Quiero recordar lo que fui en otro tiempo.
Estoy enfermo de cadena y cuerda.
Recordaré mi antigua fuerza, y en el bosque
mis grandes peleas.
Jamás venderé al hombre mi espalda por
un puñado de azúcar de caña.
Huiré, y volveré con mis amigos, a las más
altas montañas.
Caminaré toda la noche, hasta las luces
del alba,
acariciado por el beso inmaculado del viento
y de las aguas.
Olvidaré cadenas y grilletes, romperé mis
crueles amarres,
volveré a visitar a mis amigos, ellos, libres
como gavilanes.
DESDE HACÍA CUARENTA Y SIETE ANOS,
Kala Nag, que quiere decir Serpiente Negra,
servía al gobierno de la India de todas las
formas en las que un elefante puede hacerlo.
Y como había cumplido los veinte cuando le
capturaron, tenía ya cerca de setenta años.
Una buena edad para un elefante. Se acordaba,
por ejemplo, de haber tirado, con un
grueso cojín de cuero que le protegía la frente,
de un cañón profundamente atascado. Y
eso antes de la guerra de Afganistán, en
1842, n, cuando todavía no había alcanzado la
plenitud de su fuerza. Su madre, Radha Pyari,
Radha la Bien Amada, que había sido capturada
con él, le había dicho, antes de que su
hijo perdiera sus defensas de leche, que los
elefantes miedosos siempre están expuestos
al daño. Kala Nag sabía que se trataba de un
buen consejo, porque la primera vez que vio
estallar un obús*, retrocedió con un enorme
bramido y cayó sobre unos fusiles, con la bayoneta*
calada, que formaban una especie de
cono. Le pincharon en lo más delicado del
cuerpo. Por eso, antes de cumplir los veinticinco
años, no tenía miedo a nada, de manera
que se había convertido en el preferido y
mejor cuidado de todos los elefantes al servicio
del gobierno de la India. Había transportado
tiendas de más de seiscientos kilos, en
una marcha emprendida por el norte de la
India. Le habían izado a un navío con una
grúa, y después de dos días de travesía, le
habían hecho llevar sobre lomos un mortero,
en un país extraño y rocoso, muy lejos del
suyo. Había visto al emperador Teodoro, tendido
sin vida en Magdala. Luego había vuelto,
siempre a bordo del navío, merecedor, como
dicen los soldados, de la medalla al mérito en
la guerra de Abisinia. Diez años más tarde vio
morir a sus hermanos de frío, de epilepsia, de
hambre y de insolación en un lugar llamado
Aki Musjid. Después, le enviaron a miles de
kilómetros al sur para transportar y almacenar
enormes vigas de madera de teca en los
inmensos almacenes de Moulmein. Estuvo a
punto de morir por el ataque de un joven elefante
que se insubordinó. Más tarde, le retiraron
de los almacenes para que ayudara, junto
con algunas docenas de congéneres, entrenados
para esa tarea, en la captura de elefantes
salvajes en los montes Gato. En la India,
los elefantes gozan de una protección del
gobierno, que ha dictado unas leyes muy severas
para conseguirlo. Hay todo un servicio
ministerial que se ocupa exclusivamente de
perseguirlos, capturarlos, domarlos y enviarlos
a los cuatro puntos cardinales del país, allí
donde se necesite su trabajo.
Kala Nag medía algo más de tres metros
de altura. Le habían cortado las colmillos, dejándoselos
de un metro y medio de largo. Y
habían rodeado el extremo de los mismos con
unos anillos de cobre, para evitar que se le
astillaran. Pero podía hacer lo mismo, con esa
especie de muñones, que cualquier otro elefante
salvaje con sus colmillos enteros y afilados
como puntas de acero.
Pasaba interminables semanas obligando a
subir montañas a elefantes dispersos, orientándolos
con grandes precauciones, hasta
que los cuarenta o cincuenta monstruos salvajes
eran engañados, penetraban en la última
corraliza*, y la enorme puerta, formada
por gruesos troncos, caía con estrépito detrás
del último, impidiéndoles toda posibilidad de
huida. A una señal dada, Kala Nag entraba en
aquella especie de pandemonium* inquieto y
bramador, normalmente de noche, cuando la
luz vacilante de las antorchas dificulta el cálculo
de las distancias, escogía al adulto mayor
y más agresivo, y le reducía al silencio a
fuerza de golpes y topetazos, mientras los
hombres, montados en otros elefantes, inmovilizaban
con cuerdas a los más pequeños.
No había nada en el arte de combatir que
no supiera Kala Nag, el viejo y astuto Serpiente
Negra, pues en más de una ocasión
había hecho frente a tigres heridos. Enroscaba
cuidadosamente la trompa, para ponerla
al abrigo de todo peligro, y lanzaba al aire,
tirándolo de costado, al temible felino, con un
rápido movimiento de cabeza, un golpe como
de hoz que había inventado él mismo. Lo
arrojaba por tierra y se arrodillaba sobre él
con todo el peso de sus enormes rodillas,
hasta la muerte del peligroso animal, momento
que acompañaba con un suspiro y un
rugido. Allí quedaba sobre la tierra, abandonada,
una masa casi viscosa, peluda y rayada,
que Kala Nag se limitaba luego a arrastrar
por la cola.
––Sí ––decía Toomai padre, su cornac, hijo
de Toomai el Negro, que lo había llevado a
Abisinia, y nieto de Toomai el de los Elefantes,
que había asistido a su captura––, a nada
teme Serpiente Negra, salvo a mí. Tres de
nuestras generaciones lo han alimentado y
cuidado, y verá una cuarta.
––También me teme a mí ––dijo Toomai,
el pequeño, estirándose para mostrar su altura,
que sobrepasaría escasamente un metro
veinte; llevaba por toda ropa un trapo liado al
cuerpo.
Tenía diez años. Era el hijo mayor de
Toomai, y, según la costumbre, reemplazaría
a su padre sobre el cuello de Kala Nag cuando
se hiciera mayor y fuera capaz de manejar
el ankus, la pesada aguijada* para elefantes,
hierro que habían pulido, gracias al uso, su
padre, su abuelo y su bisabuelo. Sabía lo que
decía. Había nacido a la sombra de Kala Nag,
había jugado con su trompa antes de aprender
a andar, le había llevado al abrevadero en
cuanto unió dos pasos, y Kala Nag jamás
habría soñado en desobedecer las órdenes de
su débil voz aguda, como tampoco soñó en
matarlo cuando Toomai, el padre, acercó al
moreno recién nacido hasta sus defensas y le
ordenó saludar a su futuro dueño.
––Sí ––dijo el pequeño Toomai––, me teme
––luego se aproximó a Kala Nag a grandes
zancadas, le insultó llamándole cerdo
grasiento, y le hizo levantar las patas una
tras otra––. Bueno ––continuó––, tú eres un
gran elefante ––movió su cabeza greñuda, y
repitió lo que había escuchado de su padre:
Aunque el gobierno pague los elefantes, en
realidad son nuestros, de los cornacs. Cuando
seas viejo, Kala Nag, vendrá un rajá rico, te
comprará por tu talla y tus buenas maneras,
y entonces sólo tendrás que llevar aros de
oro en las orejas, una gran silla dorada sobre
el lomo, una gualdrapa* en los flancos, y
abrir la marcha en los desfiles reales. Yo iré
sentado sobre tu cuello, amigo Kala Nag, sujetando
un ankus de plata, y los hombres nos
precederán con bastones de oro gritando:
«¡Abrid paso al elefante del rey!». Será maravilloso,
Kala Nag, pero no tan agradable
como cazar en la jungla, como lo hacemos
ahora.
––¡Bueno! ––dijo Toomai, el padre––. Eres
todavía un niño, y tan salvaje como un búfalo
joven. Correr por parajes desolados no es el
mejor empleo al servicio del gobierno. Me
hago viejo y no me gustan los elefantes salvajes.
Que me construyan unas cuadras de
ladrillo, con un compartimento para cada elefante,
unas grandes estacas para amarrarlos
bien, y caminos anchos y largos para hacer
ejercicio en vez de ese perpetuo ir y venir de
un campamento a otro. Los cuarteles de
Cawnpore eran muy agradables. Muy cerca
de las cuadras había un bazar y sólo teníamos
que trabajar tres horas al día.
El pequeño Toomai recordó la zona de
Cawnpore, y calló. Prefería con mucho la vida
en el campamento, y detestaba esos caminos
anchos y largos, así como los grandes fardos
de forraje que había que recoger en los sitios
señalados, y las horas interminables en las
que no había nada que hacer excepto mirar a
Kala Nag, que se movía impaciente entre las
estacas que lo tenían casi inmovilizado.
Lo que le gustaba al pequeño Toomai era
subir por pistas que sólo un elefante se atreve
a ascender, y los descensos casi vertiginosos
hasta el fondo de los valles; la visión fugaz
de los elefantes salvajes al pastar; el sálvese
quien pueda del jabalí y del pavo real,
asustados por las pisadas de Kala Nag; las
lluvias tibias y cegadoras que hacían humear
las montañas y los valles; las mañanas de
niebla, cuando nadie sabía dónde montarían
el campamento por la noche; las batidas incansables,
llenas de precauciones, y la última
tarde, la carrera loca, el ruido salvaje y la barahúnda
desenfrenada, cuando los elefantes,
asustados, se precipitan a la empalizada*
como piedras desprendidas al azar por una
avalancha, y al descubrir que no pueden salir,
se lanzan enloquecidos contra los enormes
troncos, de los que se los aleja a fuerza de
gritos, de antorchas llameantes que se blanden
ante ellos, y de cartuchos de pólvora,
descargados sobre sus enormes cuerpos.
