Juan el Lobo

Allá en el campo, en una vieja mansión
señorial, vivía un anciano propietario que tenía
dos hijos, tan listos, que con la mitad hubiera
bastado. Los dos se metieron en la cabeza pedir
la mano de la hija del Rey. Estaban en su
derecho, pues la princesa había mandado
pregonar que tomaría por marido a quien fuese
capaz de entretenerla con mayor gracia e
ingenio.
Los dos hermanos estuvieron preparándose por
espacio de ocho días; éste era el plazo máximo
que se les concedía, más que suficiente, empero,
ya que eran muy instruidos, y esto es una gran
ayuda. Uno se sabía de memoria toda la
enciclopedia latina, y además la colección de
tres años enteros del periódico local, tanto del
derecho como del revés. El otro conocía todas
las leyes gremiales párrafo por párrafo, y todo
lo que debe saber el presidente de un gremio.
De este modo, pensaba, podría hablar de
asuntos del Estado y de temas eruditos.
Además, sabía bordar tirantes, pues era fino y
ágil de dedos.
– Me llevaré la princesa – afirmaban los dos; por
eso su padre dio a cada uno un hermoso caballo;
el que se sabía de memoria la enciclopedia y el
periódico, recibió uno negro como azabache, y
el otro, el ilustrado en cuestiones gremiales y
diestro en la confección de tirantes, uno blanco
como la leche. Además, se untaron los ángulos
de los labios con aceite de hígado de bacalao,
para darles mayor agilidad. Todos los criados
salieron al patio para verlos montar a caballo, y
entonces compareció también el tercero de los
hermanos, pues eran tres, sólo que el otro no
contaba, pues no se podía comparar en ciencia
con los dos mayores, y, así, todo el mundo lo
llamaba el bobo.
– ¿Adónde vais con el traje de los domingos? –
preguntó.
– A palacio, a conquistar a la hija del Rey con
nuestros discursos. ¿No oíste al pregonero? – y
le contaron lo que ocurría.
– ¡Demonios! Pues no voy a perder la ocasión –
exclamó el bobo -. Y los hermanos se rieron de
él y partieron al galope. – ¡Dadme un caballo,
padre! – dijo Juan el bobo -. Me gustaría
casarme. Si la princesa me acepta, me tendrá, y
si no me acepta, ya veré de tenerla yo a ella.
– ¡Qué sandeces estás diciendo! – intervino el
padre. – No te daré ningún caballo. ¡Si no sabes
hablar! Tus hermanos es distinto, ellos pueden
presentarse en todas partes.
– Si no me dais un caballo – replicó el bobo –
montaré el macho cabrío; es mío y puede
llevarme. – Se subió a horcajadas sobre el
animal, y, dándole con el talón en los ijares,
emprendió el trote por la carretera. ¡Vaya trote!
– ¡Atención, que vengo yo! – gritaba el bobo; y
se puso a cantar con tanta fuerza, que su voz
resonaba a gran distancia.
Los hermanos, en cambio, avanzaban en
silencio, sin decir palabra; aprovechaban el
tiempo para reflexionar sobre las grandes ideas
que pensaban exponer.
– ¡Eh, eh! – gritó el bobo, ¡aquí estoy yo! ¡Mirad
lo que he encontrado en la carretera! -. Y les
mostró una corneja muerta.
– ¡Imbécil! – exclamaron los otros -, ¿para qué la
quieres?
– ¡Se la regalaré a la princesa!
– ¡Haz lo que quieras! – contestaron, soltando la
carcajada y siguiendo su camino.
– ¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! ¡Mirad lo que he
encontrado! ¡No se encuentra todos los días!
Los hermanos se volvieron a ver el raro tesoro.
– ¡Estúpido! – dijeron -, es un zueco viejo, y sin
la pala. ¿También se lo regalarás a la princesa?
– ¡Claro que sí! – respondió el bobo; y los
hermanos, riendo ruidosamente, prosiguieron su
ruta y no tardaron en ganarle un buen trecho.
– ¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! – volvió a gritar el
bobo -. ¡Voy de mejor en mejor! ¡Arrea! ¡Se ha
visto cosa igual!
– ¿Qué has encontrado ahora? – preguntaron los
hermanos. – ¡Oh! – exclamó el bobo -. Es
demasiado bueno para decirlo. ¡Cómo se
alegrará la princesa!
– ¡Qué asco! – exclamaron los hermanos -. ¡Si es
lodo cogido de un hoyo!
– Exacto, esto es – asintió el bobo -, y de clase
finísima, de la que resbala entre los dedos – y
así diciendo, se llenó los bolsillos de barro.
Los hermanos pusieron los caballos al galope y
dejaron al otro rezagado en una buena hora.
Hicieron alto en la puerta de la ciudad, donde
los pretendientes eran numerados por el orden
de su llegada y dispuestos en fila de a seis de
frente, tan apretados que no podían mover los
brazos. Y suerte de ello, pues de otro modo se
habrían roto mutuamente los trajes, sólo porque
el uno estaba delante del otro.
Todos los demás moradores del país se habían
agolpado alrededor del palacio, encaramándose
hasta las ventanas, para ver cómo la princesa
recibía a los pretendientes. ¡Cosa rara! No bien
entraba uno en la sala, parecía como si se le
hiciera un nudo en la garganta, y no podía soltar
palabra.
– ¡No sirve! – iba diciendo la princesa -. ¡Fuera!
Llegó el turno del hermano que se sabía de
memoria la enciclopedia; pero con aquel largo
plantón se le había olvidado por completo. Para
acabar de complicar las cosas, el suelo crujía, y
el techo era todo él un espejo, por lo cual
nuestro hombre se veía cabeza abajo; además,
en cada ventana había tres escribanos y un
corregidor que tomaban nota de todo lo que se
decía, para publicarlo enseguida en el periódico,
que se vendía a dos chelines en todas las
esquinas. Era para perder la cabeza. Y, por
añadidura, habían encendido la estufa, que
estaba candente.
– ¡Qué calor hace aquí dentro! – fueron las
primeras palabras del pretendiente.
– Es que hoy mi padre asa pollos – dijo la
princesa.
– ¡Ah! – y se quedó clavado; aquella respuesta
no la había previsto; no le salía ni una palabra,
con tantas cosas ingeniosas que tenía
preparadas.
– ¡No sirve! ¡Fuera! – ordenó la princesa. Y el
mozo hubo de retirarse, para que pasase su
hermano segundo.
– ¡Qué calor más terrible! – dijo éste.
– ¡Sí, asamos pollos! – explicó la hija del Rey.
– ¿Cómo di… di, cómo di… ? – tartamudeó él, y
todos los escribanos anotaron: «¿Cómo di… di,
cómo di… ?».
– ¡No sirve! ¡Fuera! – decretó la princesa.
Tocóle entonces el turno al bobo, quien entró en
la sala caballero en su macho cabrío.
– ¡Demonios, qué calor! – observó.
– Es que estoy asando pollos – contestó la
princesa.
– ¡Al pelo! – dijo el bobo. – Así, no le importará
que ase también una corneja, ¿verdad?
– Con mucho gusto, no faltaba más – respondió
la hija del Rey -. Pero, ¿traes algo en que
asarla?; pues no tengo ni puchero ni asador.
– Yo sí los tengo – exclamó alegremente el otro.
– He aquí un excelente puchero, con mango de
estaño – y, sacando el viejo zueco, metió en él la
corneja.
– Pues, ¡vaya banquete! – dijo la princesa -.
Pero, ¿y la salsa?
La traigo en el bolsillo – replicó el bobo -.
Tengo para eso y mucho más – y se sacó del
bolsillo un puñado de barro.
– ¡Esto me gusta! – exclamó la princesa -. Al
menos tú eres capaz de responder y de hablar.
¡Tú serás mi marido! Pero, ¿sabes que cada
palabra que digamos será escrita y mañana
aparecerá en el periódico? Mira aquella
ventana: tres escribanos y un corregidor. Este es
el peor, pues no entiende nada. – Desde luego,
esto sólo lo dijo para amedrentar al solicitante.
Y todos los escribanos soltaron la carcajada e
hicieron una mancha de tinta en el suelo.
– ¿Aquellas señorías de allí? – preguntó el bobo
-. ¡Ahí va esto para el corregidor! – y,
vaciándose los bolsillos, arrojó todo el barro a
la cara del personaje.
– ¡Magnífico! – exclamó la princesa. – Yo no
habría podido. Pero aprenderé.
Y de este modo Juan el bobo fue Rey. Obtuvo
una esposa y una corona y se sentó en un trono –
y todo esto lo hemos sacado del diario del
corregidor, lo cual no quiere decir que debamos
creerlo a pies juntillas.

