa.
Comparé lo que acababa de dejar con lo
que estaba viendo: en el palacio muebles lujosos,
ricas colgaduras, luces, espejos, suntuosos
trajes, un esposo amante, amigos solícitos,
criados esperando con interés la feliz
nueva… En la boardilla, desnudas paredes,
vigas carcomidas, un jergón, harapos, soledad,
tristeza. Aquella desgraciada acababa de
quedar viuda; su marido no le había dejado
recursos de ningún género y ella se moría de
hambre y de pena. Dio a luz otra niña, flaca y
que no parecía tener más que un soplo de
vida. Pero acaso no muera: nace con mala
estrella para dejar tan pronto el mundo. Perdona
Fermina si le di, sin contar con tu beneplácito,
una moneda de plata a aquella mujer.
-Que trabaje.
-Su estado no se lo permite: ya trabajará.
-Casi todas las que están en el último grado
de miseria, tienen la culpa de lo que les
sucede.
-Ella me ha pedido ayuda y protección.
-Yo también fui pobre, trabajé, y ahora disfruto
un grato bienestar; que haga lo mismo y
no será desgraciada.
Fermina estaba de mal humor, porque la
baronesa no había preguntado por ella, y por
eso hablaba de ese modo; por lo demás su
corazón era bellísimo, y al siguiente día encargó
a su marido que enviase ropas, caldo y
otras cosas a la pobre viuda.
– III –
Esta no fue tan digna de compasión como
era de suponer. Un acontecimiento inesperado
vino a sacarla de aquella situación angustiosa.
La nodriza que había buscado la baronesa
para criar a su hija tuvo que volver a su
pueblo al mes de nacer la pequeña Camila, y
no encontrándose ninguna con la premura
necesaria, Juan de Dios le propuso a la mujer
de la boardilla, que se había restablecido por
completo, gracias a los cuidados de doña
Fermina. La joven fue admitida con la condición
de que había de buscar alguna persona
que se encargase de su niña. Así esta, la pobre
Benigna, por ser desgraciada en todo, no
gozó, ni en los primeros meses de su vida, las
caricias de su madre. Fue confiada a una vecina,
que la crió al propio tiempo que a un
hijo suyo, y únicamente cuando la niña anduvo
sola y dio poco que hacer, se consintió al
ama de Camila que llevase a Benigna consigo.
Camila era muy bonita, Benigna fea, medio
raquítica, solo tenía hermosos cabellos castaños
y grandes ojos azules, en los que ya se
reflejaban la bondad y el candor de su alma.
Cuando Camila no necesitó ama, doña
Fermina y Juan de Dios quisieron llevarse a la
viuda a su servicio; ella no consintió, y acaso
de aquella negativa nacieron todas las desgracias
de su hija. Tal vez el médico y su mujer
hubieran adoptado a la niña, legándole en
su testamento su fortuna, que harto lo prueba
que así lo hicieron más tarde con una huérfana
que acogieron; pero a la madre de Benigna
le deslumbró el brillo de un título, y no consintió
en abandonar a la baronesa.
Doña Fermina no realizó jamás su dorado
sueño de ser amiga, ni aun conocida de la
ilustre dama.
– IV –
Ya tenían las niñas seis años, cuando la
nodriza murió. Benigna, que la quería tiernamente,
sintió un inmenso vacío en su derredor;
pero en la infancia se olvida fácilmente, y
poco tardó en compartir los juegos de Camila.
Una tarde, la hija de la bella señora y la
huérfana, sentadas ambas sobre la alfombra,
vestían y peinaban una gran muñeca, mientras
la baronesa, no lejos de ellas, conversaba
con varios de sus amigos. Su vista se fijó en
las dos niñas, que no advirtieron la atención
de que eran objeto.
-¿Pero quién diría -exclamó riéndose y
comparando la esbelta y graciosa figura de su
hija con el defectuoso cuerpo y el feo rostro
de Benigna-, que estas dos criaturas han nacido
en el mismo día? Vean ustedes: Camila le
lleva más de la cabeza.