Allí, hasta un niño podía ser útil, y Toomai
valía por tres. Cogía su tea encendida, la agitaba
y chillaba con los más valientes. Pero el
mejor momento era cuando comenzaban a
salir los elefantes, y la keddah, es decir, el
corral formado por la empalizada, parecía el
retrato del fin del mundo. Los hombres tenían
que comunicarse por señas, porque era imposible
hacerse oír. Entonces, el pequeño
Toomai ––cubierta la espalda con el cabello
desteñido por el sol–– trepaba a lo alto de un
poste sacudido por las vibraciones, desde
donde, iluminado por las antorchas, parecía
un duende. Cuando el tumulto remitía por un
momento, se oían los agudos gritos de ánimo
que le lanzaba a Kala Nag, dominando el barritar,
el ruido, el chasquear de las cuerdas y
los bufidos de los elefantes atados.
––¡Mail, mail, Kala Nag! ¡Dant do!
¡Somalo! ¡Maro! ¡Mar! ¡Cuidado con el poste!
¡Arré! ¡Arré! ¡Hai! i Ya¡! ¡Hiaa––ah! ––
gritaba, mientras el combate, que parecía a
muerte, en el que estaban enzarzados Kala
Nag y el elefante salvaje, se desarrollaba por
toda la extensión de la gran corraliza; y los
cazadores veteranos se secaban el sudor que
les caía a los ojos con el tiempo justo para
hacer una señal con la cabeza al pequeño
Toomai, que bailaba de alegría en lo alto del
tronco.
Pero no se contentaba con bailar. Una noche
se deslizó desde su tronco, se coló en el
terreno de los elefantes, y arrojó a un cornac
el cabo de una cuerda, que había recogido.
Kala Nag lo vio, lo rescató con su trompa y se
lo entregó a Toomai, el padre, que le dio un
pescozón y lo devolvió a su sitio.
A la mañana siguiente le riñó.
––¿No te bastan unos establos estupendos,
construidos con ladrillos, o transportar
tiendas, que pareces necesitar ir a robar los
elefantes de tu propio jefe, como si fueras un
furtivo? Y para que te vayas enterando, los
imbéciles de los cazadores, que cobran menos
que yo, han ido con el cuento a Petersen
Sahib.
Al pequeño Toomai le entró miedo. No sabía
demasiado sobre los blancos, pero Petersen
Sahib, a sus ojos, era el blanco más importante
del mundo entero. Era el jefe de todas
las operaciones de la keddah: el hombre
que capturaba a todos los elefantes para el
gobierno de la India, y que sabía, sobre sus
costumbres, más que nadie en este mundo.
––¿Qué… qué va a suceder? ––preguntó el
pequeño Toomai.
––Lo peor que puedas imaginarte. Petersen
Sahib es un insensato. Y si no, ¿por qué
se iba a dedicar a la caza de esos demonios
furiosos? Quizá exija que empieces a cazar
elefantes, que duermas en cualquier sitio, en
junglas infestadas de fiebres, para terminar
pisoteado hasta morir en la keddah. Ha sido
una suerte que esta historia absurda haya
terminado sin incidente alguno. La semana
próxima finalizarán las capturas y nosotros
seremos enviados a nuestros respectivos
hogares. Pero, hijo, estoy muy enfadado al
comprobar que te inmiscuyes en el trabajo de
los Assamais, esa gentuza de la jungla. Kala
Nag me obedece a mí solamente. Por eso entro
yo con él en la keddah. Pero sus labores
se reducen al combate, no ayuda a inmovilizar
a los otros. Así, yo me siento a gusto,
sentado, como corresponde a un cornac. No
como un simple cazador, sino, lo has oído
bien, como un cornac, un hombre al que se le
da una pensión cuando termina sus servicios.
¿Va a resultar que la familia de Toomai el de
los Elefantes sólo sirve para ser pisoteada en
el fango de la keddah? ¡Fuera de aquí, perdido,
desastrado, degenerado! Anda y asea a
Kala Nag, mírale bien las orejas, y cuida de
que no tenga espinas en los pies. De lo contrario,
Petersen te prenderá, y hará de ti un
cazador, un mero ojeador de elefantes, de
esos que siguen sus huellas, un oso de la jungla.
¡Puafffl ¡Vete de aquí ahora mismo!
El pequeño Toomai se fue sin decir palabra,
pero le contó todas sus penas a Kala Nag
mientras examinaba sus plantas.
––¿Qué me importa? ––dijo el pequeño
Toomai, levantando el borde de la enorme
oreja derecha de Kala Nag––. Me han acusado
ante Petersen Sahib y quizá… quizá… quizá…
¿quién sabe? Oye, mira qué espina acabo
de arrancarte.
Siguieron a éste unos cuantos días empleados
en reunir a los elefantes; en obligarlos
a caminar para que no se comportaran
locamente en la bajada hacia los llanos, y en
hacer inventario de las mantas, cuerdas y
otros objetos estropeados o perdidos en el
bosque.
Petersen Sahib llegó sobre su montura,
Pudmini, una elefanta de gran inteligencia.
Había pagado a los empleados de otros dos
campamentos, situados en las montañas,
porque la estación tocaba a su fin, y, ahora,
un encargado indígena, sentado a una mesa
colocada bajo un árbol, entregaba el salario a
los cazadores. Cada hombre, una vez conforme,
regresaba junto a su elefante, y se
colocaba en la fila que estaba a punto de emprender
la marcha. Los ojeadores y domadores,
los hombres que tenían un puesto fijo en
la keddah, que pasaban todo el año en la
jungla, estaban montados en los elefantes
que formaban parte de los efectivos regulares
de Petersen Sahib. O se apoyaban contra los
árboles, descansando el fusil al brazo, se burlaban
de los cornacs que se iban, y se reían
cuando los animales recién capturados rompían
las filas y echaban a correr.
Toomai, el padre, se acercó al contable,
seguido del pequeño Toomai, y Machua Appa,
el jefe de los ojeadores, dijo en voz baja a
uno de sus amigos:
Ahí va uno que está hecho de la pasta de
los buenos cazadores. Es una pena que a ese
gallito de la jungla lo releguen ahora a mudar
el plumaje en los llanos.
Petersen Sahib estaba muy atento a todo
lo que pasaba y se decía, como debe ser
cuando se acecha al animal más silencioso
que existe, el elefante salvaje. Se vol vió sobre
el lomo de Pudmini, donde estaba echado
cuan largo era.
––¿Qué? No sabía que entre los cornacs de
los llanos hubiera alguien capaz de enlazar a
un elefante, ni siquiera después de muerto.
––No se trata de un hombre, sino de un
chico. Entró en la keddah, en la última cacería,
y le lanzó la cuerda a Barmao, que intentaba
separar de su madre al joven macho que
tiene una mancha en la paletilla.
Machua Appa señaló con el dedo al pequeño
Toomai, Petersen Sahib lo miró y Toomai
hizo una profunda reverencia, a modo de saludo,
tocando casi el suelo con la cabeza.
––¿Él? ¿Lanzar una cuerda? ¡Pero si es
más pequeño que una estaca! Niño, ¿cómo te
llamas? ––le preguntó Petersen Sahib.
Toomai estaba demasiado asustado para
hablar, pero Kala Nag se hallaba detrás de él.
Toomai le hizo una señal con la mano, el elefante
lo levantó con la trompa y lo mantuvo a
la altura de la frente de Pudmini, de cara al
gran Petersen Sahib. Entonces Toomai se cubrió
el rostro con las manos, porque no era
más que un niño, y salvo en lo tocante a los
elefantes, era tan tímido como un muchacho.
––¡Oh! ––dijo Petersen Sahib, sonriendo
bajo su bigote––. ¿Y cómo le has enseñado a
un elefante a hacer eso? ¿Para robar el trigo
verde, que se seca sobre el tejado de las casas
?
––Trigo verde no, protector del pobre…,
pero sí melones ––contestó Toomai.
Cuando lo oyeron, todos los hombres que
estaban sentados por allí cerca rompieron a
reír. La mayor parte de ellos, cuando tenía su
edad, había enseñado el mismo truco a los
elefantes. Toomai estaba suspendido a más
de dos metros del suelo, pero en aquel momento
le habría gustado estar a dos metros
bajo tierra.
––Sahib, es Toomai, mi hijo ––dijo Toomai,
el padre, frunciendo el ceño––. Este chico
es una cosa mala, y acabará en prisión,
Sahib.
––Permíteme dudarlo ––respondió Petersen
Sahib––. Un niño capaz de enfrentarse a
toda una keddah a su edad, no acaba en la
cárcel. Mira, muchacho, aquí tienes cuatro
annas para que te compres dulces, porque
tienes un cerebro pequeño, pero excelente,
bajo esa melena. Llegado el momento, es posible
que te conviertas en un gran cazador.
Toomai, el padre, frunció el entrecejo más
que nunca.
––Sin embargo ––prosiguió Petersen
Sahib––, no quiero que olvides nunca que las
keddah no se hacen para jugar.
––¿No podré entrar nunca, Sahib? ––
preguntó Toomai, lanzando un suspiro.
––Ven a buscarme cuando hayas visto bailar
a los elefantes ––Petersen Sahib sonrió de
nuevo––, y te dejaré entrar en todas las keddah.