El Paje Roger

– I –
El rey Marcial había declarado la guerra al
rey Godofredo. No contento con eso, había
ido a buscarle a sus propios Estados seguido
de un formidable ejército fuerte y bien armado
con el que esperaba vencer en breve a su
contrario. Creía hallar a este desprevenido
porque ignoraba que un súbdito traidor no
sólo había advertido a Godofredo el peligro
que le amenazaba, sino que le había revelado
todos los planes de su enemigo para que los
hiciese fracasar.
Caminó el rey Marcial con gran cautela,
hizo el viaje a pequeñas jornadas y por último
puso su campamento a corta distancia de la
capital.
-No me han visto -exclamó el monarca con
júbilo; porque en efecto no había encontrado
a nadie por aquellos campos, ni aun a los pastores
que sacaban sus rebaños en otros tiempos
por allí.
Estaban rendidos después de tantos días
de viaje y se retiraron a sus tiendas de campaña
para descansar.
Algunos centinelas se paseaban por delante
de ellas para no dormirse y dirigían miradas
de codicia a la ciudad próxima en la que
esperaban entrar en breve vencedores. El rey
reposaba ya con agitado sueño y había encargado
a sus guardias que le llamasen muy
temprano; quería sorprender a Godofredo al
despuntar la aurora.
La luna brillaba en un hermoso cielo tachonado
de estrellas enviando sus melancólicos
rayos a la tierra. Se contemplaba en las aguas
de un ancho río como en un espejo. Un palacio
de cristal, que se divisaba cerca de las
puertas de la ciudad reflejaba también la suave
claridad del astro de la noche.
-Mañana entraremos ahí -dijo un capitán
señalando el bello edificio.
A eso de las doce, divisaron los soldados
unos pequeños seres que se aproximaban; al
pronto los creyeron duendes, pero no tardaron
en convencerse de que eran niños y niñas
que iban vestidos de una manera extraña con
telas que parecían luminosas.
-¿Venís de la ciudad? -preguntó un centinela.
-No, señor -contestó el mayor de los niños-
, somos del pueblo inmediato y queríamos
entrar en ella para celebrar una fiesta que
empieza precisamente a la media noche.
-Pues no se puede entrar.
-En ese caso, mi buen señor, me permitiréis
que la celebre aquí con mis compañeros,
pues seríamos todo el año desgraciados si no
festejáramos este día que va a comenzar.
-No hay inconveniente.
Los niños, que llevaban pendientes de la
cintura unas hachas pequeñas, las cogieron y
se pusieron a cortar con ellas ramas de árboles
y lozanos arbustos que las piñas colocaban
en montones delante de todas las tiendas.
Hecho esto, los rociaron bien con un líquido
que llevaban en pequeños cántaros y a un
tiempo les prendieron fuego. Las hogueras
ardían y los niños y las niñas bailaban en derredor
de ellas o saltaban por en cima. El líquido
que habían arrojado embalsamaba el
ambiente y era sumamente grato.
Los soldados se habían parado para contemplar
el espectáculo y el capitán olvidaba
su guardia también. Al principio estaban de
pie todos, luego se sentaron, se echaron por
último; un sueño invencible se había apoderado
de aquellos bravos guerreros; antes de
la una no había nadie despierto en el campamento.
Entonces uno de los niños se dirigió
hacia la ciudad e imitó por tres veces el canto
de un pájaro nocturno.
Las puertas se abrieron sin ruido y un ejército,
aún más numeroso que el del rey Marcial,
se dirigió hacia las tiendas de campaña.
Llevaban aquellos soldados muchos carros
tirados por mulas. Penetraron en el campamento
y fueron sacando al monarca y todos
sus guerreros sin que opusieran la menor resistencia,
pues se hallaban dormidos. Los colocaron
en los carros, penetraron en la ciudad
y los encerraron en diversos castillos, después
de desarmarlos.
Los niños que habían celebrado la fiesta
eran los pajes del rey Godofredo, disfrazados
por orden de su señor de diferentes modos, y
habían arrojado al fuego un líquido extraño
compuesto por un célebre nigromántico de la
ciudad que tenía el singular poder de sumir en
un prolongado sueño a todo el que lo aspirase.
Los niños llevaban un preservativo, que
les dio el mismo mago, para librarse de los
efectos del narcótico.
Así pudo Godofredo apoderarse sin riesgo
del rey Marcial y de sus valientes guerreros.
– II –
Cuando el monarca se despertó, muchas
horas después de hallarse preso, estaba en un
estrecho calabozo pobremente amueblado y
en el que apenas penetraba un débil rayo de
luz. La primera idea que le asaltó fue que
había perdido el juicio mientras combatía al
enemigo, que esto le había obligado a cometer
todo género de desaciertos y que no conservaba
ni la menor idea de lo ocurrido. Su
desaliento fue grande no sólo por verse prisionero
sino al considerar los males que su
derrota habría traído, sospechando que su
ejército habría tenido la misma desastrosa
suerte que él.
Durante el día vio únicamente una vez a su
carcelero que le llevó algún alimento y un
jarro de agua, pero al que en balde preguntó,
pues el hombre, atendiendo a órdenes recibidas,
no le pudo responder.
Así pasó una semana.
Entre tanto la noticia de su cautiverio con
todos los detalles de lo ocurrido llegó a la nación
del rey Marcial llenando de consternación
a sus súbditos. La mayor parte de los jóvenes
del país había seguido al monarca para hacer
la guerra, casi no quedaban allí más que los
ancianos, las mujeres y los niños. Pensaron
todos formar un ejército numeroso, aunque
débil, pero la idea fue rechazada porque tampoco
era prudente dejar aquella tierra abandonada
y a merced de los enemigos que, sabiendo
su desgracia, podrían presentarse a
las puertas de la ciudad para conquistarla.
Nombraron a un anciano general para que
gobernase el país hasta el regreso, si es que
regresaban, de su legítimo dueño y los pocos
jóvenes que quedaban y las mujeres formaron
un ejército de guerreros y de amazonas.
Algunos pajes se reunieron una noche para
deliberar sobre la conducta que debían seguir.
Entre ellos se hallaban los nombrados Rodrigo,
Gonzalo y Roger.
-Yo opino -dijo este último-, que puesto
que los pajes de Godofredo son los que han
aprisionado a nuestro rey, nosotros debemos
oponer astucia contra astucia, y que nos corresponde
más que a otros el deber de librarle.
El que se atreva a emprender tan arduo
proyecto que lo diga; yo por mi parte me
comprometo a intentarlo.
-Y yo -dijo Rodrigo.
-Y yo -añadió Gonzalo.
Los demás guardaron silencio por lo que se
juzgó que no querían arriesgarse en semejante
plan.
Participaron al regente su pensamiento y
como el rey Marcial no tenía hijos se prometió
solemnemente al que librase al monarca que
sería su heredero.
Quedó convenido que los jóvenes pajes no
irían juntos, sino que cada cual trabajaría por
su lado como mejor pudiese.
El primero que salió de la ciudad fue Rodrigo
disfrazado de vendedor de frutas. Se dirigió
con toda la rapidez posible hacia los estados
de Godofredo, pero, mucho antes de llegar,
le cerró el paso un bosque incendiado en
el que le fue imposible penetrar. Herido a
causa de las quemaduras que sufrió, y medio
muerto de sed y de cansancio, llegó al reino
de Marcial al mes de haber salido y fue tal la
vergüenza que le ocasionó su derrota que se
ocultó en una choza con nombre supuesto
para que nadie supiera su regreso a la ciudad.
Gonzalo se disfrazó de pescador y salió en
un bote con el objeto de penetrar en los dominios
de Godofredo por mar. Los primeros
días hizo el viaje felizmente, pero antes de
divisar el ansiado puerto se halló ante una
poderosa escuadra que le cerraba el paso.
Una barca le salió al encuentro, y como pareciese
a los marineros que aquel hombre era
sospechoso, pues le interrogaron y no supo
qué contestar, le hicieron prisionero. Aprovechando
un descuido de sus guardianes, Gonzalo
se arrojó al agua y trató de alejarse nadando
de sus adversarios. Lo logró gracias a
muy poderosos esfuerzos, pero extenuado,
medio muerto de fatiga se vio precisado a
buscar reposo en una isla desierta.
Allí permaneció dos días hasta que una
embarcación extranjera que pasó cerca le
recibió a bordo dejándole no lejos de su patria.
Se fue ocultando hasta llegar a una cabaña
abandonada, a juzgar por su aspecto
miserable.
Penetró en ella sin dificultad.
Sobre un montón de paja dormía un joven,
casi un niño, con agitado sueño. Gonzalo se
echó junto a él sin mirarle y se durmió.
A la mañana siguiente los rayos del sol que
penetraban por la pequeña ventana que estaba
al lado de la puerta, despertaron a la vez a
los dos durmientes que se hallaban de espaldas
el uno al otro. Se volvieron y ambos lanzaron
una exclamación de sorpresa pronunciando
su nombre:
-¡Rodrigo!
-¡Gonzalo!
Se contaron en breves palabras sus aventuras
encontrando un triste consuelo al ver
que ninguno de los dos había logrado el objeto
de su viaje y no dudando que a Roger le
pasaría lo mismo.
-¿Vendrá también a refugiarse en esta choza?
-preguntó Rodrigo.
-Por si viene le aguardaremos aquí algunos
días -dijo Gonzalo.
Pero pasaron muchos y no supieron nada
de su compañero. Entonces, con su mismo
disfraz, se marcharon a un pueblo pequeño,
donde no eran conocidos, y se dedicaron a las
rudas faenas del campo para no confesar su
derrota en la capital del reino.
– III –
Entre tanto Roger, que había seguido distinto
camino que ellos, acariciaba la esperanza
de obtener un buen resultado. No había
buscado disfraz al abandonar la ciudad, llevaba
siempre su airoso traje de pajecillo. Anduvo
durante varios días sin rumbo fijo y sin
saber lo que haría.
Al fin, rendido de cansancio, se echó en el
campo al pie de una encina para buscar algún
reposo. Empezaba a anochecer y densa niebla
le ocultaba los objetos lejanos permitiéndole
ver los más próximos confusamente. Así le
pareció que algo o alguien se movía a pocos
pasos de él. Era un mendigo. Al acercarse a
Roger le dijo en lastimero tono después de
mirarle con atención:
-Hermoso paje, tengo mucho frío; dame tu
capa y Dios te recompensara. Tú eres joven y
resistirás mejor que yo los rigores del otoño
que es crudo y del invierno que se acerca.
Dame tu capa nueva y yo te daré la mía vieja.
-Toma, buen anciano -dijo Roger desprendiéndose
de ella-, y guarda también la tuya si
la quieres o la necesitas.
Pero el mendigo no pareció oírle y sólo se
llevó la nueva dándole antes de alejarse este
consejo:
-Si vas al primer pueblo que encuentres,
mira, oye y calla.
Roger cogió con alguna repugnancia la andrajosa
prenda, pero como sintiese luego frío,
se cubrió con la capa del pobre con la que
quedó poco menos que desconocido.
A la mañana siguiente vio a un niño que
volvía de trabajar en un campo distante. Llevaba
la cabeza descubierta y la inclinaba abatido
sobre el pecho.
-¿Qué tienes? -le preguntó Roger.
-Señor -contestó el muchacho-, he perdido
mi sombrero y mis padres me pegarán cuando
vean que deben comprarme otro para los
trabajos del año que viene en que tendré que
volver aquí.
-Toma mi gorra -dijo el paje poniéndosela
al muchacho, que se marchó dando saltos de
alegría.
Roger prosiguió su camino, y antes de la
noche empezó a llover de tal modo que tuvo
que suspender su viaje. Se paró al pie de un
árbol con los cabellos empapados en agua y
allí se quitó la capa con el objeto de cubrirse
también con ella la cabeza, pero cual no fue
su asombro al descubrir que dicha capa tenía
una capucha que no sólo ocultaba el pelo sino
el rostro viéndose en esta parte dos agujeros
a la altura de los ojos. Pensó entonces que así
podría seguir su camino, se cubrió bien y echó
a andar llegando después de una hora a un
pueblo de cierta importancia.
-¡El peregrino! ¡el santo! -gritaron los chicos
al verle.
Y las mujeres salían a las puertas y tocaban
su capa y los hombres le saludaban con
respeto.
-Padre -le dijo un lego acercándose-, los
frailes del convento de San Francisco le
aguardan como siempre.
Iba Roger a descubrirse cuando el otro
añadió bajando la voz:
-Ha llegado un emisario del rey Godofredo
y deseamos que le oigáis.
Entonces el paje le siguió silencioso confiando
en sacar algún partido de aquel hecho.
Entraron en un sombrío edificio y Roger fue
introducido en una sala baja donde se hallaban
una docena de frailes y un guerrero con
brillante armadura.
-Mirad a quien os traigo -dijo el lego.
Todos saludaron respetuosamente. El prior
habló después así:
-Señor emisario del rey Godofredo nuestro
señor, el que acaba de entrar es un hombre
notable, el peregrino Marcelo; ha hecho voto
de no hablar y sólo contestará por escrito;
nadie ha visto su rostro por haber hecho esa
promesa también, pero todos le conocemos.
Fue un gran guerrero en su juventud, tuvo un
amigo a quien mató en la pelea, porque la
fatalidad le colocó en contra suya y desde
entonces recorre el mundo en busca del hijo
de aquel compañero de la infancia, al que no
logra encontrar; el día que le halle quebrantará
su voto. Decidle lo que aquí os trae.
El emisario contestó:
-El rey mi señor no juzga seguro al nombrado
Marcial en su corte y desea encerrarle
aquí donde nadie sospechará su presencia.
¿Os parece que le traigamos?
Roger hizo un signo afirmativo.
-¿Y a sus generales también?
El paje repitió la señal.
-¿Y quién se encargará de su custodia?
El joven puso una mano sobre su pecho
como diciendo: yo.
-Está bien, mañana se traerá a los cautivos;
entre tanto buscad la prisión mejor para
ellos.
El emisario partió, los frailes acompañaron
al supuesto peregrino a una gran celda y, dejándole
allí numerosas provisiones, se alejaron.
Roger echó el cerrojo a su puerta, cenó
opíparamente y se acostó después.
– IV –
Cuando se despertó empezaba a lucir el
día. Se levantó rápidamente y vio con sorpresa
sobre un mueble un pliego cerrado en el
que no había reparado la noche anterior; estaba
dirigido a él. Lo abrió con mano trémula
y leyó lo siguiente:
«Niño audaz, prosigue tu obra y nada temas,
Dios está contigo y te ayuda. Manda
encerrar al rey Marcial y a sus generales en
las celdas que tienen los números 13, 15 y
17. En todas ellas hay una trampa que conduce
a un subterráneo donde los esperara alguien
que anhela protegerlos, no tanto por
ellos como por ti. A los tres días de su llegada
los harás salir de su prisión y tú permanecerás
en el convento cuarenta y ocho horas
más. Al transcurrir estas fingirás un asunto
urgente que te lleva a otra población y te alejarás
por la puerta principal del convento
hacia el campo. En el papel adjunto hallarás
la explicación de las salidas de las celdas al
subterráneo».
Roger volvió a leer el pliego, lo guardó con
cuidado y entró en el claustro después de
haberse echado la capucha.
Cuando llegaron los prisioneros, designó
para que los encerrasen las celdas que tenían
los números 13, 15 y 17.
Aunque el pliego no le decía que debía descubrirse
a su rey, Roger no pudo resistir a la
tentación de hacerlo siendo recibido con los
brazos abiertos por Marcial.
El peregrino Marcelo, o mejor dicho, aquel
a quien daban este nombre, era la única persona
que tenía el derecho de ver a los cautivos.
Tres días después los hizo salir y durante
otros dos continuó llevando provisiones a las
vacías celdas. Cuando escribió que necesitaba
partir, añadió que volvería pronto y que nadie
debía ir entretanto a ver a los prisioneros. Así
ganaba tiempo para que Marcial y los generales
huyesen.
Salió por la puerta principal y a poco rato
encontró a un escudero montado que llevaba
otro caballo que puso a su disposición. No
descansaban día y noche, pues hallaban relevos
en muchos pueblos. Al fin llegaron al antiguo
reino de Marcial; durante el camino
apenas se habían cruzado entre los dos jinetes
algunas palabras.
En la capital esperaban a Roger hombres,
mujeres y niños en gran número que le hicieron
un entusiasta recibimiento. Le quitaron la
capa y la capucha poniéndole en sustitución
de la primera una de hermoso terciopelo y en
vez de la segunda una gorra con ricas plumas.
Así entró en triunfo en la ciudad, yendo el
rey Marcial a su encuentro.
-¡Viva el príncipe Roger! -gritaron todos-,
¡viva el heredero del trono!
El monarca y sus servidores habían hecho
el viaje sin el menor tropiezo gracias al verdadero
peregrino. Este se hallaba en la ciudad
y Roger le saludó enternecido.
-Todo os lo debo a vos -dijo el paje.
-A mí no, a tu padre -contestó Marcelo-;
era mi amigo y le maté, entonces ofrecí que
todo lo daría por su hijo y lo he cumplido.
Servidor del rey Godofredo, le he sido traidor
por ti, tan traidor, que no sólo le he quitado a
sus prisioneros valiéndome del prestigio que
tengo en su país, sino que ahora combatiré
contra él para salvar a los otros súbditos de
tu monarca. Eres el vivo retrato de tu padre,
te vi, adiviné tu intento y te ayudé. Tú serás
el sucesor de Marcial, así habré pagado mi
deuda.
Esta vez fue Godofredo quien declaró la
guerra a Marcial; el peregrino con su antiguo
traje se puso al frente de las tropas de este, y
las contrarias, no atreviéndose a hacer fuego
contra aquel que tenían por santo, se dejaron
vencer. Habiendo hecho numerosos prisioneros,
fueron guardados como rehenes que devolvieron
al ser enviados a su tierra los súbditos
del rey Marcial. Se firmó la paz y los dos
reyes, gracias a Marcelo fueron por fin amigos.
Roger, considerado como príncipe heredero,
vio premiado su arrojo siendo, al morir
Marcial, aún más querido y respetado que su
antecesor.
Rodrigo y Gonzalo, que se batieron como
dos héroes contra Godofredo, obtuvieron elevados
puestos en la capital.
En cuanto al peregrino, una vez cumplida
su misión sagrada, se retiró a una solitaria
ermita donde acabó sus días tranquilamente.

Robin Hood

CAPÍTULO UNO
NORMANDOS Y SAJONES

Hace cientos de años, los vikingos realizaron
continuas campañas de conquista por toda Europa.
Estos audaces guerreros daneses, noruegos o
suecos, tuvieron atemorizado a medio mundo
durante tres siglos.
Sus aventuras parecían no tener límites
geográficos: Alemania, Francia, España, Portugal o
Rusia fueron visitados por los feroces vikingos.
Su ansia de expansión, apoyada en una gran
preparación militar, les llevó a emprender
arriesgadas expediciones por mares y ríos.
Las poderosas embarcaciones con las que
contaban, únicas en la época, y su extraordinaria
pericia como navegantes les permitían arribar a
cualquier costa y penetrar por cualquier río.
Su superioridad naval se hizo incontestable.
Adquirieron una gran experiencia en los ataques
por sorpresa, y sus terribles y sangrientos saqueos
llegaron a ser tristemente célebres en toda Europa.
Uno de estos pueblos vikingos, asentado desde
hacía años en Normandía, emprendió la invasión de
la vecina Inglaterra.
Este país, no muy lejano de las costas normandas,
resultaba muy vulnerable por mar. La longitud de
su litoral no permitía ni una vigilancia completa, ni
una concentración rápida de las tropas para rechazar
un desembarco.
Todo esto no pasó inadvertido a los ojos del duque
normando Guillermo que, movido por su ambición
y deseo de gloria, decidió preparar a conciencia el
ataque a la isla. ¡Venceremos a los sajones!
arengaba Guillermo a sus tropas. Con la conquista
de Inglaterra, nuestro poder se extenderá a otros
reinos. ¡Viva el duque Guillermo! gritaban
exaltados los caballeros normandos.
Guillermo de Normandía, animado por el apoyo
de los suyos, continuó diciendo:
Los sajones vencieron a nuestros antepasados
muchas veces. Fueron más fuertes, más decididos,
más inteligentes… Pero ahora no lo serán. Ha
llegado por fin nuestro momento y.
.. ¡ha llegado su hora!
Los aplausos y los vivas al duque Guillermo
cesaron al acabar aquella multitudinaria reunión.
Pero el fervor y la entrega de su ejército lo
acompañarían de forma permanente durante toda la
expedición.
Meses después, las naves capitaneadas por el
duque Guillermo eran avistadas en las costas
inglesas.
Señor, se acercan barcos normandos comunicó un
vigía al monarca sajón.
Los sajones no estaban preparados para competir
contra un peligro que procedía del mar. ¡Disponed
todas las fuerzas posibles en tierra! ordenó el rey
inglés. Debemos evitar el desembarco.
Una pequeña guarnición intentó impedir que los
normandos tomaran tierra. Pero no lo consiguió.
Así, Guillermo de Normandía desembarcó en las
costas inglesas, y con sus valerosos guerreros
avanzó hacia el interior.
Los sajones, en clara inferioridad numérica, se
habían visto obligados a improvisar la decisiva
batalla en Hastings. Poco duró el combate. El
soberano inglés cayó mortalmente herido y el
ejército sajón se rindió incondicionalmente.
Las tropas del duque Guillermo siguieron
avanzando hasta Londres, donde se libró una última
batalla con la que desapareció la débil resistencia
sajona. La expedición normanda había sido un
rotundo éxito.
En recuerdo de su victoria, el ya nuevo rey de
Inglaterra, Guillermo I el Conquistador, tras ser
coronado, mandó construir la célebre torre de
Londres. Esta torre serviría de cárcel para
numerosos y destacados personajes a lo largo de
muchos años de la historia inglesa.
Guillermo I, tras su victoria, dedicó sus esfuerzos
a pacificar el país, y tomó algunas medidas para
proteger a los sajones.
Os aconsejo prudencia recomendaba el rey a sus
nobles. Debemos ser respetuosos con los vencidos.
Sólo así conseguiremos la prosperidad en todas
nuestras tierras. Sólo así lograremos una pacífica
convivencia.
Desgraciadamente, no todos los seguidores del rey
Guillermo pensaban como él.
Aprovechando una larga estancia del rey
Guillermo en sus posesiones de Francia, los nobles
normandos, Ilevados por su soberbia y ambición,
no cesaron de causar humillaciones a los
derrotados. Las cargas tributarias se hicieron cada
vez más angustiosas, insoportables para los pobres
súbditos.
Los sajones se sublevaron en masa contra los
opresores. Campesinos, artesanos y nobles unieron
sus esfuerzos contra el enemigo común: los
normandos. ¡Ya está bien! decía indignado un
caballero sajón. No podemos seguir tolerando las
injusticias de los normandos. Quieren hacer de
nosotros sus esclavos. ¡Debemos combatirlos y ser
capaces de librarnos de ellos para siempre! ¡Hay
que quitarles el poder! ¡Tenemos que ser
gobernados por un rey sajón!
El rey Guillermo, que había estado ausente de
Inglaterra, encontró a su vuelta un país levantado en
armas.
Los sajones se mostraban más rebeldes de lo que
en un principio se podía suponer.
Los nobles normandos decían a su rey:
Señor, Ilevado por vuestra bondad y
magnanimidad, habéis tratado demasiado bien a los
sajones. Mirad cómo os lo agradecen.
Majestad, habéis respetado a vuestros súbditos, no
les habéis expropiado sus tierras y, en cambio, ellos
se sublevan contra vos. Son unos desagradecidos.
El rey Guillermo, ajeno a los desmanes de sus
nobles y desconociendo las razones por las que sus
súbditos sajones se rebelaban contra él, creyó las
acusaciones de sus barones.
Caballeros, creí que los ánimos se apaciguarían.
Creí que, poco a poco, los sajones olvidarían la
derrota de Hastings y acabarían aceptándonos.
Ahora creo que no lo harán nunca dijo el rey en
tono de lamento.
Así, tomó la decisión de actuar de inmediato y con
contundencia contra los sajones.
Despojó a muchos nobles de sus posesiones bajo
acusación de haber promovido o respaldado la
rebelión, y aplastó cruelmente a los rebeldes.
Pese a todo, los sajones continuaron
organizándose. Crearon un verdadero ejército
clandestino que, en forma de guerrilla, hostigaba
sin tregua a los normandos. Los focos de resistencia
contra los colonizadores se hicieron constantes.
La anhelada paz en Inglaterra se veía cada vez más
lejana, y los normandos, aun ricos y poderosos, no
podían vivir tranquilos a causa de las frecuentes
insurrecciones de los sajones.
Murió Guillermo I el Conquistador en guerra
contra Francia y sus inmediatos sucesores, durante
años y años, tampoco conseguirían apaciguar
Inglaterra.
La desconfianza de los sajones hacia los
normandos estaba ya tan arraigada que se había
convertido en un obstáculo insalvable entre los dos
pueblos.
Los planes de pacificación de los distintos reyes
fallaban estrepitosamente y las revueltas
continuaban. Éstas eran contestadas con absoluta
represión. Lo que daba lugar a nuevos
enfrentamientos, cada vez más sangrientos. La
espiral de violencia parecía no tener fin.
El rey Enrique de Plantagenet, nieto de Guillermo
I, subió al trono y se propuso, como principal
objetivo de su reinado, acabar con aquellas luchas
sin sentido.
Para este propósito, pensó que debía atraerse, en
primer lugar, a algunos influyentes nobles sajones.
Para conseguirlo, no escatimó tiempo y esfuerzo el
ilusionado rey.