-¡Ah! Camila es encantadora -dijo un admirador
de la madre.
-¿Y cómo consiente usted que su niña, que
está tan bien educada, pase tantos ratos al
lado de esa chicuela? -preguntó otro.
-Es su hermana de leche. Camila le tiene
algún cariño a causa sin duda de que nunca la
contraria, y a mí me da pena sacarla de mi
casa.
-¿No tiene padres?
-Su madre, única persona que le quedaba
en el mundo, murió el verano pasado.
Nadie volvió a ocuparse de las niñas, hasta
que Camila se incomodó porque Benigna
había dejado caer inadvertidamente la muñeca.
Su diminuta mano golpeó repetidas veces
el rostro de su compañera de juego, que se
alejó llorando.
La baronesa tomó en sus brazos a Camila,
y para calmarla prometió comprarle nuevos
juguetes. Benigna se dirigió a su cuarto, y
después de enjugar sus lágrimas se consoló
de la ingratitud de su joven ama, viendo la
colección de muñecas rotas que aquella le
había dado, y formándolas junto a la pared
para que se sostuvieran de pie. Allí se puso a
imitar las conversaciones que oía a los señores
y a los criados, haciéndose ella representar
por una muñeca de agraciado rostro que
distaba mucho de parecérsele.
– V –
Pasaron los años y Camila fue llevada a un
colegio; su hermano había empezado antes su
educación. Benigna no aprendió nada; en casa
de la baronesa la vestían y la alimentaban
del mismo modo que daban de comer y cuidaban
a los perritos preferidos de los amos,
para que viviesen, sin ocuparse de nada más.
Benigna cambió poco; al llegar a la adolescencia
no tenía ni aun esa belleza propia de
los quince años. Su rostro carecía de atractivos,
su talle de la esbeltez de la juventud, su
estatura era pequeña, solo había en sus grandes
ojos azules una melancólica y dulce expresión,
que hubiese podido impresionar algunos
corazones, si alguien se hubiese dignado
fijarse en ellos; pero a Benigna no la miraban
ni los criados de la baronesa.
Al cumplir los quince años sacaron a Camila
del colegio: era una señorita bien educada,
pero fría, egoísta y orgullosa. Benigna había
puesto todo su cariño en ella; así es que al
verla, olvidando la diferencia de clases, fue a
echarse en los brazos de su hermana de leche,
pero esta la rechazó con dureza. Benigna
se apartó de ella con el corazón destrozado.
El hijo del barón tenía diez y nueve años:
también él volvió a la casa paterna después
de haber estudiado y viajado. No era tan vanidoso
como su hermana, pero su carácter se
asemejaba bastante al de esta. Benigna los
veía como a dos ídolos, a los que adoraba de
lejos, sin que los ídolos se dignasen concederle
ni la más insignificante de las gracias.
Una noche, era más de la una, la pobre niña
velaba en su cuarto, cuando oyó pasos
furtivos en el corredor. Salió sobresaltada y
vio al joven que se dirigía a un aposento no
lejano del de su madre.
-Benigna -dijo retrocediendo al verla-; he
perdido mucho en el juego, y necesito dinero;
¿dónde guardan mis padres el suyo? Tú debes
saberlo.
-No lo sé, señor, y aunque lo supiera lo callaría.
-Eres una imbécil, pero me es indiferente
que lo calles; yo lo averiguaré.
Y siguió su camino a pesar de las súplicas
de la joven.
A la mañana siguiente la baronesa notó la
falta de una crecida cantidad de dinero. Los
criados dijeron que habían oído por la noche
hablar a Benigna con un hombre. Ella no negó
que a esa hora estaba levantada; pero no
reveló, por cariño al joven, lo que este le
había dicho, y él en su egoísmo lo ocultó también.
El barón y su esposa no dieron parte a
la policía, y encerraron a la niña en su cuarto
hasta que descubriese a quién había entregado
el dinero.