Estalló la risa, porque lo de «ver bailar a
los elefantes» es un dicho cómico muy antiguo
que significa nunca. En lo más profundo
de los bosques hay grandes claros lla mados
salas de baile de los elefantes, pero eso es lo
único que se sabe sobre sus danzas. Y aún
más, esos lugares se han descubierto por pura
casualidad, y todavía nadie ha visto bailar
a los elefantes. Cuando un cornac se vanagloria
de su habilidad y de su valor, los otros le
preguntan: «¿Cuándo has visto tú bailar a los
elefantes?».
Kala Nag depositó en tierra a Toomai,
quien de nuevo saludó hasta rozar el suelo
con la frente, salió con su padre, y entregó a
su madre la moneda de cuatro annas. Su
madre amamantaba al hermano pequeño de
Toomai. Todos se acomodaron sobre el lomo
de Kala Nag, y la columna ondulante de elefantes
descendió, entre bramidos y gritos
agudos, por el sendero que conduce a los llanos.
Fue un viaje muy movido gracias a los
nuevos, que, en cada vado, causaban problemas,
y a quienes continuamente había que
animar o golpear.
Toomai, el padre, aguijoneaba duramente
a Kala Nag porque estaba consumido por la
rabia. Pero el pequeño Toomai se sentía demasiado
feliz para hablar. Había llamado la
atención de Petersen Sahib, éste le había dado
dinero, y se imaginaba como un soldado
raso, entresacado de las filas para recibir los
elogios de su comandante en jefe.
––¿Qué quería decir Petersen Sahib cuando
se refirió al baile de los elefantes? ––
terminó por preguntar a su madre con un tono
lleno de dulzura.
Toomai, el mayor, le oyó y lanzó un gruñido.
––Que tú jamás debes convertirte en uno
de esos bufalos de montaña que son los rastreadores.
Eso quería decir. ¡Vamos! ¡Adelante!
¿Por qué nos detenemos?
Un cornac se volvió furioso, dos o tres elefantes
por delante, gritando:
––Trae aquí a Kala Nag, y que de unos
cuantos golpes a este joven que llevo, para
enseñarle a comportarse como es debido.
¿Por qué ha tenido que escogerme a mí Petersen
Sahib, a mí, para bajar con vosotros,
burros de los arrozales? Pon en línea tu elefante
con el mío, Toomai, y que le meta sus
colmillos en la piel. Por todos los dioses de las
montañas, estos nuevos elefantes están poseídos
por el maligno, o bien es que olfatean
a sus compañeros que siguen en la selva.
Kala Nag golpeó en las costillas a aquel
elefante salvaje, y le dejó sin respiración,
mientras decía Toomai, el padre:
––Con la última captura hemos barrido de
estas montañas a los elefantes. La culpa la
tienes tú, que no sabes guiarlo. ¿Es que tengo
yo la obligación de mantener el orden en
toda la columna?
––Escuchad ––dijo el otro cornac––.
¡Hemos barrido las montañas! ¡Vaya! ¡Vaya!
¡Sabéis mucho vosotros, hombres de la llanura!
Todo el mundo, salvo un negado que jamás
ha visto la jungla, sabría que los elefantes
han intuido que se han acabado las batidas
de esta estación. En consecuencia, esta
noche, todos los elefantes salvajes… Pero
¿para qué malgastar mi sabiduría con una
tortuga de agua dulce?
––¿Qué van a hacer? ––gritó el joven
Toomai.
––¡Pequeño! ¿Estás ahí? Te lo voy a decir
porque tienes la cabeza fría. Van a bailar, y
tu padre, que ha barrido la montaña de elefantes,
hará muy bien en poner una cadena
doble a las patas de los animales esta noche.
––¿Qué cuento es ése? Hace cuarenta
años que, de padres a hijos, nos ocupamos
de los elefantes, y jamás hemos escuchado
historias sobre esos bailes.
––Sí, pero es que un hombre de las llanuras
que vive en una cabaña, no conoce más
que sus cuatro muros. Bien, destraba a tus
elefantes esta noche, y verás lo que pasa. En
cuanto a su danza, he visto el sitio en el
que… ¡Bapree-Bap! Pero ¿cuántos meandros
hace este endiablado Di-hang? He aquí otro
vado, que los elefantillos deberán cruzar a
nado. Alto, vosotros, atrás.
Y así, charlando, discutiendo y chapoteando
en los ríos que tenían que vadear, cubrieron
la primera etapa, que desembocaba en
una especie de campamento de acogida para
los elefantes nuevos, que habían perdido la
paciencia mucho antes de llegar. Allí los encadenaron
a todos por las patas traseras a
unos postes gruesos y cortos (a los nuevos,
con unas cuerdas suplementarias), y les pusieron
el forraje a su alcance. A las doce del
día siguiente, los cornacs de montaña se volvieron
adonde estaba Petersen Sahib, después
de haber recomendado a los cornacs de
las llanuras que redoblasen su atención esa
noche, y se echaran a reír cuando les preguntaron
por qué.
El joven Toomai se encargó de dar de comer
a Kala Nag y, a la caída de la tarde, recorrió
el campamento. Con una felicidad que
no le cabía en el cuerpo se fue en busca de
un tamtan. Cuando un niño indio tiene el corazón
henchido, no se pone a correr como un
loco, ni a armar alboroto. Se sienta y se regala
algo parecido a una fiesta para él solo.
¡Al pequeño Toomai le había dirigido la palabra
Petersen Sahib! Si no hubiera encontrado
lo que buscaba, habría estallado. Pero el comerciante
que vendía dulces en el campamento
le prestó un tamtan ––esos tamborcillos
que se golpean con la palma de la mano–
–, se sentó con las piernas cruzadas delante
de Kala Nag, cuando las estrellas salieron a
saludar brilantes a la noche, con el tamtan
sobre las rodillas, y empezó a tocar sin descanso.
Y cuanto más pensaba en el gran
honor que se le había hecho, más tocaba, él
solo, sentado en uno de los montones de forraje
destinados a los elefantes. Todo era silencio
a su alrededor, y tocar le hacía feliz.
Los elefantes nuevos tiraban de las cuerdas,
lanzaban de cuando en cuando fuertes
barritos, que parecían más bien lamentos, y
escuchó que su madre, en la barraca central
del campamento, intentaba dormir a su hermano
pequeño entonando una canción muy
antigua, muy antigua, sobre el gran dios Siva,
que en otro tiempo prescribió a los animales
lo que tienen que comer. Es una canción
de cuna relajante, y he aquí su primera
estrofa:
Siva, sembrador de cosechas y dueño de
los vientos,
sentado al iniciarse un nuevo día, hará
mucho tiempo,
dio a cada uno su parte, comida, trabajo y
destino,
desde el rey omnipotente hasta el más pobre
mendigo.
Todo nos lo ha dado el más alto dios, Siva.
¡Mahadeo! ¡Mahadeo! Lo hizo todo.
Al camello, la joroba, para los bueyes la
hierba,
y para ti, mi niño, mi pecho de madre tierna.
Toomai la acompañaba con un alegre tonctonc
al final de cada verso, hasta que, sin poder
aguantar el sueño, se acostó sobre la
hierba junto a Kala Nag. Finalmente, los elefantes
se acostaron, uno tras otro, según su
costumbre, dejando a Kala Nag, el último de
su fila por la derecha, de pie, balanceándose
con suavidad con las orejas hacia delante,
atentas al viento nocturno que soplaba dulcemente
desde las montañas. El aire mecía
los sonidos de la noche, que, juntos, creaban
un gran silencio: el entrechocar de las cañas
de bambú, el fru-fru que produce el correr de
algo entre los matorrales, el arañar y el grito
ronco de un pájaro medio dormido ––los pájaros
velan durante la noche más a menudo
de lo que nos imaginamos––, una caída de
agua prodigiosamente lejana… El pequeño
Toomai durmió un rato, y cuando se despertó,
la luz de luna resplandecía y Kala Nag seguía
de pie, con sus orejas alerta. El muchacho
se dio la vuelta, haciendo crujir la hierba,
y contempló la enorme curva del espinazo del
elefante, que le ocultaba la mitad de las estrellas.
Entonces oyó algo, como si el espesor
del silencio fuera atravesado por un alfiler.
Era como el sonido de un cuerno de caza, pero
emitido por un elefante salvaje.
Todos los elefantes, bien alineados, se levantaron
de un salto, como alcanzados por
un tiro. Sus barritos acabaron por despertar a
los cornacs, que salieron, hundieron las piquetas
con la ayuda de grandes martillos,
tendieron aquí una cuerda y anudaron allá
otra. Todo recobró la tranquilidad. Uno de los
elefantes nuevos casi había arrancado su
poste. Toomai, el padre, liberó a Kala Nag,
para trabar a otro animal, contentándose con
deslizar una simple cuerda de fibra alrededor
de la pata de su elefante y recordándole después
que continuaba atado. Su padre y su
abuelo habían hecho lo mismo cientos de veces
antes que el. Kala Nag no respondió la
orden con su gargarismo habitual. Se quedó
inmóvil, mirando a lo lejos, a un lugar iluminado
por la Luna, con la cabeza ligeramente
levantada y las orejas desplegadas como gigantes
abanicos hacia las enormes ondulaciones
de los montes Gato.
––Ocúpate de el si se agita durante la noche
––dijo Toomai, el padre, a Toomai, su
hijo.