CAPÍTULO DOS
DOS NOBLES FAMILIAS SAJONAS

En un majestuoso castillo cercano a la bulliciosa
ciudad de Nottingham vivía Edward Fitzwalter,
conde de Sherwood, y su esposa Alicia de
Nhoridon.
Los dos eran sajones. El matrimonio mantenía
escasas relaciones sociales y permanecía alejado de
las intrigas de la época.
El conde de Sherwood no había participado en
ninguna sublevación contra los normandos y éstos,
aun de mala gana, se habían visto obligados a
respetar al conde y sus posesiones.
Aunque no fue atacado nunca frontalmente,
Edward Fitzwalter tampoco era mirado con buenos
ojos por la nobleza normanda, en la que existía
cierto recelo.
Dentro de los planes apaciguadores que llevaba
acariciando durante largo tiempo el rey Enrique de
Plantagenet, entraba precisamente ganarse la
confianza del noble sajón Edward Fitzwalter
Hablaré con Edward Fitzwalter comunicó el rey
Enrique a uno de sus más estrechos colaboradores.
Si consigo la adhesión del conde, tal vez otros
nobles sajones lo secunden y poco a poco logremos
el respaldo de todos. ¿Qué pensáis?
Es una buena idea, señor contestó el barón
normando a su rey. El conde de Sherwood goza de
gran respeto entre la nobleza sajona. Respeto sin
duda merecido, ya que es todo un caballero. La
mayoría de los normandos comparten también esta
opinión.
El rey Enrique de Plantagenet deseaba con
sinceridad que finalizaran los enfrentamientos entre
sajones y normandos, y centró sus esfuerzos en
conseguirlo.
Así, pocos días después de esta conversación, fue
a reunirse con el conde de Sherwood. Le tendió su
mano y de sus labios salieron algunas promesas
impensables en años anteriores.
Señor, os agradezco la confianza que habéis
depositado en mí contestó el conde, Entonces,
conde de Sherwood, ¿puedo contar de verdad con
vos? preguntó el rey con impaciencia, Majestad, no
dudo de que os guían buenos deseos y de que sois
sensible al sufrimiento del pueblo sajón comenzó a
decir el conde. Pero vuestras promesas no son
suficientes para paliar los daños que vuestro pueblo
ha causado al mío…
Pero es necesario que todos hagamos el esfuerzo
de salvar nuestras diferencias, conde de Sherwood.
La batalla de Hastings pertenece ya al pasado.
Es cierto, señor Pero es pronto aún para confiar en
vos. Es posible que sean nuestros hijos los que
vivan la reconciliación entre nuestros pueblos, los
que puedan vivir en paz. ¿Tenéis hijos, conde?
preguntó el rey asintiendo.
Espero uno, majestad.
Conde de Sherwood, os prometo que haré cuanto
pueda por acabar con los problemas del pueblo
sajón, que intentaré borrar los errores de mis
antepasados y que me esforzaré por apaciguar esta
tierra.
Por mi parte, majestad contestó el conde, os
aseguro que no participaré en ningún levantamiento
contra vos. Actuaré como he venido haciéndolo
hasta ahora. Pero tampoco conseguiréis mi
adhesión hasta que no exista una completa igualdad
entre sajones y normandos.
El rey Enrique y el conde de Sherwood
estrecharon sus manos y se despidieron
amistosamente.
No mucho tiempo después, Edward Fitzwalter
tuvo ocasión de comprobar que los buenos
propósitos del rey Enrique quedaban olvidados
ante una nueva revuelta sajona.
La sublevación fue castigada con terrible dureza.
Sajones y normandos seguían siendo enemigos
irreconciliables.
En esta triste situación vino al mundo el heredero
del conde de Sherwood.
La alegría reinaba en todos los rincones del
castillo del conde. Amigos y vecinos acudieron a
conocer al pequeño recién nacido.
Un precioso niño había venido al mundo para
felicidad de Alicia de Nhoridon y Edward
Fitzwalter, sus padres.
Se llamará Robert dijo el conde a todos los
presentes sin disimular su alegría. Será un valeroso
sajón y confío en que le toque vivir tiempos
mejores. ¡Ojalá pueda ser más feliz que nosotros!
dijo levantando su copa uno de los allí reunidos.
Y todos brindaron porque así fuera.
El conde de Sherwood era íntimo amigo del
también noble sajón Richard At Lea, conde de
Sulrey. Y éste y su esposa tuvieron, no mucho
tiempo después, una preciosa niña, a la que
pusieron por nombre Mariana.
Los dos nobles sajones se reunían con frecuencia y
mantenían interminables conversaciones sobre la
compleja situación del reino.
Las sublevaciones no cesan, querido amigo dijo
Richard At Lea. Pero el poder normando permanece
inalterable a lo largo de los años.
Sí, Richard, nuestro pueblo está extenuado por las
luchas y por las humillaciones de los barones
normandos. Los reyes intentan apaciguar esta tierra,
pero fracasan. No son capaces de contrarrestar el
poder de sus nobles.
Y mientras tanto, ¿por qué luchamos ya los
sajones, después de tanto tiempo? Todo parece ser
una locura colectiva que no tiene fin…
Ojalá Inglaterra tenga pronto un rey poderoso y
justo que haga posible la igualdad entre sajones y
normandos contestó con tristeza Edward Fitzwalter
Pero los dos nobles sajones también aprovechaban
su compañía para sonar, al calor de la chimenea de
uno a otro castillo. El sueño que compartían era que
Robert y Mariana, Alegado el momento, se unieran
en matrimonio.
Nuestra amistad, conde de Sulrey, quedaría
coronada por la unión de nuestros hijos.
Nada me agradaría más, Edward, que emparentar
con vos. Y estoy seguro además de que mi hija
sería muy feliz con Robert.
Pasaron unos años y murió el rey Enrique de
Plantagenet.
Pocos meses antes, el conde de Sherwood había
perdido a su querida esposa Alicia. La única
satisfacción de Edward Fitzwalter era tener cerca a
su hijo Robin, como le llamaban todos
cariñosamente, convertido ya en un apuesto joven.
¿Qué pasará ahora, padre, que el rey ha muerto?
preguntó Robin ante la reciente noticia.
Subirá al trono su hijo Ricardo, Robin. ¿Será un
buen rey? ¿Lo conoces? preguntaba con avidez
Robin.
Lo conozco poco, hijo. Pero deseo que consiga
hacer de Inglaterra un gran reino en el que se viva
en paz.
CAPÍTULO TRES
UN NUEVO REY:
RICARDO CORAZON DE LEON

Como estaba previsto, tras la muerte del rey
Enrique de Plantagenet subió al trono su hijo
mayor, Ricardo I, conocido con el sobrenombre de
Corazón de León por su nobleza y valentía.
El nuevo rey era muy sensible a la miseria en la
que vivían los súbditos sajones. Conocía también
los intentos que sus antepasados y, en especial, su
padre, habían hecho por cambiar esa situación, sin
conseguirlo. Pero él estaba decidido a dar un giro
definitivo al curso de los hechos. Deseaba ser el rey
de un país en el que, de una vez por todas, no
existieran ni vencedores ni vencidos.
Debemos construir una nueva Inglaterra. Pacífica,
respetada en el exterior, poderosa… decía
ilusionado el nuevo rey. Para ello se necesita la
colaboración de todos por igual: sajones y
normandos, nobles y plebeyos. Todos tendrán un
lugar en el nuevo reino.
El rey Ricardo empezó a captar muy pronto la
confianza de sus súbditos, ya fueran sajones o
normandos. Entre sus más entusiastas seguidores
estaban su esposa Berengaria; lady Edith
Plantagenet, su prima, y la reina madre, Leonor
Entre las primeras medidas que tomó Ricardo
Corazón de León, en aras de una mayor igualdad
entre sus súbditos, estaba la estricta prohibición de
infligir castigos corporales a los siervos, tratados
como verdaderos esclavos, y la libertad de caza en
los bosques, hasta ahora privilegio de los
normandos.
El rey Ricardo, con su bondad y su carácter
conciliador, hizo cicatrizar las heridas abiertas entre
los dos pueblos. Todos lo aceptaron para que fuera
el rey de todos. Odios y rencillas parecieron quedar
adormecidos en un profundo sueño.
Pero Ricardo Corazón de León pasaría poco
tiempo en su país. Así, tuvo que acudir a la llamada
del papa Clemente III para participar en la Tercera
Cruzada, con el fin de liberar Jerusalén, en manos
del musulmán Saladino.
El rey, antes de su partida, tuvo grandes dudas.
¿Cómo voy a ausentarme de Inglaterra durante
tanto tiempo, y precisamente ahora, cuando más me
necesitan mis súbditos? se lamentaba.
Mas su deber como rey cristiano, su deseo de
lucha contra los infieles y el sincero mensaje
recibido del Papa ofreciéndole la dirección de la
Cruzada, hicieron que Ricardo tomara finalmente
la decisión de partir hacia Tierra Santa.
¡Conquistaré Jerusalén. Se la arrebataré a los
infieles! decía con absoluta seguridad el rey
Durante su ausencia ocuparía el trono su hermano
Juan I, conocido como Juan sin Tierra.
Partid tranquilo, hermano mío. Aquí me
encontraréis a vuestra vuelta y aquí encontraréis
vuestro amado reino dijo Juan sin Tierra a Ricardo
en el momento de su marcha.
Gracias, hermano. Sé que puedo confiar en vos. Sé
que gobernaréis como yo lo haría y que cuidaréis de
nuestros súbditos. Me voy tranquilo porque sé que
Inglaterra queda en buenas manos.
Y, seguido de su séquito, Ricardo Corazón de
León abandonó, quién sabe por cuántos años, su
querida Inglaterra.
Juan sin Tierra, en muy poco tiempo, acabó con
los importantes logros de su hermano.
Sembró de nuevo la desconfianza y resurgió la
discordia. Su crueldad y avaricia volvieron a abrir
el abismo entre sajones y normandos.
Estaba convencido de que los normandos eran una
clase superior y de que sólo a ellos les correspondía
el poder.
La sed de venganza parecía el único móvil que
empujaba a quien regentaba el destino de Inglaterra.
No podemos seguir tolerando las continuas
revueltas de los sajones dijo Juan sin Tierra.
Así se hará, majestad. No lo dudéis asintieron sus
colaboradores más allegados.
Pero, señor, vivimos por primera vez una larga
época de paz. Los sajones están ahora muy
tranquilos intervino un barón normando allí
presente. ¡Qué ingenuo sois, caballero! contestó con
desprecio el príncipe. ¿Acaso creéis que los sajones
han dejado de tramar conspiraciones contra mi
persona? ¿Pensáis tal vez que se resignan a estar
bajo una dinastía normanda? ¡Estúpido!
El barón que había manifestado públicamente su
disconformidad con las palabras del príncipe era sir
Percy Oswald, quien abandonó la sala
inmediatamente.
Sir Percy Oswald no estaba de acuerdo con las
ideas del príncipe Juan. Pensaba que lo peor para
Inglaterra era volver a los tiempos de crueldad y
enfrentamientos que, afortunadamente, habían sido
ya superados.
Pero Juan sin Tierra no estaba dispuesto a aceptar
ninguna opinión que no coincidiera con la suya. Y
por ese motivo, sir Percy Oswald quedó
automáticamente fuera de su círculo de confianza.
Durante uno de los frecuentes encuentros entre
Edward Fitzwalter y Richard At Lea, los dos nobles
se confesaron su preocupación por los rumores que
corrían acerca del príncipe Juan.
No parece que vaya a seguir los pasos de su
hermano dijo Richard At Lea a su amigo.
El rey Ricardo fue demasiado bondadoso al
confiar en su hermano repuso Edward Fitzwalter.
De todas formas, el príncipe Juan no se atreverá a ir
contra las medidas adoptadas por el rey.
Ojalá que así sea, Edward. Pero se me ocurre una
cosa. El príncipe no ignora que no simpatizamos
con él. Quiero proponerte que, si a ti o a mí nos
ocurriera algo, el otro iría a hacérselo saber al rey a
Tierra Santa.
De acuerdo, Richard.
No transcurrió mucho tiempo sin que se
confirmaran los temores que se habían confesado
los dos nobles sajones.
El príncipe Juan, apoyado por un grupo de
incondicionales normandos, comenzó a romper las
normas que había dictado su hermano.
Inglaterra parecía dirigirse hacia un trágico destino
en el que sólo se oyera el lenguaje de las armas.
Un desgraciado día, el conde de Sherwood
apareció muerto en el campo. Había salido por la
mañana a visitar a un vecino. De regreso a su
castillo, un grupo de encapuchados lo atacó y lo
dejó muerto en el camino.
El fiel Richard At Lea acompañó a Robin en tan
duros momentos. Estuvo con él durante el entierro
de su querido amigo y alentó al desconsolado hijo.
No dejes que la pena inunde tu corazón. Eres el
heredero de Sherwood y debes hacer honor a tu
apellido dijo Richard a Robin, sin poder contener su
emoción.
El conde de Sulrey no quiso comunicar, ni
siquiera a Robin, sus sospechas de que el propio
príncipe Juan podría estar implicado en la muerte
de su amigo, de que todo hubiera sido una acción
preparada por él y sus secuaces.
Pero Richard At Lea supo inmediatamente lo que
tenía que hacer: poner los hechos en conocimiento
del rey. Para ello debía encaminarse hacia Tierra
Santa.
CAPÍTULO CUATRO
UN VIAJE FRUSTRADO