Benigna tuvo siempre una salud delicada;
le causó una dolorosísima impresión verse
tratada de tan inicuo modo, y cayó gravemente
enferma. Juan de Dios, el que asistió a la
madre cuando el nacimiento de la niña, fue
llamado para asistir a esta en su postrera enfermedad.
Una tarde, era en el mes de Mayo, Camila
fue enviada por su madre para informarse del
estado de Benigna.
-No le quedan muchas horas de vida –
contestó el doctor.
La joven alzó los ojos, que fijó de un modo
extraño en su hermana de leche.
-D. Juan -dijo señalando a Camila-; ¿por
qué si nacimos juntas, vivió ella entre el fausto
y los halagos de la suerte, y yo no tuve ni
familia ni hogar?
-Bienaventurados los que lloran, hija mía –
contestó Juan de Dios.
-¿Por qué nació hermosa, por qué vive feliz,
por qué no le dirigen injustas acusaciones?
-El Señor lo sabe; piensa en que hay otra
vida de dicha y recompensa para los que sufren
en esta.
-¿Quién se acordará de mí después que
muera?
Benigna se incorporó en el lecho. Su habitación,
situada en el piso bajo, tenía vistas al
jardín. Desde su cama se divisaban árboles,
flores y una fuente. Había llovido, y en las
hojas de los tilos brillaban algunas gotas de
agua. La niña vio caer dos de ellas; la una fue
a perderse en la fuente, agitando levemente
su superficie, la otra cayó al suelo y no dejó
huella ninguna en la arena.
-Así somos nosotras -murmuró Benigna-;
Camila la gota de agua que enriquece la fuente,
yo la que absorbe la tierra, sin que de ella
quede rastro ni memoria. Acaso sea mejor;
nadie me sentirá en el mundo, y mis padres
me esperarán en el cielo. Cuando ella muera
su familia no tendrá consuelo. ¡Pobres gotas
de agua! Yo tampoco os miré hasta hoy, y
quizá vosotras descendéis de las nubes para
llorar mi prematuro fin. A la tierra vais como
yo: ¡cuántas humedeceréis la que ha de cubrir
mi sepultura!
Y aun habló más Benigna, pero poco a poco
sus ideas fueron menos lúcidas, y en su
delirio refirió, sin sospecharlo, cómo se habla
hecho el robo y nombró al autor de él. Los
padres lo supieron con espanto; el hijo declaró
que era cierto, y la baronesa y su esposo
encargaron a Juan de Dios que nada dijese.
-Que los criados no sospechen la conducta
de mi hijo -murmuró la madre-. ¿Qué importa
que acusen del robo a Benigna? ¿Qué tenía
esa muchacha que perder? Ni nombre, ni familia,
ni hogar…
No respetaron ni su memoria; ¡pobre gota
de agua!

El Coche Misterioso

A la niña Casilda del Río y de Capua.
José y Teresa tenían dos hijos, el mayor,
Miguel, que contaba ya doce años y la menor
Carolina que acababa de cumplir seis. Como
los padres se dedicaban a los trabajos del
campo, pues la mujer ayudaba al marido en
aquellas faenas, la niña quedaba siempre al
cuidado de su hermano, encargando a este
que no la perdiera de vista porque Carolina
era tan traviesa como pacífico Miguel.
El pobre muchacho era esclavo de sus deberes
y a veces se veía burlado por la niña
que salía a la calle para jugar con otras criaturas
de su edad. Estas escapatorias causaban
serios disgustos a Miguel, que antes de
encontrar a su hermana ya imaginaba si se
había caído al pozo, si la había atropellado
algún caballo, o si la había robado un gitano
de aquellos que solían pasar por el pueblo,
para vender una cabalgadura en la ciudad
próxima procurando engañar al más cándido
de sus habitantes.
Una tarde, Miguel se entretenía leyendo un
libro de cuentos que le había prestado el hijo
del maestro de escuela, y cuando echó de ver
que había faltado a su obligación no vigilando
a Carolina halló, no sin espanto, que la silla
donde había visto sentada por última vez a la
niña estaba vacía, quedando junto a ella la
muñeca de cartón que aquella había vestido
con uno de sus trajes viejos.