Después volvió al cobertizo y se durmió. El
pequeño Toomai también iba a dormirse,
cuando oyó que la cuerda de coco se rompía
con un ruido seco. Y Kala Nag se separó lenta,
silenciosamente de su poste, como se
desliza una nube hacia la desembocadura de
un valle. El pequeño Toomai se puso a correr
detrás de él, a la luz de la Luna, llamándole
en voz baja:
––¡Kala Nag! ¡Kala Nag! ¡Llévame, Kala
Nag!
El elefante se volvió sin hacer ruido alguno,
dio tres pasos hacia atrás para encontrarse
con el niño, bajó su trompa, lo levantó rápidamente,
lo depositó sobre su lomo, y sin
apenas darle tiempo de aferrarse a sus costados
con las rodillas, se internó en el bosque.
Se produjo entonces, en las filas de los
elefantes, un barritar furioso. Luego, el silencio
se cerró y Kala Nag se puso en marcha. A
veces, un haz de hierba alta le barría los flancos
como una ola azota los costados de un
barco; otras notaba que una rama colgante
de pimienta silvestre le arañaba el lomo, o
bien una caña de bambú se rompía por donde
él había metido antes sus hombros. Pero se
desplazaba sigilosamente, avanzando por el
espeso bosque de Gato como a través de una
humareda. Subía, pero aunque el pequeño
Toomai se había fijado en las estrellas, que
se veían entre los claros, no podía adivinar en
qué dirección iban.
Después, Kala Nag llegó a la cima de una
ladera y se paró un momento. Toomai distinguía
las puntas de los árboles, una enorme
piel extendida a lo largo de kilómetros y kilómetros
a la claridad de la Luna, y la bruma
de un blanco azulado sobre el río, al fondo,
muy lejos. Se inclinó hacia delante y miró. Y
se dio cuenta de que el bosque se había despertado
y bullía de vida y ruidos. Un gran
murciélago marrón, de los que comen fruta,
pasó rozándole una oreja. Un puerco espín
entrechocó sus púas, que resonaron en la espesura.
Y en la oscuridad, entre los árboles,
escuchó cómo un jabalí hocicaba y resoplaba
con tremenda impaciencia entre la tierra
húmeda y caliente.
Después las ramas se cerraron por encima
de el. Kala Nag partió lentamente. Luego
descendió al valle, ya no con un paso tranquilo,
sino como un cañón loco sobre un talud
abrupto. Sus enormes miembros se movían
con la regularidad de los pistones de un motor,
cubriendo más de dos metros de una sola
zancada, y la piel de su espalda crujía al formar
enormes arrugas en las articulaciones.
La maleza se abría violentamente ante el
avance del elefante, con un ruido de tela rasgada.
Los árboles jóvenes, que apartaba con
sus hombros, a derecha e izquierda, se enderezaban
de golpe y le azotaban los costados.
Como lanzaba la cabeza a un lado y a otro
para abrirse paso, larguísimas guirnaldas de
lianas se enredaban en sus defensas. Entonces,
el pequeño Toomai se aplastó sobre la
enorme nuca, por miedo de que una rama, en
su balanceo, lo arrojara al suelo. En ese momento
le habría gustado mucho encontrarse
en el campamento.
La hierba se hacía esponjosa por el agua.
Los pies de Kala Nag, al afirmarse en el suelo,
hacían un ruido, primero de chapoteo, y
luego de ventosa. La bruma noc turna, en el
fondo del valle, casi entumecía de frío al pequeño
Toomai. Se notó un chapuzón y un pisoteo,
y una corriente de agua. Kala Nag entró
en el río a grandes zancadas, tanteando
con mucho cuidado el camino que tenía que
seguir.
Por encima del rumor del agua, que hacía
remolinos en las patas del elefante, Toomai
escuchó más chapuzones y barritos, que le
llegaban de los dos extremos del río. La neblina,
a su alrededor, parecía llena de sombras
ondulantes y sinuosas.
––¡Ah! ––se le escapó a media voz, castañeteando
los dientes––. El pueblo elefante
está en vela esta noche. Seguro que habrá
baile.
Kala Nag salió del agua haciendo mucho
ruido, vació la trompa y continuó la ascensión.
Pero ahora ya no estaba solo, ni tenía
que abrirse camino. Ya estaba hecho. En una
extensión bastante grande, justo delante de
él, la hierba de la jungla, tumbada, parecía
intentar recobrar su fuerza y levantarse de
nuevo. Muchos elefantes debían haber pasado
por allí hacía escasos minutos. El pequeño
Toomai se volvió: detrás de él un enorme
adulto salvaje, con unos ojos de cerdo que
brillaban como carbones encendidos, salía de
las aguas del río cubiertas por la niebla. Después
los árboles se cerraron a su alrededor y
continuaron la ascensión, en medio de barritos
y ruidos de ramas rotas.
Al final, Kala Nag se paró entre dos troncos
en lo más alto de la montaña. Formaban
parte de un círculo de árboles que delimitaba
un espacio irregular de alre dedor de dos hectáreas,
y, en toda aquella explanada, como
constató el pequeño Toomai, el suelo, de tan
apisonado, estaba tan duro como un ladrillo.
Algunos árboles habían crecido en el centro
del claro, pero su corteza había desaparecido,
y la madera blanca de debajo aparecía completamente
pulida y brillante bajo las manchas
de la luz de la luna. Algunas lianas se
descolgaban desde las ramas más altas, y sus
flores blancas, enceradas, y semejantes a
clemátides, descendían como embebidas en
un profundo sueño. Pero en el claro no había
la más mínima brizna de hierba, sólo tierra
apisonada.
La luz de la luna daba a todo un tono gris
acerado, salvo a los sitios donde había elefantes,
cuyas sombras eran oscuras como
tinta. El pequeño Toomai miraba, conteniendo
el aliento, con los ojos saliéndosele de las
órbitas. Y mientras miraba, los elefantes, cada
vez más numerosos, avanzaban con paso
rítmico hacia el claro, emergiendo de entre
los troncos de los árboles. El pequeño Toomai
no sabía contar más que hasta diez. Contó y
recontó con los dedos, pero acabó por perder
la cuenta de las decenas, y se hizo un lío.
Desde el otro lado le llegaba el ruido de los
elefantes, que aplastaban la maleza, subiendo
con dificultad la pendiente. Pero en cuanto
llegaban al interior del círculo se movían como
fantasmas.
Había machos salvajes con blancas defensas,
con frutos, ramas y hojas entre los pliegues
de la piel del cuello y en las orejas.
Había gruesas hembras, solemnes en su caminar,
acompañadas por elefantillos, unas
crías vocingleras con la piel de un negro rosado
y una altura de algo más de un metro,
que corrían bajo sus vientres. Y jóvenes cuyos
colmillos, de los que se sentían muy orgullosos,
empezaban a apuntar. También
había viejas damas descarnadas, con caras
angulosas e inquietas trompas rugosas, como
de corcho. Viejos machos orgullosos y fieros,
con unas cicatrices que cubrían sus paletillas
y costados, con ronchas de heridas mal curadas,
rastro de viejas peleas, que afeaban sus
cuerpos, y les caían de las espaldas grandes
plastones de lodo, recuerdo de los solitarios
baños de barro. Uno de ellos, con una defensa
rota, tenía en el costado la señal de un
gran golpe: el hueco terrible que dejan, al
retirarse, las garras de un tigre.
Allí estaban de pie, cabeza con cabeza, o
paseando arriba y abajo por el campo en parejas,
o haciendo extraños y suaves movimientos
o meciéndose en soledad, y había
docenas.
Toomai sabía que mientras se quedara inmóvil
sobre el lomo de Kala Nag, no le pasaría
nada. Porque ni siquiera en la barahúnda
tremenda de una keddah, jamás un elefante
salvaje levanta la trompa para descabalgar a
un hombre del cuello de un elefante domesticado.
Y esos elefantes pensaban entonces en
cualquier cosa, menos en los hombres. Durante
un momento se pusieron tensos, con
las orejas dirigidas hacia delante, al oír unos
ruidos metálicos en el bosque. Pero se trataba
de Pudmini, la elefanta favorita de Petersen
Sahib, que había partido limpiamente la
cadena, y subía la cuesta gruñendo y resoplando.
Debía de haber roto los postes y llegado
directamente de su campamento. El pequeño
Toomai vio a otro elefante, al que no
conocía, cuyo lomo y pecho tenían profundas
desolladuras, producidas por las cuerdas. Él
también parecía haberse escapado de alguno
de los campamentos de los alrededores. Finalmente
no se escuchó a elefante alguno
avanzar por el bosque. Entonces, con su paso
ondulante, Kala Nag abandonó el lugar en el
que se encontraba, entre los árboles, para
mezclarse con la multitud, entre cloqueos y
ásperos susurros guturales. A continuación,
todos los elefantes empezaron a moverse y a
charlar en su lengua.
Siempre recostado, el pequeño Toomai
descubrió, al bajar la mirada, docenas y docenas
de lomos enormes, de orejas que se
batían nerviosas, de trompas en movimiento,
y de ojillos inquietos. Escuchó el ruido del entrechocar
de los colmillos, el susurro de sus
trompas al entrelazarse, el roce de los costados
y de los hombros enormes de aquella
multitud, mientras las colas golpeaban y cortaban
el aire, produciendo un silbido seco.
Luego, una nube cubrió la luna y se hizo noche
cerrada. Pero los elefantes no dejaron
por eso de empujarse, de apretarse los unos
contra los otros, de emitir aquellos ruidos guturales,
con el mismo ritmo tranquilo y regular.