Llevado por el deseo de que se hiciera justicia por
la muerte de su amigo y tratando de evitar males
peores para Inglaterra, Richard At Lea se dispuso a
realizar los preparativos para su viaje a Tierra
Santa.
Había asuntos importantes que tenía que resolver:
conseguir dinero para poder fletar un barco y pagar
a los hombres armados que lo acompañarían, y
dejar a alguien encargado de la custodia de su hija.
At Lea, después de pensar en quién podría ser la
persona más idónea, decidió acudir a un amigo a
quien hacía tiempo que no veía: Hugo de Reinault.
Este noble caballero sajón debía algunos favores a
Richard At Lea. Ahora era muy rico y, sin duda,
estaría dispuesto a ayudarle.
Pero, a veces, el tiempo hace cambiar a los
hombres, y lo que no podía imaginar Richard At
Lea es que Hugo de Reinault fuera en ese momento
partidario de Juan sin Tierra.
El príncipe Juan comenzaba a contar con un buen
número de adeptos, muchos de ellos sajones. La
mayoría de los caballeros reclutados lo había sido a
cambio de dinero contante y sonante, o bien con la
promesa de ser fuertemente recompensados con
tierras y privilegios.
Éste era el caso de los hermanos Robert y Hugo de
Reinault, Guy de Gisborne, Arthur de HiIls y tantos
otros. Todos ellos fueron capaces de traicionar a su
legítimo rey, a su pueblo, a sus amigos y
compañeros, incluso a sí mismos, exclusivamente
por dinero y poder A un hombre de esta calaña, a
Hugo de Reinault, fue a quien se dirigió el noble
Richard At Lea en busca de ayuda. ¿Qué os trae por
aquí, querido amigo? ¡Cuánto tiempo sin veros!
saludó de forma efusiva Hugo de Reinault al recién
Ilegado.
Yo también me alegro de veros, Hugo, aunque
hubiera deseado que no fuera en esta ocasión dijo
con tristeza Richard At Lea.
Hablad presto, Richard. ¿Qué sucede? ¿Puedo
confiar en vos? Lo que quiero contaros no lo he
hablado con nadie dijo tomando precauciones
Richard At Lea.
Soy vuestro amigo, Richard. No he olvidado
cuando me ayudasteis y si hay algo que esté en mi
mano, no dudéis en que podéis contar con ello.
Además, soy sajón hasta la médula.
Hace unos días murió el conde de Sherwood a
manos de seguidores del príncipe Juan dijo bajando
la voz Richard At Lea. ¿Estáis seguro? ¿Cómo lo
habéis descubierto?
No tengo pruebas, Hugo. Pero tengo la más
absoluta certeza de ello. Mira lo que está ocurriendo
en Inglaterra.
Y bien, ¿qué podemos hacer, querido amigo?
Yo debo ir a Tierra Santa a poner los hechos en
conocimiento del rey. Así lo decidimos Edward
Fitzwalter y yo si a alguno de nosotros le sucedía
algo.
Entonces, ¿para qué me necesitáis?
Preciso fletar un barco a ir acompañado de un
grupo de soldados. En este momento no tengo el
dinero necesario. Para eso he venido a veros, para
que me prestéis, si podéis, ese dinero.
Ahora mismo no dispongo de la cantidad que
necesitáis. Tendría que pedirlo yo y cobraros los
intereses correspondientes.
No importa, Hugo. Hagámoslo como decís. No
estoy en condiciones de poder elegir ni de poder
esperar.
Mañana tendréis el dinero, Richard. Ahora,
tomemos una copa de vino y brindemos por vuestro
viaje.
Gracias, amigo. Necesito aún pediros otro favor,
quizá más importante que el anterior.
Como sabéis tengo una hija. Deseo que, durante el
tiempo que yo esté fuera, ella permanezca en un
convento y vos seáis su tutor.
Os agradezco la confianza que depositáis en mí,
Richard. Seré un verdadero padre para vuestra hija
mientras estéis ausente.
Por supuesto que os dejaré el poder legal
correspondiente y os compensaré por las molestias
que todo esto os cause.
Unos días después, tras firmar todos los
documentos, Richard At Lea se hacía a la mar con
el barco y la tripulación proporcionados por Hugo
de Reinault.
Nada más zarpar Richard At Lea, Hugo se dirigió
al palacio de Juan sin Tierra. Allí les esperaba el
nutrido grupo de caballeros adeptos al príncipe y el
propio príncipe en persona.
De Reinault contó a sus amigos lo ocurrido con At
Lea.
Pero… ¿le habéis dejado partir a Tierra Santa?
preguntó con indignación y la voz temblorosa el
príncipe Juan.
Tranquilo, señor. Los hombres que lo acompañan
llevan órdenes muy claras. Si no me fallan los
cálculos, a estas horas ya se habrán amotinado
contra el conde de Sulrey, y estarán de vuelta
dentro de muy poco en el puerto del que salieron.
De ahí, el conde pasará a la más oscura mazmorra
de mi castillo.
Sois muy listo, Hugo afirmaron todos.
Pero hay más, señores. Tengo documentos legales
firmados de puño y letra por Richard At Lea por
los que sus bienes pasarán a mis manos y, como
tutor de su hija, también me pertenecerán los de
ella. Así, no sólo me he deshecho de un enemigo de
vos, príncipe, sino que además nos repartiremos la
apreciable fortuna de los At Lea.
La reunión acabó con aplausos dirigidos al astuto
Hugo de Reinauf y con un brindis dedicado al
talento y la sagacidad del noble.
Pocos días después, tal y como había previsto el
traidor sajón, Richard At Lea era llevado ante él.
Hugo, ha sido una terrible experiencia. Los
soldados se amotinaron… ¿Quién sois? interrumpió
bruscamente Hugo de Reinault a Richard, que
presentaba un aspecto lamentable. ¿No me
reconocéis, Hugo? Soy Richard At Lea, vuestro
amigo: ¡Imposible! Richard At Lea salió hace unos
días hacia Tierra Santa. Yo mismo le proporcioné el
barco y la tripulación. Vos debéis de ser un
impostor. ¡Guardias, encerradle!
En ese mismo momento, Richard At Lea
comprendió que había sido víctima de un engaño;
más que eso, de una terrible traición.
A quien había considerado un amigo no era más
que un traidor, un vendido a la causa de Juan sin
Tierra.
Pero ahora, su triste realidad es que estaba en
manos de un hombre sin escrúpulos. Pero no sólo
él, sino también su querida hija y todos sus bienes.
Richard At Lea lloró amargamente en su celda. Un
triste Ilanto derramado por quien se sentía el ser
más infeliz y solo de la Tierra. Nunca unas lágrimas
habían sido muestra de un dolor tan hondo, de una
desesperación tan profunda.
CAPÍTULO CINCO
LA PRIMERA ACCIÓN DE ROBIN
Tras la muerte de su padre, el joven Robin se vio
sumido en la tristeza y en la desolación.
Aun sin sospechar la verdad, el heredero de
Sherwood se sentía solo y desgraciado, sin el padre
con el que tanto compartía y del que tanto había
aprendido.
Intentando hacer algo por cambiar su triste estado
de ánimo, decidió buscar la compañía de las dos
personas en las que más confiaba y a las que más
cariño tenía: Richard At Lea y su hija Mariana.
Se dirigió al castillo de los At Lea y, allí, uno de
los sirvientes le informó de que el conde había
partido a Tierra Santa y que Mariana se encontraba
en el castillo de Hugo de Reinault, su tutor por
decisión paterna.
Robin, extrañadísimo, comentó: ¡En el castillo de
Hugo de Reinault! ¡Qué raro! Ese caballero tiene
fama de ser un cruel prestamista que ha ido
despojando de sus tierras a medio condado. Además
es el hermano de Robert, corregidor de Nottingham.
¡Pero, señor, son sajones! le dijo el sirviente de los
At Lea.
Aun siéndolo, no me fío de ellos contestó Robin.
Robin abandonó el castillo del que fuera gran
amigo de su padre y decidió visitar a Hugo de
Reinault para entrevistarse con Mariana. ¿Qué os
trae por aquí, señor Fitzwalter?
Creo que vos sabéis dónde se encuentra el señor
At Lea.
Efectivamente. Mi amigo Richard At Lea habló
Hugo poniendo mucho énfasis en las palabras mi
amigo me pidió prestado dinero para ir a Tierra
Santa. Y hacia allí se dirige gracias a mi ayuda. ¿Y
Mariana? ¿Podría hablar con ella? preguntó Robin.
Soy legalmente el tutor de Mariana y en este
momento no podéis verla. ¿Acaso tenéis miedo de
que hable con ella? ¿Ocultáis algo, señor Hugo de
Reinault? dijo Robin con tono acusador. ¡No tengo
nada que ocultar, señor Fitzwalter! Es mi palabra de
caballero. Ahora, váyase.
No puedo perder más tiempo. ¡Soldados,
acompañen al señor!
Y rodeado de un grupo de hombres armados,
Robin abandonó el castillo de Hugo de Reinault.
El señor de Reinault tuvo la impresión de que el
joven Robin sospechaba algo. Y lo mismo parecía
ocurrir con Mariana. La joven había pronunciado
algunas palabras, en la conversación que los dos
mantuvieron, que denotaban cierta desconfianza
hacia él y cierta extrañeza de que su padre hubiera
tomado las decisiones que parecía haber tomado.
Hugo de Reinault se tranquilizó a sí mismo. ¿Qué
peligro podían suponer tanto Robin como Mariana?
Y al fin y al cabo, en el peor de los casos, serían
sólo unas pequeñas molestias a cambio de los
grandes beneficios que iba a obtener de esta
operación.
Robin, desde su conversación con el señor de
Reinault, no conseguía olvidarse del asunto.
Estaba cabizbajo, meditabundo, no hablaba con
nadie y vagaba por los caminos a lomos de su
caballo.
Un día, en uno de esos paseos sin rumbo, Robin
encontró a un grupo de campesinos.
Discutían airadamente y oyó voces de protesta
contra los normandos. Robin se acercó a ellos.
¿Qué sucede? preguntó bajando de su caballo.
Uno de los siervos de Robin explicó a su señor
que Feldon, un hombre al servicio de Guy de
Gisborne, había sufrido un terrible castigo por un
hecho sin importancia. Este castigo había consistido
en dejarle sin comer, durante más de una
semana, a él y a su familia. El desgraciado Feldon,
sumido en la más absoluta desesperación, había
cazado un ciervo para dar de comer a los suyos.
Enterado Guy de Gisborne, lo había apresado y
condenado a muerte. Su mujer y sus dos hijos
serían azotados. ¡Esto es intolerable! gritó con
indignación Robin. Las leyes están para cumplirlas.
Feldon tiene derecho a cazar. El mismo derecho
que el señor de Gisborne. Iré a pedir cuentas a ese
mezquino caballero.
No lo hagáis, señor le pidió con preocupación el
campesino que le había contado la triste historia de
Feldon. Guy de Gisborne está respaldado por el
príncipe Juan y no conseguiréis nada. Irá contra vos
también. Es muy poderoso. No vayáis.
No os preocupéis, os lo ruego. No tengo ningún
miedo a ese caballero que se salta las leyes a su
capricho. Avisa a todos mis soldados, que se
queden en el castillo y me esperen allí dijo Robin
mientras se alejaba con su caballo.
Robin se dirigió al castillo del señor de Gisbome
dispuesto a todo por conseguir que la ley se
cumpliera. No podía consentir que un señor
dispusiera de la vida de un hombre. Daba igual que
fuera normando o sajón. Era una vida humana y,
como tal, merecía respeto.
Estas enseñanzas de respeto y amor al prójimo las
había recibido Robin de su padre. ¡Ay, cuánto le
echo de menos! ¡Cuánto podría haberme ayudado
mi padre en estas circunstancias y en otras que sin
duda me deparará la vida! ¡Ni siquiera cuento con
el buen consejo del señor At Lea! ¡Qué solo estoy!
pensaba Robin mientras se dirigía a ver al señor de
Gisborne.
Poco después llegaba a las puertas del castillo y
pedía ser recibido por el señor Mientras tanto,
observó los preparativos que se realizaban para
llevar a cabo la ejecución de Feldon.
Señor Fitzwalter, no sé qué hace un noble sajón
bajo mi techo. Ya sé que visitasteis a Hugo de
Reinault, pero…
Que, por cierto, también es noble sajón le
interrumpió irónicamente Robin. ¡Basta de bromas,
joven! dijo con crispación Guy de Gisborne. Yo no
sé nada de Richard At Lea ni de su hija.
No es ése el motivo de mi visita Vengo a impedir
la muerte de su siervo, ese pobre desdichado al que
pensáis ejecutar por hacer uso de su derecho a cazar
¿Acaso habéis olvidado que la caza no es un
privilegio normando según las leyes de nuestro rey?
¿Qué rey? preguntó cínicamente Guy de Gisborne.
Yo sólo tengo un rey, y es el príncipe Juan.
Si es el príncipe Juan el que está detrás de esto,
vos y él estáis violando las leyes. No podéis matar a
ese hombre ni torturar a su familia. ¡Que se
suspenda la ejecución! gritó Robin.
Meteos en vuestros asuntos, jovencito. La
ejecución se Ilevará a cabo, ¡por encima de vos si es
preciso!
Robin se fue sin siquiera despedirse. Se dirigió a
su castillo. Allí le aguardaban sus hombres,
preparados para lo que él dispusiera. La orden de
Robin fue atacar la fortaleza del señor de Gisborne
para liberar a su vasallo Feldon.
Robin y sus hombres no tuvieron en cuenta ni su
inferioridad numérica ni el peligro que corrían. La
sed de justicia a igualdad les hacía enfrentarse
valerosamente al enemigo.
Guy de Gisborne y sus soldados no esperaban el
ataque. Fue un verdadero asalto por sorpresa. Casi
no hubo respuesta: no les dio tiempo a reaccionar,
ni siquiera a llegar a las armas.
Robin, con sus propias manos, liberó al
desdichado Feldon, que no podía creer lo que
estaba viendo.
Una vez alcanzado su objetivo, Robin y Feldon en
el mismo caballo, seguidos por los hombres que
habían hecho posible la victoria, se alejaron al
galope. Más tarde, pudieron respirar tranquilos en
los aposentos del castillo de Sherwood.
Sólo había una cosa que entristecía a Robin: no
haber podido salvar también a la esposa y los dos
hijos de Feldon de la crueldad del señor de
Gisborne.
CAPÍTULO SEIS
EN EL BOSQDE DE SHBRWOOD
Durante varios días, la calma y la paz reinaron en
el castillo del conde de Sherwood. La satisfacción
por el deber cumplido era el sentimiento que
compartía Robin con sus hombres. El constante
agradecimiento de Feldon era lo único que hacía
ensombrecer la alegría de Robin. Le hacía recordar
los tormentos que podía estar sufriendo la familia
del que era ahora su más incondicional vasallo.
Pero Guy de Gisborne no había olvidado la
terrible acción cometida por Robin. Convocó una
reunión con el príncipe Juan y sus más fieles
seguidores, y allí expuso los hechos ocurridos.
Caballeros, nos hemos librado de Edward
Fitzwalter y también de Richard At Lea. Pero
mientras ande suelto Robin, no nos dejará vivir
tranquilos. Ese joven es muy peligroso dijo Guy de
Gisborne.
Estoy de acuerdo intervino Hugo de Reinault.
Estoy seguro de que sospecha algo sobre lo
ocurrido con At Lea, y no cejará en su empeño
hasta averiguarlo. Conozco muy bien a ese joven
sajón.
Entonces, Guy de Gisborne, atacad su castillo dijo
el príncipe Juan. Todos colaboraremos con nuestros
soldados. Además, ese joven es muy rico. Nos
quedaremos con su castillo, con sus tierras y con
sus bienes. Nos repartiremos todo.
Tomada la decisión, los caballeros se dispersaron.
Pocos días después, según lo convenido, un
numeroso ejército, nutrido con hombres de diversa
procedencia, rodeaba el castillo de Sherwood,
preparado para el asalto.
Por su parte, los hombres de Robin de Fitzwalter
permanecían en sus puestos día y noche.
Todos ellos mantenían alto el ánimo. Estaban
dispuestos a todo en defensa de la ley, y con la
seguridad y tranquilidad de espíritu que produce
estar cargado de razón.
Después de un mes de asedio al castillo de
Sherwood, las frecuentes escaramuzas no
supusieron ninguna rotunda victoria para los
atacantes ni ninguna sonada derrota para los
atacados.
Aparte del agotamiento que empezaba a hacer
mella en las tropas atacantes, esta expedición
empezó a ser duramente criticada por numerosos
nobles, tanto sajones como normandos.
Todos sospechaban que el príncipe respaldaba tal
acción. Todos sabían perfectamente quiénes eran
Guy de Gisborne y el pequeño a influyente grupo
que rodeaba a Juan sin Tierra.
Se convocó una nueva reunión para discutir qué
era lo más conveniente, dadas las actuales
circunstancias.
Como en otras ocasiones, Hugo de Reinault fue el
que aportó la idea más diabólica para acabar con
aquella situación.
Señores, creo que se debe enviar un mensajero que
anuncie el perdón a Feldon y a los que, como él, se
refugiaron en el castillo… ¡Pero estáis loco, Hugo!
interrumpió con furia Guy de Gisborne. ¡Calma,
escuchadme! Debéis ordenar el perdón de Feldon y
de todos vuestros vasallos que han ido engrosando
las filas de Robin. Mandad que todas las mujeres a
hijos de los rebeldes sean llevados a las murallas
del castillo. Si esos rebeldes no aceptan el perdón
que les concedéis, sus familias serán ejecutadas.
Os aseguro que las esposas convencerán por sí
mismas a sus maridos.
Sois un verdadero genio, Hugo exclamó Guy de
Gisborne.
Los acontecimientos se desarrollaron tal y como
había previsto el astuto Hugo de Reinault.
Un mensajero anunció las condiciones a las
puertas del castillo de Sherwood.
Cuando los desertores del señor de Gisborne
vieron a sus esposas y a sus hijos pidiéndoles que
depusieran su actitud para salvarse, no tuvieron
fuerza moral para mantener la lucha.
El primero en enternecerse fue Feldon.
Señor Fitzwalter, he de ir con los míos. Aunque
todo sea una patraña, aunque luego me maten, debo
intentar salvarlos.
Nosotros lo seguiremos dijeron otros.
Robin intentó convencerlos de que no lo hicieran,
de que sin duda era una trampa.
No sólo ajusticiarán a vuestras familias, sino a
vosotros mismos. El señor de Gisborne no olvida.
Nunca os perdonará les decía Robin.
Todo fue inútil. Los hombres no podían dejar de
oír las voces de sus esposas. Se les rompía el
corazón.
Pronto, los primeros en salir pudieron estrechar a
los suyos sin que les ocurriera nada.
Muchos siguieron su ejemplo.
Robin se quedó con un puñado de hombres. Así no
podían seguir resistiendo en el castillo sitiado.
Tenemos que salir de aquí para salvar nuestras
vidas les dijo a sus hombres. Pero no nos
entregaremos al enemigo. Iremos al bosque de
Sherwood. Lo conozco como la palma de mi mano.
No se atreverán a internarse en él. Os lo aseguro.
Aprovecharon la noche para salir sigilosamente
por la puerta trasera del castillo. A los pocos
minutos entraban en el bosque, un refugio seguro.
A la mañana siguiente, los hombres de Guy de
Gisborne descubrieron lo sucedido. ¡Han escapado!
gritó uno de los soldados.
Las huellas les condujerron hasta el cercano
bosque de Sherwood.
La noticia fue comunicada rápidamente al señor
Guy de Gisborne, que se encontraba acompañado
de Hugo de Reinault ¡Maldito sea! ¡Ha conseguido
escapar! ¿Qué podemos hacer para darle su
merecido, Hugo?
Nada por el momento. Ahora, Robin ya no es un
peligro. Está recluido en el bosque.
Sherwood es su prisión. Si sale de ahí, caerá en
nuestras manos.
Es cierto, Hugo. Ya no hay nada que temer:
Pediremos al principe que lo declare proscrito, un
ciudadano fuera de la ley. A él y a sus hombres, por
supuesto.
Brindemos, amigo, por las ganancias obtenidas:
tierras, dinero, un castillo… Hay mucho para
repartir entre todos dijo el interesado Reinault.
Mientras tanto, Robin reflexionaba en Sherwood
sobre todo lo que había ocurrido. No se arrepentía
de nada. Volvería a actuar de la misma manera otra
vez. Pero estaba preocupado: ¿Cuánto tiempo
pasaría sin que pudieran salir del bosque de
Sherwood? ¿Qué les habría ocurrido a Feldon y a
los demás?
A los pocos días recibieron la visita de un pastor
que había descubierto un camino sin vigilancia por
el que llegar al bosque.
El pastor les contó que Feldon y cinco hombres
más habían sido ejecutados. Todos los demás
habían recibido crueles castigos y sus familias se
morían de hambre. ¡Lo sabía! No deberían haber
creído al mensajero del señor de Gisborne se
lamentó Robin.
Todos los que viven están arrepentidos de lo que
hicieron, Robin dijo el pastor. La gente de la
comarca admira vuestro comportamiento y quiere
ayudaros. ¿Qué podemos hacer?
Necesitamos más hombres y comida dijo Robin.
El pastor cumplió su promesa. Fue reclutando
hombres jóvenes y les hizo llegar alimentos.
El grupo del bosque de Sherwood era ya bastante
numeroso. Todos sus miembros juraron lealtad a
Robin y se sentían orgullosos de estar a las órdenes
del hombre más íntegro y justo del reino: Robin
Hood así apodado por la característica capucha que
siempre lucía en su cabeza. El hijo de Edward
Fitzwalter
CAPÍTULO SIETE
LA ORGANIZACIÓN EN
SHERWOOD

