Un pobre Leñador, agobiado bajo el
peso de los haces y los años, cubierto de ramaje,
encorvado y quejumbroso, camina a
paso lento, en demanda de su ahumada choza.
Pero, no pudiendo ya más, deja en tierra
la carga, cansado y dolorido, y se pone a
pensar en su mala suerte. ¿Qué goces ha
tenido desde que vino al mundo? ¿Hay alguien
más pobre y mísero que él en la redondez
de la tierra? El pan le falta muchas veces,
y el reposo siempre: la mujer, los hijos, los
soldados, los impuestos, los acreedores, la
carga vecinal, forman la exacta pintura del
rigor de sus desdichas. Llama a la Muerte;
viene sin tardar y le pregunta qué se le ofrece.
“Que me ayudes a volver a cargar estos
haces; al fin y al cabo no puedes tardar mucho.”
La Muerte todo lo cura; pero bien estamos
aquí: antes padecer que morir, es la divisa
del hombre.

Un Desdichado llamaba todos los días
en su ayuda a la Muerte. “¡Oh Muerte! exclamaba:
¡cuán agradable me pareces! Ven
pronto y pon fin a mis infortunios.” La Muerte
creyó que le haría un verdadero favor, y acudió
al momento. Llamó a la puerta, entró y se
le presentó. “¿Qué veo? exclamó el Desdichado;
llevaos ese espectro; ¡cuán espantoso
es! Su presencia me aterra y horroriza. ¡No te
acerques, oh Muerte! ¡retírate pronto!”
Mecenas fue hombre de gusto; dijo en
cierto pasaje de sus obras: “Quede cojo,
manco, impotente, gotoso, paralítico; con tal
de que viva, estoy satisfecho. ¡Oh Muerte!
¡no vengas nunca!” Todos decimos lo mismo.

Nunca alabaremos bastante a los Dioses,
a nuestra amante y a nuestro rey. Malherbe
lo decía, y suscribo a su opinión: me
parece una excelente máxima. Las alabanzas
halagan los oídos y ganan las voluntades:
muchas veces conquistáis a este precio los
favores de una hermosa. Veamos cómo las
pagan los Dioses.
El poeta Simónides se propuso hacer el
panegírico de un atleta, y tropezó con mil
dificultades. El asunto era árido: la familia del
atleta, desconocida; su padre, un hombre
vulgar; él, desprovisto de otros méritos. Comenzó
el poeta hablando de su héroe, y después
de decir cuanto pudo, salióse por la tangente,
ocupándose de Cástor y de Pólux; dijo
que su ejemplo era glorioso para los luchadores;
ensalzó sus combates, enumerando los
lugares en que más se distinguieron ambos
hermano; en resumen: el elogio de aquellos
Dioses llenaba dos tercios de la obra.
Había prometido el atleta pagar un talento
por ella; pero cuando la hubo leído, no dio
más que la tercera parte, diciendo, sin pelos
en la lengua, que abonasen el resto Cástor y
Pólux. “Reclamad a la celestial pareja, añadió.
Pero, quiero obsequiaros, por mi parte:
venid a cenar conmigo. Lo pasaremos bien:
Los convidados son gente escogida; mis parientes
y mis mejores amigos: sed de los
nuestros.” Simónidas aceptó: temió perder, a
más de lo estipulado, los gajes del panegírico.
Fue a la cena: comieron bien; todos estaban
de buen humor. De pronto se presenta
un sirviente, avisándole que a la puerta había
dos hombres preguntando por él. Se levanta
de la mesa, y los demás continúan sin perder
bocado. Los dos hombres que le buscan, son
los celestes gemelos del panegírico. Dánle
gracias, y en recompensa de sus versos, le
advierten que salga cuanto antes de la casa,
porque va a hundirse.
La predicción se cumplió. Flaqueó un pilar;
el techo, falto de apoyo, cayó sobre la mesa
del festín, quebrando platos y botellas. No fue
esto lo peor: para completar la venganza debida
al vate, una viga rompió al atleta las dos
piernas y lastimó a casi todos los comensales.
Publicó la fama estas nuevas. “¡Milagro!” gritaron
todos; y doblaron el precio a los versos
de aquél varón tan amado de los Dioses. No
hubo persona bien nacida que no le encargase
el panegírico de sus antecesores, pagándolo
a quién mejor.
Vuelvo a mi texto, y digo, en primer lugar,
que nunca serán bastante alabados los Dioses
y sus semejantes. En segundo lugar, que
Melpómene muchas veces, sin desdoro, vive
de su trabajo; y por último, que nuestro arte
debe ser tenido en algo. Hónranse los grandes
cuando nos favorecen: en otro tiempo, el
Olimpo y el Parnaso eran hermanos y buenos
amigos.

Por un Jumento robado de peleaban
dos Ladrones. Mientras llovían puñetazos,
llega un tercer Ladrón y se lleva el Borriquillo.
El Jumento suele ser alguna mísera provincia;
los Ladrones, éste o el otro Príncipe,
como el de Transilvania, el de Hungría o el
Otomano. En lugar de dos, se me han ocurrido
tres: bastantes son ya. Para ninguno de
ellos es la provincia conquistada: viene un
cuarto, que los deja a todos iguales, llevándose
el Borriquillo.