Kala Nag estaba totalmente rodeado y
Toomai no tenía posibilidad alguna de salir de
aquella reunión descolgándose del cuello del
elefante. Cerró los dientes y sintió un escalofrío.
En una keddah tenía, al menos, las luces
de las antorchas, y los gritos. Pero aquí estaba
solo en medio de las tinieblas y, además,
una trompa le había tocado la rodilla.
Un elefante lanzó un barrito que todos los
demás secundaron durante cinco o diez segundos
terribles. El rocío caía desde los árboles
sobre los lomos invisibles, en forma de
gruesas gotas de lluvia, y se elevó un ruido
sordo, suave al principio, que el pequeño
Toomai no pudo reconocer. Pero el ruido creció,
y Kala Nag levantó una de sus patas delanteras,
luego la otra, y después las afirmó
en el suelo, uno, dos, uno, dos, con la regularidad
de un martillo pilón. Ahora, los elefantes
golpeaban el suelo todos a la vez, y aquello
sonaba como un conjunto de tambores
guerreros a la entrada de una caverna. El rocío
cayó de los árboles hasta la última gota, y
el ruido continuó. La tierra parecía retemblar
hasta sus entrañas. Toomai se tapó los oídos,
pero entonces una trepidación única y gigantesca
le atravesó de parte a parte. Era el
martilleo de centenares de pies sobre la tierra
desnuda. Una o dos veces notó que Kala Nag
y los demás se adelantaban unos cuantos pasos.
Los golpes sordos se convertían en un
rumor de vegetación llena de savia, pisoteada.
Al cabo de un par de minutos, el estruendo
se reanudaba. Un árbol pareció rajarse o
lamentarse cerca del niño. Extendió los brazos
y tocó la corteza, pero Kala Nag avanzó,
siempre golpeando con las patas. Ya no sabía
en qué claro del bosque se encontraba. Ya no
le llegaba ningún sonido. Sólo una vez uno o
dos elefantillos lanzaron un vagido. Entonces
escuchó un ruido sordo, un frotar de pies y el
clamor continuó. Duró dos horas enteras, y al
pequeño Toomai le dolía todo el cuerpo. Pero
por el olor del aire sabía que la aurora estaba
cerca.
Nació el día, un manto rojo pálido detrás
de las montañas, y el ruido cesó con el primer
rayo, como si la luz hubiera sido una orden.
El estruendo seguía aún reso nando en
su cabeza, y el pequeño Toomai todavía no
había cambiado de posición, cuando ya no se
veía a elefante alguno, salvo a Kala Nag,
Pudmini y al que llevaba las señales de las
cuerdas. Ninguna marca, ni roce, ni murmullo
sobre las pendientes, indicaba dónde estaban
los demás.
El pequeño Toomai siguió mirando fijamente,
con unos ojos desorbitados. El claro
del bosque se había agrandado. Los árboles
eran más numerosos en el centro, pero, a los
lados, toda la maleza, y hasta la hierba,
había desaparecido. El pequeño Toomai miró
una vez más. Ahora comprendía el porqué del
golpeteo con los pies. Los elefantes habían
ensanchado el espacio pateado. Habían convertido
los juncos y las cañas de yute en una
masa, ésta en pequeños fragmentos, estos
fragmentos en fibras menudas, y éstas en
tierra compacta.
––¡Auch! ––exclamó el pequeño Toomai,
cuando sintió que se le cerraban los ojos––.
Mi señor Kala Nag, sigamos a Pudmini y vayamos
al campamento de Petersen Sahib. Si
no, me caeré de tu cuello.
El tercer elefante miró cómo se iban los
otros dos, lanzó un resoplido, dio media vuelta
y se fue por su propio camino. Quizá formara
parte de la casa de algún reyezuelo indígena,
a cincuenta, sesenta o cien millas de
allí.
Dos horas más tarde, mientras Petersen
Sahib desayunaba, los elefantes, cuyas cadenas
habían sido duplicadas aquella noche,
empezaron a barritar. Pudmini, embarrada
hasta lo alto del lomo, y Kala Nag, con las
patas doloridas, entraron, medio arrastrándose,
en el campamento. El pequeño Toomai
apareció con una cara de color gris y el cabello
lleno de hojas y empapado de rocío, pero
intentó saludar a Petersen Sahib y exclamó
con una voz desfallecida:
––El baile… ¡El baile de los elefantes! ¡Lo
he visto…! ¡Me muero!
Cuando Kala Nag se echó, resbaló desde
su cuello, desmayado. Pero como parece que
los niños indígenas no tienen nervios, al cabo
de dos horas se despertó muy contento, en la
hamaca de Petersen Sahib, con el traje de
caza del mismo capataz como almohada, y
con un vaso de leche con brandy y un poco
de quinina* en el estómago. Mientras los veteranos
e hirsutos cazadores de la jungla, con
barba de muchos días, le miraban como si
fuera un aparecido, sentados en tres filas delante
de él, contó su aventura en términos
concisos, como lo haría un niño, y concluyó
diciendo:
––Y ahora, si una sola de mis palabras es
mentira, que me muera aquí mismo. Enviad
unos hombres allí. Verán que los elefantes,
pateando el terreno, han agran dado su salón
de baile. Verán las huellas que conducen hasta
allí por decenas y decenas. Han aumentado
su espacio con los pies. Lo he visto todo.
Kala Nag me ha llevado y lo he visto. Además,
a Kala Nag casi no le sostienen las piernas.
El pequeño Toomai se acostó y durmió toda
la tarde, hasta casi el comienzo del crepúsculo.
Y mientras él dormía, Petersen Sahib
y Machua Appa siguieron la huella de los dos
elefantes en las montañas, hasta una distancia
de quince millas. Petersen Sahib había
pasado dieciocho años de su vida como cazador,
pero, hasta el momento, no había descubierto
un salón de baile de elefantes. Machua
Appa no tuvo que mirar dos veces el
claro del bosque para comprender lo que
había ocurrido allí la noche anterior, y sólo
necesitó arañar con un dedo del pie la tierra
apisonada, laminada por los elefantes.
––¡Ese chico dice la verdad! ––exclamó––.
Todo esto es de la noche pasada y he descubierto
hasta setenta pistas que franqueaban
el río. Mira, Sahib, dónde los hierros de las
trabas de Pudmini han arrancado la corteza
de este árbol. Sí, también ella ha venido hasta
aquí.
Se miraron, y luego miraron el suelo y el
cielo con ojos asombrados, porque las costumbres
de los elefantes sobrepasan lo que el
espíritu de los hombres, negros o blancos,
pueden penetrar.
––Señor, durante cuarenta años he seguido
a los elefantes, pero, si la memoria no me
falla, jamás un niño ha visto lo que éste. Por
todos los dioses de las montañas, es… No sé
qué pensar.
Cuando volvieron al campamento, se había
hecho la hora de la cena. Petersen Sahib cenó
solo en su tienda. Pero mandó distribuir
entre sus hombres dos corderos y algunas
aves, y ración doble de harina, de arroz y de
sal, porque estaba seguro de que se celebraría
una fiesta.
Toomai, el padre, había llegado rápidamente
desde el campamento de los llanos, en
busca de su hijo y de su elefante. Pero ahora
que ya los había encontrado, los miraba como
si los dos le atemorizasen. Hubo fiesta alrededor
del fuego, que lanzaba al aire sus alegres
llamas ante los elefantes, atados a sus
postes correspondientes. El pequeño Toomai
fue el héroe de aquella celebración. Los cazadores
de elefantes, grandes, con la piel tostada
por el sol, los rastreadores, los cornacs y
los laceros, y los que conocían todos los secretos
del arte de domar a los elefantes más
peligrosos, se lo pasaron de uno a otro y le
hicieron una señal en la frente con la sangre
de un gallo salvaje muerto recientemente,
para asegurar a todos que era un hombre de
los bosques, un iniciado, con derecho de ciudadanía
en todas las junglas. Al fin, cuando
las llamas se extinguieron, y la luz roja de las
ascuas teñía también de sangre a los elefantes,
Machua Appa, jefe de todas las keddah,
álter ego de Petersen Sahib, que en cuarenta
años no había visto un camino empedrado,
Machua Appa, tan grande que no se le conocía
más que por Machua Appa, dio un salto, y
alzando al pequeño Toomai por encima de su
cabeza, gritó:
––¡Escuchad, hermanos! ¡Escuchad también
vosotros, los que estáis en esas filas,
porque es Machua Appa el que habla! En adelante
este pequeño no se llamará el pequeño
Toomai, sino Toomai el de los Elefantes, como
su antepasado. Lo que ningún hombre ha
visto, él lo ha visto durante toda una noche.
Le acompañan el favor del pueblo de los elefantes
y de los dioses de la jungla. Se convertirá
en un gran rastreador de huellas. ¡Será
más grande que yo, Machua Appa! ¡Seguirá
la pista todavía fresca, la pista antigua y la
que hay entre las dos, con una vista absolutamente
segura! Jamás sufrirá daño alguno
en ninguna keddah cuando se deslice bajo el
vientre de los adultos salvajes para atarles
las patas, y si resbala delante de un macho a
punto de atacar, ese macho le reconocerá y
no le atacará. ¡Ahiai! ¡Señores que estáis
aherrojados ––pasó corriendo ante los postes––,
he aquí al pequeño que os ha visto
bailar, en vuestros lugares secretos, espectáculo
que jamás ha contemplado hombre alguno!