Poco a poco, el asentamiento en el bosque de
Sherwood fue adecuándose a las necesidades de los
que allí se encontraban. Primero construyeron
chozas que les servían de cobijo y, cuando los días
se hicieron más fríos, bien entrado el otoño, se
vieron obligados a dotarlas de chimeneas para proporcionarse
calor Aun así, las ropas de Robin y sus
hombres fueron convirtiéndose en auténticos
harapos, y carecían de mantas con las que abrigarse
durante la noche.
Robin decidió que había que solucionar este grave
problema. Para ello era necesario ir a la ciudad y
conseguir lo que necesitaban. Ninguno de los
hombres de Robin estaba dispuesto a correr ese
riesgo. Preferían seguir soportando el frío y las
calamidades que padecían.
Yo iré a Nottingham dijo Robin. Me disfrazaré de
mendigo y traeré lo que necesitamos.
A pesar de que todos intentaron disuadirle, Robin
estaba decidido y se puso en camino.
Llegó a Nottingham muy cansado. Sólo contaba
con un puñado de monedas de escaso valor que
había ido consiguiendo como limosna por el
camino.
Entró en la tienda de un mercader y allí eligió ropa
y calzado para todos. No sabía cómo arreglárselas
para pagan Siguió mirando y mirando para darse
tiempo hasta que se le ocurriera algo. De pronto
descubrió una alfombra que le resultó familiar. Era
una gran alfombra del castillo de su padre.
Un montón de recuerdos de su infancia se
agolparon en su mente: su madre, su padre… Él y
Mariana jugando sobre aqueIla preciosa
alfombra… No pudo evitar que se le hiciera un
nudo en la garganta y que sus ojos se llenaran de
lágrimas.
A ver, joven, son cuarenta libras dijo el mercader
con brusquedad.
Esas palabras sacaron a Robin de su
ensimismamiento.
Le doy estas monedas. Son todo cuanto tengo.
Dentro de unos días le pagaré el resto.
De ninguna manera. Yo sólo vendo al contado. No
me fío de nadie.
De alguien habrá tenido que fiarse, señor, cuando
tiene una alfombra que perteneció a una familia a la
que yo conocí hace tiempo. Sus bienes están
confiscados y, por tanto, esa alfombra ha tenido que
ser robada dijo Robin pícaramente.
AI mercader no le gustó nada lo que acababa de
oír. Pensó que aquel muchacho podía ser un
enviado del príncipe Juan. Si lo denunciaban, lo
ahorcarán. Era mucho lo que tenía que ocultar Si
esto queda entre nosotros propuso el mercader a
Robin, te dejo que te lleves lo que has elegido y te
regalo esa alfombra Robin no abrió la boca, y el
mercader se vio obligado a seguir ofreciendo cosas
intentando satisfacerle:
Te daré también dos toneles de vino… y… dos
sacos de harina. ¿Cómo podré transportar todas esas
cosas? preguntó por fin Robin.
Te llevarás ese caballo que está ahí. Pero no me
denuncies, por Dios.
Ándate con cuidado, mercader. La próxima vez
puedes correr peor suerte.
Y Robin se fue con un caballo nuevo y con toda la
mercancía.
En Sherwood, la alegría desbordó a todos cuando
lo vieron aparecer sano y salvo y con aquel
cargamento.
Robin colocó la preciosa y lujosa alfombra en su
pobre choza. Ahora tendría un recuerdo de su feliz
infancia.
Los días transcurrían plácidamente en Sherwood.
Cazaban venados y recolectaban frutos pares
alimentarse, recogían leña para procurarse calor y,
de vez en cuando, recibían la visita de alguna
persona del lugar que les traía algo de comida a
veces como muestra de simpatía, o pidiendo su
ayuda para que intervinieran ante los frecuentes
abusos de poder que cometían algunos caballeros.
Cada vez se hicieron más frecuentes las acciones
de Robin y sus hombres fuera del refugio del
bosque de Sherwood. Se trataba siempre de actos
en defensa de vasallos perseguidos por los barones
normandos o incluso en ayuda de caballeros
sajones, despojados constantemente de tierras y
bienes por los ambiciosos secuaces del príncipe
Juan.
Dado que Robin y sus hombres se veían obligados
a intervenir en numerosas ocasiones, debían
organizarse. Aun fuera de la ley, era necesario que
todos tuvieran claro cómo actuar en cada caso y qué
propósitos perseguían.
Para ello, Robin creyó conveniente poner unas
normas que todos cumplieran por igual.
Movido por este deseo, un día Robin reunió a sus
hombres y les comunicó sus planes:
Compañeros, cada día son más las personas que
acuden a nosotros en busca de auxilio.
Como sabéis, estamos declarados proscritos.
Efectivamente, no acatamos las normas del príncipe
Juan, ni nunca lo haremos. En cambio, sí acatamos
las leyes divinas y las tendremos siempre presentes.
Serán nuestra verdadera guía. Nuestro fin ha de ser
hacer el bien: socorrer a pobres y necesitados,
luchar contra cualquier injusticia, respetar a
mujeres, niños y ancianos, y atacar sólo en defensa
propia.
Tras los calurosos aplausos con los que mostraron
su total adhesión a las palabras de Robin, todos los
hombres juraron cumplir aquellos principios.
Paulatinamente, el número de miembros de la
banda de Robin había ido aumentando de manera
considerable. Unas veces se unía a ellos algún
joven que había presenciado una gloriosa acción; en
otras ocasiones eran personas que penetraban en el
bosque y pedían ser admitidas y, en todos los casos,
eran gentes orgullosas de poder pertenecer al
valeroso ejército de Robin Hood.
Entre los numerosos compañeros de Robin, había
dos con los que se sentía especialmente
identificado: John Mansfield y Much.
John Mansfield, al que todos llamaban Johnny, era
un gran hombretón, alto y robusto.
Estaba dotado de una fuerza sobrehumana y el
mismo Robin había tenido oportunidad de
comprobarlo en sus propias carnes.
Fue el día en que se conocieron. Robin, seguido de
sus hombres en fila india, atravesaba un angosto
puente sobre un río. Por el otro extremo avanzaba
un desconocido. Como era imposible pasar a la vez
en las dos direcciones, Robin le gritó que
retrocediera. El bravo desconocido se negó a ser él
quien lo hiciera, y se enzarzaron en una pelea.
Robin fue derribado por aquella fuerza de la
naturaleza. Aquel hombre era John Mansfield. Huía
de los normandos, que le habían despojado de sus
tierras, a iba en busca de Robin Hood para unirse a
su banda. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir
que tenía a Robin ante él: el mismo al que había
hecho besar el suelo.
Much, el otro hombre de confianza de Robin, era
de baja estatura y escasa corpulencia. Lo contrario
de lo que significa su nombre en inglés: mucho.
Robin conoció a Much ante las ruinas de un
molino. El hombre estaba con la cabeza agachada y
la mirada perdida Robin se presentó. AI oír su
nombre, el desconocido reaccionó y, entre lágrimas,
le contó que soldados de Ralph de Bellamy llegaron
en busca de trigo. Les dio cuanto tenía. Pero les
pareció poco y le acusaron de estar guardando
alguna cantidad para los proscritos. Quemaron el
molino con su mujer y sus dos hijos dentro.
Much se sumó a la banda, donde encontró una
nueva familia
CAPÍTULO OCHO
DIVERTIDAS AVENTURAS
DE ROBIN ROOD

A pesar de los tristes acontecimientos que
desencadenaron la existencia del grupo refugiado
en Sherwood, la vida allí había ido normalizándose.
Muchas familias habían logrado reunirse. Incluso
muchos niños habían venido al mundo en aquel
bosque. Además, todos se sentían miembros de una
gran familia y todos se ocupaban de todos.
Recientemente se había incorporado a la banda el
padre Tuck. Era un fraile que había vivido siempre
solo, retirado en el campo. Muchas personas, tanto
nobles como plebeyas, acudían a él con frecuencia a
pedirle consejo. Su influencia en las gentes y su
apoyo personal a los principios que defendían los
proscritos de Sherwood, hicieron que las
autoridades del príncipe Juan dictaran orden de
captura contra él. Esto obligó al buen fraile a
refugiarse también en Sherwood. Allí, sus
aportaciones fueron muy importantes. No sólo
celebraba misa todos los domingos, sino que unió a
varias parejas en matrimonio, bautizó a muchos
niños, se ocupaba de la educación de pequeños y
mayores y, como tenía conocimientos de medicina,
cuidaba de la salud de todos.
Aunque la vida cotidiana en Sherwood no era
fácil, también había momentos para la diversión.
Uno de ellos, quizá el más célebre, fue el día en el
que Robin y algunos de sus hombres acudieron a un
torneo de tiro con arco que se celebraba en una
ciudad próxima.
Robin y los suyos se habían convertido en
verdaderos expertos en el manejo del arco: única
arma disponible en su refugio del bosque.
Todos los premios del torneo los acaparó el grupo
de Sherwood. Finalmente, la última prueba,
recompensada con una bolsa de monedas de oro, la
superó sin dificultad Robin Hood para asombro de
todos los presentes.
Cuando el alcalde de la ciudad entregó el premio
al vencedor, le preguntó su nombre.
Robin, vestido como un caballero y sin su típica
capucha, contestó:
Mi nombre es Robin Hood.
La carcajada fue general. Cuando las risas cesaron,
el alcalde volvió a preguntar al ganador por su
nombre.
Señor, ya os lo he dicho. Mi nombre es Robin
Hood.
El alcalde comprendió entonces que el
desconocido no estaba bromeando. Llamó a gritos a
sus soldados para que lo apresaran. Pero era
demasiado tarde. Robin y los suyos habían huido a
todo galope en sus caballos.
Otra de las más famosas y animadas aventuras de
Robin, que demuestra su afán de diversión y su
buen humor, comenzó un día cuando encontró en
un camino a un anciano alfarero que iba a la ciudad
de Nottingham a vender su mercancía El anciano se
mareó y cayó al suelo. Robin se acercó a reanimarlo.
Le dijo quién era y le ofreció quedarse en el
bosque de Sherwood. Mientras, él mismo iría al
mercado y le traería el dinero de la mercancía que
vendiese.
Gracias, Robin. Puedo confirmar que lo que he
oído sobre vos es cierto. Necesito el dinero para la
boda de mi hija, pero está claro que no puedo
continuar hasta Nottingham.
Acepto vuestro favor y descansaré en Sherwood.
Os advierto que hay una vajilla de oro muy valiosa
entre los objetos de la carreta.
Robin llegó a la ciudad y pronto consiguió vender
todo, ya que tanto la mercancía como los precios
resultaron muy atractivos para las gentes. Sólo se
reservó la vajilla de oro porque le rondaba una idea
en la cabeza.
El interés de los objetos ofrecidos por el mercader
llegó a oídos del corregidor Robert de Reinault,
quien lo llamó a su palacio. Eso era, precisamente,
lo que Robin tenía previsto.
Cuando el mercader traspasó las puertas de la
mansión del corregidor ya nada quedaba de su
mercancía, salvo la valiosa vajilla. Así se lo
comunicó al señor, a quien por respeto al cargo que
ostentaba se la ofreció como regalo.
Robert de Reinault, con ojos codiciosos, aceptó el
obsequio e invitó al generoso mercader a cenar en
su palacio aquella noche.
Hugo de Reinault, huésped de su hermano por
aquellos días, también estaría presente en el
banquete.
Robin obtuvo interesante información, que era lo
que pretendía, en el palacio de Robert de Reinault.
Supo que el precio por su captura o muerte era ya
elevadísimo. Supo también que se preparaba una
incursión a Sherwood, dirigida por Guy de
Gisbome.
Tras la cena y el insistente agradecimiento, el
humilde mercader se despidió de los hermanos
Reinault y abandonó la ciudad. Por la mañana, los
sirvientes del corregidor encontraron un pergamino
con el siguiente mensaje:
Robin Hood da sus más sinceras gracias al
corregidor y a su ilustre hermano.
Y queda a la espera de poderles corresponder de la
misma forma en el bosque de Sherwood!”
La cólera de los hermanos Reinault fue
mayúscula. Los dos juraron odio eterno a Robin
Hood y no descansar hasta verle muerto.
Robin llegó a Sherwood muy satisfecho por haber
quedado al corriente de lo que se tramaba contra
ellos y, así, tener tiempo para prepararse.
El pobre alfarero había muerto. Había dejado el
nombre y la dirección de su hija, a la que poco
después le fue entregado el dinero obtenido por la
mercancía.
Unos días más tarde, los vigías de Sherwood
vieron avanzar a los soldados de Guy de Gisbome.
Corrieron a avisar a Robin Hood y éste dio las
órdenes convenientes: se trataba de que todos
permanecieran escondidos pacientemente en la
espesura. No debían hacer ningún ruido Los
soldados se internaron en el bosque, pero ni rastro
de Robin Hood y los suyos. El más absoluto
silencio los acompañaba en la búsqueda. Llegó la
noche y se detuvieron en un claro. Allí hicieron una
gran hoguera y establecieron los turnos de
vigilancia.
AI amor del fuego, los hombres empezaron a
charlar de forma animada. Cuando callaban, oían
sobrecogidos los ruidos del bosque. Aquello les
hacía seguir despiertos a pesar del cansancio que
sentían tras la dura jornada.
La conversación iba decayendo y muchos
empezaban a quedarse adormecidos, rendidos por el
sueño. Era ya bien entrada la madrugada.
De pronto empezaron a oírse extraños ruidos, y los
intranquilos hombres de Gisborne se despertaron
sobresaltados. AI poco vieron entre los árboles unas
sombras blancas semejantes a duendes o fantasmas.
Espantosas carcajadas, que parecían salir de
ultratumba, acompañaban estas terroríficas
visiones.
Los hombres, bien juntos, con los pelos de punta y
temblando de pavor, tuvieron que sufrir aún que un
grupo de estos fantasmas se abalanzaran sobre ellos
y empezaran a molerles a palos.
Los confundidos soldados huyeron despavoridos
en medio de la oscuridad de la noche y
deambularon por el bosque hasta que, al amanecer,
lograron alcanzar la salida.
Sobra explicar que los fantasmas venidos del otro
mundo eran Robin y sus hombres. Todo había sido
una genial idea del héroe de Sherwood.
El suceso corrió como la pólvora por toda la
comarca. Y la expedición de Gisborne fue motivo
de burla para las gentes del lugar.
CAPÍTULO NUEVE
LLEGAN NOTICIAS SOBRE EL
REY