Miguel soltó precipitadamente el libro, entró
en la sala, en la cocina, en los dormitorios,
registró los muebles, llamó con angustia a su
hermana y salió luego al patio donde encontró
la puerta entornada.
-Por allí se ha escapado -exclamó.
Daba a una calle estrecha con escasos edificios.
Vio a dos chiquillos que jugaban y les
preguntó si habían visto a Carolina.
-Se ha ido en coche -le contestó uno-, en
un coche negro que acaba de pasar por aquí.
Miguel, sin pensar en que dejaba sola la
casa y con la puerta del patio abierta, echó a
correr hacia el camino de la ciudad y vio a
bastante distancia un coche que se alejaba
con alguna rapidez.
El muchacho era ágil y emprendió una carrera
desesperada, tanto que llegó a alcanzar
el carruaje antes de que pasara un cuarto de
hora desde que lo divisó.
Se fijó entonces en el coche; estaba pintado
de negro, excepto las ruedas que eran
amarillas; iba herméticamente cerrado y la
portezuela que tenía detrás parecía que llevaba
echada una llave. Una cortina ocultaba el
único cristal que era de color entre azulado y
verde, así es que en el interior debía reinar
una oscuridad completa. Tiraban del coche
dos caballos flacos y feos y los guiaba desde
el pescante un negro vestido con prendas
encarnadas y amarillas.
A Miguel le impuso algún respeto aquel
hombre y apenas se atrevió a preguntarle si
había, visto a una niña, dando las señas de su
hermana.
-En una calle estrecha -contestó el negro-,
la vi jugando en compañía de dos chicos.
Pero Miguel no creyó aquel engaño y decidió
seguir al carruaje hasta que se agotasen
sus fuerzas. Felizmente no necesitó andar
mucho. Antes de llegar a la ciudad, el negro
detuvo los caballos ante una posada de miserable
aspecto, entró en el patio, desenganchó
los caballos y abriendo la portezuela hizo bajar
a un anciano que vestía de un modo tan
extraño como él. Cerró después de nuevo y
ambos entraron en la sala donde se hallaban
ya algunos viajeros.
Miguel se escondió entre unos barriles vacíos
y cuando se alejaron los dos misteriosos
personajes se aproximó al coche.
-¡Carolina! -exclamó.
Le pareció escuchar un lamento dentro del
carruaje, pero por más que hizo no logró abrir
la portezuela.
Volvió a ocultarse al ver que el negro entraba
en el patio, traía una cazuela con comida
y, metiéndose en el coche, la dejó allí, sin
duda, pensó el niño, para que su hermana no
se muriese de hambre.
-¡Quieta o te pego! -dijo el negro con enfado,
amenazando a alguien que Miguel no veía-;
si intentas salirte te costará caro.
El niño hubiese deseado defender a Carolina
que, según sospechaba, quería escaparse
para ir a su encuentro, pero ¿qué podía él,
débil y pequeño, contra aquel hombre que era
una especie de gigante y que quizás estaría
armado y vengaría su atrevimiento maltratando
a la niña?
El negro se alejó de nuevo y Miguel se
acercó otra vez al coche para que su hermana
supiese que él estaba allí y hasta cierto punto
velaba por ella.
Carolina no le contestaba, pero Miguel lo
atribuía al temor de que volviese el terrible
negro.
Pasaron así algunas horas, y el niño se
durmió en un rincón del patio. Cuando se
despertó empezaba a clarear el cielo. Se
asomó a la sala de la posada y vio profundamente
dormidos, apoyadas las cabezas sobre
la mesa, al negro y al anciano.
Una idea cruzó por su mente; puesto que
el coche tenía un cristal ¿no podía romperlo y
sacar por allí a su hermana?
