Un día cierto Gallo, escarbando el suelo,
encontró una perla, y se la dio al primer lapidario
que halló a mano. “Fina me parece, le
dijo, al dársela; pero para mí vale más cualquier
grano de mijo o avena.”
Un ignorantón heredó un manuscrito, y lo
llevó en el acto a la librería vecina. “Paréceme
cosa de mérito, le dijo al librero; pero,
para mí, vale más cualquier florín o ducado.”

En esta fabulita quiero haceros ver cuán
intempestivas son a veces las reconvenciones
de los necios.

Un Muchacho cayó al agua, jugando a la
orilla del Sena. Quiso Dios que creciese allí un
sauce, cuyas ramas fueron su salvación. Asido
estaba a ellas, cuando pasó un Maestro de
escuela. Gritole el Niño: “¡Socorro, que muero!”
El Dómine, oyendo aquellos gritos, volvióse
hacia él, muy grave y tieso, y de esta
manera le adoctrinó: “¿Habráse visto pillete
como él? Conteplad en qué apuro le ha puesto
su atolondramiento. ¡Encargaos después
de calaverillas como éste! ¡Cuán desgraciados
son los padres que tienen que cuidar de tan
malas pécoras! ¡Bien dignos son de lástima!”
y terminada la filípica, sacó al Muchacho a la
orilla.
Alcanza esta crítica a muchos que no se lo
figuran. No hay charlatán, censor, ni pedante,
a quien no siente bien el discursillo que he
puesto en labios del Dómine. Y de pedantes,
censores y charlatanes, es larga la familia.
Dios hizo muy fecunda esta raza. Venga o no
venga al caso, no piensan en otra cosa que
en lucir su oratoria. –Amigo mío, sácame del
apuro y guarda para después la reprimenda.

El señor Zorro la echó un día de
grande, y convidó a comer a su comadre la
Cigüeña. Todos los manjares se reducían a un
sopicaldo; era muy sobrio el anfitrión. El sopicaldo
fue servido en un plato muy llano. La
Cigüeña no pudo comer nada con su largo
pico, y el señor Zorro sorbió y lamió perfectamente
toda la escudilla.
Para vengarse de aquella burla, la Cigüeña
le convidó poco después. “¡De buena gana! le
contestó; con los amigos no gasto ceremonias.”
A la hora señalada, fue a casa de la
Cigüeña; hízole mil reverencias, y encontró la
comida a punto. Tenía muy buen apetito y
trascendía a gloria la vianda, que era un sabroso
salpicón de exquisito aroma. Pero
¿Cómo lo sirvieron? Dentro de una redoma,
de cuello largo y angosta embocadura. El pico
de la Cigüeña pasaba muy bien por ella, pero
no el hocico del señor Raposo. Tuvo que volver
en ayunas a su casa, orejas gachas, apretando
la cola y avergonzado, como sí, con
toda su astucia, le hubiese engañado una
gallina.

Un hombre de edad madura, más
pronto viejo que joven, pensó que era tiempo
de casarse. Tenía el riñón bien cubierto, y por
tanto, donde elegir; todas se desvivían por
agradarle. Pero nuestro galán no se apresuraba.
Piénsalo bien, y acertarás.
Dos viuditas fueron las preferidas. La una,
verde todavía; la otra, más sazonada, pero
que reparaba con auxilio del arte lo que había
destruido la naturaleza. Las dos viuditas, jugando
y riendo, le peinaban y arreglaban la
cabeza. La más vieja le quitaba los pocos
pelos negros que le quedaban, para que el
galán se le pareciese más. La más joven a su
vez, le arrancaba las canas; y con esta doble
faena, nuestro buen hombre quedó bien
pronto sin cabellos blancos ni negros.
“Os doy gracias, les dijo, oh señoras mías,
que tan bien me habéis trasquilado. Más es lo
ganado que lo perdido, porque ya no hay que
hablar de bodas. Cualquiera de vosotras que
escogiese, querría hacerme vivir a su gusto y
no al mío. Cabeza calva no es buena para
esas mudanzas: muchas gracias, pues, por la
lección.”