Había pasado mucho tiempo desde que Ricardo
Corazón de León partiera a las Cruzadas.
Inglaterra había cambiado mucho bajo la regencia
del príncipe Juan y no se tenían noticias del rey
Cuando todos pensaban que habría muerto en la lucha
contra los infieles, se supo que el legítimo rey
de Inglaterra estaba vivo, aunque prisionero del rey
Enrique de Alemania.
Ricardo Corazón de León fue detenido por
soldados de Leopoldo de Austria y posteriormente
entregado al rey alemán. En el momento de su
detención iba acompañado de su buen amigo el
príncipe David de Huntington, futuro rey de
Escocia, conocido como sir Kenneth.
Sir Kenneth intentó defender a su rey y cayó
gravemente herido. Los soldados austríacos
prendieron a Ricardo y abandonaron a su amigo,
dándolo por muerto.
Sin embargo, sir Kenneth se salvó gracias a un
campesino que lo encontró y lo llevó a su choza,
donde se restableció por completo.
Consciente de la gravedad del asunto, sir Kenneth,
nada más recuperarse, centró todos sus esfuerzos en
conseguir la liberación del rey Ricardo. Por ello, se
dirigió a Roma para interceder ante el Sumo
Pontífice.
Allí se enteró de que Ricardo no estaba en Austria,
sino en Alemania, y que el rey Enrique había
pedido un fuerte rescate por su liberación.
En efecto, a la corte inglesa había llegado un
mensaje del rey alemán en el que se daba cuenta del
cautiverio de Ricardo Corazón de León y de la
suma exigida para su puesta en libertad.
Juan sin Tierra, ante la reina madre y la esposa de
su hermano, declaró que pondría todo su empeño
en recaudar fondos, por medio de más impuestos,
para salvar a Ricardo, ya que las arcas del reino no
disponían de esa exorbitante cantidad.
Yo venderé mis joyas, Juan dijo la reina madre,
para restituir en su trono al legítimo rey de
Inglaterra. En cuanto a la recaudación de impuestos,
sólo te pido que no se haga recaer todo el esfuerzo
sobre los humildes. Son los señores, normandos y
sajones, los que más deben y pueden aportar Toda
Inglaterra condenó sin reservas la acción del rey
alemán. En general, la gente del pueblo fue la que
se sintió más afectada. Veía alejarse la posibilidad
de que cambiara su situación con la vuelta del buen
rey.
Comenzó por todo el país la recaudación de
impuestos en favor de Ricardo Corazón de León.
Era la gente humilde la que pagaba con mayor
satisfacción. Sentía que colaboraba con una causa
justa. Tenía la certeza de que su suerte cambiaría si
se conseguía la liberación del rey.
Se logró recoger una suma respetable entre los
impuestos y la venta de las joyas de la reina.
Aun así, no se alcanzaba la cantidad exigida por el
rey Enrique.
Juan sin Tierra, reunido con sus incondicionales,
no tenía dudas sobre los pasos que se habían de dar.
Se seguirán recaudando impuestos en favor de mi
hermano, pero ese dinero jamás llegará al rey
alemán. Ricardo no conseguirá nunca su libertad.
Pasó el tiempo y la gente empezó a cansarse de
pagar tributos bajo el pretexto de liberar al rey.
Había un hecho claro: el rey seguía cautivo. El
príncipe Juan no daba explicaciones a nadie y
existían serias dudas sobre sus verdaderas
intenciones.
La reina madre comenzó a dudar de la labor que
estaba realizando el príncipe para liberar al rey.
Algunos rumores que habían llegado a sus oídos y
su propia intuición le decían que Juan sin Tierra
prestaría un flaco servicio al desdichado Ricardo.
Así pues, mandó a lady Edith que viajara a
Escocia y esperara allí a su prometido David de
Huntington, del que desconocían su paradero.
Quizá desde Escocia tengáis que prestarnos ayuda
si Juan Ilega a usurpar la corona a su hermano dijo
la reina madre. Berengaria permanecerá conmigo a
la espera de acontecimientos.
Mientras tanto, David de Huntington, sir Kenneth,
consiguió que el Papa mediara ante el rey Enrique
para que Ricardo Corazón de León fuese liberado.
El rey alemán recibió una dura reprimenda del
Pontífice y no pudo negarse a obedecer El rey de
Inglaterra quedó libre a pesar de que su propio
hermano había intentado evitarlo.
A los pocos días, Ricardo y sir Kenneth se reunían
emocionados en Roma.
Tras un efusivo abrazo, el rey pidió a su amigo
que le contara todo lo que supiera de Inglaterra,
Majestad, envié a un mensajero y tengo noticias
recientes. La reina madre y vuestra esposa se
encuentran bien. Vuestra prima Edith me espera en
Escocia…
Espléndido. Todo son buenas noticias interrumpió
Ricardo.
Siento, señor, tener que daros otras no tan buenas.
Nada, nada buenas dijo sir Kenneth con tristeza.
Habréis de saber que vuestro hermano se ha
repartido con sus hombres de confianza el dinero
recaudado para vuestro rescate.
Entonces, ¿he sido liberado sin haber satisfecho
las condiciones que exigía el rey Enrique?
En efecto, así es. Gracias a la intervención papal.
Continuad, sir Kenneth, os lo ruego. Me interesa
saber todo lo que ocurre en mi añorada Inglaterra.
Majestad, en todo este tiempo que lleváis fuera,
los abusos del príncipe y sus barones han hecho que
proliferen de nuevo las revueltas. Incluso existe una
banda de proscritos que ataca constantemente a los
intereses de vuestro hermano. Se oculta en el
bosque de Sherwood y el jefe es conocido como
Robin Hood. ¿Robin Hood? ¿No será Robin
Fitzwalter? preguntó el rey extrañado.
Creo que es él, señor. ¡El hijo del conde de
Sherwood! ¡El amigo de Richard At Lea! ¡Dos
caballeros de gran lealtad hacia mi persona! ¿Qué
puede haber ocurrido para que Robin esté actuando
fuera de la ley?
La ley, señor, ha dejado de existir en Inglaterra.
Lo único que importa es el interés personal del
príncipe y sus hombres de confianza.
Sir Kenneth, nadie debe saber que he sido
liberado. Regresaré a Inglaterra de incógnito para
conocer por mí mismo lo que está ocurriendo.
Me parece una sabia decisión, majestad. Os
acompañaré.
Gracias, amigo. Pero vos iréis a Escocia y seréis
coronado rey. Tal vez necesite de vuestra ayuda.
Podéis contar conmigo para lo que preciséis en
todo momento, señor.
Los dos amigos se despidieron fundiéndose en un
fuerte abrazo. Muy pronto, cada uno de ellos estaría
en su respectivo país.
CAPÍTULO DIEZ
MARIANA

Había pasado mucho tiempo desde que Mariana
At Lea fuera trasladada al castillo de Hugo de
Reinault. Ella no había sabido nada de la visita de
Robin. Sólo sabía que su padre había ido a Tierra
Santa y que, en la actualidad, el señor de Reinault
era su tutor.
Aunque no gozaba de sus simpatías, Mariana
pensaba que si su padre había confiado en él,
tendría razones para ello. Por eso se limitó a
esperar. Pasaba sus días leyendo y realizando
alguna labor, recluida en sus aposentos, sin
contacto con nadie.
Una tarde, el señor Hugo de Reinault subió a verla
y le dio la triste noticia de que el barco de su padre
había naufragado. Nada se sabía de él.
Mariana enjugó sus lágrimas y recibió el pésame
del señor de Reinault.
Gracias, señor. Sé que apreciabais a mi padre. Él
también os quería y confiaba mucho en vos.
Hugo de Reinault creyó conveniente aprovechar la
oportunidad para hablar con Mariana de su futuro.
La joven estaba a punto de ser mayor de edad y,
cuando esto sucediera, él perderá la ocasión de
poder influir en sus decisiones y seguir
administrando sus bienes.
Querida Mariana, ya sé cómo os sentís. Pero tenéis
que reponeros. La vida sigue. Debéis ir pensando en
casaros… ¿Casarme? No pienso hacerlo de
momento. Además, en los documentos que me
habéis mostrado, mi padre pedía que yo ingresara
en un convento hasta que él volviera.
Vuestro padre no volverá, Mariana… Bueno, es
improbable que vuelva. Yo soy vuestro tutor y,
entre mis obligaciones, entiendo que está el
preocuparme por vuestro futuro.
Gracias, señor de Reinault. Pero, por ahora, el
matrimonio no entra en mis planes dijo Mariana
con gran seguridad.
Ya haré yo que cambies esos planes, joven
estúpida se fue pensando el ambicioso caballero.
Hugo de Reinault tenía ya todo decidido en
relación con Mariana. La casaría con el señor Ralph
de Bellamy, barón adepto a Juan sin Tierra.
Pocos días después de producirse la conversación
con la joven At Lea, Hugo visitaba al barón de
Bellamy en su castillo y le comunicaba sus
proyectos.
Ralph de Bellamy, tan codicioso como su amigo,
consideró que era una magnífica oportunidad para
negociar las condiciones de este interesante
ofrecimiento. No estaba dispuesto a aceptar una
esposa sin obtener unos buenos beneficios.
Además, las propiedades y bienes de los At Lea no
eran nada despreciables.
Tras un largo regateo, como si de una mera
transacción comercial se tratara, los dos caballeros
llegaron, por fin, a un acuerdo. Ralph de Bellamy
recibiría dos tercios del patrimonio de la joven. El
otro tercio quedaría en manos de Hugo.
Por su parte, Ralph de Bellamy quedaba
comprometido a colaborar, con un gran número de
hombres armados, en la nueva expedición al bosque
de Sherwood que estaban preparando los hermanos
Reinault y Guy de Gisborne.
A pesar del gran sigilo con que fueron llevadas
estas negociaciones, Robin, que tenía amigos
dispuestos a informarle por todas partes, consiguió
enterarse de lo que se tramaba.
Sólo tenía que esperar a entrar en acción para salvar
a Mariana y dar su merecido a esos caballeros
sin escrúpulos que actuaban como auténticos
bribones.
Hugo de Reinault decidió que fuera Guy de
Gisborne el encargado de trasladar a Mariana hasta
el castillo de Ralph de Bellamy, donde se celebraría
el matrimonio. Irían protegidos por una fuerte
escolta. Todo había de hacerse con rapidez, ya que
faltaban apenas dos meses para que la joven llegara
a su mayoría de edad. Nada podia fallar.
Llegó el día señalado, y Guy de Gisborne y Hugo
de Reinault entraron en las dependencias reservadas
a la joven.
Marian y, hoy iréis a conocer a vuestro
pretendiente: el barón Ralph de Bellamy iCómo?
¿El señor de Bellamy? preguntó incrédula.Nunca
será mi esposo. No me interesa conocerlo. Su fama
en toda la comarca es suficiente pares mí. No
quiero casarme, ¡y menos con ese cruel caballero!
Ingresaré en un convento. Ése es mi deseo.
Os casaréis con Ralph de Bellamy, queráis o no
queráis gritó con violencia el señor de Reinault.
Vamos, Mariana intervino Guy de Gisborne. Yo
os conduciré al castillo de vuestro prometido.
Conmigo estaréis a salvo.
La bodas se celebrará dentro de tres días anunció
Hugo de Reinault. Yo saldré mañana. Seré vuestro
padrino, como me corresponde.
Mariana no pudo oponerse más. Se vio obligada a
obedecer. En ese momento entendió quién era en
realidad el señor de Reinault Su amistad con Guy
de Gisbome despejaba cualquier duda Éste siempre
había sido un claro partidario del príncipe Juan.
Seguramente, su padre desconocía este importante
detalle. Ahora estaba segura de que ese caballero
estaba implicado también en su muerte.
Mariana era conducida sin remedio a casarse con
un miembro de este grupo. Para ella era terrible por
lo que significaba de traición a su padre y al
legítimo rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de
León.
Comenzaba ya a atardecer cuando la comitiva de
Guy de Gisbome se vio interceptada por un grupo
de hombres. El caballero dio orden de retroceder
hasta la aldea que acababan de dejar atrás. Unos
metros más allá, otro grupo, encabezado por Robin
Hood, le aguardaba Lleno de furia se dirigió, lanza
en ristre y a todo galope, contra él. Robin esquivó la
embestida y Guy de Gisbome rodó por el suelo. Se
incorporó con rapidez y, empuñando su espada, se
acercó con paso decidido hasta el héroe de
Sherwood. Robin le esperaba pacientemente
blandiendo su poderosa arma.
El duelo fue un verdadero espectáculo para todos
los presentes. Ambos eran hábiles y valientes
luchadores y utilizaron todos sus recursos.
Guy de Gisborne combatía en mejores
condiciones, ya que su armadura lo hacía
prácticamente invulnerable. Pero, precisamente, de
esto logró sacar partido Robin. Él estaba más
desprotegido, pero tenía mayor libertad de
movimientos. Con su gran destreza consiguió
acertar con su espada en los escasos flancos sin
guarecer que presentaba su enemigo.
Robin hirió gravemente a Guy de Gisborne. ÉI, en
cambio, sólo sufrió pequeños rasguños.
Cuando los hombres de Gisborne vieron a su jefe
tendido en el suelo y con heridas tan considerables,
lo recogieron y emprendieron la huida, sin ocuparse
de Mariana At Lea, principal objetivo de su misión.
Mariana, después de tanto tiempo, no había
reconocido a Robin durante el combate. Grande fue
su sorpresa al reconocer al amigo de su infancia en
aquel paraje.
Los dos se abrazaron con cariño y se encaminaron
a Sherwood. Allí tuvieron una larguísima
conversación. Los jóvenes se contaron todo lo que
sabían sobre los sucesos ocurridos en el país
durante los últimos años y se confesaron sus
sospechas y certezas.
Mariana se quedó a vivir en el bosque de
Sherwood. Empezó a ayudar al padre Tuck. En
poco tiempo se ganó el corazón de los niños y de
todos los allí refugiados.
CAPÍTULO ONCE
UNA DOBLE LIBERACION

Robin y Mariana aprovechaban los ratos libres
para pasear por el bosque, a pie o a caballo, y
disfrutar de las maraviIlas de la naturaleza. Mariana
también practicaba con el arco y logró convertirse
en una experta tiradora. Pero una noticia vino a
cambiar la tranquilidad de Sherwood.
Una persona de la ciudad de Nottingham vino a
informar a Robin de que se preparaba un nuevo
ataque contra él. La expedición estaba organizada
por los hermanos Reinault y en ella participarían
Ralph de Bellamy, el frustrado pretendiente de
Mariana, y Guy de Gisborne, ya restablecido de sus
heridas.
Robin hizo sonar inmediatamente el cuerno de
caza con el que convocaba a sus hombres bajo el
roble centenario. Era necesario que conocieran
detalles sobre esta ofensiva. Sabía que esta vez sus
enemigos prepararían a conciencia la incursión en
Sherwood. Ellos tendrían que organizarse y repeler
la agresión. Estaba claro que los atacantes no
habrían olvidado las numerosas humillaciones y
querrían vengarse de una vez por todas. Robin y los
suyos sabían que la situación era delicada.
Robin decidió que uno de los suyos debería
infiltrarse en el castillo de Hugo de Reinault para
obtener información de primera mano. El elegido
para esta misión fue Much, hombre de absoluta
confianza de Robin y que, por su aspecto, bien
podrá hacerse pasar por sirviente en la casa del
noble.
Much llegó a la ciudad y se presentó en el castillo
del señor de Reinault bajo el pretexto de ser sobrino
de uno de los cocineros, que a la sazón se
encontraba realizando compras en una feria
cercana. Todo salió a la perfección y Much
consiguió llegar hasta las cocinas del caballero sin
obstáculo alguno.
El impostor se movió sin problemas por el castillo.
Entabló conversación con todos los sirvientes y
logró sonsacarles valiosos datos. Además, tuvo la
gran suerte de ser el encargado de retirar la vajilla
de la cena de gala que ofrecía Hugo de Reinault
aquella noche a sus distinguidos invitados.
Aunque Much sólo podía oír retazos de
conversación, los datos que obtenía eran una
preciosa información para él y los suyos.
Yo aportaré cien hombres dijo el señor de
Bellamy.
Yo, unos noventa añadió Robert de Reinault.
Much entraba y salía. Tenía que actuar con cautela
para no dar lugar a ninguna sospecha que pudiera
dar al traste con sus planes. Estaba retirando las
copas, cuando oyó el plan que exponía el señor
Hugo de Reinault a sus amigos.
Dividiremos el bosque en distintas zonas. Cada
grupo de hombres realizará la batida en la parte que
le corresponde. Todos nos encontraremos
posteriormente en lo más intrincado del bosque,
donde se supone que Robin Hood tiene su
campamento. Así, quedará completamente rodeado.
Mientras Guy de Gisborne oía con atención a
Hugo de Reinault, reparó en la presencia de Much,
que en ese momento seguía retirando las copas de
vino de la mesa. ¿A quién me recuerda este criado?
pensó el caballero. ¡Ya lo tengo! ¡Es él! Es uno de
los hombres de Robin. Lo recuerdo con claridad.
Estaba allí el día de nuestro duelo. Lo recuerdo por
su pequeña estatura. Es inconfundible”.
Guy de Gisborne tomó una rápida decisión.
Aprovechó la salida de Much para llamar a los dos
centinelas apostados en la puerta de la sala, a los
que murmuró unas palabras al oído.
Much volvió con unas grandes fuentes de fruta y
las dispuso sobre la mesa. Después abandonó la
sala dispuesto a huir del castillo. No quería tentar
más a la suerte.
Cuando se disponía a atravesar las puertas del
castillo, Much fue apresado y conducido ante la
presencia de los caballeros. ¡Un espía de Robin ante
nuestros propios ojos! ¡No volverás a ver la luz,
enano! dijo con verdadero odio Guy de Gisborne.
Much, ensangrentado por la cruel paliza que
recibió de unos y de otros, fue arrastrado a las
lóbregas mazmorras del castillo. Allí, el carcelero lo
arrojó de un empujón a una de las celdas.
Pasaron varias horas hasta que el desdichado
Much recobró el sentido. Cuando sus ojos se
acostumbraron a aquella oscuridad, pudo distinguir
una silueta en un rincón. No podía saber de quién se
trataba, pero al menos no estaba solo. ¿Qué hacéis
aquí? ¿Por qué os han recluido? preguntó Much.
Soy Richard At Lea. Un día confié en el que creí
que era un amigo. Le pedí ayuda y fui traicionado.
Desde ese día me pudro en sus cárceles. No
recuerdo ya ni la fecha en que eso ocurrió.
Much no podía creer lo que estaba oyendo. Muy
nervioso, tartamudeando, explicó al anciano que era
amigo de Robin. Tuvo que ponerle también al
corriente de que el heredero del conde de Sherwood
había tenido que refugiarse en el bosque huyendo
de los secuaces del príncipe Juan. También le
tranquilizó sobre la suerte de su querida hija, que se
hallaba a salvo, junto a Robin.
El pobre Richard At Lea no pudo contener las
lágrimas al oír aquellos nombres y aquellas penosas
circunstancias. Pero por tristes que fueran aquellas
noticias, las prefería al terrible aislamiento al que
estaba sometido.
Nunca saldremos de aquí dijo Richard al que
consideraba ya un auténtico confidente y amigo.
No debemos perder la esperanza, señor contestó
Much intentando mostrarse animado.
Mientras tanto, Robin ya había sido informado de
que el leal Much había caído prisionero en el
castillo de Hugo de Reinault. Preocupado, convocó
con urgencia a todos sus hombres.
Robin expuso los hechos, así como su decisión de
asaltar el castillo del señor de Reinault.
Era la única forma de liberar a Much y, a la vez,
intentar frenar el ataque que se preparaba contra
ellos.
Robin, nunca he dicho a nadie que conozco muy
bien ese castillo dijo uno de sus hombres. Trabajé
en él como albañil y cerrajero durante su
construcción. Su anterior propietario mandó realizar
un pasadizo secreto desde los sótanos hasta una
casa situada a unas leguas. Esa casa es hoy un
molino. Sus dueños ignoran todo esto. Debemos
hallar una fórmula para alejar de allí al molinero y
su familia. Yo os conduciré hasta las celdas.
Se preparó minuciosamente la arriesgada
operación. Tres de ellos, haciéndose pasar por
mercaderes, Ilegaron al molino y pidieron que les
dejaran descansar antes de proseguir su largo viaje.
Fue tal la hospitalidad brindada por aquellas gentes,
que los falsos mercaderes les invitaron a distraerse
un poco en una taberna próxima.
Robin, el cerrajero y cuatro hombres más se
internaron en el pasadizo. Cubrieron la larga
distancia que separaba el molino del castillo, hasta
llegar ante una puerta que el hábil cerrajero forzó
con una ganzúa. La herrumbrosa cerradura saltó y
se encontraron junto a la antesala de las mazmorras.
Allí dormía el carcelero ajeno a todo. Rápidamente
lo ataron y amordazaron. Le arrebataron el manojo
de llaves de las celdas y, con gran sigilo, las fueron
recorriendo hasta localizar al desdichado Much.
El prisionero estaba tan débil que no podía andar
por sí mismo. Robin lo sujetó con sus brazos y
Much, antes de perder el sentido, pudo decir a su
jefe con un hilo de voz:
Ocúpate de mi compañero de celda. Te
sorprenderás.
El anciano al que liberaron tampoco podía dar un
paso por sí solo. Cargaron con él y recorrieron de
vuelta el largo pasadizo.
Much recuperó la consciencia y explicó a su jefe
quién era el anciano caballero.
Llegaron a Sherwood. Robin se adelantó para
anunciar a su amiga la feliz noticia.
Mariana, sin poder contener el llanto, se acercó a
su padre. Los dos, entre lágrimas, se fundieron en
un gran abrazo. Fue la escena más conmovedora
que se había vivido en Sherwood.
CAPÍTULO DOCE
EL RAPTO DE MARIANA