Cogió una piedra y dio tan fuertes golpes
que pronto quedó una abertura bastante
grande para que pudiese pasar un niño. Rápidamente
saltaron por ella tres figuras pequeñas
con trajes encarnados; una se subió por
las rejas de la casa hasta llegar al tejado, otra
penetró en la sala y se puso a comer un resto
de pan; en cuanto a la tercera fue a ocultarse
entre los barriles, temiendo sin duda un castigo.
Miguel miró por el cristal roto el interior
del coche y pudo convencerse de que no
había nadie más en él.
Al volverse encontró a su lado al temido
negro, que se había levantado hacía un instante.
-¡Al ladrón! -gritó cogiendo al chico por el
cuello.
Al oír sus voces, se despertaron el anciano
y otros hombres que dormían en la sala y
Miguel no vio en su derredor más que brazos
levantados en ademán hostil y rostros amenazadores.
Contó lo ocurrido, pero casi nadie le atendió;
sólo el viejo pareció darle algún crédito.
-Nosotros -dijo a Miguel-, llevamos estos
monos de pueblo en pueblo para que luzcan
sus habilidades, que son muchas, sobre todo
las de la mona que está en el tejado, y con lo
que sacamos vivimos. Como aman la libertad,
los tenemos encerrados en ese coche, mandado
construir expresamente para nosotros y
para ellos. Ahora, en castigo de tu falta, te
encargarás de encerrar a los monos, tarea
que no es fácil, y pagarás el cristal roto para
que podamos seguir nuestro viaje.
Miguel indicó que no tenía dinero, pero uno
de los presentes, vidriero de oficio, se comprometió
a poner el cristal, quedándose en
cambio con la chaqueta del muchacho que
estaba casi nueva. La idea de que cogiera a
los monos fue de más difícil realización; el
pobre niño anduvo en balde detrás de ellos
durante algunas horas sin conseguir alcanzarlos;
al fin, como los monos tenían hambre,
acudieron para que les dieran de almorzar a
la voz de su amo, y este después logró encerrarlos
de nuevo en el coche.
Miguel, convencido ya de que Carolina no
había sido robada por el anciano y por el negro,
emprendió triste y cabizbajo la vuelta al
lugar. ¿Cómo se presentaría en su casa sin
chaqueta, y qué razón daría que explicase la
desaparición de su hermana?
Iba entregado a estos pensamientos,
cuando antes de llegar al pueblo vio un grupo
numeroso que se dirigía en su busca. Al frente
se hallaban sus padres y Carolina. Esta, al
conocer al niño de lejos, echó a correr, abrazó
a Miguel llorando, y le dijo:
-¡Gracias a Dios que te encontramos! Perdóname
porque he sido muy mala para ti. Me
escondí en la casa de Pedro y Marcelino y les
encargué que te hiciesen creer, cuando fueses
a preguntar por mí, que me había ido en lo
que llamaban en el pueblo el coche misterioso.
Cuando supe que te habías marchado detrás
del carruaje, te llamé, pero estabas ya
lejos y no me oíste. Te esperé el resto de la
tarde y toda la noche; me dijeron nuestros
padres que yo tendría la culpa si te había pasado
algo, y no dejé de llorar ayer y hoy. Ya
verás como soy buena, te prometo que no me
escaparé más de casa.
Miguel besó a su hermanita y se arrojó
luego en los brazos de sus padres, a quienes
refirió en breves palabras lo ocurrido.
Carolina no faltó a lo que ofreciera, jamás
salió a la calle sin permiso de Miguel; si alguna
vez estaba a punto de olvidarlo, su hermano
le recordaba su extraña aventura, y la niña
se sentaba de nuevo a coser o a jugar con su
muñeca de cartón.
Al año siguiente volvió al pueblo el negro
guiando el coche misterioso, y los dos hombres
y los tres mohos dieron una función en la
plaza de la que aún guardan recuerdo los chicos
del lugar, particularmente Miguel y Carolina.
La niña miró con predilección a la mona
con la que llegó a confundirla su hermano
cuando iba en el interior del carruaje.