¡Señores, rendidle honores! ¡Saludad a
Toomai el de los Elefantes! ¡Salaam karo,
hijos míos! ¡Gunga Pershad, aha! ¡Hira Guj,
Bírchi Guj, Kuttar Guj, aha! ¡Pudmini, tú que
le has visto durante la danza, y tú también,
Kala Nag, perla de mis elefantes! ¡Aha! ¡Todos
a coro! ¡A Toomai el de los Elefantes, Barrao!
A ese grito salvaje, todos los elefantes de
la fila elevaron sus trompas hasta la frente, y
rompieron en un saludo, el sonido ensordecedor
de sus barritos, que sólo el virrey de las
Indias puede escuchar, el Salaam de la keddah.
¡Pero esa vez era en honor de Toomai, que
había visto lo que no había conseguido ver
hombre alguno, el baile de los elefantes, por
la noche, él solo, en los montes Garo!
SIVA Y EL SALTAMONTES
(CANCIÓN DE CUNA DE LA MADRE DE
TODMAI)
Siva, sembrador de cosechas y dueño de
los vientos,
sentado al iniciarse un nuevo día, hará
mucho tiempo,
dio a cada uno su parte, comida, trabajo y
destino,
desde el rey omnipotente hasta el mas pobre
mendigo.
Todo nos lo ha dado el más alto dios, Siva.
¡Mahadeo! ¡Mahadeo! Lo hizo todo.
Al camello, la joroba, para los bueyes la
hierba,
y para ti, mi niño, mi pecho de madre tierna.
Al rico le dio su trigo, y al pobre, su pobre
mijo,
migajas al hombre santo, de puerta en
puerta mendigo.
Al tigre buenos rebaños, sucia carroña al
buitre,
huesos y trapos al lobo, noches de luna
rondando.
Nada muy noble a sus ojos, nada tan feo y
tan malo.
Parbati los vio venir y marchar, estando
siempre a su lado,
pensó a su marido engañar, hacerle objeto
de mofa.
Robó un saltamontes, y le hizo en su pecho
alcoba.
Logró engañar así a Siva, el providente,
¡Mahadeo! ¡Mahadeo! Mira despacio. ¿Qué
sientes?
Gigantesco es el camello, enorme el buey
en el prado.
Pero este animal es pequeño, oh mi hijo
bien amado.
Cuando se acabó el reparto, ella le dijo
riendo:
«Señor, alimentaste a millares, y tu olvido
entiendo».
Rió Siva y contestó: di a cada uno su parte,
también a eso pequeño, con que quisiste
engañarme.
Lo sacó de su pecho, Parbati, una engañada
ladrona,
y vio que el pequeño insecto se fue derecho
a una hoja.
Lo vio, se desmayó temblorosa, haciendo
oración a Siva,
que de nadie se olvidó, a todos dio su comida.
Siva lo ha dado todo, el providente,
¡Mahadeo! ¡Mahadeo! como un regalo…
al camello, la joroba, para los bueyes la
hierba,
y para ti, mi niño, mi pecho de madre tierna.
Cada Cosa en su Sitio
Hace de esto más de cien años.
Detrás del bosque, a orillas de un gran lago, se
levantaba un viejo palacio, rodeado por un
profundo foso en el que crecían cañaverales,
juncales y carrizos. Junto al puente, en la puerta
principal, habla un viejo sauce, cuyas ramas se
inclinaban sobre las cañas.
Desde el valle llegaban sones de cuernos y
trotes de caballos; por eso la zagala se daba
prisa en sacar los gansos del puente antes de
que llegase la partida de cazadores. Venía ésta a
todo galope, y la muchacha hubo de subirse de
un brinco a una de las altas piedras que
sobresalían junto al puente, para no ser
atropellada. Era casi una niña, delgada y
flacucha, pero en su rostro brillaban dos ojos
maravillosamente límpidos. Mas el noble
caballero no reparó en ellos; a pleno galope,
blandiendo el látigo, por puro capricho dio con
él en el pecho de la pastora, con tanta fuerza
que la derribó.
– ¡Cada cosa en su sitio! -exclamó-. ¡El tuyo es
el estercolero! -y soltó una carcajada, pues el
chiste le pareció gracioso, y los demás le
hicieron coro. Todo el grupo de cazadores
prorrumpió en un estruendoso griterío, al que se
sumaron los ladridos de los perros. Era lo que
dice la canción:
«¡Borrachas llegan las ricas aves!».
Dios sabe lo rico que era.
La pobre muchacha, al caer, se agarró a una de
las ramas colgantes del sauce, y gracias a ella
pudo quedar suspendida sobre el barrizal. En
cuanto los señores y la jauría hubieron
desaparecido por la puerta, ella trató de salir de
su atolladero, pero la rama se quebró, y la
muchachita cayó en medio del cañaveral,
sintiendo en el mismo momento que la sujetaba
una mano robusta. Era un buhonero, que,
habiendo presenciado toda la escena desde
alguna distancia, corrió en su auxilio.
– ¡Cada cosa en su sitio! -dijo, remedando al
noble en tono de burla y poniendo a la
muchacha en un lugar seco. Luego intentó
volver a adherir la rama quebrada al árbol; pero
eso de «cada cosa en su sitio» no siempre tiene
aplicación, y así la clavó en la tierra
reblandecida -. Crece si puedes; crece hasta
convertirte en una buena flauta para la gente del
castillo -. Con ello quería augurar al noble y los
suyos un bien merecido castigo. Subió después
al palacio, aunque no pasó al salón de fiestas;
no era bastante distinguido para ello. Sólo le
permitieron entrar en la habitación de la
servidumbre, donde fueron examinadas sus
mercancías y discutidos los precios. Pero del
salón donde se celebraba el banquete llegaba el
griterío y alboroto de lo que querían ser
canciones; no sabían hacerlo mejor. Resonaban
las carcajadas y los ladridos de los perros. Se
comía y bebía con el mayor desenfreno. El vino
y la cerveza espumeaban en copas y jarros, y los
canes favoritos participaban en el festín; los
señoritos los besaban después de secarles el
hocico con las largas orejas colgantes. El
buhonero fue al fin introducido en el salón, con
sus mercancías; sólo querían divertirse con él.
El vino se les había subido a la cabeza,
expulsando de ella a la razón. Le sirvieron
cerveza en un calcetín para que bebiese con
ellos, ¡pero deprisa! Una ocurrencia por demás
graciosa, como se ve. Rebaños enteros de
ganado, cortijos con sus campesinos fueron
jugados y perdidos a una sola carta.
– ¡Cada cosa en su sitio! -dijo el buhonero
cuando hubo podido escapar sano y salvo de
aquella Sodoma y Gomorra, como él la llamó-.
Mi sitio es el camino, bajo el cielo, y no allá
arriba -. Y desde el vallado se despidió de la
zagala con un gesto de la mano.
Pasaron días y semanas, y aquella rama
quebrada de sauce que el buhonero plantara
junto al foso, seguía verde y lozana; incluso
salían de ella nuevos vástagos. La doncella vio
que había echado raíces, lo cual le produjo gran
contento, pues le parecía que era su propio
árbol.
Y así fue prosperando el joven sauce, mientras
en la propiedad todo decaía y marchaba del
revés, a fuerza de francachelas y de juego: dos
ruedas muy poco apropiadas para hacer avanzar
el carro.
No habían transcurrido aún seis años, cuando el
noble hubo de abandonar su propiedad
convertido en pordiosero, sin más haber que un
saco y un bastón. La compró un rico buhonero,
el mismo que un día fuera objeto de las burlas
de sus antiguos propietarios, cuando le sirvieron
cerveza en un calcetín. Pero la honradez y la
laboriosidad llaman a los vientos favorables, y
ahora el comerciante era dueño de la noble
mansión. Desde aquel momento quedaron
desterrados de ella los naipes. – ¡Mala cosa! –
decía el nuevo dueño-. Viene de que el diablo,
después que hubo leído la Biblia, quiso fabricar
una caricatura de ella e ideo el juego de cartas.
El nuevo señor contrajo matrimonio – ¿con
quién dirías? – Pues con la zagala, que se había
conservado honesta, piadosa y buena. Y en sus
nuevos vestidos aparecía tan pulcra y
distinguida como si hubiese nacido en noble
cuna. ¿Cómo ocurrió la cosa? Bueno, para
nuestros tiempos tan ajetreados sería ésta una
historia demasiado larga, pero el caso es que
sucedió; y ahora viene lo más importante.
En la antigua propiedad todo marchaba a las mil
maravillas; la madre cuidaba del gobierno
doméstico, y el padre, de las faenas agrícolas.
Llovían sobre ellos las bendiciones; la
prosperidad llama a la prosperidad. La vieja
casa señorial fue reparada y embellecida; se
limpiaron los fosos y se plantaron en ellos
árboles frutales; la casa era cómoda, acogedora,
y el suelo, brillante y limpísimo. En las veladas
de invierno, el ama y sus criadas hilaban lana y
lino en el gran salón, y los domingos se leía la
Biblia en alta voz, encargándose de ello el
Consejero comercial, pues a esta dignidad había
sido elevado el ex-buhonero en los últimos años
de su vida. Crecían los hijos – pues habían
venido hijos -, y todos recibían buena
instrucción, aunque no todos eran inteligentes
en el mismo grado, como suele suceder en las
familias.
La rama de sauce se había convertido en un
árbol exuberante, y crecía en plena libertad, sin
ser podado. – ¡Es nuestro árbol familiar! -decía
el anciano matrimonio, y no se cansaban de
recomendar a sus hijos, incluso a los más
ligeros de cascos, que lo honrasen y respetasen
siempre.