Pasaron varios meses hasta que Richard At Lea se
restableció del desgaste sufrido en el cautiverio. Su
hija y el padre Tuck desempeñaron un papel
fundamental en su recuperación. Los años de
encierro, en el reducido espacio de la celda, habían
provocado en el caballero un debilitamiento tal de
sus músculos, que le impedía andar. Poco a poco,
gracias al tesón de Mariana y del fraile, Richard At
Lea consiguió volver a caminar Durante su
recuperación, el noble caballero fue informado de
todos los pormenores que habían arrastrado al hijo
de su inolvidable amigo Edward Fitzwalter, así
como al resto de las personas que lo respaldaban, a
la situación de proscritos en la que se hallaban
desde hacía tiempo.
A pesar de sus más profundas convicciones,
Richard At Lea comprendió al joven Robin.
Tal vez, él habría hecho lo mismo ante aquellos
acontecimientos. Y más, como era el caso, si la
fuerza de la juventud le hubiera hecho hervir la
sangre ante las flagrantes injusticias.
Los días transcurrían tranquilos en Sherwood.
Pero los enemigos de Robin Hood no descansaban.
Habían abandonado el plan de la incursión en el
bosque tras ser liberado Much. Esa acción, si
fallaba el factor sorpresa, estaba condenada al
fracaso.
Señores, debemos emplear la astucia para capturar
a Robin Hood. No debemos entrar en Sherwood,
sino intentar que ese bandolero salga de allí dijo
Hugo de Reinault.
Ha salido muchas veces y no hemos conseguido
nada dijo Ralph de Bellamy.
Debemos llevar a cabo nuestro proyecto.
Escuchadme, caballeros. Tengo una idea que
puede dar frutos. Como sabéis, Mariana vive ahora
en ese bosque. Si logramos apoderamos de ella, él
saldrá a buscarla y caerá en nuestras manos. Son
amigos desde niños y tal vez lleguen a casarse
pronto.
Debemos evitarlo a toda costa dijo De Bellamy
indignado.
Así es, amigo continuó Hugo de Reinault. Tengo a
dos hombres que simularán unirse a la banda de
Robin. Después de un tiempo, aprovecharán
cualquier descuido para raptar a la joven y traerla
hasta aquí. Robin atacará el castillo para intentar
liberarla y nosotros podremos vencerlo. Todas
nuestras fuerzas estarán concentradas aquí. ¡No
fallaremos!
Seremos más que ellos.
Todos los caballeros se convencieron del plan
urdido por Hugo.
A los pocos días, los vigilantes de Robin
encontraron, en uno de los caminos lindantes al
bosque, a dos hombres tendidos en el suelo. Los
recogieron y los llevaron ante el padre Tuck para
que los reanimara Cuando se recobraron, los
desconocidos contaron que habían sido torturados
por hablar bien de Robin Hood.
Aceptadnos en vuestra banda, señor suplicaron los
dos hombres. El señor Robert de Reinault nos
matará si volvemos.
Los desconocidos fueron aceptados. Se les
advirtió que durante un mes estarían sometidos a
vigilancia y, si su comportamiento era satisfactorio,
acabarían siendo miembros de pleno derecho.
La conducta de los hombres durante ese tiempo
fue intachable. Según lo previsto, dejaron de ser
observados y comenzaron a moverse libremente por
el campamento.
Un día que Mariana volvía con el padre Tuck de
una aldea cercana de ver a un enfermo, los dos
traidores se abalanzaron sobre ellos. Ataron y
amordazaron al padre Tuck, y raptaron a Mariana
La traición produjo un gran dolor entre las gentes
de Sherwood. Nunca les había sucedido nada igual.
Pero estaba claro que los enemigos de Robin
utilizarían cualquier arma contra él. Además, eran
muy ricos y podían pagar a gente que actuara por
dinero.
Robin reunió a todos sus hombres. Ya sabía que
Mariana se hallaba en el castillo de Hugo de
Reinault, como antes había sucedido con Much y
Richard At Lea. Debían trazar minuciosamente el
plan que les permitiera conseguir su liberación.
Estaban discutiendo cómo realizar el ataque al
castillo, cuando los vigilantes advirtieron que un
caballero se acercaba al galope.
A los pocos minutos, un misterioso caballero
apareció ante ellos. Robin sujetó las bridas del
caballo. ¿Quién eres que te interpones en mi
camino? preguntó. ¿Acaso no sabéis que en
Sherwood no se puede entrar sin mi autorización?
¿Por qué habéis elegido este camino? ¿Me
encuentro frente a Robin Hood y los suyos? Me habían
advertido sobre este peligro, pero deseaba
conocerlos y conocer las razones que les han
llevado a enfrentarse a los normandos.
Pero vos lleváis escudo y armas normandas dijo
Robin, muy impresionado por la misteriosa figura y
por la seguridad de su tono.
Lo soy, joven. Pero no debes considerarme un
enemigo por el momento. Deseo conocer los
motivos que os han Ilevado a enfrentaros al
príncipe Juan. Si me parecen razonables, podéis
contar conmigo. Si no es así, os combatiré.
Durante algunas horas, Robin contó su historia al
desconocido. Éste escuchó con gran atención y
después pidió a Robin que le dejara descansar un
rato para meditar su decisión.
Os ayudaré anunció el caballero poco después.
Vuestras razones me han convencido.
Estoy a vuestras órdenes.
Todos aplaudieron calurosamente y Robin expuso
el plan que había ideado para liberar a Mariana.
Algunos entraremos en el castillo por el pasadizo
secreto. Desde el sótano subiremos hasta la
habitación en la que se encuentra Mariana, y Much
será el encargado de ponerla a salvo A
continuación, haremos bajar el puente levadizo para
que entréis en el castillo todos los demás. Debemos
conseguir prender fuego al castillo y dispersar a
todos los soldados. Sólo así viviremos tranquilos y
en paz durante algún tiempo.
Esa misma noche iniciaron la arriesgada
operación. Robin, Much y algunos hombres más
entraron por el pasadizo hasta Ilegar a los sótanos
del castillo. Pero el carcelero se puso a gritar y dio
la voz de alarma. Lograron amordazarle y subieron
al piso superior. Allí encontraron a cuatro guardias,
alertados por las voces. Se inició un breve combate,
suficiente para que los ruidos llegaran a oídos de
Guy de Gisborne. Éste corrió a la habitación de
Mariana y se encerró con ella dentro.
El contratiempo hizo que Robin tuviera que
improvisar un nuevo plan. Dos hombres quedarían
ante la puerta. Much trataría de alcanzar la ventana
del aposento de Mariana para intentar entrar. Él y
los demás hombres se dirigirían hasta el puente
levadizo.
AI cruzar el patio, Robin y los suyos tuvieron que
enfrentarse a veinte soldados bien armados. Los
redujeron con bastante rapidez y comenzaron a
hacer descender el puente para permitir la entrada
de los demás. En ese mismo momento aparecieron
ante ellos los hermanos Reinault y Ralph de
Bellamy escoltados por un grupo de soldados.
Todas las fuerzas del castillo estaban allí
concentradas.
Se libró un encarnizado combate en el que
murieron los tres caballeros y muchos de sus
soldados. Otros emprendieron la huida ante el
arrojo de Robin y sus hombres.
Faltaba ahora la liberación de Mariana. Se
dirigieron hasta la estancia en la que Guy de
Gisborne se mantenía pertrechado. A través de la
puerta, Robin pidió al caballero su rendición.
¡Dejadme salir o acabaré con Mariana! dijo.
Pero, en ese momento, Robin era informado de
que Much estaba a punto de introducirse en la
habitación. Dio la orden de que lo hiciera justo
cuando De Gisborne abriera la puerta.
Está bien. Nada podemos hacer. Vos ganáis dijo
Robin.
Se abrió la puerta. Apareció De Gisborne
escudado tras la joven. Entonces, Much hizo
prisionero al cruel barón.
La alegría de todos fue inmensa. Pero entonces,
De Gisborne se revolvió contra Much, y éste no
tuvo más remedio que utilizar su espada. El
caballero quedaba mortalmente herido.
CAPÍTULO TRECE
DÍAS DE ALEGRÍA EN EL BOSQUE
DE SHERWOOD

EI asalto al castillo de Hugo de Reinault había
sido un rotundo éxito. Una vez puestos en fuga
sirvientes y soldados, los hombres de Robin
cargaron con todo lo valioso que había dentro y
provocaron el incendio de la fortaleza. Así no
volvería a ser utilizada contra ellos por otros
adeptos del príncipe Juan.
Había algo, no obstante, que asombraba a Robin.
Cuando abandonaron el castillo en llamas, había
buscado al misterioso caballero que se había unido
a la arriesgada expedición. Ni rastro de él. Nadie
recordaba haberlo visto en los últimos momentos.
La tranquilidad era absoluta en Sherwood; los
principales enemigos de los allí refugiados habían
sido eliminados. Aun así, Robin Hood y los suyos
sabían que no podían bajar la guardia. Sin duda, el
príncipe Juan, ayudado por otros barones fieles,
seguiría cargando contra ellos.
Robin se preguntaba cuándo acabaría esa lucha sin
cuartel. Cuándo podrían vivir en paz, sin tener que
esconderse, sin ser considerados ciudadanos fuera
de la ley.
Un buen día, Robin y los suyos recibieron una
visita sorprendente. En medio de la espesura
apareció el misterioso caballero del que nada habían
vuelto a saber desde el asalto al castillo del señor de
Reinault.
Tras el efusivo recibimiento del que fue objeto el
noble visitante y sus muestras de sincero
agradecimiento, se alejó con Robin hasta la cabaña
de éste.
Espero que hayas resuelto unirte a nosotros dijo
Robin.
No es así exactamente, Robin. Escúchame ahora
con mucha atención. Yo soy el rey Ricardo
Corazón de León.
Robin quedó estupefacto al oír aquellas palabras.
Hincó sus rodillas en el suelo y emocionado besó la
mano de su añorado rey.
Ahora soy yo el que necesita vuestra ayuda,
Robin. Convoca a tus hombres.
Robin salió de su choza y llamó a los suyos. AI
momento, todos rodearon a Robin y su
acompañante.
Robin tomó la palabra y, conteniendo su
excitación, dijo:
Amigos, hoy es un gran día. El día más feliz de
todos los que llevamos aquí. Tenéis ante vosotros al
gran rey Ricardo.
La multitud estalló en aplausos. Los vítores a
Ricardo I de Plantagenet parecían no tener fin. Las
lágrimas en los rostros manifestaban el hondo sentir
de todos los presentes.
He tenido la oportunidad de comprobar lo que
todos habéis sacrificado por mí y os aseguro que,
cuando recupere mi trono, dejaréis de ser proscritos
y se os restituirá lo que hayáis perdido. Ahora tengo
que pediros un último favor: que me acompañéis a
Londres a recuperar lo que me pertenece. El rey de
Escocia está en camino y se unirá a nosotros allí.
Yo iré con vosotros.
Será un gran honor acompañaros, majestad dijo
Robin.
AI día siguiente, Robin Hood y sus hombres, con
el rey Ricardo a la cabeza, emprendieron la marcha
hacia Londres.
El príncipe Juan había sido advertido de que las
tropas escocesas se acercaban a la ciudad.
Todo estaba dispuesto para repeler la ofensiva del
rey escocés David de Huntington, sir Kenneth.
Cuando los dos ejércitos estaban a punto de
enfrentarse en combate, Juan sin Tierra observó que
su retaguardia se veía amenazada por un numeroso
grupo de hombres armados.
Señor, es la banda de Robin Hood dijo uno de los
vigías.
Nos dividiremos. Atacaremos a la vez en los dos
frentes. Somos suficientes para obtener la victoria
dijo el príncipe Juan.
El gran ejército de Juan sin Tierra se separó en el
acto, dispuesto a librar la batalla. Pero, apenas unos
minutos después, el príncipe Juan observó que de
las filas de los soldados de Sherwood se adelantaba
un caballero perfectamente armado. ¡Detened el
combate! gritó el extraño caballero. ¿Por qué
tenemos que obedecer esa orden? preguntó
indignado Juan sin Tierra.
Porque soy el rey Ricardo. Vuestro hermano.
En ese momento, en medio de un silencio
sepulcral, Ricardo Corazón de León desmontó de su
caballo y, despojándose del casco, dejó al
descubierto su inconfundible rostro.
Todos lanzaron vivas al rey, unidos en un único
clamor que se elevaba hasta el cielo.
Perdonadme, hermano dijo el príncipe Juan. Cómo
iba yo a sospechar que vos…
Pensé que se trataba de otro ataque de Robin
Hood… Que el rey de Escocia lo apoyaba…
¡Cuántos errores habéis cometido, Juan! Os dejé un
reino en paz. Confié en vos… Me legáis un país
insatisfecho, enfrentado. Desde este instante
quedáis desterrado.
A Ricardo Corazón de León se le humedecieron
los ojos. Se sentía decepcionado, traicionado por su
propio hermano. Nunca debió dejar el reino en sus
manos.
Juan sin Tierra, acompañado de un reducido
séquito, partió hacia sus posesiones en Bretaña.
Pensaba que ya nunca volvería a Inglaterra, que en
ese momento terminaba su papel en la monarquía
inglesa.
El rey Ricardo abrazó y felicitó a Robin y sir
Kenneth, ya rey de Escocia. Con ellos y junto a
hombres sajones, normandos y escoceses desfiló
triunfal por las calles de Londres. Poco después
abrazaba a su querida esposa y a la reina madre.
Todo el país festejó la vuelta de su rey. Ricardo
Corazón de León proclamó la igualdad entre
normandos y sajones, y reintegró sus bienes a los
desposeídos. Los barones normandos aprobaron
estas medidas, cansados ya de tantos años de lucha.
Robin Hood fue nombrado conde de Nottingham y
le fue restituido el título y la herencia legados por
su padre.
Los miembros de la banda de Robin volvieron a
las tareas que un día tuvieron que abandonar en pos
de la justicia y de una existencia pacífica. Algo que
habían logrado, después de tanto tiempo, gracias a
la vuelta del buen rey.
Richard At Lea y su hija Mariana, tras los
sufrimientos pasados, volvían a vivir juntos y en
paz en el castillo familiar. Los sucesos vividos
perdurarían por siempre en su memoria.
Poco tiempo después, Robin planteaba a su
querido Richard At Lea una importante cuestión:
Señor, deseo pediros la mano de vuestra hija.
Sólo el cielo sabe lo que siento al escuchar tu
petición, hijo. Erais unos niños cuando tu padre y
yo soñábamos con ello dijo conmovido el anciano
caballero abrazando a Robin.
Dos meses más tarde se celebró la boda de
Mariana y Robin. La ceremonia fue oficiada por el
emocionado padre Tuck. Asistieron el rey y su
esposa Berengaria, la reina madre, el rey de Escocia
y su esposa, los principales barones ingleses y todos
los miembros de la banda de Sherwood.
El rey Ricardo aprovechó la ocasión para recordar
la importancia de las acciones llevadas a cabo por
aquellos hombres y mujeres, y volvió a reiterar
públicamente su reconocimiento.
La alegría reinó durante los tres días que duró el
banquete. Los invitados brindaron por la felicidad
de los recién desposados, a los que todos querían
como a sus propios hijos.
CAPÍTULO CATORCE
LA ÚLTIMA FLECHA DE ROBIN

EI rey Ricardo nombró consejero de la corona a
Robin Hood. Muy pronto necesitó oír sus opiniones
sobre un grave asunto: una posible declaración de
guerra a Francia. El rey francés no cesaba en sus
instigaciones, y el buen rey inglés había presentado
ya una protesta formal en la corte francesa. Si
Felipe de Francia se disculpaba, el asunto quedaría
olvidado. Si no era así, Ricardo Corazón de León,
por dignidad personal y de su monarquía, no tendrá
más remedio que luchar contra el país vecino.
Las gestiones diplomáticas ante el rey Felipe
fracasaron y Ricardo I se vio en la obligación de
declararle la guerra.
Robin quería acompañar a su rey en aquella
campaña. Pero el rey no aceptó el ofrecimiento.
Permaneceréis aquí, Robin. Mi esposa será la
regente, y vos, su consejero más cercano.
Necesito que me proporcionéis todos los hombres
que podáis para nutrir mi ejército.
Lo que ordenéis, majestad.
Pocos días después, Ricardo Corazón de León
partía hacia Francia. Aquella guerra inspiraba a
Robin muchos temores. Sentía miedo por la vida
del rey de Inglaterra.
Las primeras noticias sobre la campaña fueron
esperanzadoras. Se cosecharon grandes victorias.
Las tropas inglesas estaban eufóricas. En Inglaterra,
la alegría era desbordante.
Pero los avatares del destino hicieron que una
flecha hiriera mortalmente al rey Ricardo en el
asalto a una fortaleza. Los soldados ingleses
retiraron el cuerpo de su rey del campo de batalla y
emprendieron la retirada. La trágica noticia sumió
en el más profundo dolor a todo el pueblo de
Inglaterra.
Tras los funerales del rey Ricardo, se reunió el
consejo de la corona. La línea dinástica tenía
continuidad en el hermano del rey, en Juan sin
Tierra, ya que Ricardo I no había tenido descendencia.
A pesar de las pocas simpatías con las que
contaba el príncipe Juan dentro del consejo,
ninguno de sus miembros manifestó voluntad por
cambiar el orden sucesorio.
Así, Juan sin Tierra fue proclamado rey de
Inglaterra.
La primera medida del nuevo rey fue cesar de
forma fulminante a todos los miembros del consejo
de la corona. Precisamente a aquellos hombres que,
por lealtad a la monarquía, lo habían entronizado.
Éstos fueron sustituidos por sus amigos más
íntimos.
Apenas un mes después de su coronación, Juan sin
Tierra abolía todos los privilegios y libertades
decretados por su hermano. Deseaba un poder sin
límites.
Esto provocó fuertes protestas. La mayoría de los
nobles se rebeló contra las medidas del rey, quien
sólo favorecía a sus adeptos más cercanos.
A causa de las revueltas y para que fuera acatada
su autoridad, el nuevo rey decidió confiscar los
feudos de la nobleza y publicar una larga lista de
proscritos. Entre ellos se encontraba, por supuesto,
el conde de Nottingham.
Tendremos que volver a Sherwood, Mariana dijo
Robin.
El bosque de Sherwood volvió a convertirse en un
lugar de encuentro para los descontentos con el
poder autoritario de Juan sin Tierra. Pero en esta
ocasión, Robin Hood fue seguido no sólo por
campesinos, artesanos y servidores, sino por un
gran número de caballeros, tanto sajones como
normandos.
El acoso a los refugiados en Sherwood volvió a
ser la principal ocupación de Juan sin Tierra. De la
misma forma, Robin Hood tuvo que volver a
organizar su banda, ahora bien numerosa, para
repeler los continuos ataques enemigos.
Pero el rey Juan y sus seguidores tenían a Robin
en el punto de mira. Pensaban que si acababan con
él, acabarían con la mitad de los problemas.
Un día llegaron al bosque dos buhoneros. Entre
sus variadas mercancías había preciosas telas. Los
vigilantes realizaron el estricto control
acostumbrado y no encontraron nada sospechoso.
Sabían que las mujeres tenían problemas para
adquirir tejidos con los que confeccionar sus ropas,
así que los dejaron pasar Pensaron, sobre todo, en
lo feliz que se pondría Mariana.
Y así fue. Mariana y el resto de las mujeres de
Sherwood rodearon a los buhoneros que mostraban
aquellas maravillosas telas y las extendían sobre
otros valiosos objetos.
De repente, uno de los mercaderes tomó en sus
manos una cimitarra artísticamente labrada.
Todos admiraban la extraña arma oriental cuando,
en un santiamén, el desconocido la desenfundó y la
clavó varias veces en el cuerpo de Mariana. Ésta
cayó al suelo mortalmente herida.
El pánico cundió entre todos los presentes. Los
que pudieron entrar en acción persiguieron al
buhonero que echó a correr por la espesura. Robin
acudió en primer lugar a auxiliar a su esposa y, al
ver el estado en el que se encontraba, decidió ir tras
el asesino. Lo alcanzó con una de sus flechas
cuando estaba acurrucado bajo un árbol. La flecha
atravesó el hombro del buhonero y lo dejó clavado
al tronco. Allí lo capturaron. Robin miró su cara y
lo reconoció de inmediato: era John de Bellamy el
hermano de Ralph.
Todo Sherwood veló esa noche el cadáver de
Mariana. Robin, arrodillado ante su esposa, no
paraba de llorar No había consuelo para él.
AI día siguiente, Mariana recibió cristiana
sepultura. El padre Tuck fue el encargado de
realizar el oficio religioso, como lo había hecho
también en la ceremonia de su boda. El dolor y la
consternación de los proscritos de Sherwood eran
inmensos.
Tras el triste acontecimiento, algunos de los
hombres de Robin trasladaron a los dos prisioneros
hasta el pie de la muralla del castillo de Ralph de
Bellamy donde, desde la muerte de éste, vivía John.
Allí, los dos falsos buhoneros fueron ahorcados.
Desde aquel funesto día, Robin no volvió a ser el
mismo. La melancolía que inundaba su alma se
apoderó también de su cuerpo. Estaba tan débil, que
su fiel Johnny le propuso acompañarle hasta algún
lugar donde pudiera descansar.
Robin aceptó pedir cobijo a su tía Margaret,
abadesa de un monasterio. En aquel lugar estaría
seguro y podría recuperar su salud. Aunque el dolor
que sentía en el alma fuera incurable.
En las jornadas que duró el viaje, Robin agotó sus
escasas fuerzas. A partir de ahí quedó postrado en
el lecho de una celda, vigilado día y noche por su
leal amigo. De nada sirvieron las pócimas que le
fueron administradas. Su estado no mejoraba.
Un día llegó a las puertas del monasterio un
médico que pidió posada para pasar la noche.
La tía de Robin le rogó que visitara a su sobrino,
que se hallaba inconsciente desde hacía varios días.
El desconocido, al ver al enfermo, aseguró que el
único remedio para acabar con su mal era efectuar
una sangría.
La abadesa y Johnny aceptaron el consejo del
médico, sin sospechar que éste era un enviado del
rey para acabar con Robin.
Así, el falso médico realizó la sangría, pero no
vendó con fuerza la herida del brazo y el enfermo
fue desangrándose lentamente.
Media hora más tarde, Robin, como en sueños,
pidió a su amigo que le incorporara en el lecho y le
acercara su arco y sus flechas. Johnny obedeció sin
poder contener las lágrimas.
Amigo mío, voy a reunirme con mi dulce Mariana
decía Robin con un hilo de voz.
Entiérrame donde caiga esta flecha.
Y con un gran esfuerzo, Robin tensó el arco y
disparó su última flecha, Ésta salió a través de la
ventana de la celda y fue a clavarse en el prado que
rodeaba el monasterio.
Johnny lloró horas y horas la muerte de su amigo.
Después cavó la fosa en el lugar en el que había
caído la flecha y lo enterró.
Así acabó sus días Robert Fitzwalter, conocido
como Robin Hood, héroe de los proscritos del
bosque de Sherwood.

Los cabellos

Era en el doble reducto de la plaza fuerte
de Mahanaim. Entre ambas líneas de fortificaciones,
sobre el reborde de piedra gris que
sostenía la casamata, David, extenuado, se
sentó a esperar noticias. Más de dos horas
hacía que daba vueltas impaciente porque no
acababan de llegar los mensajeros. Aumentaba
su fiebre la imposibilidad de acudir en persona
al campo de batalla, lo cual rompería su
propósito firme de no mandar nunca tropas
en casos de guerra civil. Si se tratase de
combatir a los filisteos y de renovar los laureles
de Balparasim, derramando la heroica libación
del agua sagrada de Belén, por no
aplacar la sed cuando desfallecían los soldados,
o de organizar otra batalla de Refaim,
donde por primera vez en el mundo antiguo
hizo milagros la estrategia; si se encendiese
la lucha con los moabitas idólatras y libres, o
con los opulentos arameos, o con los insolentes
amonitas, que habían ultrajado a los embajadores
de Israel, allí estaría David el hondero,
el gibor, el aventurero para quien es
dulce música, más que el acorde de la cítara,
el choque de las armas. Pero oponerse a los
suyos, desenvainar la espada o blandir la lanza
para que busque el costado de un amigo,
de un pariente, de un compañero, había repugnado
a David. Y ahora, en el trágico momento
presente, el rey bendecía aquella antigua
resolución, que le evitaba luchar con su
propia sangre, el preferido de su alma, la luz
de su ojo derecho, su hijo.
Hay en las situaciones violentas y en las
horas de extremada ansiedad un instante en
que los nervios se aflojan y el cuerpo se rinde
a la necesidad de descanso. La inquietud, la
calentura del viejo monarca se aplacaron desde
que se dejó caer sobre aquel reborde de
piedra en el solitario fortificado recinto. Por
las saeteras vio la luz roja del poniente, que
abrasaba el campo con reflejos de hoguera
enorme. Aquella claridad purpúrea, sangrienta,
devoradora, fue lo último que advirtió David
antes de cerrar los párpados y reclinar la
cabeza en el muro, olvidando lo presente, las
angustias de la incertidumbre y los terrores
del espíritu…
Y después siguió viendo la misma claridad
del ocaso; pero sus tonos se habían dulcificado,
fundiéndose en suaves medias tintas naranja,
oro y verde. Era el divino atardecer de
los países orientales, cien veces más hermoso
que la aurora. Irisaciones de perla abrillantaban
las imperceptibles nubecillas, desgarradas
como jirones del velo de una danzarina filistea;
y sobre el arrebolado horizonte, las ramas
de los sicomoros y de los cedros formaban
un pabellón de misterio y sombra sugestiva.
La frescura del aire atenuaba las emanaciones
fuertes de las resinas y las gomas; una
languidez voluptuosa se apoderaba del corazón.
David se levantaba, se apoyaba en el
balaustre de jaspe de la terraza, se inclinaba
para hundir la mirada en los macizos de verdura,
atraído por el rumor delicioso de los
chorros de agua que se deshilan en el ancho
pilón de mármol, surtiendo por diez bocas de
bronce. Y al punto mismo en que el rey se
inclina, sobre las gradas que conducen a la
pila aparece una viviente estatua, rosada por
el reflejo del cielo, vestida únicamente de la
negra cabellera caudalosa, que se reparte
como los hilos del agua, y ondea y brilla y
juega, y se esparce, recién ungida de aceite
de nardo que la mujer, alzando los brazos,
extiende por los rizos sombríos, enredándolos
entre los dedos…
Todo el incendio del firmamento ardió en
las venas de David. Él mismo, desde aquella
hora, se maravilló dentro de sí, no comprendiendo.
Estaba bien seguro de que su fiel copero
no le había vertido en el vino zumo de
hierbas, en las cuales el conjuro de alguna
nigromántica como la de Endor insinúa traidoramente
el filtro de la pasión repentina y mortal.
Pasados eran para David los días de la
juventud, cuando su mano certera clavaba el
guijarro afilado en la frente del descomunal
gigante. Innumerables mujeres habían impregnado
el olfato del rey con el perfume de
sus cabelleras, y al disiparse éste se borraba
la imagen, porque es indigno del sabio, del
profeta, del caudillo, del legislador, reblandecerse
en el harén, ser cautivo de una débil
hembra. Y sin embargo, en aquel instante, no
cabía duda, era el incendio del cielo el que
ardía en las venas de David, y el rey conocía
que ni toda el agua de la piscina, ni de los
torrentes que bajan impetuosos de Cedar y
Hebrón, sería bastante a extinguirlo. Betsabé
le había robado el seso, no con el crujir de sus
sandalias, porque descalzos tenía los finos
pies y hasta sin argolla de plata el sutil tobillo,
sino con el aroma peculiar de sus bucles negros
como la tentación.
Rápidamente sobrevenía la noche, y muchas
noches más, durante las cuales David se
abismaba en su pecado, esperando de un
modo confuso la hora del arrepentimiento.
Presentía la aparición de la conciencia, el descenso
del ángel severo y terrible. Era inútil:
su pecado yacía hondo en su corazón, arraigado
allí y fijo a manera de saeta en la herida.
Ni la ciencia arcana que había de recibir
andando el tiempo Suleimán, a quien llamamos
Salomón, acertará a explicar las causas
de la perseverancia en el amor, fenómeno
extraño que induce fatalmente a un ser hacia
otro ser. David no podía vivir sin la esposa de
Urías el Héteo, el mejor oficial, el valiente
compañero de armas. ¡Si aquella mujer
hubiese pertenecido a un enemigo! David,
estremeciéndose, pensaba en las sugestiones
del miedo de la favorita, en las súplicas tiernas
e insinuantes como silbo de culebra entre
las rosas del valle de Jericó: “No accederé”,
murmuraba; pero la idea del engaño y el crimen
iba ya deslizándose en su alma, impregnándola
de veneno. Urías estaba sentenciado…
El sentimiento más generoso y bello que
crea la vida militar; el leal compañerismo, el
cariño de los que a un mismo riesgo se exponen
y ganan la misma gloria, le gritaba a David:
“Vas a cometer la mayor de las infamias.”
Y a sabiendas, David, el de la conciencia despierta,
el gran arrepentido, el que sentía incesantemente
la tremenda presencia de Eloim-
Jehová, por el olor de unos cabellos de mujer,
envió al capitán Urías, uno de los treinta gibores
o valientes, bajo los muros de Rabat-
Amón, con mensaje cerrado para el general
Joab; y en cumplimiento de la real orden,
Urías fue puesto a la cabeza de un destacamento
que a toda costa debía entrar en la
ciudad. Y Urías obedeció, gozoso, ansioso de
victoria, y su cuerpo quedó tendido al pie de
la muralla, bañada en sangre.
En los oídos de David, llenos de la voz
acariciadora y ambiciosa de Betsabé, sonaba
entonces otra voz terrible, la del vidente Natán,
por cuya boca hablaba el Señor. Trémulo
en brazos de la favorita, de la que ya era su
esposa, se humillaba ante el airado anatema,
la maldición fatídica. “Porque hiciste lo malo
en mi presencia, no se apartará espada de tu
casa, y sobre tu casa levantaré el mal…”
Al evocar las palabras del vidente, David
exhalaba un gemido doloroso… y se despertaba,
empapadas las sienes en sudor frío.
Miraba alrededor con ojos extraviados y atónitos,
y reconocía el lugar, aquel doble recinto
fortificado de Mahanaim, tétrico y ceñudo,
donde sólo resonaban los pasos del centinela
y se escuchaba, a trechos, el alerta gutural
del vigía. A la roja brasa del poniente había
sucedido el azul negruzco de la noche, sobre
el cual parpadeaban las estrellas tristemente.
¿Sin noticias aún? ¿Qué podía haber sucedido
allá en la selva de Efraim, donde desde la
hora de la mañana luchaban las fuerzas del
rebelde Absalón con las de David, mandadas
por Joab? ¿Qué estragos hacía la espada
aquella, nunca apartada de su casa, según la
profecía? De súbito, un clamoreo a distancia,
una algazara inmensa. Confundíanse el trotar
de los corceles, el choque de las armas, el
estrépito de la infantería hiriendo la tierra con
el duro calzado militar, y empujando a los
cautivos entre alaridos de muerte y gritos de
cólera, el mugir de los bueyes que arrastraban
las carretas de botín, todo lo que al oído
experto del guerrero suena a triunfo. David se
incorporó, pálido y espantado: la guarnición
de la plaza acudía con teas ardiendo, y el
primer mensajero caía a los pies del rey, sin
aliento, ahogándose.
-Alabemos al Señor… -tartamudeaba-.
Deshecha la rebelión, pasados a cuchillo tus
enemigos… ¡Gloria al rey!
Arrojándose sobre el emisario, David exclamó
furiosamente:
-¿Y mi hijo? ¿Y Absalón, mi hijo, mi heredero,
el príncipe real?
No hubo respuesta. Otro emisario llegaba
jadeante, loco de júbilo.
-El Señor ha confundido a los que te querían
dañar. Veinte mil quedan en el campo de
batalla, consumidos por la espada, sirviendo
de pasto a los buitres. Y Absalón, suspenso
entre el cielo y la tierra, colgado de las ramas
de un terebinto, ha recibido en el pecho muchos
dardos. Dicha tuya ha sido ¡oh rey! que
los hermosos cabellos del príncipe, todos impregnados
de esencia, se enredaran en las
ramas y le detuviesen en su precipitada fuga.
A no ser por los negros bucles, que caían como
maduros racimos de vid a lo largo de la
espalda… tu enemigo se hubiese salvado; tan
ligera iba su mula…
Y el emisario calló, porque el rey acababa
de desplomarse en tierra arañándose el rostro,
arrancándose el pelo y sollozando: “¡Hijo,
hijo mío!”