Y ahora dejamos transcurrir cien años.
Estamos en los tiempos presentes. El lago se
había transformado en un cenagal, y de la
antigua mansión nobiliaria apenas quedaba
vestigio: una larga charca, con unas ruinas de
piedra en uno de sus bordes, era cuanto
subsistía del profundo foso, en el que se
levantaba un espléndido árbol centenario de
ramas colgantes: era el árbol familiar. Allí
seguía, mostrando lo hermoso que puede ser un
sauce cuando se lo deja crecer en libertad.
Cierto que tenía hendido el tronco desde la raíz
hasta la copa, y que la tempestad lo había
torcido un poco; pero vivía, y de todas sus
grietas y desgarraduras, en las que el viento y la
intemperie habían depositado tierra fecunda,
brotaban flores y hierbas; principalmente en lo
alto, allí donde se separaban las grandes ramas,
se había formado una especie de jardincito
colgante de frambuesas y otras plantas, que
suministran alimento a los pajarillos; hasta un
gracioso acerolo había echado allí raíces y se
levantaba, esbelto y distinguido, en medio del
viejo sauce, que se miraba en las aguas negras
cada vez que el viento barría las lentejas
acuáticas y las arrinconaba en un ángulo de la
charca. Un estrecho sendero pasaba a través de
los campos señoriales, como un trazo hecho en
una superficie sólida.
En la cima de la colina lindante con el bosque,
desde la cual se dominaba un soberbio
panorama, se alzaba el nuevo palacio, inmenso
y suntuoso, con cristales tan transparentes, que
habríase dicho que no los había. La gran
escalinata frente a la puerta principal parecía
una galería de follaje, un tejido de rosas y
plantas de amplias hojas. El césped era tan
limpio y verde como si cada mañana y cada
tarde alguien se entretuviera en quitar hasta la
más ínfima brizna de hierba seca. En el interior
del palacio, valiosos cuadros colgaban de las
paredes, y había sillas y divanes tapizados de
terciopelo y seda, que parecían capaces de
moverse por sus propios pies; mesas con tablero
de blanco mármol y libros encuadernados en
tafilete con cantos de oro… Era gente muy rica
la que allí residía, gente noble: eran barones.
El Ángel
Cada vez que muere un niño bueno, baja del
cielo un ángel de Dios Nuestro Señor, toma en
brazos el cuerpecito muerto y, extendiendo sus
grandes alas blancas, emprende el vuelo por
encima de todos los lugares que el pequeñuelo
amó, recogiendo a la vez un ramo de flores para
ofrecerlas a Dios, con objeto de que luzcan allá
arriba más hermosas aún que en el suelo.
Nuestro Señor se aprieta contra el corazón todas
aquellas flores, pero a la que más le gusta le da
un beso, con lo cual ella adquiere voz y puede
ya cantar en el coro de los bienaventurados.
He aquí lo que contaba un ángel de Dios
Nuestro Señor mientras se llevaba al cielo a un
niño muerto; y el niño lo escuchaba como en
sueños. Volaron por encima de los diferentes
lugares donde el pequeño había jugado, y
pasaron por jardines de flores espléndidas.
– ¿Cuál nos llevaremos para plantarla en el
cielo? -preguntó el ángel.
Crecía allí un magnífico y esbelto rosal, pero
una mano perversa había tronchado el tronco,
por lo que todas las ramas, cuajadas de grandes
capullos semiabiertos, colgaban secas en todas
direcciones.
– ¡Pobre rosal! -exclamó el niño-. Llévatelo;
junto a Dios florecerá.
Y el ángel lo cogió, dando un beso al niño por
sus palabras; y el pequeñuelo entreabrió los
ojos.
Recogieron luego muchas flores magníficas,
pero también humildes ranúnculos y violetas
silvestres.
– Ya tenemos un buen ramillete -dijo el niño; y
el ángel asintió con la cabeza, pero no
emprendió enseguida el vuelo hacia Dios. Era
de noche, y reinaba un silencio absoluto; ambos
se quedaron en la gran ciudad, flotando en el
aire por uno de sus angostos callejones, donde
yacían montones de paja y cenizas; había
habido mudanza: veíanse cascos de loza,
pedazos de yeso, trapos y viejos sombreros,
todo ello de aspecto muy poco atractivo.
Entre todos aquellos desperdicios, el ángel
señaló los trozos de un tiesto roto; de éste se
había desprendido un terrón, con las raíces, de
una gran flor silvestre ya seca, que por eso
alguien había arrojado a la calleja.
– Vamos a llevárnosla -dijo el ángel-. Mientras
volamos te contaré por qué.
Remontaron el vuelo, y el ángel dio principio a
su relato:
– En aquel angosto callejón, en una baja bodega,
vivía un pobre niño enfermo. Desde el día de su
nacimiento estuvo en la mayor miseria; todo lo
que pudo hacer en su vida fue cruzar su
diminuto cuartucho sostenido en dos muletas;
su felicidad no pasó de aquí. Algunos días de
verano, unos rayos de sol entraban hasta la
bodega, nada más que media horita, y entonces
el pequeño se calentaba al sol y miraba cómo se
transparentaba la sangre en sus flacos dedos,
que mantenía levantados delante el rostro,
diciendo: «Sí, hoy he podido salir». Sabía del
bosque y de sus bellísimos verdores
primaverales, sólo porque el hijo del vecino le
traía la primera rama de haya. Se la ponía sobre
la cabeza y soñaba que se encontraba debajo del
árbol, en cuya copa brillaba el sol y cantaban
los pájaros.
Un día de primavera, su vecinito le trajo
también flores del campo, y, entre ellas venía
casualmente una con la raíz; por eso la
plantaron en una maceta, que colocaron junto a
la cama, al lado de la ventana. Había plantado
aquella flor una mano afortunada, pues, creció,
sacó nuevas ramas y floreció cada año; para el
muchacho enfermo fue el jardín más
espléndido, su pequeño tesoro aquí en la Tierra.
La regaba y cuidaba, preocupándose de que
recibiese hasta el último de los rayos de sol que
penetraban por la ventanuca; la propia flor
formaba parte de sus sueños, pues para él
florecía, para él esparcía su aroma y alegraba la
vista; a ella se volvió en el momento de la
muerte, cuando el Señor lo llamó a su seno.
Lleva ya un año junto a Dios, y durante todo el
año la plantita ha seguido en la ventana,
olvidada y seca; por eso, cuando la mudanza, la
arrojaron a la basura de la calle. Y ésta es la
flor, la pobre florecilla marchita que hemos
puesto en nuestro ramillete, pues ha
proporcionado más alegría que la más bella del
jardín de una reina.
– Pero, ¿cómo sabes todo esto? -preguntó el
niño que el ángel llevaba al cielo.
– Lo sé -respondió el ángel-, porque yo fui aquel
pobre niño enfermo que se sostenía sobre
muletas. ¡Y bien conozco mi flor!
El pequeño abrió de par en par los ojos y clavó
la mirada en el rostro esplendoroso del ángel; y
en el mismo momento se encontraron en el
Cielo de Nuestro Señor, donde reina la alegría y
la bienaventuranza. Dios apretó al niño muerto
contra su corazón, y al instante le salieron a éste
alas como a los demás ángeles, y con ellos se
echó a volar, cogido de las manos. Nuestro
Señor apretó también contra su pecho todas las
flores, pero a la marchita silvestre la besó,
infundiéndole voz, y ella rompió a cantar con el
coro de angelitos que rodean al Altísimo,
algunos muy de cerca otros formando círculos
en torno a los primeros, círculos que se
extienden hasta el infinito, pero todos
rebosantes de felicidad. Y todos cantaban,
grandes y chicos, junto con el buen chiquillo
bienaventurado y la pobre flor silvestre que
había estado abandonada, entre la basura de la
calleja estrecha y oscura, el día de la mudanza.
El Elfo del Rosal
En el centro de un jardín crecía un rosal,
cuajado de rosas, y en una de ellas, la más
hermosa de todas, habitaba un elfo, tan
pequeñín, que ningún ojo humano podía
distinguirlo. Detrás de cada pétalo de la rosa
tenía un dormitorio. Era tan bien educado y tan
guapo como pueda serlo un niño, y tenía alas
que le llegaban desde los hombros hasta los
pies. ¡Oh, y qué aroma exhalaban sus
habitaciones, y qué claras y hermosas eran las
paredes! No eran otra cosa sino los pétalos de la
flor, de color rosa pálido.
Se pasaba el día gozando de la luz del sol,
volando de flor en flor, bailando sobre las alas
de la inquieta mariposa y midiendo los pasos
que necesitaba dar para recorrer todos los
caminos y senderos que hay en una sola hoja de
tilo. Son lo que nosotros llamamos las
nervaduras; para él eran caminos y sendas, ¡y
no poco largos! Antes de haberlos recorrido
todos, se había puesto el sol; claro que había
empezado algo tarde.
Se enfrió el ambiente, cayó el rocío, mientras
soplaba el viento; lo mejor era retirarse a casa.
El elfo echó a correr cuando pudo, pero la rosa
se había cerrado y no pudo entrar, y ninguna
otra quedaba abierta. El pobre elfo se asustó no
poco. Nunca había salido de noche, siempre
había permanecido en casita, dormitando tras
los tibios pétalos. ¡Ay, su imprudencia le iba a
costar la vida!
Sabiendo que en el extremo opuesto del jardín
había una glorieta recubierta de bella
madreselva cuyas flores parecían trompetillas
pintadas, decidió refugiarse en una de ellas y
aguardar la mañana.
Se trasladó volando a la glorieta. ¡Cuidado!
Dentro había dos personas, un hombre joven y
guapo y una hermosísima muchacha; sentados
uno junto al otro, deseaban no tener que
separarse en toda la eternidad; se querían con
toda el alma, mucho más de lo que el mejor de
los hijos pueda querer a su madre y a su padre.
– Y, no obstante, tenemos que separarnos -decía
el joven- Tu hermano nos odia; por eso me
envía con una misión más allá de las montañas
y los mares. ¡Adiós, mi dulce prometida, pues
lo eres a pesar de todo!
Se besaron, y la muchacha, llorando, le dio una
rosa después de haber estampado en ella un
beso, tan intenso y sentido, que la flor se abrió.
El elfo aprovechó la ocasión para introducirse
en ella, reclinando la cabeza en los suaves
pétalos fragantes; desde allí pudo oír
perfectamente los adioses de la pareja. Y se dio
cuenta de que la rosa era prendida en el pecho
del doncel. ¡Ah, cómo palpitaba el corazón
debajo! Eran tan violentos sus latidos, que el
elfo no pudo pegar el ojo.
Pero la rosa no permaneció mucho tiempo
prendida en el pecho. El hombre la tomó en su
mano, y, mientras caminaba solitario por el
bosque oscuro, la besaba con tanta frecuencia y
fuerza, que por poco ahoga a nuestro elfo. Éste
podía percibir a través de la hoja el ardor de los
labios del joven; y la rosa, por su parte, se había
abierto como al calor del sol más cálido de
mediodía.
Acercóse entonces otro hombre, sombrío y
colérico; era el perverso hermano de la
doncella. Sacando un afilado cuchillo de
grandes dimensiones, lo clavó en el pecho del
enamorado mientras éste besaba la rosa. Luego
le cortó la cabeza y la enterró, junto con el
cuerpo, en la tierra blanda del pie del tilo.
– Helo aquí olvidado y ausente -pensó aquel
malvado-; no volverá jamás. Debía emprender
un largo viaje a través de montes y océanos. Es
fácil perder la vida en estas expediciones, y ha
muerto. No volverá, y mi hermana no se
atreverá a preguntarme por él.
Luego, con los pies, acumuló hojas secas sobre
la tierra mullida, y se marchó a su casa a través
de la noche oscura. Pero no iba solo, como
creía; lo acompañaba el minúsculo elfo,
montado en una enrollada hoja seca de tilo que
se había adherido al pelo del criminal, mientras
enterraba a su víctima. Llevaba el sombrero
puesto, y el elfo estaba sumido en profundas
tinieblas, temblando de horror y de indignación
por aquel abominable crimen.
El malvado llegó a casa al amanecer. Quitóse el
sombrero y entró en el dormitorio de su
hermana. La hermosa y lozana doncella, yacía
en su lecho, soñando en aquél que tanto la
amaba y que, según ella creía, se encontraba en
aquellos momentos caminando por bosques y
montañas. El perverso hermano se inclinó sobre
ella con una risa diabólica, como sólo el
demonio sabe reírse. Entonces la hoja seca se le
cayó del pelo, quedando sobre el cubrecamas,
sin que él se diera cuenta. Luego salió de la
habitación para acostarse unas horas. El elfo
saltó de la hoja y, entrándose en el oído de la
dormida muchacha, contóle, como en sueños, el
horrible asesinato, describiéndole el lugar donde
el hermano lo había perpetrado y aquel en que
yacía el cadáver. Le habló también del tilo
florido que crecía allí, y dijo: «Para que no
pienses que lo que acabo de contarte es sólo un
sueño, encontrarás sobre tu cama una hoja
seca».
Y, efectivamente, al despertar ella, la hoja
estaba allí.
¡Oh, qué amargas lágrimas vertió! ¡Y sin tener a
nadie a quien poder confiar su dolor!
La ventana permaneció abierta todo el día; al
elfo le hubiera sido fácil irse a las rosas y a
todas las flores del jardín; pero no tuvo valor
para abandonar a la afligida joven. En la
ventana había un rosal de Bengala; instalóse en
una de sus flores y se estuvo contemplando a la
pobre doncella. Su hermano se presentó
repetidamente en la habitación, alegre a pesar
de su crimen; pero ella no osó decirle una
palabra de su cuita.
No bien hubo oscurecido, la joven salió
disimuladamente de la casa, se dirigió al
bosque, al lugar donde crecía el tilo, y,
apartando las hojas y la tierra, no tardó en
encontrar el cuerpo del asesinado. ¡Ah, cómo
lloró, y cómo rogó a Dios Nuestro Señor que le
concediese la gracia de una pronta muerte!
Hubiera querido llevarse el cadáver a casa, pero
al serle imposible, cogió la cabeza lívida, con
los cerrados ojos, y, besando la fría boca,
sacudió la tierra adherida al hermoso cabello.
– ¡La guardaré! -dijo, y después de haber
cubierto el cuerpo con tierra y hojas, volvió a su
casa con la cabeza y una ramita de jazmín que
florecía en el sitio de la sepultura.
Llegada a su habitación, cogió la maceta más
grande que pudo encontrar, depositó en ella la
cabeza del muerto, la cubrió de tierra y plantó
en ella la rama de jazmín.
– ¡Adiós, adiós! -susurró el geniecillo, que, no
pudiendo soportar por más tiempo aquel gran
dolor, voló a su rosa del jardín. Pero estaba
marchita; sólo unas pocas hojas amarillas
colgaban aún del cáliz verde.
– ¡Ah, qué pronto pasa lo bello y lo bueno! –
suspiró el elfo. Por fin encontró otra rosa y
estableció en ella su morada, detrás de sus
delicados y fragantes pétalos.
Cada mañana se llegaba volando a la ventana de
la desdichada muchacha, y siempre encontraba
a ésta llorando junto a su maceta. Sus amargas
lágrimas caían sobre la ramita de jazmín, la cual
crecía y se ponía verde y lozana, mientras la
palidez iba invadiendo las mejillas de la
doncella. Brotaban nuevas ramillas, y florecían
blancos capullitos, que ella besaba. El perverso
hermano no cesaba de reñirle, preguntándole si
se había vuelto loca. No podía soportarlo, ni
comprender por qué lloraba continuamente
sobre aquella maceta. Ignoraba qué ojos
cerrados y qué rojos labios se estaban
convirtiendo allí en tierra. La muchacha
reclinaba la cabeza sobre la maceta, y el elfo de
la rosa solía encontrarla allí dormida; entonces
se deslizaba en su oído y le contaba de aquel
anochecer en la glorieta, del aroma de la flor y
del amor de los elfos; ella soñaba dulcemente.
Un día, mientras se hallaba sumida en uno de
estos sueños, se apagó su vida, y la muerte la
acogió, misericordiosa. Encontróse en el cielo,
junto al ser amado.
Y los jazmines abrieron sus blancas flores y
esparcieron su maravilloso aroma característico;
era su modo de llorar a la muerta.
El mal hermano se apropió la hermosa planta
florida y la puso en su habitación, junto a la
cama, pues era preciosa, y su perfume, una
verdadera delicia. La siguió el pequeño elfo de
la rosa, volando de florecilla en florecilla, en
cada una de las cuales habitaba una almita, y les
habló del joven inmolado cuya cabeza era ahora
tierra entre la tierra, y les habló también del
malvado hermano y de la desdichada hermana.
– ¡Lo sabemos -decía cada alma de las flores-, lo
sabemos! ¿No brotamos acaso de los ojos y de
los labios del asesinado? ¡Lo sabemos, lo
sabemos! -. Y hacían con la cabeza unos gestos
significativos.
El elfo no lograba comprender cómo podían
estarse tan quietas, y se fue volando en busca de
las abejas, que recogían miel, y les contó la
historia del malvado hermano, y las abejas lo
dijeron a su reina, la cual dio orden de que, a la
mañana siguiente, dieran muerte al asesino.
Pero la noche anterior, la primera que siguió al
fallecimiento de la hermana, al quedarse
dormido el malvado en su cama junto al oloroso
jazmín, se abrieron todos los cálices; invisibles,
pero armadas de ponzoñosos dardos, salieron
todas las almas de las flores y, penetrando
primero en sus oídos, le contaron sueños de
pesadilla; luego, volando a sus labios, le
hirieron en la lengua con sus venenosas flechas.
– ¡Ya hemos vengado al muerto! -dijeron, y se
retiraron de nuevo a las flores blancas del
jazmín.
Al amanecer y abrirse súbitamente la ventana
del dormitorio, entraron el elfo de la rosa con la
reina de las abejas y todo el enjambre, que venía
a ejecutar su venganza.
Pero ya estaba muerto; varias personas que
rodeaban la cama dijeron: – El perfume del
jazmín lo ha matado.
El elfo comprendió la venganza de las flores y
lo explicó a la reina de las abejas, y ella, con
todo el enjambre, revoloteó zumbando en torno
a la maceta. No había modo de ahuyentar a los
insectos, y entonces un hombre se llevó el tiesto
afuera; mas al picarle en la mano una de las
abejas, soltó él la maceta, que se rompió al tocar
el suelo.
Entonces descubrieron el lívido cráneo, y
supieron que el muerto que yacía en el lecho era
un homicida.
La reina de las abejas seguía zumbando en el
aire y cantando la venganza de las flores, y
cantando al elfo de la rosa, y pregonando que
detrás de la hoja más mínima hay alguien que
puede descubrir la maldad y vengarla.